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INTRODUCCIÓN
El presente discurso es en temática y lenguaje, e incluso en extensión, muy similar al anterior, aunque también hay rasgos que los diferencian: en este caso, afortunadamente el título del manus crito Palatino no presenta problemas; los hechos a los que se hace alusión, y que originaron los cargos presentados contra Ergocles, son conocidos por fuentes extemas al propio discurso y éste, por su parte, es mucho más explícito que el anterior en este sentido.
Aunque no cita su nombre ninguna de las fuentes históricas que informan sobre la época1, parece que Ergocles fue un signifi cado colaborador de la campaña que realizó el año 390 Trasibulo de Estiria como comandante de una flotilla de cuarenta barcos que la Asamblea de Atenas había puesto a su disposición. El objetivo era mantener en el Este del Egeo una presencia naval importante para contrarrestar la de los lacedemonios que con Teleutas se ha bían adueñado de esta zona vital para el comercio de Atenas2; se cundariamente, para prestar ayuda a los rodios que acababan de restablecer la democracia. Tal como aparece en la narración de Je nofonte3, no sólo fue positiva la campaña de Trasibulo, sino que, además, su comportamiento fue generoso y patriótico4: primero reconcilió a dos reyezuelos tracios, Amédoco y Seutes, ganándose-
1 Sí lo nombra De m ó s t e n e s (cf. X 180) entre una serie de coman
dantes acusados por perjudicar los intereses de Atenas en el Helesponto. 2 Cf. Introducción a XXIV.
3 Hel. IV 8, 25-31.
* Por poner sólo un ejemplo, véase el tono que emplea J e n o f o n t e en frases expletivas — como «pensó en qué podría serle útil a la ciudad»
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los como aliados de Atenas; luego se dirigió al Helesponto y res tauró la democracia en Bizancio consiguiendo la alianza de Calce- dón; más tarde trató de restaurar la democracia en toda la isla de Lesbos — lo que logró parcialmente— y finalmente se dirigió rumbo a Rodas. En el camino, sin embargo, ocurrieron una serie de hechos muy graves que Jenofonte silencia o menciona con ex presiones vagas, quizá en un intento de mantener limpia la imagen de Trasibulo. Lo cierto es que el ejército se dedicó al saqueo de ciudades y Trasibulo forzó vejatoriamente la recaudación de dine ro a ciudades amigas y aliadas, como Halicarnaso5. Finalmente, en Aspendo, una vez más los soldados se dedicaron al pillaje, por lo que los nativos atacaron de noche el campamento y mataron a Trasibulo entre otros5. Así murió con más pena que gloria quien había sido el ateniense de su época mejor dotado para la guerra y el que condujo a los demócratas en la etapa más amarga de su historia. Un hombre que demostró su lealtad al pueblo de Atenas, primero manteniendo en Samos la democracia, con la flota consti tuida en Asamblea permanente, durante el breve régimen de los Cuatrocientos; después restaurándola con los hombres que bajo su mando se concentraron en File y luego en el Pireo para combatir a los Treinta.
Frente a esta imagen que se trasluce del relato jenofonteo, el orador de este discurso nos presenta a un Trasibulo ambicioso que al final de su vida se dedica a enriquecer a sus amigos (§§ 4-5). Cierto que no acusa directamente al estratego de robo ni malver sación, pero está muy cerca de ello cuando afirma que hizo bien en morir, dando a entender que, en caso contrario, habría recibido la muerte en Atenas (§ 8). Pero, aparte de este juicio sobre Trasibulo, injusto a todas luces, el orador completa el relato de Jenofonte en
5 Je n o f o n t e (ibid. 30) se limita a decir que «tomó botín para sus sol
dados» en las ciudades que se le resistieron; o que «reunió dinero de otras ciudades para fortalecer al ejército».
6 También Di o d o r o Sí c u l o ( X I V 94) se refiere a estos hechos, pero
solamente relata las circunstancias inmediatamente anteriores a la muerte de Trasibulo y no la campaña, por lo que la figura del estireo resulta más ensombrecida.
