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Porque era realmente otro el mundo al cual se había asomado. Rústicas muchachas llaneras que con una malicia y una copla ya tenían bastante para sentirse enamoradas del cantador mujeriego, habían sido siempre las que cabalgaron su remonta, sabedoras de que así como las tomaba así las iba dejando. Pero que Rosángela fuese

una más entre ellas, ni que pensarlo. Ni sombra tampoco en su ánimo de semejante propósito. Marcharse enseguida era cuanto deseaba. Porque tampoco esto era propósito, sino deseo, como de cosa que no dependiese toda de su voluntad.

—¡Y yo que decía que para puntas de amores Canta-claro tenía contras! Ya esa copla como que voy a tener que borrarla de mi lista. Pero seguro mató a confiado:

Agua clara y hombre libre no se conservan lo mismo. Agua clara, en el remanso; hombre libre, en el camino.

Pero Payara estaba todavía por allí y le dijo: —Aquí estoy esperándolo para que procedamos a coger el ganado que me comprará.

—¿Que le compraré? ...

—No sería muy correcto que retirase ahora su palabra. —A usted no le he dado ninguna.

—Pero ayer le hablé de eso y usted nada replicó. Y el que calla, otorga.

—Mire, doctor, las verdades, claras, y el chocolate, espeso. Ni yo he venido a comprar ganado, ni tengo dinero para hacerlo.

—Lo primero ya se me había ocurrido, no obstante lo que acabo de decirle; pero lo segundo no es motivo para que deje de hacerlo si le conviene. Y creo que le convendrá. Dada la paralización de trabajo que habrá por todos estos hatos a causa del paso del profeta, es una buena oportunidad para que usted se gane algún dinero revendiendo el ganado que me compre, en el centro o en la cordillera, donde seguramente habrá escasez. Le advierto que, además de fiárselo, se lo venderé a su precio normal.

Todo, menos esto, podía esperar Florentino. Quedóse mirándolo con extrañeza y luego repuso :

—¿Y tiene usted tanta confianza en mí, doctor Pa- yara?

—A buen seguro que un hijo de Ramón Coronado no se quedará con un centavo ajeno. —Eso es verdad.

—Pues procedamos. En las sabanas de Jarizalito se majadean más de doscientas reses gordas que están a su orden. Vamos a cogerlas ahora mismo.

—Pero, ¿con qué gente saco yo ese ganado, doctor Payara? —arguyó, sin haber salido todavía de su asombro—. Y además, con ese llano tan seco, ¿quién se aventura a arrear? —Lo primero está previsto y remediado. Yo le cedo los peones que necesite y todos están dispuestos a acompañarlo hasta donde encuentre otros que quieran trabajarle.

En cuanto a lo segundo, si es verdad que es mala época para sacar ganado, también sería usted mal llanero si no supiera sacar provecho de esa circunstancia, pues la habilidad y el mérito de un hombre consisten en hacer lo que otros no se atreven. Por otra parte, no debe tardar mucho la entrada de aguas.

—¿Y si lo dejáramos para entonces? Porque también es verdad que si ese ganado se me muere por el camino quedo yo embarcado con usted en una deuda grande.

—Para entonces lo haría yo. Y, además, para entonces no estaría usted por aquí, ni aunque faltaran pocos días.

Y en seguida a los peones, cuyas bestias ya estaban ensilladas: —Vamos, muchachos.

Y Florentino volvió a echarle la pierna al rucio mosqueado, diciéndose mentalmente: —¡Vaya, pues! Este hombre dispone de uno como si fuera también ganado suyo... ¿De dónde le habrá venido ese arranque de amistad para conmigo? Primero le dice a la hija que yo voy a cantarle canciones, sin haberme tomado mi parecer, como si fuera cantador a sueldo suyo, y después de haberle faltado un poco ayer nomás, para echarme de aquí como un perro, ahora me sale metiéndome unos reales en el bolsillo, como quien dice, a la fuerza... Que no dejan de venirme a pelo, por cierto. Porque el que está limpio, ni real tiene, y así ando yo hace tiempo. Que ya está de más que vaya a quitarle plata a José Luis, él sudando para ganarla y yo para gastársela... A menos que éstos sean "planes del viaje'', como cuentan que decía aquel llanero a propósito del general Páez ... Que según Juan Parao anda buscando a quién entregarle la lanza de Queseras del Medio... ¡Ah negro y sus cosas! ¿Por dónde irás a estas horas? ... Pero, ¿qué estábamos diciendo, Cantaclaro? ¡Cantaclaro! ¿Hasta cuándo Cantaclaro? Florentino Coronado, hijo de Ramón Coronado... ¡Gracias, viejo! Hace tiempo que no me acordaba de ti, la verdad sea dicha. Digo, que no me pasaba por la cabeza la idea de que tú hubieras existido. Una misa de tres curas, cruz alta y responso completo te mandaré cantar en cuanto venda el ganado, porque al haber sido tú un hombre honrado y de fundamento parece que debo este fiado que me van a hacer para que me gane una plata. ¡Digo, si es que me lo hacen! Porque detrás de esta salida por las buenas bien puede venir otra contraria de este blanco, que es más oscuro que un negro a medianoche y con los ojos cerrados, pues nunca sabe uno por dónde le irá a derrotar.. Pero una cosa sí está clara: que me está tendiendo un puente para que me vaya en seguida. Falso, para que me enzanjone al pisarlo, o de plata, como dice el dicho que se le debe tender al enemigo para que se vaya contento y no vuelva.

