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Cutting edge dynamic conservation planning science

Chapter 6: General discussion and conclusions

6.3 Cutting edge dynamic conservation planning science

―desenfrenado galope‖, con su caballito de palo, a la casa, cerca del antepatio —―franja de nadie‖—, desde donde se ve la plaza hirviendo en el verano, con sus casas de paja y sus almendros retorcidos. Aunque la casa de Celia, la abuela, está indisolublemente unida al patio —que es una prolongación de la casa, el umbral o puente que la une al pueblo—, hay que aceptar que para el niño de nueve años, cuyo mundo espacial aún no tiene las dilatadas dimensiones que alcanza la geografía para los adultos, casa y patio se presentan, como los dos polos, en miniatura, del cronotopo doble en que se desenvuelven los adultos: casa y pueblo.

La casa toma características de ser vivo, humano o animal. A veces es un ―animal triste, con sus costillas y su epidermis despedazadas por el tiempo‖ (p.22), ―zozobrantes despojos‖ que se desprendían a ―pedazos‖, vigas que ―caían en la noche como los costillares de un cadáver‖ (p.23). La idea es que Celia deviene el alma y la casa el cuerpo:

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―no puedo salir de ella porque sería como si me botaran de mi propio cuerpo‖ (p.25). Celia y la casa son una sola:

Entró en la casa como un alma penetra en un cuerpo. De allí su trabazón casi sagrada, con los horcones, las vigas, la techumbre y las paredes de estiércol de vaca apretado contra las cañabravas. Cuando ella traspuso por primera vez el umbral, la casa tenía su misma edad y duró exactamente lo que duró ella. A los tres días de muerta la casa se derrumbó de golpe como si alguien le hubiese dado un brusco manotazo (...) fue que ella y la casa se volvieron un solo organismo. Crecieron al unísono, padecieron las mismas enfermedades, envejecieron juntas y, al final, quedaron marcadas por idénticas cicatrices. (p.124)

De allí que Celia sufra cuando los hijos y las hijas la persuaden para que abandone la edificación. También debió vivir una larga zozobra de once meses, en espera de una determinación judicial originada en una hipoteca que puso en riesgo la casa de pasar a otras manos:

(...) la casa y yo hemos sido la misma cosa. Porque yo llegué aquí un mediodía, lo vi a él en la puerta y entré. Desde ese mismo instante sabía que ya no saldría más de aquí. Así debió ser; sí, así debió ser, cuando mi alma penetró en mi cuerpo. Porque nunca he amado como he amado este lugar. Parece mentira que una le ponga tanta ternura a unos árboles de totumo, a unas bisagras rotas, a unas puertas que lloran cuando se cierran en la noche. Y todavía más: que uno llegue a amar con tal poderío el lugar donde más hondamente ha sufrido. Tal vez sea por esto

—precisamente por esto— por lo que parece que hubiera echado raíces en esta casa. (p.154)

Por lo mismo, tres días después de muerta Celia, la casa se derrumba de golpe. Berta también siente la casa como una presencia humana pero con cierto aliento maléfico. Así, en el momento en que Celia maldice los matrimonios de sus dos hijas, Berta deja sentir su resentimiento contra la casa que ―un día terminaría por caer (...) para sepultarlos a todos entre su madera y su polvo y sus incontables sollozos apretados y resecos en el barro de sus paredes.‖ (p.90)

En cuanto al patio, el mismo Rojas Herazo cita su importancia como misterioso ámbito de aventuras y excursiones, distinto a la casa, en su vida personal de infancia:

El patio de esa casa —la de su abuela, en Tolú— estaba conformado por las regiones mitológicas del miedo: entre los cerezos, vivía el enano cabezón, de pies y rostro de fique, que se alimentaba con el lloro de los niños; bajo los tamarindos, erraba la mujer de cabellos de hielo y ojos de fuego; en las ramas intermedias del guayabo se hospedaba el diablo; los mohanes chiquitos nadaban, en los largos inviernos, en la laguna bordeada de ciruelos. Mi hermana y yo éramos los dueños exclusivos del patio. (1976, p.244)

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En el capítulo XXII, Rojas Herazo introduce precisamente esta fantasmagoría patiera de su infancia, cuando Anselmo y Evelia se levantan en la noche y salen al patio para contemplar el caballo negro que ha traído el tío Jorge: ―Ahora estaban en los rincones mitológicos del patio. Frente a la gruta del enano cabezón y la mujer de cabellos de yelo que salía en las noches a llorar bajo los árboles.‖ (p.179)

El espacio del patio, incluido el ante-patio, tiene la anfibología de lo indecidible, no es calle pero tampoco casa, participa de la entereza de ambos espacios, deviene lugar de asombro, proeza y entropía pero también de rutina, orden y reglamento, es lugar de riesgo aunque igualmente de seguridad, lugar cercado a los lados pero libre por arriba.

Refiriéndose al patio en la tercera novela, CSP, Alfonso Cárdenas Páez anota: ―Por su parte, el patio es el cordón umbilical que liga la casa al cosmos; es el afuera del adentro que es la casa; el patio es la naturaleza en tanto que la casa es la cultura. Es la casa que se descentra y que se abre al cosmos; es la convergencia en el solaz de todos los de la casa y el lugar donde aparecen los fantasmas de los muertos que vienen con el viento.‖ (1994, p.153)

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