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Pero no era solamente Rosángela quien vivía como en espera de algo tremendo que de un momento a otro debiese de suceder. Una onda de inquietud se iba extendiendo por el llano y en todas partes miradas recelosas exploraban el horizonte. Aquellas humaredas que hacía días se deslizaban sobre la llanura, ya se volvían tan densas que era casi imposible orientarse por entre ellas, y como no podían ser explicadas por incendios de la sabana, no mayores aquel año que los acostumbrados por tal época, el ánimo supersticioso del llanero tendía a atribuírselas a causas sobrenaturales.

En realidad, no dejaba de haber trastorno de la naturaleza. Ya era tiempo sobrado de que hubiesen comenzado las lluvias y aún reinaba una sequía tan rigurosa como nadie la recordaba semejante. Los pastos mustios, retostados, los bebederos consumidos, enjutos la mayor parte de los caños, entre anchas playas arenosas secándose los ríos. Un sol rojo desde el nacimiento hasta la puesta, una inmensa luna roja bajo cuyo fulgor medroso se acentuaba la desolación de -la sabana. El ganado sucumbiendo de sed, ya muchas osamentas blanqueando en los peladeros; manadas de zorros rabiosos por las noches como ascuas errantes los ojos en la oscuridad; agorero el aullido de los perros desvelados; enervante el grito de las chenchenas, todo el día, y el de los alcaravanes, toda la noche... En Hato Payareño aún la sequía no había hecho sentir todo el rigor de sus efectos, porque el ganado se había recostado a los montes de las riberas del Cunaviche, entre los cuales todavía se conservaban pastos frescos; pero

las noticias de los estragos que estaba causando en otros lugares, exageradas por los viajeros, iban esparciendo la alarma:

—Ya son muchos miles las reses muertas. El hambre a la vista. Este año no come sino el zamuro.

Uno de tales viajeros, que venía de arriba, trajo mayores motivos de alarma.

—¿Qué pasa por esas tierras que viene usted dejando atrás? —le preguntó Florentino, abandonando el cuento de sus aventuras que les echaba a los peones.

—Lo que pasa es nada, joven, comparado con lo que se espera. Todo eso está muy revuelto, por ahí p’arriba.

No se habla sino del fin del mundo que ya y que se acerca. Y no es para menos, con tanta maluqueza que se comete en la Tierra. Pero ya el Viejito de allá arriba como que ha resuelto acabá con los malucos, porque de eso son señales que se están viendo por todas partes. Los pejes se están saliendo de los ríos; todas esas playas están esteraditas de bichos muertos. El tigre y el león andan en manadas, buscando los poblados y si es el ganado no hace sino cabildear, con los cachos contra el suelo.

—Mala señal esa. —comentó uno de los peones.

—Dicen que en la cordillera todos los páramos están bramando día y noche sin descanso —prosiguió el viajero—. Que en Maracaibo y en todo el Zulia la gente y que se está saliendo de las casas, porque el relámpago del Catatumbo está cambiando de color, y que en Guayana, hasta Ciudad Bolívar llegan los resplandores de una gran candela azul que se elevan sobre el cerro del Duida.

—Miren, pues! —murmuraron los peones de Hato Viejo. Y Florentino, sonriendo:

—¿A cómo nos pone las leguas, compañero? Mire que, según he escuchado, se cuentan por cientos las que tienen que recorrer esos resplandores para llegar hasta Ciudad Bolívar. —A como me las pusieron a mí, que no hago sino repetir lo que he oído —repuso el noticiero, amoscándose—.

Por Guayana y que todas las selvas están ardiendo desde el Orinoco hasta el Cuyuni. Según unos, porque el indio, cansado de las otomías y maluquezas de los explotadores del caucho y del purgo, se ha decidido a pegarle fuego a sus montes para acabar con esos palos de goma que son la causa de la esclavitú a que lo somete el blanco; pero según otros, porque con la gran calor que está saliendo del centro de la Tierra, todo el oro que hay bajo esos bosques se están derritiendo y ya son ríos de fuego los que corren por todas partes. Usté dirá si lo cree, joven; pero asina me lo han contado.

—Quiere decir que la cosa es general— apoyó El Guariqueño, distante del grupo que rodeaba a Florentino y tanto más crédulo cuanto menos lo pareciera éste,

cuya presencia sólo hablaba para manifestarse en cuerdo con él y así provocar el choque que resolviese la querella pendiente entre ambos, recrudecida por el contrapunteo de la víspera.

—¡Que si es! —repuso el viajero—. Y no sólo de cosas de este mundo, sino que también las del otro parecen estar alborotadas. Dicen que por las sabanas de Barquisimeto todas las noches se aguaita pasar el alma del tirano Aguirre, que ya no es simplemente una luz, son una gran llamarada. Y si es Ia Llorona de Laguna de Término, respondo yo de que a veinte leguas se escuchan sus quejidos.

