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La revisión de los estudios eclesiásticos, propuesta por el Concilio Vaticano II, hace referencia explícita a la teología moral en este párrafo tan repetido:

"Téngase especial cuidado en perfeccionar la teología moral, cuya exposición científica, nutrida con mayor intensidad por la doctrina de la Sagrada Escritura, deberá mostrar la excelencia de la vocación de los fieles en Cristo y su obligación de producir frutos en la caridad para la vida del mundo" (OT, 16).

Esta orientación particular de la teología moral debe contar asimismo con la norma general que le precede en el texto del Concilio: "Las restantes disciplinas teológicas deben ser igualmente renovadas por medio de un contacto más vivo con el misterio de Cristo y la historia de la salvación" (ibid.). Igualmente, se han de tener en cuenta las directrices contenidas en el capítulo V del Decreto, dedicado todo él a la "revisión de los estudios eclesiásticos".

Convertidos en objetivos, esos criterios rectores son, en esquema, los siguientes:

— "abrir cada vez más las inteligencias de los alumnos al misterio de Cristo, que afecta a toda la historia de la humanidad";

— "exponer los misterios de la fe centrados en el marco de la obra de la salvación";

— desarrollar los diversos temas de forma que la Sagrada Escritura sea "como el alma de la teología";

— "enseñar las disciplinas teológicas a la luz de la fe, bajo la dirección del Magisterio de la Iglesia";

— proponer los misterios cristianos que constituyen objeto de la teología de modo que los alumnos "ahonden en ella y la conviertan en alimento de su propia vida espiritual";

— subrayar la dimensión pastoral de la teología de forma que los alumnos "puedan anunciarla, exponerla y defenderla";

— dedicar especial atención a explicar la "contribución de los Padres de la Iglesia de Oriente y Occidente a la transmisión y desarrollo de cada una de esas dos culturas";

— "profundizar los temas" bajo el magisterio de Santo Tomás y descubrir su conexión entre ellos por medio de la especulación;

— "desarrollar las verdades de la Revelación así como la historia posterior del dogma, considerada también su relación con la historia general de la Iglesia";

— subrayar cómo los misterios cristianos están "siempre presentes y operantes en las acciones litúrgicas";

— "aplicar las eternas verdades a la mudable condición de la vida humana y comunicarlas de un modo apropiado a sus contemporáneos".

En consecuencia, según la doctrina conciliar, la exposición de la Teología Moral ha de tener en cuenta todos esos criterios. Además, tal como se deduce del texto aducido, la moral católica, teológicamente expuesta, ha de ser una disciplina que goce de las siguientes características:

— Renovada y científica: "Téngase especial cuidado en perfeccionar la teología moral, cuya exposición científica...";

Escritura";

— Cristocéntrica: "Deberá mostrar la excelencia de la vocación de los fieles en Cristo";

— Operativa y social: Le incumbe "la obligación de producir frutos en la caridad para la vida del mundo";

— Centrada en la caridad: ha de producir "frutos en la caridad".

A estos criterios habrá que sumar otras características que se insinúan en ese denso párrafo: — Dimensión eclesial, que cabe leer en el término "fieles";

— Aspecto sacramentario, que se deriva de la fundamentación cristológica: "la vida en Cristo"; — Unión con la ascética y pneumatológica, subrayada por la finalidad de la vida moral: "mostrar la excelencia de la vocación en Cristo".

Algunos de estos criterios se repiten en la Carta de la Congregación para la Educación Católica, que demanda un "status epistemológico propio", que sitúe la teología moral a "un nivel verdaderamente teológico", de forma que su desarrollo doctrinal "se vincule con la dogmática" de modo que "sea la parte concerniente al proceso en el que el hombre, creado a imagen de Dios y redimido por la gracia de Cristo, tiende hacia la plenitud de su realización según las exigencias de la vocación divina, en el contexto de la economía de la salvación históricamente efectuada en la Iglesia".

Todos estos criterios se convierten en características irrenunciables que han de tenerse en cuenta en la exposición de la teología moral. No obstante, como es lógico, cabe orientar su estudio partiendo de uno de esos criterios que se asume como punto focal del cual derivan todos los demás. No es desacostumbrado en el desarrollo de cualquier parcela del saber el estructurar una ciencia sobre un principio, con el cual conectan los otros elementos que constituyen un tratado. Es lo que cabría denominar "modelos", los cuales se constituyen un "sistema" o "escuela" cuando fijan una orientación definida en la corriente cultural de una época.

En este apartado trataremos de exponer los diversos modelos que se han seguido en el desarrollo de la teología moral a partir de un principio fundamental. A su vez, estas diversas tendencias marcan, en buena medida, la historia de este Tratado, al menos en los últimos años.

2. Orientaciones actuales de la ética teológica

Las corrientes actuales en el estudio y estructuración del tratado de Teología Moral son muy diversos, si bien todas quieren conectar, de una u otra forma, con esos criterios señalados por el Concilio. No obstante, resulta tarea aún imposible ofrecer un esquema de las diversas corrientes actuales en el estudio de la teología moral. La renovación demandada por el Concilio está demasiado próxima, y los autores se mueven todavía en una época de búsqueda de un principio sistematizador. En consecuencia, carecemos de un sistema de teología moral científica y metodológicamente estructurado.

