5. QUANTIFICATION OF SAFETY EFFECTIVENESS OF PAVEMENT SURFACE FRICTION
5.2 Crash and Friction Data Processing
Nuestra santa Madre la Iglesia católica no solamente pregona la majestad y grandeza de Dios, sino que aprovecha todos los medios y todas las ocasiones para expresar el respeto y homenaje que a Él se le debe. Nadie siente más profundamente la dignidad y la majestad del Señor todopoderoso que la Iglesia, la cual, y con este fin, en el decurso de dos mil años ha ido acrecentando el esplendor de su liturgia.
La Iglesia, al ofrecer el sacrificio al Señor, no piensa como Caín: «Ya que es necesario ofrecer sacrificio a Dios, ¡bien servirá para esto lo peor de la cosecha!...» No; la Iglesia no queda satisfecha con ofrecer a Dios, para rendirle homenaje, los tesoros más valiosos de la tierra, lo mejor que pueda encontrar. Todo le parece poco. Por esto trata de que las celebraciones litúrgicas sean bellas y espléndidas, y utiliza para ello todo lo más hermoso y artístico: cálices de oro, ornamentos de seda, retablos artísticos, música polifónica… con tal de que, entre tanta belleza y ceremonia, no nos distraigamos y atendamos a lo esencial.
I
LO ESENCIAL DE LA SANTA MISA
La santa misa es el centro y el corazón del culto católico y de su liturgia. Todo el esplendor y hermosura de las ceremonias tienen su razón de ser en Nuestro Señor Jesucristo, que se hace presente entre nosotros en la santa misa. Las ceremonias, la magnificencia y suntuosidad no son un fin en sí mismos, sino medios para acercarnos a Él y tributarle nuestro mejor homenaje. Si hay en la misa hermosos cánticos, el fin de éstos deleitarnos musicalmente. Si encontramos en nuestros altares cuadros artísticos, si contemplamos en nuestros templos la maravilla de la arquitectura, no es para que se deleiten solamente nuestros sentidos. Todo está encaminado
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nes de nuestros sentidos. Todo está ordenado a elevarnos, por medio de la belleza artística, a la fuente inagotable de toda hermosura, al Dios supremo.
Estudiemos la historia religiosa de los pueblos; en todas partes y en todas las épocas encontramos el sacrificio y las ceremonias sacrifícales. Es algo constitutivo de la naturaleza humana. En cualquier punto de la tierra, encontramos altares para el sacrificio; en ellos, se sacrificaban las mejores animales y frutos del campo, como el mejor homenaje que tenía el hombre para honrar a Dios, su Hacedor supremo.
La Humanidad, sumida en las tinieblas del paganismo, sacrificaba en sus altares trigo, frutas, animales y incluso a veces hombres. Pero desde que el divino Redentor se ofreció por nosotros en la cruz el Viernes Santo, éste es nuestro único sacrificio; y la renovación misteriosa de este sacrificio, realizada todos los días de forma incruenta en la santa misa, es el homenaje más hermoso que rendimos a Dios.
Esto es lo que significa la misa: la perpetuación y actualización del
momento más importante de la Historia. Jesucristo es el Pontífice eterno
(Cf. Heb 6,20; 7,24), que ofrece hoy a Dios Padre el sacrificio del Gólgota en la persona de sus ministros: es el mismo sacerdote que entonces, el mismo sacrificio, la misma víctima. La cruz fue el primer altar, y desde
entonces cada altar es una cruz.
Así se comprende el fervor con que el pueblo cristiano participa de la santa misa desde hace dos mil años. Si a la Santa Iglesia, la comunidad de los fieles cristianos, la llamamos Cuerpo místico de Jesucristo, bien podemos afirmar que el corazón del Cuerpo místico es el sacrificio de la
santa misa. Porque así como el corazón manda la sangre vivificadora a
todo el cuerpo, así en la santa misa la fuente de la gracia redentora brota para nuestras almas.
Sí; todos sabemos que en la santa misa lo más importante es el sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo.
Por eso, la Iglesia prescinde de ciertas ceremonias cuando las circuns-
tancias lo aconsejan.
En los países donde los católicos son perseguidos, allí donde se castiga con prisión a los que se reúnen para celebrar la santa misa, la Iglesia, para que no se queden sin misa, sin sacramentos, sin comunión millones de fieles, concede a los sacerdotes ciertas facultades: la de poder celebrar en cualquier hora y en cualquier sitio; la de suprimir ciertas ceremonias recitando tan sólo las partes principales; la de prescindir de velas y ornamentos sagrados... Incluso los fieles seglares pueden llevarse consigo la Hostia consagrada, para que, en caso de ser ejecutados, puedan comulgar aun sin sacerdote...