Y volviéndose a Florentino:

—Y leguas llaneras, de tamaño bien sabido, por si acaso la preguntica.

—No tenga cuidado, viejo, que esta vez no se la haré —dijo Cantaclaro—. Porque eso que usted acaba de decir es la pura verdad: de un tiempo a esta parte andan muy alborotados los espantos de la sabana.

—Sí. Ya he escuchado contar que “el blanco” de por aquí está apareciéndose otra vuelta. A lo que se apresuró a replicar El Guariqueño:

—Esas son conversaderas de los desocupados.

Miráronse entre sí los peones, que ya esperaban, por momentos, el estallido decisivo de aquella tirantez; pero Florentino se limitó a sonreír y volviendo Ia conversación al punto de partida:

—Conque, ¿todo eso está muy revuelto esperando el fin del mundo?

—Ya le digo —respondió el forastero—. Esa es la voz que se oye por todas partes y la que anuncia un profeta que viene bajando por el Uribante.

—¿Anjá? —exclamaron los peones.

—¡Guá! Si eso es lo que tiene más alborotada a la gente. Yo había escuchado el run run cuando íbamos pala cordillera conduciendo una poca de ganado. Que por cierto se nos barajustó a la entrada de la montaña de San Camilo y no hubo forma ni manera de poder reunirlo otra vuelta. Por lo que venimos rumbiando p’abajo, cauño por su lado, como quien dice: derrotados. Por eso y porque me dije: si es verdá que esto es fin de mundo, mejor es que me vaya para casa, a reunirme con la mujé y los hijos para que lo que sea nos coja juntos a todos.

Cuando íbamos p’arriba, como les venía diciendo, estaba empezando el run run de la aparición del profeta, pero de allá para acá, ya era un clamor lo que encontramos en todas partes. Todo ese llano se está poniendo en marcha atrás de él. Peonadas enteras que abandonan los hatos por donde él pasa, anunciando la apocalisi. Una gran candela que ya está prendida en las cuatro puntas del mundo, de donde viene esta gran humacera que

cubre todo el llano. Una gran culebra de fuego que viene rodeando la Tierra, pero que no se empatara por el lugar donde estuvo la puerta del Paraíso, que sólo el Profeta sabe dónde es, porque el Señor y que se lo reveló en un sueño muy especial que tuvo, atravesando un páramo.

—Vea, pues —murmuró uno de los peones.

—La verda es que estas humaseras, de una gran candela tenían que ser —agrego otro. Y ya se hacía el silencio de las preocupaciones colectivas, cuando Florentino salió con una de las suyas:

—Y pensar que fueron mis manos las que prendieron esa candela en una de esas cuatro puntas del mundo de que habla el profeta.

—Sus manos? —interroga uno. Y otro-:

—Cómo fue eso, Cantaclaro?

—Tal como se los voy a contar. Yo había salido de Cordoncito, junto a El Limón, como a las cuatro de la madrugada, del dieciocho del mes pasado, que, como ustedes recordarán, cayó en Jueves Santo. Iba a pescar tortugas en el charco de Caujarito, me amaneció junto a Los Mautes y recuerdo que estaban esos dragales amarillitos de flores.

—Usté sí que se fija en las cosas, Florentino —díjole uno de los peones, como de bellaquería adivinada— Hasta de las flores se acuerda.

—Como si las estuviera viendo. Pero déjeme seguir el cuento, que es historia. Cuando llegué a Caujarito tiré mis fondas y la llevaba dos horas y treinta y siete minutos sin que hubiera aparecido una tortuga por todo aquello, cuando de pronto se forma un aguaje que por poco me trambuca la concha y asoma a flor del charco una tortuga careta,, como no la había visto más grande en toda mi vida. “Mae Santa!”, exclamé yo al ver aquella profundidad del animal. Pero nada -era el tamaño, sino que ‘, en la cabeza tenía una gran cresta en forma de peineta y tan resplandeciente que parecía de oro.

—jYa está! —prorrumpe aquél, que ya le había penetrado la intención chusca del cuerpo—. ¡Tortuga con peineta! ¿Iba pa un baile, Cantaclaro? ¡Mire que usté sí que inventa!

—Para un baile no sería, compañero, pues ya he dicho que era Jueves Santo; pero sí a visitar los monumentos.

—Y no se asustó al ver tan grande rareza?

—Ya lo dije, pero a usted se le -ha olvidado. Cogí el arco, me lo llevé al sobaco, lo volví a bajar y lo volví a subir, sin atreverme a largar el flechazo, porque aquella enormidad y rareza de animal me tenían fascinado.

fin me decidí a largar el flechazo. Lo Puse donde había puesto el ojo, que era en la peineta que me tenía deslumbrado, pero el clavo chaflarno y produjo un chispero que fue a caer para ambos costos del rio Urtaleña.