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algún punto: primero, que la Asamblea había votado un decreto exigiendo el regreso de la expedición a fin de que sus responsables entregaran el dinero recaudado y, eventualmente, rindieran cuentas de su gestión — algo que, evidentemente, no hicieron (§ 5)—; también nos enteramos de que una de las ciudades perjudicadas por la excesiva exacción de impuestos fue Halicarnaso (§§ 12,17). El resto de lo que aquí se dice — puesto en estilo directo en boca del propio Ergocles— es probablemente falso: a saber, que éste aconsejó a Trasibulo casarse con la hija de Seutes y tomar Bizan- cio para convertirse en una especie de sátrapa del Helesponto. En todo caso, de ser ello cierto, hablaría más bien a favor de Trasibulo el cual, evidentemente, desoyó estos consejos poniendo proa hacia el sur.
Sea como fuere, los atenienses, que a la sazón se hallaban en una grave situación de carestía (§ 11), dieron en sospechar que aquellos a quienes habían enviado para recaudar fondos, se estaban enriqueciendo con los dineros públicos. Y, muerto el jefe de la ex pedición, acusaron a quien debía de ser, además de significado amigo y colaborador de Trasibulo, partícipe directo en algunos he chos concretos de esta campaña. La acusación es de corrupción (idorodokein, § 11), malversación de fondos públicos (klope dé- mosiön khrêmâtôn, cf. § 1,11) y traición (prodosía, cf. § 1, 11). Y, aunque el único acusado es Ergocles, como se deduce de § 1, al orador se le desliza demasiado a menudo el plural (§ 2: «per donarlos»; § 7: «gentes así»; § 17: «los culpables», etc.) con lo que como otras veces es todo el grupo de amigos de Trasibulo el que se ve implicado en el proceso, aunque sea indirectamente.
El procedimiento seguido es el de eisangelía o denuncia pú blica ante la Asamblea que, también en este caso, asume la función de corte suprema. Según se desprende de § 9, éste es el segundo día del proceso: el anterior ha habido una votación que debió de ser adversa para el acusado porque, según el orador, los amigos de Ergocles andan tratando de sobornar a todo el que pueden de- prisa y por todos los medios.
El discurso es indudablemente lisíaco y, aunque corto, está bien estructurado y tiene la eficacia, desde el punto de vista retóri-
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co, que es habituai en Lisias. Pese a ser una deuterología lo mismo que el anterior, el orador no se dedica prioritariamente, como en éste, a refutar por adelantado los previsibles argumentos de los amigos de Ergocles que, sin duda, van a colaborar en su defensa. Insiste una vez más en los cargos y trata por todos los medios de suscitar la irritación de los jueces contra el acusado: recordando cómo se iban enriqueciendo mientras la ciudad se empobrecía (§§ 1-3); aprovechando la narración para exponer los intentos por parte de Ergocles para convencer a Trasibulo de que establezca la oligarquía —en el fondo toda la cuestión es planteada como un intento de golpe oligárquico fallido (§§ 7, 11); insistiendo, en fin, sobre el hecho de que los amigos de Ergocles siguen intentando sobornar a cuantos atenienses pueden. Pero también se adelanta — es un tópico inevitable— a la posible defensa de Ergocles: ale gará que estuvo entre los demócratas de File; pero aquí va a distin guir entre los verdaderos demócratas y los que sólo volvieron para beneficiarse7. La conclusión es que éstos últimos son peores que los Treinta (§ 14). Y, en fin, también aquí se acude al topos de la ejemplaridad del castigo, advirtiendo a los jueces que, en caso de absolverlo, los estados e individuos perjudicados los considerarían cómplices de Ergocles.
El resultado del proceso lo conocemos por el discurso siguien te. Ergocles fue condenado a muerte y sus bienes confiscados, aunque no se encontró nada de los treinta talentos que se suponían en su poder. Es, por consiguiente, el único discurso del que cono cemos con seguridad el resultado8. En cuanto a la fecha, dado que el proceso se relaciona con hechos históricos bien conocidos y da
7 Se trata de un tópico. Lo mismo que en XXVI 16 se distingue entre «buenos» y «malos» dentro del grupo de «los de la ciudad», aquí se hace dentro del grupo de «los que regresaron».
R La Vita del Ps.- Pl u t a r c o(836a) asegura que Lisias sólo perdió dos
de los procesos para los que escribió un discurso, pero se trata, proba blemente de una exageración sustentada solamente en la excelencia del orador. La generación siguiente a la de Lisias ya no podía constatar este punto.
