5. QUANTIFICATION OF SAFETY EFFECTIVENESS OF PAVEMENT SURFACE FRICTION
5.4 Model Diagnostics for Linear Regression
Al entrar en la iglesia, al acostarnos por la noche, al despertarnos por la mañana, trazamos la señal de la cruz sobre nosotros con agua bendita.
¡El agua! ¡El agua misteriosa! Si el fango de la vida me ha manchado, el
agua me limpia. Al entrar en la iglesia han de ser puros mis pensamientos, mi corazón, mi actividad; por esto me pongo agua bendita en la frente, en el pecho y en los hombros que han de cargar con el peso de la actividad.
Y llega la noche y se acercan los poderes de las tinieblas. La noche no es amiga de los hombres. Nosotros somos hijos del sol, de la luz, de la claridad. Al entrar, por tanto, en el reino misterioso de las tinieblas, al penetrar en la oscuridad del sueño y de la inconsciencia, al apagarse la luz eléctrica y la luz de la conciencia, trazamos sobre nosotros la cruz confortadora de Jesucristo, para que ella nos guarde de la tiniebla espiritual, de todo pecado. Y al empezar por la mañana una vida nueva, al salir del estado de inconsciencia, hacemos de nuevo la señal de la cruz, para que la luz del mundo ilumine los caminos del nuevo día.
El uso del agua bendita nos remite a la Sagrada Escritura:
Los rociaré con un agua pura y quedarán purificados; los purificaré de todas sus impurezas y de todos sus inmundos ídolos. Les daré un corazón
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El uso correcto y saludable del agua bendita empieza cuando comenzamos por relacionarla con el agua del bautismo, puerta de toda la religión cristiana y también de la vida eterna. Recibir el bautismo es entrar en comunión de destino con Cristo «porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo os habéis revestido» (Gál 3:27), y es por ello hacerse miembro vivo de su Cuerpo, que es la Iglesia «porque en un solo Espíritu hemos sido bautizados todos para formar un solo cuerpo» (1 Cor 12:13). Con el agua bendita desde luego no repetimos el bautismo sino que hacemos memoria agradecida de él, mientras invocamos la bendición de Dios sobre nosotros y sobre nuestras cosas. De aquí el uso del agua bendita en las bendiciones de casas, carros u otros objetos. Puede lícitamente utilizársele en aquellas cosas que tienen una referencia directa a Dios y la verdadera religión o en las que realmente transcurre nuestra vida de bautizados. No tiene lugar entonces en los objetos de simple lujo (joyas, juguetes, mascotas…), ni en los lugares ajenos a nuestra voluntad y dedicados o propicios para el pecado (discotecas, tabernas…), ni debería usarse con referencia a lo que potencial y gravemente puede contradecir el querer divino (armas, negocios con ánimo de lucro…). De todo ello se comprende que no hay en esto superstición, sino espíritu de fe y de hijos. Bien aprovechada, el agua bendita es hermoso memorial y eficaz remedio.
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nuevo y pondré dentro de ustedes un espíritu nuevo. Quitaré de su carne ese corazón de piedra y les daré un corazón de carne. (Ezequiel 36:25-26)
5. EL INCIENSO
¿Qué se propone la Iglesia con la incensación? Quizá ésta sea en algunos casos piedra de escándalo para quien no comprende lo que significa. «¿A qué viene este despilfarro? ¡Esta incensación supersticiosa? ¿Esta ceremonia?...»
La nube que se eleva, cargada de perfume, significa nuestra oración que sube hacia Dios.
Quemamos también incienso, porque esta acción es bella. Somos generosos haciéndolo así, porque al amor desbordante le place derramar- se de vez en cuando sin medida. Enormemente bello resulta el gesto de
poner los granos del incienso en el fuego y ver cómo sube del incensario hacia el cielo la nube perfumada, queriendo significar con ello la expansión de un amor que se entrega por completo.
Al Señor lo que le complace, no es el olor de incienso, sino el amor del
que quema el incienso. Lo sabemos por el caso de María Magdalena.
Judas, el avaro, la reprendió por derramar a los pies del Señor el bálsamo precioso, arguyendo que era un despilfarro, cuando se podía dar a los pobres... Y Jesús defendió el gesto de ella, defendió el despilfarro dictado por el amor, y defiende los sacrificios del alma humana, que, ardiendo en el fuego del amor, alaba a Dios.
6. EL ALTAR
El espíritu del hombre, en todas las culturas y a lo largo de los siglos, siempre ha levantado altares. El hombre levanta rascacielos, fábricas, antenas, monumentos…, y con ello demuestra que no hay un ser superior a él en esta tierra... Pero levanta también altares9, ante los cuales dobla las
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"El altar, en el que se hace presente el Sacrificio de la cruz bajo los signos sacramentales, es también la mesa del Señor, para participar en la cual, el Pueblo de Dios se congrega en su nombre. Puesto que la Eucaristía es el centro de la vida de la Iglesia y de su culto, el altar es un signo de la Iglesia y cumple su doble función de culto a Dios y santificación de la humanidad. El altar es el lugar sagrado de encuentro en la relación entre Dios y el pueblo redimido por la Sangre de Cristo" -Ordenación General del Misal Romano, 296.
Del Rito de la Dedicación de un Altar: “Que este altar sea el lugar donde los grandes misterios de la redención se actualicen: un lugar donde tu
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rodillas; y con ello demuestra que hay alguien por encima de él: el Dios creador, lleno de majestad. Ofrece sacrificios a Dios en el templo de piedra, sobre el altar de piedra; pero sabe que esto no basta, porque Dios exige además otro sacrificio: un sacrificio que se ofrece en el templo vivo del ser humano, en el altar vivo del corazón. Este sacrificio consiste en una
vida según la voluntad de Dios.