—Y se prendió la sabana —intervino el peón malicioso.

—Tú los has dicho, zambo! Las chispas que cayeron hacia el naciente fueron las que abrieron el fuego en las sabanas de Arauquita. Las Mocitas, Araguaquén, Borjas y Buscarruido Y fíjense en que estoy nombrando sitios que no me dejarán mentir.

Soltaron la risa los peones y haciendo de su amoscamiento socarronería, el viajero interrogó:

—¿Y las que cayeron hacia el poniente, qué estrago hicieron? —Esas abrieron el potrero de Santa Rita de Urtaleña,

Santa Rita Torrealbera, Las Topias, Burrón, Santa Rufina, El Milagro, Palambra, San Rafael de Cunavichjto...

—¡Párese ahí, Cantaclaro! —prorrumpieron los peones entre sus carcajadas—. Abrale un contrafuego a esa candela, que vamos a achicharramos toítos.

Y largo rato estuvieron celebrando el pasaje de la tortuga careta, no más extraordinario que los ya referidos por Florentino de sus fantásticas aventuras, para amenizar las veladas del hato. Que si no volvió a amenizarlas también con coplas y corridos fue porque Juan Parao le exigió que- se abstuviese de ellos a fin de evitar el -choque con El- Guariqueño, ahora más enconado que antes.

Y entretanto el viajero murmuraba, amoscado: —Esta juventú está perdida...

* * * En eso llegó Juan Parao, ausente desde el mediodía.

Detuvo su bestia sin el brusco tirón habitual de la rienda, se apeó y comenzó a desensillarla en silencio.

—De lo que se ha perdido usté, Comandante —díjole uno de los peones, refiriéndose al cuento de Florentino, que nadie lo habría celebrado tanto como él.

—De lo que nos hemos perdío todos, sólo yo lo sé —repuso el negro sombrío. —Qué pasa? —inquirió Florentino.

—Que ya Hinojoza es difunto.

—¡Cómo va a ser! —exclamaron todos a un- tiempo

—Pero si esta mañana no más me tropecé con él, camino de Los Cañítos.

—Que, fue su último viaje. Parece que esta mañana le dió de pronto una corazonada de ir a ver a su hija, que hace días no sabía de ella y del ando la guardia que montaba en Ia casa Grande, al píritu se fue hasta Los Cañítos. Ya y que iba llegando, cuando reparó en que la

casa estaba cerrá. “¡Qué raro!” y que se dijo: “¿Estará enferma Panchita? Ni a los muchachitos los aguaito por todo eso”.

Pero luego se fijó en que frente a la casa estaba echado un lión, de cara a la puerta y moviendo la cola, como acostumbran ellos entretenerse mientras están haciendo un tiro. El lión que ventea a leguas a la mujé embarazá, que es un bocao preferío. Volando más que corriendo dice Hinojoza que salvó la distancia que lo separaba de la casa.

El animal y que se paró a darle pelea en cuanto lo venteó acercarse, y él y que se le fue encima, lanza empuñé en la diestra y garrote en la zurda para los zarpazos. Era una fiera grande y rabiosa. Pero Dios dijo: “Dios y hombre!”, y asina resultó. Los tarascazos no pasaban del garrote, pero el jierro sí llegaba hasta donde quería. Reculó la fiera ante el hombre resuelto al sentirse herida y asina llegó hasta el río y se zumbó al agua. Y el viejo detrás de ella, lanza en mano. Le dió alcance en la mitá del río y la alanció por el codillo hasta que la viti voltiarse patas arriba. A todas éstas, Panchita gritando en la orilla, rodeada de sus muchachitos, como la gallina de sus pollos cuando siente el gavilán. “Ya está, hija, no te desgañites por gusto”, y que le decía Hinojoza desde allá. “Ya éste no volverá a asustarte”. Y en habiendo vuelto la lanza a su vaina comenzó a nadar pa la orilla, mientras el rio se llevaba al lión... Pero aquí viene la mala, la que tarde o temprano llega en esta tierra cuando hay mujeres en ella.

No fue en la vaina, sino entre cuero y calzón donde se guardó la lanza y talmente que al primer movimiento, nadando, se la clavó en la ingle, trozándose una vena, que llaman, según el doctor, la femural. Allí comenzó a desangrarse el compadre, Panchita, cuando lo vió que no avanzaba, sino braceaba no más y que el agua que lo rodeaba se iba poniendo colorá, se tiró al río en ayuda suya y lo sacó hasta la orilla. El y que trató de llegarse hasta la casa por sus pies, pero se encontró sin fuerzas y se dejó caer en la playa, donde siguió desangrándose. Fue entonces cuando de veras se desgañito Panchita. Jeronimito, su marío, el doctor y yo, estábamos lejos, en El Tronconal, curándole la gusanera a un toro que habíamos enlazado y sin embargo, escuchamos los lecos. Llegamos a la casa como a las tres de la tarde y desde entonces se pegó el doctor a traté de salvé a Hinojoza. Pero ya era mucha la sangre que había perdío y además le falló el corazón, que ya no lo tenía bueno...

