El tercer gran trabajo del director espiritual consiste en ayudar al dirigido a educar su carácter, esto es, a adquirir las virtudes morales e intelectuales que hacen de él un hombre o una mujer maduros, pues como “la gracia supone la naturaleza”, no hay verdadera santificación si no se logra un espíritu de dominio sobre la afectividad y los dones naturales. Esta tarea es importante en todo el orden de la dirección espiritual, pero cobrará fundamental valor al tratarse de dirección de jóvenes, niños y seminaristas menores.
1. LA NECESIDAD DE LOS HÁBITOS
El hombre es un ser dotado de potencias espirituales (inteligencia y voluntad) y sensitivas (memoria, imaginación, cogitativa, apetito concupiscible y apetito irascible). Todas tienen natural inclinación hacia los bienes que las perfeccionan (la verdad para la inteligencia; el bien espiritual para la voluntad; el bien sensible para el apetito concupiscible; el bien arduo para el irascible). A su vez, todo ser animado busca instintivamente crear sobre cada una de sus inclinaciones “hábitos” que le permitan: concretar más el objeto propio de su inclinación, realizar ese movimiento de modo más conforme a su propia naturaleza (en el caso del hombre será conforme con una elección auténticamente libre) y de modo
más fácil y deleitable. Todos los seres tienen esta experiencia: el aprender a volar es para el pájaro adquirir un hábito mecánico como lo es para el hombre el aprender a escribir. Con mayor razón vale esto para las potencias espirituales. En el plano humano, denominamos al hábito bueno “virtud” y “vicio” al malo. Es importante tomar conciencia de que las virtudes no son un modo excepcional de obrar sino el modo normal. Sin ellas pueden pasar dos cosas: o el hombre estaría siempre empezando a aprender algo, o bien sería presa de las circunstancias (pasiones, arrebatos, influencias externas), y si esto último ocurre repetidamente terminaría por surgir el vicio contrario a la virtud que no se ha cultivado.
Esta adquisición de las virtudes en el estado actual del hombre se torna más necesario –y más difícil– porque el pecado original ha introducido una disgregación en cada una de las inclinaciones naturales del hombre. Éste está herido en sus potencias (ignorancia en la inteligencia, malicia en la voluntad, concupiscencia desordenada en su afectividad, cobardía y flojera en su instinto de superación), disociado interiormente y enemistado con las mismas cosas exteriores.
Todo hombre debe, por eso, autoeducarse, y ser ayudado en esta tarea de educación, para alcanzar la perfección de cada una de sus potencias y cierta armonía entre ellas. Esto significa “madurar”. Si el hombre no alcanza esta maduración corre dos peligros: o queda frenado en lo que algunos llaman “infantilismo psicopático” (son los hombres y mujeres afectados de profundo egoísmo, que usan al prójimo, que todo lo refieren a sí mismos, que sólo piensan en el placer) o bien pasan a un estado de vejez (decrepitud) espiritual (son los hombres y mujeres sin ilusiones, sin futuro, decepcionados de la vida, amargados, desesperados).
La auténtica educación consistirá en la adquisición de los hábitos que dispongan al hombre a obrar conforme al bien de la persona y al fin último de la existencia humana. Tales hábitos son las virtudes intelectuales y morales; educar significa, pues, educar en las virtudes.
2. EL EDUCADOR COMO CAUSA COOPERANTE
Quien toma la tarea de educar (en este caso el director espiritual) debe tener presente que no es causa principal de la educación. Toda educación es principalmente autoeducación184. Los educadores
(padres, maestros, directores espirituales, etc.) son cooperadores185; son los que guían la autoeducación: los
que van viendo o creando las oportunidades, los que vigilan, los que conducen. Esta tarea, fundamentalmente, se realiza mediante la ejemplaridad de vida: “los padres deben, por deber de naturaleza, instruir a los hijos con el ejemplo”186; “en las acciones y en las pasiones humanas, en las cuales
la experiencia tiene tanto peso, mueven más los ejemplos que las palabras”187.
Al mismo tiempo, es evidente la absoluta necesidad de la docilidad por parte del educando hacia el educador. Esta docilidad hay que ganarla y sólo se la conquista ganándose el cariño, la confianza y la familiaridad. Esta es la gran intuición del método educativo practicado, por ejemplo, por Don Bosco y San Felipe Neri.
