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E- TEK ELAT ® 0.4 0.8 ~18 15 [78]

2 Methodology+and+Experimental+

2.1.3 Polarization+resistance+ +

2.1.3.1 Cyclic+Voltammetry+and+Linear+Sweep+Techniques+

hay autores que no consideran la depredación encuadrada dentro de él. Personalmente, estoy entre quienes excluyen la depredación en sí misma del contexto del comportamiento agresivo, y ahora profundizaré en ello. Por otra parte, resulta que, la mayor parte de los ataques fatales a humanos protagonizados por perros, han sido debidos al comportamiento predatorio. ¿Qué relación tiene entonces la predación con la agresión?

El Dr. Félix Rodríguez de la Fuente, que con tanta pasión observó y divulgó el comportamiento animal y, muy especialmente, todo lo referente a la depredación, nos hablaba del juego de la caza, comparando, muy acertadamente, el comportamiento cazador o predatorio con un juego. El cachorro, de hecho, aprende a cazar durante las actividades lúdicas con sus hermanos y con las primeras presas que aportan sus progenitores. De esta forma, madura su conducta instintiva de caza. Así que la caza no es, en principio, más que el desarrollo de un juego de persecución que va encadenando el desenlace de un impulso instintivo con el mecanismo que dispara el resorte de otro impulso instintivo relacionado. Con la huida de la presa se dispara el impulso de persecución cazadora, y, el mismo comporta miento de persecución, va a poner en funcionamiento un complejo mecanismo psicofisiológico que llevará, automáticamente, a la puesta en marcha del impulso de sujeción de la presunta víctima y demás acciones finales de la predación, de las cuales ya hablé.

El cachorro aprende a cazar, como digo, jugando. Persiguiendo insectos, hojas en movimiento, a sus hermanos, a su madre… Y, una vez el instinto ha madurado un poco más, a las pequeñas presas aportadas por sus progenitores expresamente para este fin. Y, dado este origen lúdico de la predación, en el animal que caza no veremos nunca un gesto facial que denote agresividad, como la frunción de belfos y expresión amenazadora. No podemos decir, por tanto, que su ataque a una presa

denote un comportamiento agresivo. No existe amenaza a la víctima, ni se producen los cambios fisiológicos que suceden durante un comportamiento cargado de agresividad, si bien es verdad que, en caso de que la presunta presa se resista o sea ciertamente peligrosa, puede entrar en juego cierto componente agresivo que ayuda a que el predador reaccione con mayor eficacia. Es eso que los adiestradores reconocemos como combatividad en los perros de protección. Pero, aún así, el comportamiento predatorio por sí mismo no debe ser considerado como comportamiento agresivo.

Cuando un lobo joven encuentra una presa bien armada y poderosa, comienza, literalmente, a

jugar con ella, no permitiéndole la huida, hasta la llegada del resto del grupo. Una vez están todos

juntos, no existirán ni gruñidos ni ningún tipo de gasto de energía innecesario. Los gruñidos de un lobo o un perro que sujeta a una presa —como el perro que gruñe mientras tira del extremo de un trapo que nosotros sujetamos— son, ciertamente, una forma de desahogar un componente agresivo a través del impulso de presa como válvula de escape; es esa combatividad que les permite un mayor éxito en la lucha por la vida.

A menudo suelo comparar este juego de la caza, y el posible componente agresivo que a veces entra en funcionamiento, con la actividad deportiva de competición en los seres humanos. No puedo por menos de imaginar, cuando veo humanos jugando al fútbol, que no están sino desahogando un impulso latente de persecución de objetos en movimiento que los humanos tenemos como depredadores con una alta convergencia etológico-evolutiva con el lobo. Y en esta persecución del estímulo clave, en este caso la pelota, en los humanos entra en funcionamiento también cierto nivel de agresividad, que todos reconocemos y que no está relacionada siquiera con el impulso instintivo, pero que permite un mayor rendimiento, haciendo de motor y motivación, especialmente en la competición con los demás, que es, en realidad, donde se encuentra la raíz evolutiva del componente agresivo. Eso es, precisamente, lo que sucede con los cánidos que persiguen a una presunta presa. Corren sin miedo, sin signo de agresión ninguno, relajados en su expresión facial, con la sola tensión que el mecanismo fisiológico de la caza les produce.