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tados, tam b ién p o d em o s deducirla con exactitud: tu v o lugar el 389, año sig u ien te al de la cam paña de Trasibulo.
NOTA TEXTUAL
Te x t o d e Hu d e No s o t r o s
1 2 <ού> την αυτήν γνώμην τοιαύτην γνώμην (m s s.)
CONTRA ERGOCLES. EPÍLOGO
Atenienses: los cargos presentados son tan numerosos y i terribles, que no podría Ergocles, a mi entender, pagar repa ración condigna a vuestro pueblo ni aun muriendo muchas veces por cada uno en particular de los delitos por él com e tidos. En efecto, es evidente que ha traicionado a Estados, ha agraviado a próxenos y ciudadanos vuestros, y de pobre se ha hecho rico con vuestros bienes. ¿Qué necesitaríais, 2
entonces, para perdonarlos cuando veis que las naves que ellos mandaban iban desapareciendo1 y volvíanse de mu chas pocas por falta de dineros, mientras que ellos, que se habían hecho a la mar pobres y sin recursos, adquirían con tanta rapidez la mayor fortuna de la ciudad? Con gentes así,
desde luego, vuestra obligación, atenienses, es indignarse. Y 3
es que, fijaos, sería terrible que ahora que estáis así de oprimidos por las contribuciones fuerais a perdonar a los la drones y las gentes venales, mientras que en el pasado, cuando vuestras haciendas eran grandes y grandes los ingre sos públicos, condenabais a muerte a los que ponían ojos de codicia sobre vuestros bienes. Todos admitiríais, creo yo, 4
que si Trasibulo os hubiera anunciado que iba a hacer una
1 Aunque no lo señala Lisias, intencionadamente sin duda, la pérdida
d e 23 naves se debió a una tempestad, según relata Di o d o r o(XIV 94), no
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expedición con trirremes y que os las iba a devolver viejas en vez de nuevas; y que los peligros iban a ser para vos otros, pero los beneficios para sus propios amigos; y que os iba a hacer manifiestamente más pobres por culpa de las contribuciones, mientras que a Ergocles y a sus aduladores los iba a convertir en los ciudadanos más ricos, nadie de vosotros le habría encomendado la expedición con las na-
5 ves. Sobre todo porque, tan pronto como hubisteis decreta
do inventariar los bienes tomados a las ciudades y que regresaran con las naves para rendir cuentas los que com partían el mando con aquél, Ergocles decía «ya andáis con delaciones y echando en falta las leyes arcaicas», y a Trasi bulo le aconsejaba tomar Bizancio, quedarse con las naves 6 y desposar a la hija de Seutes2. «Para que cortes de un golpe
sus delaciones», le decía. «Harás que no anden intrigando para atacarte a ti y a tus amigos, sino que sientan miedo por sí mismos». D e esta manera, atenienses, tan pronto como se habían llenado los bolsillos y disfrutado de lo vuestro, se 7 consideraron extraños a la ciudad. Porque al tiempo que
se enriquecían os cobraron ojeriza, y ya no están dispuestos a dejarse mandar, sino a mandaros a vosotros. Y temiendo por lo que os han robado, están dispuestos hasta a apoderar se de territorios y a imponer la oligarquía y a tomar todas las medidas para que vosotros os encontréis cada día en los más terribles peligros, pues de esta manera — piensan ellos— ya no prestaréis atención a sus delitos, sino que es
2 Este curioso personaje, rey de los tracios, tenían un cierto poder en la región que se extendía hasta Heraclea del Ponto. Je n o f o n t e{fiel. III 2, 2,
9; IV 8,2 6 ) lo presenta como un hombre astuto que se alia con todo el que puede molestarlo. Trasibulo resuelve sus diferencias con Amédoco, rey de los odrisios, y hace a ambos aliados de Atenas, pero es difícil creer que se tomara nunca en serio emparentar con este personaje casándose con su hija.
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taréis en paz con ellos temiendo por vosotros mismos y por la ciudad.
Trasibulo desde luego, atenienses, — pues ya no hay que 8 añadir nada más sobre él— hizo bien en morir así: ni él mismo debía seguir viviendo ocupado en semejantes intri gas, ni morir por causa vuestra cuando todavía tenía fama de haberos hecho algún bien, sino verse apartado de la ciu dad de esta manera.
