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5 General discussion
5.1 Current solid waste management status
Del mismo modo que el fermento de la oposición política en Polonia se agrupará en torno a la Iglesia, en la tierra de la vida bohemia ese santuario está reservado a los círculos intelectuales y artísticos de Praga. En el tormentoso año de 1968 que vería las barricadas de los estudiantes de París y la matanza en Tlatelolco, la nación checa intentaría transformar el comunismo de una ideología dictatorial a una política igualitaria de “rostro humano”. El fracaso de esta mutación llevaría a los ciudadanos del Este a la conclusión de que el sistema comunista no era reformable: por sus mismos principios había que apostar por él o contra él, pues la libertad no admite medias tintas.
La Primavera de Praga –nombre del último gran movimiento pro reforma del comunismo este- oriental- comenzó inocentemente en el marco del IV Congreso de Escritores celebrado en el verano de 1967. Convocado por el Partido Comunista bajo la excusa de escuchar los puntos de vista de los creadores literarios del País, el Congreso era en realidad un velado intento de controlar la riquísima vida cultural que la sociedad utilizaba para canalizar sus críticas al sistema. Preocupado por el tono irónico de la crítica quedesde las revistas literarias, publicaciones y teatros los intelectuales checoslovacos lanzaban contra el régimen, el Presidente Novotny dispuso utilizar a los portavoces del Congreso para controlar a sus colegas menos ortodoxos. Pero el Congreso no salió como los comunistas lo planearon.
Los intelectuales –incluso muchos de los miembros del Partido- utilizaron el foro para denunciar la política culturalmente asfixiante del Partido. Se acusó al Ministerio de Cultura de tratar de imponer un monopolio sobre la sociedad checa, se lanzaron acusaciones contra la censura. El Partido reviró cerrando varias de las revistas literarias menos dóciles como Tvár, y clausurando algunos establecimientos que escenificaban obras del “teatro del absurdo”. Este tipo de teatro, que no era sino una crítica irónica de la realidad social bajo el comunismo, pretendía mostrar el sinsentido de la vida burocratizada por las disposiciones de un gobierno de funcionarios timoratos sobre un pueblo acrítico.
Las medidas para reprimir y castigar a los intelectuales escindieron al Partido. Pero en Checoslovaquia, la ruptura iba más allá de la consabida disputa entre el ala dura y el ala reformista que se había dado en la URSS, Hungría o Polonia. A diferencia de esas naciones, en Checoslovaquia el Partido estaba constituido por dos facciones étnicas rivales: los checos y los eslovacos. Intentando unificar al País bajo la égida comunista, el gobierno estaba representado por el Presidente Novotny –de origen checo- y, del Secretario del Partido, el eslovaco Alexander Dubcek.
Al momento de pedir sanciones contra los intelectuales la precaria situación del Partido se hizo evidente. De un lado, el ala dura capitaneada por el checo Novotny pedía castigos ejemplares. Del otro lado, el eslovaco Alexander Dubcek ya se había declarado a favor de la liberalización de la vida política e intelectual como vías para lograr lo que él llamó “un comunismo de rostro humano”. De darse una ruptura, el Partido y la nación misma podían fragmentarse no sólo ideológica sino étnicamente.
En un inicio, tanto Dubcek como Novotny apelaron a sus etnias para ejercer presión en favor de sus posturas ideológicas sin que ninguno de ellos pudiera prevalecer. Pero en Octubre de 1967, los estudiantes de la Universidad Carolignia terminaron el impasse con una manifestación pro-reforma por las calles de Praga. Conforme avanzaba hacia el distrito gubernamental de Hradcany, Novotny ordenó dispersar la marcha por medio de la violencia y la fuerza bruta. La sangrienta represión hizo olvidar el
recelo étnico: checos y eslovacos unieron fuerzas en torno a Dubcek y su atractiva propuesta del “comunismo con rostro humano”.
Pero Novotny no iba a dejar el poder tan fácilmente y un enfrentamiento entre ambos líderes amenazaba la unidad del País. En un intento de conciliar las posturas de reformistas y conservadores, checos y eslovacos, el Premier Soviético Leonid Brezhnev visitó el país a fines de 1967. Su visita fue poco más que una tregua. Apenas Brezhnev se fue cuando ya Novotny intentaba desalojar a Dubcek del poder. A su vez Dubcek contraatacó a principios de 1968, logrando ser nombrado Jefe de Gobierno de la República Popular Checoslovaca. Hacia Marzo, Dubcek lanzaba la primera iniciativa de la Primavera de Praga: el fin de la censura en los medios informativos, los teatros y las revistas.