No obstante, este peligroso juego de la caza es protagonista de la mayoría de los ataques más graves protagonizados por perros y dirigidos contra personas, especialmente a niños, a causa de un impulso de caza exacerbado o indebidamente canalizado. Estos son los factores que se combinan desembocando habitualmente en un ataque fatal por caza:

1. Un perro con un impulso de caza genéticamente exacerbado.

2. El dueño carece de control sobre su perro (tanto control jerárquico como vigilancia del animal).

3. El perro no ha sido debidamente socializado con niños (o personas en general), por lo que no ha desarrollado sustratos para establecer vínculos de acercamiento afectivo y no son capaces, por tanto, de refrenar sus impulsos.

4. El perro no ha sido habituado a ciertas situaciones (bicicletas, motos, pelotas, etc). 5. En la situación crítica, el perro se ve apoyado por otro perro en las mismas condiciones de

peligrosidad.

Estos factores pueden actuar juntos o separados, si bien, para que el ataque fatal suceda, necesariamente, existirán los dos primeros puntos: ese impulso exacerbado de caza y presa y, por supuesto, el dueño no tendrá ningún control sobre el animal. Estos son los dos factores más

importantes de riesgo que, unidos a cualquiera otro, producen el accidente.

Los jóvenes perros que persiguen hipnotizados el correteo de un perro pequeño, aquellos que persiguen motos, coches o bicicletas, o los que son capaces de agarrar por el pantalón a un niño que corre o patina y presentan dificultad para soltar su presa… deberían acudir urgentemente a un buen adiestrador para canalizar y refrenar sus impulsos, y sus dueños a aprender a controlarles perfectamente. Si, además, estos perros no han crecido con niños y no tienen una relación cercana con ellos, y si, por añadidura, son dos perros muy unidos por un estrecho vínculo social, el accidente puede suceder en cualquier momento.

Los numerosos ataques que se han dado, la mayoría protagonizados por perros de determinadas razas de presa, no han sido debidos a una agresividad desmedida. Habitualmente, estos perros pueden ser amables con las personas. Pero ha sido el impulso instintivo de caza desadaptado, el causante de la tragedia. La exacerbación del impulso de caza depende de una situación antinatural, provocada por el hombre por selección genética, y es síntoma de desequilibrio instintivo. Es necesario, por tanto, canalizar los impulsos instintivos de estos individuos adecuadamente hacia determinados estímulos de caza, desahogarlos al punto de sus necesidades endógenas, socializarlos debidamente para que los humanos no se conviertan nunca en estímulo clave para la predación, y tenerlos siempre controlados con vigilancia y educación.

Los grupos de perros asilvestrados, que viven siempre cerca del hombre y a expensas de este, protagonizan igualmente muchos de los ataques fatales a personas. El factor grupal es muy importante en estos casos, pues hace que se sientan más seguros a la hora de lanzarse a la persecución de un niño que corre o un ciclista, por ejemplo —a menudo alguien en movimiento en

huida aparente— y, entre unos y otros, se apoyan mutuamente. La huida de la presa, como sabemos,

es lo que despierta el impulso inmediato de persecución, que lleva directamente al apresamiento, por lo que convendría, también, que aquellos que circulan en bici o corriendo y son de pronto perseguidos por un perro descontrolado, lo tuvieran en cuentan y no arriesguen innecesariamente su integridad e interrumpan, de inmediato, su aparente huida, cuidándose de no dar la espalda al animal. Ya tendrán tiempo después, una vez salvada la situación, de exponer sus lógicas quejas hacia la irresponsabilidad manifiesta del propietario del can.

6.7. AGRESIÓN POR EL ESPACIO VITAL. LA AGRESIVIDAD EN EL

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