Mas veo que, debido a la asamblea de ayer3, éstos ya no 9 ahorran más dinero, sino que intentan comprar sus vidas tanto a los oradores, como a sus enemigos y a los prítanes; y que tratan de corromper a numerosos atenienses con dinero. Por ello es justo que vosotros os defendáis imponiendo aho ra el castigo a este hombre, y que mostréis a todo el mundo que no existe tanto dinero como para que os dejéis dominar por él hasta el punto de no imponer el castigo a los culpa
bles. Considerad, atenienses, que no es Ergocles el único 10
que es juzgado, sino la ciudad entera. Pues vais a demostrar a vuestros gobernantes si deben ser justos o robaros lo más que puedan y disponer su salvación por el mismo procedi miento por el que lo intentan ahora éstos. Conque debéis
saberlo bien, atenienses: el que en una situación tan apurada 11
de vuestros asuntos o bien traiciona a Estados o se conside ra con derecho a robar o a dejarse comprar, éste está rin diendo al enemigo nuestros muros y nuestras naves e im poniendo la oligarquía en vez de la democracia. Por lo que no es justo que os dejéis superar por las intrigas de éstos, si no, más bien, que establezcáis un ejemplo para todo el mundo, sin poner por delante de su castigo ni ganancia ni lástima ni cosa alguna.
3 Este discurso corresponde al segundo día del proceso. Cf. Intro ducción.
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12 Atenienses: pienso que Ergocles no va a intentar defen
derse por lo de Halicarnaso, ni por su mandato ni por sus actos, sino que va a alegar que regresó de File, que es parti dario de la democracia y que tomó parte en vuestros peli gros. Pero yo, atenienses, ésta es la opinión que tengo sobre η un asunto como éste: cuantos participaron en vuestros peli
gros por amor a la justicia, por el deseo de que las leyes fue ran firmes y por odio a los delincuentes, aseguro que éstos no podrían ser malos ciudadanos y que no sería injusto te nerles en cuenta su regreso. Pero cuantos después de regre sar, ya en democracia, agravian a vuestro pueblo y agrandan sus propias haciendas con vuestros bienes, es mucho más ]4 apropiado que os irritéis con ellos que con los Treinta. En efecto, estos últimos fueron elegidos para que, en la medida de sus fuerzas, os hicieran daño; en cambio vosotros os ha béis puesto en manos de éstos con la idea de que hagan a la ciudad grande y libre. Pero nada de esto os ha resultado; al contrario, por lo que de ellos dependía habéis estado en los más terribles peligros, de manera que es mucho más justo que os compadezcáis a vosotros mismos antes que a ellos; e igualmente a vuestros hijos y mujeres, porque estáis siendo is deshonrados por hombres así. Pues cuando creemos haber tocado la salvación, recibimos peor trato de nuestros gober nantes que del enemigo. Y, claro está, todos vosotros sabéis que no tenéis esperanza alguna de salvación si estáis en desgracia. Conque es justo que os incitéis a vosotros mis mos a imponer a éstos ahora el máximo castigo y a demos trar a los demás griegos que tenéis intención de castigar a los culpables y de hacer mejores a vuestros gobernantes.
16 Esto es, pues, lo que yo os aconsejo: debéis saber que, si
me prestáis oídos, tomaréis una mejor decisión sobre vos otros mismos; en caso contrario, tendréis peores a los demás ciudadanos. Pero además, atenienses, si los absolvéis no os
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lo van a agradecer a vosotros, sino a sus dispendios y a los dineros que os han robado; por lo que dejaréis para vosotros la enemistad, mientras que ellos darán su agradecimiento por la salvación a aquéllos4. Y lo que es peor, atenienses: n tanto los de Halicarnaso como los otros agraviados por és tos, en el caso de que les impongáis la pena máxima, pensa rán que fueron arruinados por éstos, pero que vosotros ha béis acudido en su ayuda; si, por el contrario, los salváis, os tendrán por cómplices de quienes los traicionaron a ellos. Considerando todo esto, es justo que devolváis el agrade cimiento a vuestros amigos al tiempo que castigáis a los culpables.