130 II
LAS CEREMONIAS SON CONSUSTANCIALES A LA NATURALEZA HUMANA
La vida humana está entretejida de ceremonias. No hay más que ver las normas sociales y de urbanidad. Son manifestaciones de nuestra humana naturaleza.
No nos debe extrañar, por tanto, la rica variedad de ceremonias y ritos que la liturgia ha ido atesorando a lo largo de los siglos.
Veamos las objeciones que con más frecuencia suelen oponerse contra las ceremonias de la liturgia.
1. Nuestro Señor Jesucristo no ordenó tantas ceremonias —dicen algunos. Y tienen razón. El Señor no dejó ordenada la liturgia tan minuciosamente como lo está ahora, sino que fue el amor ardiente de la Iglesia quien le dio amplitud y grandeza. Pero la Iglesia recibió para ello facultad del mismo Señor cuando, en la Última Cena, después de la consagración del pan y del vino, Jesucristo pronunció estas palabras:
Haced esto en memoria mía. ¡Haced esto! Lo que equivale a decir que
debemos, no sólo recordarlo, sino hacerlo, poniendo todo lo mejor que tenemos.
2. «¿No basta rezar en mi interior? ¿Por qué he de decir en voz alta
que amo a Dios? ¿No le bastaría a Dios la oración sin palabras? Lo
importante no es lo exterior, sino lo interior.»
Es verdad: lo que importa es lo interior y no lo exterior. Pero mira: tienes un hijo y se acerca el día de tu cumpleaños. Tu esposa le ha ido enseñando al pequeño, en secreto, unos versos para felicitarte en ese día. Llega la fiesta, y por la mañana se presenta ante ti el pequeñín, bien peinadito, con su mejor traje, y te suelta la poesía, en que te dice cuánto te ama y cuánto te agradece lo que haces por él... Es verdad que te ama también cuando no te lo dice en voz alta. Pero ¡qué cosa más natural que
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el niño no esconda en su corazón el amor que tiene a su padre, sino que en ciertas ocasiones lo exprese a viva voz! Es natural también que el
hombre en ciertas ocasiones confiese en voz alta, delante de todos, cuánto ama a su Padre celestial.
Concedo que lo que importa es lo interior. Pero para nosotros las ceremonias no son sino símbolos: símbolos que reflejan nuestro interior. ¿No son de tu agrado los objetos y los gestos simbólicos? Pero la forma de la vida, la forma en que vivimos hoy, está llena de palabras y actos simbólicos. Y los guardamos y los respetamos. Me objetas: ¿Qué valor tiene la incensación, el agua bendita, la genuflexión?... ¡Nada! Y yo te contesto: «¿Qué es la bandera nacional? Nada, un trozo de tela...» ¿Lo es? De ninguna manera. Es el símbolo de la nación. Y ¿qué es esa condecoración que llevas en el pecho? ¿Un trozo de plata? No. Es la forma que tiene la sociedad de reconocer tus méritos.
3. «¿Por qué ha de ponerse el sacerdote ornamentos de diverso color
para celebrar la santa misa? ¿Un día blancos, otro día rojos, otros
morados? ¿A qué viene eso? ¿No tendría el mismo valor la misa si el celebrante estuviese vestido como un seglar? Y si un día de la semana bastan dos velas, ¿por qué un día de fiesta se encienden seis o doce? Y en la misa pontifical, la mitra, el báculo... ¿A qué viene tanto brillo, tanto fausto, cuando Nuestro Señor Jesucristo fue pobre?»
Se multiplican y mezclan las cuestiones. Conviene hacer distinciones. Porque puede ser que haya cosas que realmente podrían suprimirse, aquellas tradiciones de siglos remotos, cuando era otro el modo de pensar...
La Iglesia puede simplificar las ceremonias y ritos, para hacerlas más sencillas. Pero también es prudente, y por ello respeta y mantiene las ceremonias más solemnes y ricas de contenido, que han ido formándose durante siglos.
Con todo derecho, la Iglesia conserva sus ceremonias milenarias, sus ornamentos bordados de oro y seda, sus brocados, sus báculos cargados de piedras preciosas para usarlos en ciertas ocasiones... Es lo mismo que hace la sociedad para celebrar ciertos acontecimientos solemnes, vistiéndose de gala y siendo ceremoniosos.
En Inglaterra, en Francia y en otros países; los jueces y los fiscales llevan una toga, un vestido oficial durante las sesiones. ¡Vestidos como siempre, podrían cumplir sus deberes de la misma manera! ¿Por qué se ponen, pues, estos vestidos solemnes? Para demostrar que ahora no habla Fulano o Zutano, ahora no habla un hombre particular; éste ha desaparecido; ahora no hay aquí más que el poder legal.