3. EDUCACIÓN INTEGRAL
La educación debe ser integral. Algunos trabajan sólo en el plano intelectual: creen que basta con enseñar la verdad para tener hombres y mujeres buenos; pero uno puede saber mucho y vivir pecaminosamente y a la postre, como dice el dicho, terminar pensando como vive, es decir, amoldando sus ideas a su conducta de vida. Otros, por el contrario, no le dan importancia a las ideas, a la verdad; se contentan con que sus hijos, educandos o dirigidos, sean buenos, pero sin vigilar lo que va entrando en sus cabezas, olvidando que al fin y al cabo, los malos principios corrompen el mejor corazón. Otros, finalmente, se contentan con constatar que tienen ideas correctas y buenas aspiraciones, pero no corrigen los defectos de su afectividad, y ésta precisamente puede ser la veta por la que termine desplomándose el
largo trabajo. De aquí que no deba descuidarse ninguno de los aspectos. Por olvidar uno solo de ellos puede arruinarse el trabajo de toda una vida.
4. LA EDUCACIÓN INTELECTUAL
Hay que educar la inteligencia del hombre desde que éste es un niño. Hay que tener en cuenta que la inteligencia utiliza, para formar sus conceptos, los sentidos externos (gusto, tacto, olfato, y principalmente oído y vista: “no hay nada en el intelecto que antes no haya pasado por los sentidos”) e internos (imaginación, memoria, sentido común y cogitativa). Los sentidos externos no son sujeto de virtudes, pero sí se los puede disciplinar, es decir, regular su actuación: qué ver u oír, cómo y cuando (en realidad se trata aquí, en último término, de educación de la voluntad, pero, a través de ella, está uno previendo qué influirá sobre la imaginación, y –a través de ésta– sobre la inteligencia y la voluntad). En cuanto a los sentidos internos, especialmente la memoria y la imaginación, mientras más se los educa, más aptitudes ofrecen a la inteligencia (como cuando se hace ejercitar desde pequeños la memoria aprendiendo poesías o cantos, o la sana fantasía).
Pero sobre todo, la educación de la inteligencia consiste en fomentar ideas conformes a las acciones que se quieren llevar a término y repudiar las ideas conformes a las acciones que se quieren evitar. Todos los canales transmisores de ideas van formando de alguna manera nuestra personalidad; por ejemplo, las lecturas: los escritores forman a los lectores a su imagen; muchos obran de acuerdo a lo que han leído (pensemos en el hombre moderno formado a imagen y semejanza de la prensa de cada día). Lo mismo se diga de las enseñanzas de los profesores. Es de capital importancia vigilar las ideas que los medios de comunicación (especialmente la televisión) pueden inculcar de modo singular en los niños y jóvenes.
Educar la inteligencia consistirá, ante todo, en forjar en ella auténticos hábitos intelectuales especulativos, conocimientos verdaderos y firmes. Una cabeza que sabe pensar bien ya es un buen comienzo para que un hombre obre bien (pero no lo es todo). Es necesario formar hombres de criterio, que sepan juzgar la realidad, que sepan distinguir el bien del mal, la verdad del error. Esto se logra haciendo de sus mentes cabezas “filosóficas”, lo que no quiere decir “que sepan filosofía”, sino que sepan pensar apoyándose en principios firmes y seguros. En el niño y especialmente en el adolescente hay ya una incipiente inclinación filosófica: quieren saber el porqué de las cosas, y no se contentan con un conocimiento cualquiera; esto se manifiesta de modo particular en el adolescente que no acepta algo mientras no se convenza de ello personalmente. Hay que saber dar cauce a estas inquietudes.
Es necesario formar inteligencias cultas. Hacer mentes cultas es formar cabezas que sepan conservar el enorme patrimonio cultural y artístico de la humanidad y sepan también desarrollarlo y llevarlo adelante. De aquí se sigue la importancia capital de lashumanidades: las lenguas, la literatura, la lectura atenta de los clásicos. Una mente exclusivamente tecnológica es una mente hábil para ciertas cosas, pero vacía para lo esencial, y éste es el riesgo de la cultura contemporánea.