Se apagó la voz del negro. Los que oían continuaron callando.

Así concluyó la vida de peón fiel que envejeció trabajando para Juan Crisóstomo Payara y de. quien no llegó a descubrir Rosángela que ponía un gran amor en la taciturna custodia que de ella hacía. Sus últimas palabras, inspiradas de este amor y de aquella lealtad, fueron para Payara.

—Despídame de la niña...

Y luego, oprimiéndole Ia diestra gastó los restos de sus fuerzas y, mirándolo a los ojos, ahincadamente, susurró, ya al expirar:

—¡Cuidado, doctor!...

Y he aquí que al desaparecer Hinojoza, Juan Parao siente como si se hubiese roto y desprendido un eslabón de la cadena que lo unía a Payara. El había compartido con aquél la confianza de éste, correspondiéndosela con fidelidad análoga, suficientemente probada. A su servicio trabajó con ahínco, sin que le pasase por la mente la idea de que fuese discutible el derecho de propiedad de Payara sobre los ganados que para él enlazaba a sueldo, como antes para sí mismo en aquellas mismas tierras; junto con él corrió los azares de la guerra, adelantándose a los peligros que a él lo amenazaran, siempre oscuro y postergado, pero sin envidia ni impulsos de protestas, mientras la fama del jefe brillaba y crecía, y junto con él abandonó aquel camino, ancho y trillado para los hombres de presa, donde se sentía a su gusto, cuando él decidió abandonarlo y llevárselo consigo, otra vez al trabajo del hato, sin haberle consultado si todavía quería desempeñarlo. Nunca se le ocurrió pensar que las cosas hubiesen podido suceder de Otra manera. Aquella ciega adhesión que por modo misterioso se apoderó de su alma cuando bajo el paraguatán de Mata del Ahorcado se le reveló, tremendamente, el jefe que había en Payara —el jefe, ésa era Ia palabra, la única que podía expresar todo lo que entonces sintió hacia aquel hombre, que no fue sólo obra de particular y precaria inclinación de su voluntad, sirio también de ancestral y definitiva elaboración—, un sometimiento incondicional, supersticioso en el oscuro fondo de su alma, habíalo mantenido unido a Payara, como la negra sombra al cuerpo copiando su forma.

Pero ahora la muerte de Hinojoza lo hacía reflexionar:

—Bueyes del blanco juimos el difunto y yo, y veinte y pico de años le aramos su campo bajo un mismo yugo.

Ahora se descompletó la pareja. Dice el dicho que adónde va el buey que no are; pero hay también otro que dice que buey solo bien se lame... Buey que quizás no ha dejado de ser toro, porque tal vez no lo caparon bien y puede que no le falte sino echarse otra vuelta a la sabana, pitando...

Era imposible que Juan Parao acertase a descubrir que este comienzo de desligamiento no arrancaba de Ias reflexiones que, con motivo de la desaparición del compañero de tantos años, pudiera hacerse respecto a la inutilidad de la vida de Hinojosa y por consiguiente de la suya; sino que había comenzado antes cuando, a la llegada de Florentino, cantador de,

sus antiguas hazañas, experimentó las primeras nostalgias de sus tiempos de cuatrero indómito; pero había sido necesario que desapareciese el compañero de coyunda para que al sentirse solo echase de menos su existencia señera, con ese reforzado y afanoso impulso con que el instinto de conservación despierta del abatimiento y desconcierto que produce la muerte al desquiciar el equilibrio de una vida.

Y mientras en el velatorio de Hinojoza, los peones viéndolo apartado y taciturno, lo compadecían diciéndose unos a otros:

—El pobre caporal! Buena falta le va a hacer el compañero de tantos años. —Y como ya va para viejo no se hallará sin él.

El, por el contrario comenzaba a hallarse a sí mismo, perdido hacía veinte y tantos años. * * * .

Pero también la vieja Evencia había oído las últimas palabras de Hinojoza, la despedida para Rosángela y la advertencia para el doctor, después de las cuales el hermano moribundo le hizo a ella muda recomendación, mirándola ahincadamente.

Otra persona que con Hinojoza no hubiese compartido las preocupaciones de aquellos últimos días, como las compartió Evencia, aunque sin comunicárselas entre sí, no habría podido entender qué quiso decirle a Payara el peón fiel ni qué significaba aquella mirada para la hermana; pero ésta, maliciosa, además de fiel, y como mujer dotada 4e esa rápida

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