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Los soldados visten uniforme, cuando vestidos de paisano podrían cumplir igual sus deberes. ¿Por qué van de uniforme? Para que todos vean que él, en esos momentos, no es una persona cualquiera, sino un servidor de la patria. ¿Para qué tanta «exterioridad»: rango, saludo, paradas, desfiles? «Lo principal es que el soldado ame a su patria, lo demás puede suprimirse.» ¿De veras podría suprimirse?
La Iglesia tampoco permite que la santa misa se celebre en vestido seglar, para demostrar así que el sacerdote, al subir al altar, no obra como hombre particular, y para destacar y solemnizar el acto sagrado, así como, por ejemplo, los profesores de las antiguas Universidades aun hoy se ponen antiquísimos vestidos de gala en las promociones de sus alumnos al doctorado.
¡La promoción al grado de doctor! ¿Habéis visto alguna vez las largas ceremonias con que se hace esta consagración?
No hace mucho, hubo en la Universidad de Budapest una consagración
sub auspiciis. ¿En qué consiste esta consagración? En entregar el anillo
del jefe del Estado al joven que cursó sus estudios consiguiendo siempre la calificación mejor. Podría hacerse en un momento. Hasta se podría mandar el anillo al destinatario en un sobre certificado. La esencia no cambiaría: el joven recibiría de todos modos la sortija. ¿Es así como lo hacemos? No. Sino que se entrega la sortija en el pomposo marco de una ceremonia que dura fácilmente hora y media. Y nadie se escandaliza de ello. Porque lo consideramos la cosa más natural del mundo. La vistosidad del marco, formado por las sugestivas ceremonias que nos legó la antigüedad, destaca y aumenta el valor de la distinción.
«¿La santa misa —objetan algunos— no vale lo mismo con dos velas que con cuatro? ¿No valdría lo mismo si se celebrase sin ceremonias ni ornamentos sagrados?» Sí, valdría lo mismo.
Pero... estás invitado a una reunión en una casa de la más distinguida sociedad. ¿Te presentas allí con el vestido de todos los días? ¡Harías el
ridículo presentándote así! Todo lo contrario: te informas de cómo has de
presentarte. ¿Y a quién has de saludar primero?... Y así lo demás.
Parecen meras exterioridades, pero tienen su sentido. El respeto a tus amigos exige que no vayas en traje harapiento al banquete de bodas, que no comas con los dedos, sino que uses cuchillo y tenedor.
Aunque lo más importante sea lo interior, el aprecio que les tienes a tus amigos, es natural que haya de manifestarse con ciertas señales externas. Lo exige la naturaleza humana, pues estamos hechos de cuerpo y alma. Si esto es así, entonces hemos de reconocer que la Iglesia es acertada
cuando expresa con la hermosa variedad de sus ceremonias los sentimientos religiosos interiores que la embargan.
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Otros censuran lo siguiente: «Jesucristo era pobre e iba con los pies
descalzos, y no procede festejarle a Él con tanta fastuosidad.» El que
piensa así, se engaña. Jesucristo se hizo realmente pobre en su vida terrena. Pero nosotros honramos al Cristo glorificado, al Cristo que mediante su Pasión y muerte adquirió derechos para la gloria eterna, al Cristo que está sentado a la diestra del Padre, al Cristo del juicio final. Y para honrarle sirven en gran manera nuestras riquísimas ceremonias.
Reconozco —y lo sabe también la Iglesia— que hay almas más recogidas, que para adorar a Dios prefieren el templo silencioso, la contemplación solitaria. Quizá se aturdan en la complejidad de las misas pontificales, acaso las distraiga la música de una misa cantada. Por esto la
Iglesia nunca nos impone la obligación de asistir a una misa solemne. Hay,
en cambio, otras personas que sienten más fervor justamente en estas misas solemnes, con órgano y un coro majestuoso. Cada fiel haga lo que más le convenga a su espíritu. Lo que ninguno debe olvidar, es que en la santa misa Jesucristo abre sus brazos y me estrecha contra su pecho.
El 23 de mayo de 1927 un horroroso terremoto aconteció en China. Aldeas enteras desaparecieron y miles de hombres murieron bajo las ruinas. Las religiosas de Sisiang estaban justamente esperanzo a que comenzase la misa, cuando empezó el temblor. La capilla se desplomó sobre ellas. Horas más tarde, en los trabajos de salvamento, al sacar el cadáver de la Superiora de entre las ruinas, encontraron debajo del cuerpo exánime a dos niños, que aún vivían. La religiosa, en el momento del derrumbamiento, los cubrió heroicamente con su propio cuerpo para protegerlos. La muerte de la religiosa salvó la vida de los niños.
Es lo que hace Cristo en la santa misa, abre sus brazos en la cruz y por su muerte somos salvados.