El efecto fue el de un auténtico renacer (de ahí el nombre “Primavera de Praga”). Autores prohibidos volvieron a ver circular sus escritos. Los teatros escenificaban obras de toda índole, los grupos de rock de protesta eran escuchados a lo ancho del País. En Abril, Dubcek conseguía que el Partido renegara de su papel monopolizador de la vida cultural y social, declarando que “el objetivo del Partido no es convertirse en administrador universal de la sociedad (…) ni trabar toda la vida social con sus directivas”.
El pueblo vitoreó al nuevo líder que parecía lograr hacer germinar ese raro cultivo que nadie más había logrado: un sistema económicamente comunista y políticamente liberal. Y si bien los efectos inmediatos y más visibles del programa político de Dubcek se hicieron notar en el ámbito cultural, la Primavera de Praga era mucho más ambiciosa e incluía la liberalización política, la reforma económica y la revelación de la magnitud de los crímenes de Stalin. Desgraciadamente y aún cuando las ideas de la Primavera de Praga serían esencialmente idénticas a la Perestoika y Glasnost de Gorbachev, en 1968 Moscú aún no estaba preparado para un experimento de tales proporciones.
Alarmado por el rumbo de los acontecimientos Brezhnev decidió poner a Checoslovaquia en cuarentena excluyéndola de las reuniones del Pacto de Varsovia. Los checoslovacos, indignados por la exclusión, se acercaron a las otras dos naciones parias del comunismo moscovita: la Rumania de Ceauscescu y la Yugoslavia de Tito. El acercamiento de Praga a los dos líderes insumisos del bloque comunista no hizo sino alarmar más a Brezhnev. La posibilidad de que Dubcek, Tito y Ceauscescu pactaran la creación de un bloque de naciones comunistas independientes de Moscú era una afrenta inconcebible.
A finales de Julio de 1968 Brezhnev planteó el caso ante las naciones del Pacto de Varsovia y consiguió extraerles una condena contra Checoslovaquia. Con dicha condena en mano, Brezhnev aseguraba dos cosas: la participación militar del Pacto de Varsovia contra uno de sus miembros y, la aparente legalidad de la represión que ya había decidido como curso de acción.
La intervención armada fue fulminante. Del 20 al 21 de Agosto tanques y tropas del Pacto de Varsovia invadieron Checoslovaquia y dieron fin a la Primavera. Siguiendo el ejemplo de Thich Quan Duc, el monje budista que prendiera fuego en 1963 para protestar las políticas del gobierno sudvietnamita de Dienh, Jan Palach un estudiante de la Universidad Carolignia, se auto-incineró en protesta. La sangre corrió por las calles de Praga. Dubcek fue apresado y remitido a Moscú. Ahí, bajo enormes presiones se le extrajo una declaración de auto-crítica y se le obligó a firmar un documento en el que se retractaba de su programa político.
Los Acuerdos de Moscú, como se llamó a ese documento, traicionaban el sueño nacional checoslovaco y a todos los que habían creído en la Primavera de Dubcek. Para fines de Agosto, la tranquilidad regresó a la sociedad checa. La mayor parte de los intelectuales que publicaran o circularan obras críticas del comunismo durante los breves meses “primaverales”, sufrieron persecución y cárcel. Pero, tal como la describiría el futuro presidente checo Václav Havel, la tranquilidad era una paz de cementerio donde nadie osaba moverse. A Dubcek se le permitió permanecer en el poder un año más. Una vez logrado su total descrédito, fue removido de su cargo, exiliado a provincia y expulsado del Partido en 1970. Al final, la Primavera de Praga fue intento fallido como tantos otros. Pero su significado histórico quedaría grabado en las palabras que Dubcek pronunciara poco antes de la intervención armada en 1968: “El Partido Comunista trata de probar que es capaz de ejercer la dirección política por otros medios que no sean burocráticos y policíacos”. Tras el balance de la rebelión húngara y polaca, el Muro de Berlín y la Primavera de Praga, lo que quedó demostrado –en palabras que el propio Dubcek pronunciaría en 1989- era la irreformabilidad intrínseca del comunismo.
El Partido, nacido en el poder, había creado al Estado a su imagen y semejanza. No era posible reformar el uno sin reformar el otro. Por lo mismo, tampoco era posible deshacerse del comunismo por la vía de la violencia. Para los anti-comunistas de Europa del Este, la conclusión obligada del período 56- 68 era la necesidad de replantear su estrategia y trabajar sigilosamente en la creación de una sociedad civil que estuviera preparada para el momento en que la dirigencia de Moscú flaqueara en el uso de la fuerza: condiciones que ocurrirían 21 años más tarde.