Más claro no canta un gallo: que no estaré por aquí para la entrada de aguas, así falten pocos días. ¿Será que El Guariqueño le habrá contado? ... ¡En fin! Ya estoy otra vez en el rucio. Salga sapo o salga rana, vamos a coger el ganado.

* * *

Ya éste marchaba hacia los corrales, en pos de la tonada del puntera, tendida al ancho silencio de la tarde declinante, y aún Florentino esperaba por momentos lo que pudiese brotar del caviloso silencio en que venía sumido Payara, cuando, ya cerca de las fundaciones del hato, como oyesen lejanos relinchos, tanto el uno como el otro, buscando de dónde provenían, fijaron sus miradas en una polvareda distante que doraban los rayos del sol de los araguatos.

Levantábala el arremolinamiento de un hatajo de bestias salvajes y Florentino murmuró: —Una rochela.

Pero en seguida advirtió que no eran simples retozos a que se entregase el hato, sino que en él se estaba cumpliendo uno de los más admirables misterios de la vida animal: El repudio de las potrancas ya aptas para el amor. A coces y dentelladas las despedía el padrote de aquella yeguada, porque eran sus hijas y el instinto, vedándoselas, se las hacía aborrecibles.

Y esto bastó para que, de pronto tomase cuerpo y contornos precisos un pensamiento, o sombra de pensamiento, difuso a través de todas las reflexiones de Florentino desde que se interesase en el misterio de Hato Viejo y especialmente de las encontradas inclinaciones que experimentaba respecto a Payara.

—Vamos a reventar esta postema —se dijo mentalmente. Y luego, cual si hablase a solas, pero espiando de reojo la actitud de Payara— : El padrote echando a las hijas con las cuales no se debe ayuntar. Hasta los animales respetan esa ley.

Nunca fue suspicaz Juan Crisóstomo Payara cuando en su presencia se hicieron maliciosas alusiones a cosas que se le imputasen, sino más bien obtuso y ello a causa del macizo sentimiento de sí mismo contra el cual rebotaban insidias y calumnias; pero ahora aquella punta había acertado con rotura insospechable de su coraza y por allí lo hirió al instante. Palideció de ira y tirando bruscamente de la rienda su caballo, lo hizo girar encabritado sobre las patas traseras, de modo que vino a quedar con Florentino a su diestra, a tiempo que éste, sofrenando su bestia, se llevaba la mano a la empuñadura del revólver.

Fue cosa de un instante. Pero ya todo el ímpetu que iba a desatarse en el arrebato de cólera, blandiendo el chaparro para cruzar el rostro del ofensor insidioso, estaba contenido y dominado por el ofendido, quien decía, con palabras macizas de voluntad en absoluto señorío de sí mismo.

—Sepa usted que Juan Crisóstomo payara no acata sino las leyes que él mismo se haya impuesto.

Y Florentino, sobrecogido por el respeto que infundía aquella contención y arrebatado su pensamiento a la noción de lo presente por el poder evocador de las primeras palabras de aquella frase, se sintió transportado a la escena imaginada a través del relato que le hiciera Juan Parao, de cuando Payara, ante el cuerpo ya péndulo de Carlos Jaramillo, se apoderó de su voluntad mostrándole el fondo de su alma con palabras que así comenzaban:

—Sepa usted...

Pero antes de que volviese a la noción de lo presente ya aquella fuerza incontrastable que efundía de Payara estaba toda dentro de éste, quien, como si nada hubiese sucedido, decíale, indicando con un ademán el rebaño que los peones encerraban en el corral: —Ese ganado no es que se lo fío, como en .un principio le dije, por razones que me reservo, ni mucho menos que se lo regalo; sino que con él pago, ni un céntimo más ni un céntimo menos, intereses incluidos, una deuda que tenía para con su tío Manuel. Es decir, hoy para con usted, su heredero. Hace veinte años, guerreando yo, Manuel Coronado se quitó, como se dice, de la boca, quinientos pesos para que yo racionase mis tropas. Quinientos pesos que al nueve por ciento anual que autorizan la ley y la honestidad a que nunca faltaron los Coronados en sus negocios, hacen hoy mil cuatrocientos. Justamente el precio de ese ganado que ya es suyo. Ahora tócale a usted sacarle mayor provecho. En cuanto a los peones que se lo conducirán, tampoco es favor que le hago. Se los cedo porque ya no los necesitaré y tendría que despedirlos.

Dicho lo cual le volvió la espalda, camino de su casa.

Florentino se quedó plantado en el sitio y allí estuvo un buen rato con su asombro, viéndolo alejarse, como a misterio viviente.

VII

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