Los Manuales publicados se mueven en diversas tendencias, conforme el principio fundamental sobre el que desarrollen la ética teológica. Cabría mencionar las siguientes, si bien se violentan los autores cuando se les trata de encuadrar en una de estas corrientes. De aquí que evitemos sus nombres.

a) Imitación de Cristo

En esta corriente se sitúan casi todos los autores. Es evidente que, si el cristianismo connota un modo nuevo de comportarse, el modelo no puede ser otro que la vida de Jesucristo en su existencia histórica. Más que una "escuela", el seguimiento e imitación de Cristo constituye un lugar común de las diversas corrientes de la teología moral de nuestro tiempo. No obstante, los autores difieren en el modo en que asumen este criterio.

Esta corriente tiene en su haber la vuelta a las fuentes bíblicas. El recurso al Nuevo Testamento es constante en los escritos que proponen una moral del seguimiento e imitación de Cristo.

Dentro de esta corriente cabe destacar a quienes tratan de superar la moral de "imitación" y pretenden una moral de "identificación" con la persona de Jesús. Estos autores pretenden construir

una moral ontológica: el desarrollo de esa nueva "vida en Cristo" que se recibe en el bautismo". b) El precepto cristiano de la caridad

Otros autores parten como idea central de la caridad cristiana. Para ellos, es la Ley del Mandamiento Nuevo del amor el punto de arranque que justifica un estilo cristiano de vida.

Esta corriente tiene a su favor el que aúna la nueva antropología del ser–cristiano, transformado por la caridad sobrenatural y, al mismo tiempo, elabora una moral en la que cuenta como fuente y cima el mandamiento del amor, así como las exigencias que este precepto comporta en todo el Nuevo Testamento. Para estos autores, el mandato del amor no es sólo un precepto, sino un estilo de vida nuevo que se origina en la fuente del ágape y comporta una serie de preceptos morales novedosos y exigentes. El Espíritu Santo es el alma de la caridad que la desarrolla constantemente hasta que alcance su plenitud en la realidad escatológico.

c) El Cuerpo Místico de Cristo

Esta corriente deriva de las doctrinas eclesiológicas sobre la Iglesia entendido como Cuerpo de Cristo. Por ello, quieren subrayar la vocación común de todos los bautizados y, en consecuencia, la dimensión eclesial y comunitaria de la vida moral.

Quienes se adscriben a esta orientación de la ética teológica es frecuente que subrayen la dimensión sacramental de la vida moral y también el aspecto litúrgico de la experiencia cristiana: la fe celebrada connota compromisos éticos en la fe vivida. La grandeza de la vocación en Cristo exige una respuesta adecuada, para lo cual es necesario una unión sacramental con la Persona de Jesús "sacramento del Padre", a través de la Iglesia, que es "sacramento de Cristo" y "sacramento universal de salvación" (LG 1,48; GS, 47). En la moral así expresada, el creyente encuentra en los Sacramentos las actitudes cristianas que deben regir su vida; al mismo tiempo, los signos sacramentales orientan esas actitudes y le prestan la ayuda eficaz para ser fiel a esas exigencias morales.

d) El Reino de Dios

Los autores que optan por la exposición moral estructurado sobre la realidad del Reino de Dios se fundamentan en la idea central de la Alianza. La historia humana y de cada uno de los hombres es preciso interpretarla a la luz de la llamada de Dios. Con la Alianza hecha a Abrahán y Moisés en el Antiguo Testamento se inicia un modo nuevo de relacionarse el hombre con Dios. La Alianza entre Jahveh y su Pueblo —hoy la iglesia— pone de relieve unas exigencias de comportamiento que responden a ese especial vínculo que el hombre tiene respecto a Dios. Estos comportamientos son, indiscutiblemente, de conversión personal, pero contienen exigencias sociales. De aquí que este modelo sea preferido por los que, de un modo u otro, se acercan a la "teología de la liberación", si bien la formulación más extrema se da en los epígonos más comprometidos en la lucha por la justicia social.

No pocos autores, partidarios de esta orientación en el estudio de la teología moral, hacen hincapié en el tema de la "voluntad de Dios". Al modo como en el Antiguo Testamento Dios manifestaba reiteradamente su voluntad, de manera semejante el cristiano ha de cifrar su existencia en el empeño por cumplir la voluntad divina. Cumplirla en todo momento, es ser fiel a la Alianza que se inició en el bautismo. Para otros autores, la idea del 11 cumplimiento de la voluntad de Dios" es tan sugestiva y rica que ella sola justifica un modelo de teología moral.

