Ya hemos visto que la tradición budista fue reacia a deslindar las acciones de sus estados mentales asociados, estableciendo la jerarquía y valor de las mismas en función de las intenciones y las cualidades mentales que las motivan.
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Aunque el abhidharma reconoce un espacio cósmico
(bhājanaloka) para cada uno de los ámbitos de existencia, la
mentalidad budista tiende a entender dichos ámbitos como espacios temperamentales, donde los diferentes estados mentales y las diferentes posibilidades de la experiencia de sus habitantes no son una característica que añadir a una realidad sustantiva sino la razón de ser de dichos ámbitos. En efecto, el espacio es, para el budismo escolástico, no tanto un espacio neutro desprovisto de cualidades sino la consecuencia natural del estado mental de sus habitantes. Un espacio hecho de posibilidades cognitivas, vocaciones, temperamentos y carácter. En sus primeras especulaciones cosmológicas, el abhidharma no contempla la posibilidad de un espacio despoblado. El abanico de las experiencias posibles de los seres conscientes establece la arquitectura del cosmos, que se entiende como la espacialización de ámbitos del renacer. Al mismo tiempo, esos ámbitos definen las condiciones de la experiencia de los seres que renacen en ellos. En el nivel más bajo los seres de los abismos (naraka), los espíritus hambrientos
(preta) y una clase especial de dioses resentidos (asura). Estos
tres grupos disponen de una conciencia sensible limitada a los objetos que tienen a su disposición. Viven por lo general en espacios clausurados y oscuros que establecen los límites de su propia experiencia, restringida a los mecanismos del deseo ciego. Por encima de ellos se encuentran los hombres y algunas clases de dioses (deva), que experimentan también una conciencia sensible pero que disponen de objetos de contemplación que admiten nuevas posibilidades.
El budismo carece de la noción de un paraíso eterno. Para la escolástica los «paraísos» son más bien estados de conciencia ordenados jerárquicamente. Comprenden seis niveles en el ámbito del deseo (kāmaloka) y diversos niveles del ámbito de la materia sutil (rūpadhatu) cuyos habitantes se denominan brahmas.14 De nuevo se subraya la idea de que son las acciones conscientes las que configuran los ámbitos cósmicos. La existencia en los paraísos del deseo sensual
(kāmaloka) es placentera y consecuencia del karma beneficioso (kuśala) y meritorio (puṇya) de aquellos que han desarrollado la
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Mientras que la existencia entre los brahmas (en el ámbito de la materia sutil: rūpadhatu) es resultado del cultivo de estados mentales asociados con la serenidad y la contemplación.
Desde el ámbito del deseo se puede, mediante el ejercicio de la meditación, experimentar el ámbito de la materia sutil e incluso el ámbito inmaterial. Finalmente, se postula una conciencia trascendente (lokkutara) que se identifica con la mente en el momento del despertar. De entre todas las posibilidades de la existencia, destaca la versatilidad de la condición humana, capaz de sobrellevar con dignidad los dolores más abyectos y de desarrollar sus capacidades mentales hasta alcanzar ámbitos de completa serenidad. De manera general, los seres se dividen en aquellos que habitan el ámbito sensual (kāmavacara), aquellos que habitan el ámbito de la materia sutil (rūpavacara) y aquellos que habitan el ámbito inmaterial (arūpavacara).
Es muy posible que tanto el budismo popular como el escolástico hicieran posibles ambas lecturas: espacios cósmicos y estados de la mente. Un ejemplo claro de esta combinación entre crítica y asimilación lo tenemos en el Kevaṭṭasutta del
Dīghanikāya.15 En este relato el deseo de comprender el
bhājanaloka se representa en oposición al conocimiento y
profundización del sattvaloka, empresa a la que está destinado el compromiso del monje con la existencia y los sufrimientos que se derivan de ella.
Desoyendo las recomendaciones del maestro, un monje de nombre Kevaṭṭa se recreaba en inquisiciones sobre el origen del mundo. Con el objeto de saber dónde se disuelven los cuatro elementos (donde termina el espacio o, en términos budistas, donde acaba el mundo condicionado), Kevaṭṭa asciende mediante la meditación a los diversos ámbitos de existencia para interrogar a sus moradores. En su vuelo mágico, el monje alcanza la corte de los Cuatro Grandes Reyes
(Cāturmahārājakāyika), el reino de los Treinta y tres (trāyastriṃśa), donde interroga al rey Sakka, los dioses Yāma y
el soberano Suyāma. Visita a los dioses del paraíso Tuṣita (los deleitados) y a su monarca Santuṣita, a los dioses Nirmanaratī (aquellos que se deleitan con su propia creación) y su rey Sunimmita, a los dioses aranirmitavaśarvatin (aquellos que se
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deleitan con la creación de otros) y a su soberano Vassavatti, a los dioses Brahmakāyikā, el cuerpo de Brahma, su séquito
(pārisajja) y (ocho) consejeros (purohita). A todos ellos pregunta
y ninguno de los interrogados sabe dónde se disuelven los cuatro elementos: el elemento tierra, el elemento agua, el elemento fuego y el elemento aire; remitiéndolo sucesivamente a una autoridad superior.
Finalmente Kevaṭṭa llega ante Brahmā y formula impaciente su pregunta. El dios, ceremonioso y autocomplaciente, le responde:
—Yo soy Brahmā, el Gran Brahmā, el Soberano, el jamás vencido, el que todo lo ve, el poderoso, el Señor, el hacedor, el creador, el supremo regente, el padre de todo lo que es y de todo lo que será.
—Amigo —contesta el monje—, no te pregunto si tú eres quien dices ser. Sólo quiero saber dónde terminan, sin dejar rastro, los cuatro elementos, el agua, la tierra, el fuego y el aire.
Tras repetir tres veces la pregunta y obtener idéntica respuesta, Brahmā toma al monje por el brazo y llevándolo aparte, le dice al oído:
—Oh, monje, estos dioses, mis siervos, con respecto a mí piensan: «No existe para Brahmā nada desconocido, nada que no haya visto, nada que no haya experimentado, nada que no haya realizado». Por esta razón no contesté delante de ellos. Oh, monje, desconozco dónde se disuelven los cuatro grandes elementos: el elemento tierra, el elemento agua, el elemento fuego y el elemento aire. Por esta razón has cometido un error al abandonar a Bhagavant y dirigirte aquí. Regresa donde se encuentra el maestro y formúlale a él tu pregunta. Y lo que te responda, eso habrás de creer.
La respuesta del Buda confirma la correspondencia entre espacio físico y estado mental. Los cuatro elementos no cesan «ahí fuera», en algún remoto lugar del cosmos, sino en la propia conciencia. El relato del Dīghanikāya es un buen ejemplo de cómo los budistas concibieron la naturaleza mental del espacio físico, donde diferentes estados de la mente cultivada sirven de acceso a diversos ámbitos cósmicos. Según esta lectura, el mapa del cosmos constituye un detallado informe de
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todas las experiencias posibles por las que habrán de transitar los seres conscientes. Es el propio deambular (saṃsāra), ya se encuentre dirigido por los mecanismos del deseo ciego o por la intención de trascender su dominio, el que configura los diversos ambientes del espacio cósmico. Posteriormente, las tradiciones de la Tierra pura, ahondarán en esta idea: excelsos Budas configuran sus propias tierras de dicha, donde la existencia es serena y el despertar accesible.