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Los modelos lingüísticos estudiados en este trabajo, el generativismo y el funcionalismo, se preocupan por el problema de la base empírica, cuyos datos se presentan como justificación de las hipótesis de la teoría.1 Los enunciados de las teorías lingüísticas (hipótesis) no son implicaciones deductivas de los datos perceptibles. Digamos, enunciados como ‘Una anáfora tiene que estar ligada dentro de la categoría rectora’ o ‘Una anáfora es un ítem cohesivo cuyo referente se encuentra en una oración anterior’ no constituyen conclusiones de un razonamiento deductivo. De hecho, los lingüistas y los científicos en general emplean razonamientos inductivos, donde, la conclusión es probablemente verdadera en virtud de la verdad de las premisas. A su vez, las premisas son proposiciones en las que se expresan los datos aprehendidos por medio de la observación. Estamos, pues, ante el problema de la “infradeterminación de la hipótesis por la experiencia” (Díez y Moulines 1997: 394), i.e., ante el ya clásico problema de la inducción: ¿cómo justificar los enunciados científicos cuando sabemos que sólo se sostienen en razonamientos inductivos?

El problema se relaciona directamente con la conocida oposición de Reichenbach (1938) entre “contexto de descubrimiento” y “contexto de justificación”. Aunque, por ejemplo, a Chomsky no le preocupaba demasiado cómo surgía un modelo gramatical, le parecía crucial su justificación (Cfr. II, 1). De un modo similar, el

problema de la inducción no se refiere a cómo surgen las conclusiones de los razonamientos inductivos sino a cómo se los justifica como base sólida para el conocimiento científico. Estas cuestiones son de un interés crucial para el “modelo clásico de racionalidad” (MCR), según el cual la teoría epistemológica debe preocuparse por cómo se justifican las hipótesis o los enunciados (contexto de justificación) y no por cómo surgieron (contexto de descubrimiento) (Cfr. XVI, 1).

Todo razonamiento inductivo constituye un caso de “inferencia ampliativa”, i.e., según la definición de cualquier manual, un argumento en el que es posible que la base de la justificación sea verdadera y la hipótesis falsa2. De ahí que la inducción es ampliativa y no demostrativa3.

En este trabajo voy a aceptar la postura según la cual el problema de la inducción es un problema típicamente filosófico y que, por lo tanto, no tiene solución. En efecto, considero que la famosa crítica escéptica que hace David Hume en su Ensayo

acerca del conocimiento humano (1748) no sólo no ha sido resuelta sino que no puede resolverse. Sostener que el problema de la inducción (u otro problema) no tiene solución significa que se pone de manifiesto un tema en el cual el conocimiento humano ya no puede seguir avanzando más allá del planteo del problema en sí, o si se quiere, de respuestas parciales y controvertidas, interpretaciones que están muy lejos de ser aceptadas como soluciones científicas: Justamente por eso consisten en (planteos de) problemas filosóficos, i.e., (planteos de) problemas sin solución4.

¿Por qué puede plantearse que el problema de la inducción no tiene solución posible? Parece que debemos resignarnos a que el conocimiento empírico basado en aseveraciones generales no está justificado por un método demostrativo y certero como el de la deducción. Repasemos la crítica de Hume (1748, I, III): Para que las afirmaciones universales a partir de los datos de la experiencia sean “conforme a la razón” debe haber un “principio de uniformidad de la naturaleza” que determina que “los casos de los que no hemos tenido experiencia deben ser semejantes a aquellos en los que sí la hemos tenido”. El principio tiene que ser a priori o empírico. No puede ser a priori porque los razonamientos (deductivos) apriorísticos se respaldan en el principio de no contradicción y no es contradictorio imaginar un cambio en el curso de la naturaleza. Pero la justificación del imaginario principio de uniformidad de la naturaleza tampoco puede ser a posteriori, porque semejante justificación se basaría en la

experiencia, en los casos conocidos, y necesitaría del mismo principio para justificarse. La conclusión es lapidaria: “Después de que la experiencia nos haya informado de su conexión constante, nuestra razón es incapaz de convencernos de que tengamos que extender esa experiencia más allá de los casos particulares observados” (Hume 1748, I, III, IV). Ya sea apelando a la lógica o a la experiencia, la inducción no puede justificarse del mismo modo que una deducción; sin embargo, cuando establecemos generalizaciones a partir de los datos empíricos hacemos uso de la inducción5.

En sus versiones más sofisticadas y verdaderamante viables6, la postura filosófica que concibe a la inducción como un método legítimo para la ciencia empírica se denomina “inductivismo”. Como se ha señalado, no interesa el contexto de descubrimiento sino el problema de cómo se justifica la aceptación de afirmaciones legaliformes. Este “inductivismo sofisticado” no sostiene tampoco que la observación pura permita la verificación directa de enunciados observacionales sino que se siente satisfecho con que haya enunciados observacionales aceptados. El rasgo más destacado de esta posición es que “no pretende que se pueda probar la verdad de las hipótesis sino que es posible asignarles alguna probabilidad o algún grado de confirmación sobre la base de los elementos de juicio disponibles” (Comesaña 1996: 49; el subrayado es mío). A continuación me voy a referir a la crítica de Popper al inductivismo, la más fuerte que se haya hecho contra la aceptación de que los razonamientos inductivos constituyen, al menos, un método legítimo de la ciencia empírica. Voy a adherir a la tesis de que Popper no soluciona el problema de la inducción (y del inductivismo).

En el tercer inciso, después de analizar la crítica de la crítica popperiana a la inducción, intentaré destacar la importancia del argumento de Hume para la filosofía de la ciencia. Irremediablemente, la ciencia empírica no puede prescindir de la inducción. Por ello, aceptar el problema de la inducción tal como lo plantea Hume no implica el abandono de la ideas de racionalidad, verdad y realismo.