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INTRODUCCIÓN

Este discurso de acusación contra Filócrates es una pieza corta — catorce párrafos— por lo que se ha pensado1 que podría tratar­ se, como en el caso de los dos anteriores, de una deuterología, un epílogos. Sin embargo, ello no es nada seguro y, de ser ciertas las palabras del comienzo que aseguran que se ha convertido en un proceso sin acusadores (érémos), sería lógico pensar, más bien, que éste es el discurso principal de acusación. Por otra parte, los cargos quedan expuestos con toda claridad y la argumentación es más que suficiente para un caso que tiene una base jurídica tan débil como éste.

Es importante, además, porque constituye la culminación del «affaire Ergocles» y aclara ciertos puntos que en el discurso ante­ rior no se explicitaban debido a su carácter de epílogos. Por éste sabemos que Ergocles fue condenado a muerte y ejecutado; y que la malversación de que se le acusaba ascendía a la cuantiosa suma de treinta talentos (§ 2); finalmente, que el clima en que transcu­ rrió el proceso contra Ergocles fue, como era de suponer, muy agitado, teniendo que enfrentarse el acusado a una Asamblea enco­ lerizada (§ 6) y haciendo buena la presunción del acusador anterior de que los defensores iban a alegar una condena «sin juicio» (ákritos) para el encausado.

El problema es que de los treinta talentos no apareció ni rastro cuando se llevó a cabo la confiscación de los bienes de Ergocles. Ante este flasco, es lógico que se sospechara que tan sustanciosa

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cantidad había ido a parar a manos de alguno de sus amigos. Y ya sea que hubiera indicios razonables para tal sospecha, o porque el subconsciente colectivo de los atenienses no podía soportar la idea de una condena injusta de Ergocles, lo cierto es que «muchos an­ daban diciendo que iban a acusar a Filócrates» (§ 1). Este persona­ je, que debe ser el mismo al que los atenienses encomendaron la flotilla de diez trirremes que iban a ayudar inoportunamente a Evágoras de Chipre2 — y que, por cierto, fracasó en su misión— fue tomado como cabeza de turco.

En realidad, pese a que, tratándose de bienes «invisibles», la acusación era prácticamente imposible de demostrar, se le incoa a Filócrates un proceso de a p o g r a p k é . No sabemos qué indicios po­ dían existir de su culpabilidad, pero, desde luego, el acusador no aporta más que probabilidades: concretamente el hecho de que Er­ gocles lo había nombrado administrador de sus bienes y trierarca (§ 3) debido a la gran amistad que los unía. De aquí salta, ilegíti­ mamente claro está, a una conclusión capaz de erizar el cabello a todo aquel que tiene la presunción de inocencia por un principio jurídico inamovible3. En efecto, el acusador carga a Filócrates con el onus probandi y afirma que tiene que demostrar que o no tiene los treinta talentos o que Ergocles no los robó y fue, por tanto, condenado injustamente. La primera alternativa ya hemos señalado que resulta chocante incluso en un Derecho con las imperfecciones del ático. Pero la segunda es, sencillamente, perversa: es una tram­ pa para enfrentar al acusado con toda la Asamblea de Atenas que acaba de dar muerte a Ergocles.

Más adelante (§§ 6-7 y 11) se centrará en la capacidad del acusado para sobornar, con lo que añade un dato interesante al discurso anterior: durante el proceso contra Ergocles «se habían depositado tres talentos» como premio para los defensores si lo­ graban su absolución. Aunque no se dice expresamente, se da a entender que era dinero de Filócrates y, en definitiva, procedente de la malversación de Ergocles. Con este dinero, que logró recupe­ rar pese a los problemas que tuvo en un principio, ha comprado

2 Cf. XIX 21 (notas 19 y 20) y J e n , Hel. IV 8, 24. 3 Cf. D o v e r, L ysia s..., pág. 72.

INTRO D U CCIÓ N 233

— siempre según el acusador— testigos que van a asegurar que era el mayor enemigo de Ergocles. Lo mismo que en la defensa de éste, habían logrado sobornar a 500 del partido del Pireo y 1500 del de la ciudad (§ 12).

Así como conocemos el resultado del proceso anterior, desco­ nocemos el de Filócrates. Pero no parece probable que prosperara la acusación con un solo acusador que esgrime, además, una ar­ gumentación tan débil.

No existen razones para dudar que el discurso sea de Lisias y la fecha es previsiblemente el mismo año del proceso contra Er­ gocles — es decir el 389/388—, o a lo sumo, el siguiente.

NOTA TEXTUAL

Te x t od e Hu d e

3 οπλιτών

No s o t r o s

CONTRA FILÓCRATES. EPÍLOGO

Este proceso, jueces, ha resultado más solitario1 de lo i que yo esperaba. En efecto, eran muchos los que amenaza­ ban y muchos los que andaban diciendo que iban a acusar a Filócrates; ninguno de ellos ha comparecido. Lo cual, en mi opinión, es una prueba, no inferior a ninguna, de que la de­ manda de confiscación es legítima: si no tuviera muchos de los dineros de Ergocles, no habría sido capaz de verse tan libre de acusadores. Yo creo, jueces, que todos sabéis que 2

condenasteis a muerte a Ergocles porque, malversando los bienes del Estado, había adquirido un capital de más de treinta talentos. Y nada de este dinero aparece en la ciudad. Pues bien, ¿a dónde hay que acudir o dónde hay que buscar los dineros? Porque si no aparecen en poder de sus parientes o de aquellas personas con las que él tenía mayor familiari­ dad, difícilmente va a aparecer en poder de sus enemigos.

Pero ¿a quién estimaba más Ergocles o con qué hombre te- 3

nía un trato más familiar? ¿Es que no lo sacó de vuestros vendedores públicos2 y lo hizo administrador de sus bienes

1 Es decir, «sin acusadores» (gr. eremos). Se trata de un tecnicismo (cf. XX 18, etc.), pero aquí se utiliza en sentido irónico. Al menos hay un acusador que es el que habla.

1 Traducimos asi el término conjetural pôlëtôn ya sugerido por Em p e­ r i u sy defendido por U. Al b i n i(«Lisia 29, 3 e Luciano LXXI, 14», Pa-