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21 de agosto

A la unidad de Bartolomé Moreno le correspondía montar la vigilancia. Era la 4.ª del dos-seis-tres y tenía montadas las ametralladoras, máquinas que se decía, para abreviar. Unas máquinas que iban dispuestas de modo que pudieran servir para fuego de protección en tierra y en el aire, colocándolas para lo último en su trípode portátil.

En el larguísimo tren de embarque había tres plataformas defensivas contra aeronaves: cabeza, centro y cola del convoy. Con ello se pretendía defender al personal y al material que viajaba y que podía ser atacado con todas las de la ley, pues eran ya soldados camino del frente. Moreno, sentado en su sillín, estaba pensando en ello. Sabía lo importante de su misión. Casi sentía que no hubiese un avión enemigo a la vista para poder demostrar la absoluta coordinación alcanzada en los entrenamientos en el manejo del complicado armatoste. Pero… mejor estaban las cosas como estaban.

Las operaciones de embarque se habían realizado en la estación de Weiden, cerca del campamento. Otras unidades habían utilizado otros, simultáneamente, previa una marcha de acercamiento.

La operación de embarcar tanto material como llevaban había sido laboriosa y plagada de incidentes. Cada compañía necesitaba un convoy para ella sola, para sus carros y caballos, para sus motos, para sus coches y para su personal. Los vagones para la tropa eran de ganado, y con ganado tenían que compartir los ignorados días que durara el traslado. Medio vagón lo ocupaban ocho caballos y dos carreros y en la otra mitad iban colocados quince hombres con su equipo.

Aquellos vagones iban muy bien preparados. La parte destinada a la tropa llevaba unos bancos de quita y pon que con las cajas de herramientas de las unidades se arreglaban enseguida; tenían percheros y cajetines numerados donde dejar las armas y montones de paja que los soldados se apresuraban a hurtar de las pacas destinadas al ganado, no para comer ellos, como alguno insinuaba, sino para que sirviera de colchón.

La carga se hacía simultáneamente, extendido el tren a lo largo de un apeadero. Había pasarelas y tacos de madera para facilitar las operaciones, algunas pesadas, como llevar los camiones, que iban cargados, o como empujar a los caballos rebeldes. Los instructores alemanes se veían desbordados muchas veces, acostumbrados a un ritmo más lento en todas sus cosas. Bartolomé Moreno estaba seguro que los alemanes suspirarían por todo lo alto cuando les perdieran de vista.

Pero el caso es que todo estaba hecho. Desde su plataforma, Moreno podía divisar todo el convoy. En cabeza iba el material, en grandes plataformas de paredes laterales

muy bajas; en el centro, el ganado, y en cola los vagones de personal sobrante. Había también un coche de primera para los jefazos y un furgón para los ferroviarios, que estarían con ellos todo el tiempo del viaje. La cocina iba en un vagón sin techo, y era la mar de curioso ver salir humo de aquel embudo. Finalmente, en la cola, iba la pieza donde el pelotón de Bartolomé Moreno montaba guardia.

Ya estaban todos los soldados en sus respectivos vagones; ya estaban amarrados en sus bateas los carromatos; ya estaba embarcada la última paca de heno. Eran las cinco de la tarde del 21 de agosto. Desde su puesto, moreno aventaba la emoción del instante. Los ferroviarios recorrían los andenes. Un oficial pasó recogiendo a los centinelas. Luego… otro, que había de haber olvidado un recado para el retrete y que volvió al minuto escaso con los pantalones desabrochados. ¡¡Paf…!! ¡Pííí! ¡Chaufchaufcuaf…! ¡Pííí…!

Los instructores alemanes y algunos intérpretes quedaban en el andén, empequeñecidos, firmes; uno de ellos con las últimas cartas escritas ya con un pie en la guerra. En los vagones, los voluntarios cantaban: «Adiós, Grafenwör, Grafenwör de mi querer, mi querer / Adiós, Grafenwör, cuándo te volveré a ver…».

Fue un momento enorme. Casi tan grande como la salida de España. Ahora eran soldados; el casco les pesaba en las sienes y bajo sus pies sentían vibrar las ruedas que irían acortando las distancias: «¡Acortar distancias… ar!». Grito de combate, grito de ansiedad, grito de juventud que tiene prisa por morir.

Moreno sentía un peso enorme en la boca del estómago. El aire le castigaba en plena cara y le traía el quejido herrumbroso del material lamentándose de sus amarras. Despacio, muy despacio, como correspondía a tren lleno de pertrechos; seguro, muy seguro, como era justo lo estuviera un tren de soldados, el convoy iba reptando por las cuestas, atravesando el follaje, silbando en los llanos…

Moreno estaba contento. Sabía que él formaba parte de todo aquello, que él también tenía su misión en la orquesta tremenda de la guerra, en la disonancia de los viejos materiales. Moreno, allá en España, había sido músico en una orquesta de sala de fiesta; sabía que estaba en la patria de la música y sabía que cerca de Grafenwör había una ciudad llamada Bayreuth, donde un teatro a la memoria de Wagner tenía una fuerza de símbolo. Moreno no había podido desplazarse. Pero no le importaba gran cosa. Por lo menos no le importó hasta entonces. Estaban en guerra. La guerra era una necesidad imperiosa. Todo lo demás podía esperar. Hasta Bayreuth con su coliseo wagneriano.

Sólo entonces, mientras el tren arreciaba su seguro caminar, cuando las sombras de la noche iban sumergiendo los taludes en la masa gris de la oscuridad sin fronteras, empezaba a enterarse de que la guerra no tenía en sus pensamientos tanta importancia como había llegado a suponer. Todo lo que iba quedando atrás le estaba doliendo en el corazón. Un gigante asqueroso y brutal le estaba hurgando en el pecho, arrancándole la carne, los recuerdos, las promesas olvidadas. Hasta entonces no se había dado cuenta de que podía perder todo cuanto había significado algo para él y

para cuantos significaban algo en su vida. Hasta entonces no se había enterado de la completa anulación a que se acababa de entregar. Podía haberse vuelto atrás, renunciar, volver a la patria… Y desde aquel instante —quizá fuera antes, cuando el

uramento le había maniatado, aunque sólo entonces se daba cuenta de lo irremediable de su destino— se enteraba de que el tren no volvería a Grafenwör, a Francia, a España. Y que estaba atado a su pieza con la misma seguridad de los carromatos calzados en las plataformas.Cada minuto que robase al sueño, a los pensamientos de guerra, a las ansias de llegar, servirían para recordarle lo que iba dejando por los rieles paralelos, para despedirse de una civilización que era la suya, para abrir el pecho a las sensaciones cuyo sólo recuerdo sería, después, una ofensa a sus tareas de guerra.

Sin saber por qué, como un bobo, Bartolomé Moreno apoyó la cabeza en la culata de la ametralladora y comenzó a llorar.

Otros muchos convoyes como aquél, uno delante, otros detrás o por vías paralelas, seguían la misma ruta. 18 000 hombres, con sus armas y pertrechos, se apiñaban en sus vagones.

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