3. El riesgo de un modelo único

No obstante, estas diversas tendencias no han alcanzado todavía una sistematización adecuada, de forma que aún no es posible hablar de una estructuración lógica de un sistema de teología moral. Quizá no haya pasado el espacio de tiempo, suficiente para crear sistemas morales, si bien, este hecho motiva una pregunta obligada: ¿es conveniente —más aún es posible— estructurar el estudio de la teología moral a partir de un sólo principio? Esta circunstancia hace pensar que, posiblemente, no sea razonable que tengamos hoy una nueva versión de los antiguos "sistemas morales". Casi todos los proyectos sistemáticos corren el riesgo de sacrificar o, al menos, violentar algunas verdades en favor de la unidad del sistema. De aquí que, en mi opinión, sea deseable que los nuevos tratados de moral deban asumir los criterios generales presentados por el Concilio sin necesidad de fundamentarlos sobre un solo principio a causa de los riesgos que ello lleva consigo. Sin

pretensiones sincretistas, un tratado de moral católica no puede renunciar a ninguna de las verdades fundamentales que quieren subrayar esos cuatro "modelos teológicos". De aquí, la necesidad de aunar más que sistematizar, los diversos intentos en los que se reparten los autores.

En efecto, tanto la imitación de Cristo, como el precepto cristiano del amor, así como las exigencias eclesiales que brotan de la consideración de la Iglesia como Cuerpo de Cristo — especialmente la dimensión sacramental— y las riquezas morales contenidas en la moral del Reino de Dios son, en conjunto, elementos que han de tenerse en cuenta para entender la riqueza moral del cristianismo. Por el contrario, polarizar el estudio de la moral católica en uno sólo de esos puntos obedecería más a un intento de vertebrar todas las verdades a partir de un polo de referencia único. Sin duda que este intento tiene un alto valor didáctico, pero lo que se gana en pedagogía se corre el riesgo de perderlo en la exposición científica de los contenidos. Además, el afán de escuela ha sido siempre origen de no pocas e inútiles confrontaciones entre los defensores de uno u otro sistema.

Una última precisión. En todo este tema se juega más con "simpatías" personales que con datos rigurosamente ciertos. Así, por ejemplo, no es posible dar una respuesta conveniente al tema de si, según los datos del Nuevo Testamento, la ética cristiana consiste en la imitación de Cristo o en el cumplimiento de la caridad. Esta es la tesis de algunos escrituristas:

"Según estos datos, la fuente de la moral neotestamentaria parece encontrarse unas veces en Cristo y otras en la caridad. ¿Habrá que identificarlos, o será preciso distinguirlos, como dos polos que equilibran un universo? Una solución tentadora sería hacer de la persona del Señor la regla objetiva, y del ágape el móvil o fuente subjetiva del acto "virtuoso". Mas por una parte, Cristo vive en nosotros e inspira nuestros pensamientos y nuestra conducta; y por otra, la caridad no es sólo el amor de nuestro corazón, sino una realidad más celestial que humana, que puede ser personificada ya que existe eminentemente en Dios, y que impone sus prescripciones a toda conciencia cristiana (cfr. 2 Cor 2,8). Para resolver esta aporía, habrá que proceder a un examen de los textos, teniendo bien en cuenta la concepción que los contemporáneos tenían acerca de la regla moral".

La larga explicación de Spicq que sigue a estas palabras no da una respuesta satisfactoria. Por este motivo, dedica un amplio apéndice al estudio de este mismo tema, en el que concluye así:

"El texto decisivo es 2 Cor 5,14—15: La caridad de Cristo nos urge, persuadidos como estamos de esto: uno murió por todos, luego todos murieron; y murió por todos para que los que viven no vivan ya para sí, sino para aquél que por ellos murió y resucitó". Una vez más, la moral del cristiano es una moral bautismal; su participación en la muerte y en la resurrección del Señor le obliga a morir al pecado y no a vivir más que para la vida y los sentimientos de Cristo. Pero esta dedicación a Cristo, lealmente vivida (Rom 14,7—8), no es algo exigido por los derechos soberanos del Maestro, sino más bien por el amor que nos manifestó y que nosotros mismos le profesarnos. Esta ágape nos tiene presos de un modo tan firme y estrecho que no cabe otra actitud espiritual que la de entregarse en vida y muerte al Señor".

En consecuencia, según Spicq, la moral de la imitación de Cristo incluye la moral de la caridad. También cabe afirmar lo contrario, que la moral del amor implica la moral del seguimiento e imitación. Es un ejemplo claro de que es imprescindible la integración de diversos sistemas morales.

4. Dimensiones irrenunciables de la ética teológica

Pero cualquiera que sea el principio sobre el que se intente estructurar el estudio de la teología moral, será inevitable contar con la dificultad intrínseca de la teología moral a ser confinada en un sistema excesivamente cerrado y homogéneo. De aquí que es más importante y más útil señalar los puntos irrenunciables que, de un modo u otro, son patrimonio común del estudio de la teología moral después del Vaticano II y a los que nuestra cultura es tan sensible.

Estos pueden ser los más importantes: a) Cristocentrismo bíblico

Es evidente que no cabe hablar de la ética cristiana sin referencia primordial a la persona histórica de Jesús de Nazaret y a su doctrina moral sobre el actuar del hombre. Cualquier tipo de conducta que trate de reflejar el mensaje religioso de Jesucristo ha de volverse necesariamente al ejemplo de conducta que asumió el Hombre—Dios y al mensaje moral que predicó a lo largo de su

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