Es necesario, también, forjar hábitos intelectuales prácticos, es decir, artísticos (la música, la pintura, la escultura, el canto). No todos tienen capacidades artísticas, pero muchos que las tienen no encuentran oportunidades para descubrirlas o para desarrollarlas ni quien los aliente a ello.
Más aun que los hábitos científicos y artísticos hay que formar la prudencia que es la virtud que rige todos nuestros actos, y sin la cual no hay virtud alguna. Es la virtud de gobierno, empezando por el gobierno de sí mismo.
Por sobre todo, es necesario formar los hábitos intelectuales religiosos, es decir, el conocimiento firme de las grandes verdades de la fe; ésta será una tarea a la que principalmente debe apuntar el director espiritual: procurar la sólida y constante formación religiosa de su dirigido.
5. LA EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD Y DEL AFECTO
Muchos educadores reducen la educación a la sola formación de hábitos intelectuales (y éstos especulativos). Olvidan que la educación es parte de la formación ética o moral del sujeto, y que, por tanto, debe apuntar a la formación de la voluntad, es decir, a crear en ella los hábitos por los cuales se mueva a sí misma hacia el bien espiritual y mueva las demás potencias (especialmente el plano de la afectividad) hacia sus fines propios en armonía con el bien integral del hombre y con el fin último del mismo.
La voluntad debe ser educada en sus dos funciones: en el amor al bien verdadero y en el gobierno sobre la afectividad (por el que debe lograr que ésta tienda de modo justo al bien propio de la dimensión afectiva).
El amor al bien verdadero, a los valores auténticos, la voluntad lo alcanza adquiriendo la virtud de la justicia con todas las demás virtudes que giran en torno a ella (religión, piedad, veracidad, generosidad, etc.). La justicia es la que nos hace equitativos con cada persona, dándole a cada uno lo que le es propio: a Dios, a la Patria, a los padres, al prójimo.
Respecto de la afectividad sensible, la voluntad y la inteligencia pueden ejercer un auténtico gobierno (no un gobierno absoluto, sino relativo), mediante la adquisición de virtudes apropiadas para ello. Cuáles serán esas virtudes habrá que determinarlo en cada caso, según el temperamento de cada individuo. La afectividad está en estrecha dependencia de nuestra constitución orgánica, de nuestro patrimonio hereditario y de las experiencias recibidas, especialmente en la primera infancia; esto es lo que hace que cada uno tenga características propias. Teniendo en cuenta el temperamento, los hombres han sido clasificados de diversas maneras según la preeminencia que las distintas emociones o pasiones toman en cada sujeto (más adelante, al hablar del conocimiento de sí mismo, mencionaremos una de las posibles tipificaciones). Esto tendrá también gran importancia a la hora de ver qué virtudes concretas habrá de desarrollar cada uno en particular.
Las emociones son movimientos de nuestra afectividad que la misma naturaleza suscita para alcanzar su perfección; en sí, no son ni buenas ni malas: son buenas cuando están orientadas según la recta razón; malas si salen de esta medida. La educación de la afectividad se realiza mediante la adquisición de las virtudes morales que regulan los dos apetitos sobre los que se asientan todas las pasiones: la templanza el apetito concupiscible, la fortaleza el apetito irascible.
¿Cómo educar las virtudes morales? En líneas generales hay que decir que se hace ayudando al educando o dirigido a que practique actos en los cuales siga los dictámenes de la recta razón, es decir, de su razón guiada por la prudencia y la fe. La repetición de estos actos –cuando son hechos con plena conciencia y libertad– produce una disposición estable a obrar siempre del mismo modo, y esto es lo que llamamos “virtud”. La primera cosa que debe tenerse en claro es que la adquisición de cualquier hábito es algo que se produce desde adentro del sujeto que lo recibe, porque las virtudes morales se adquieren por la repetición de actos virtuosos. La causa eficiente de una virtud es, por eso, el mismo educando; el educador es un colaborador. La dificultad consiste, por tanto, en que el educador no puede producirle la virtud, sino que debe hacer que el mismo educando la produzca; por esto llevar a que otro adquiera los hábitos virtuosos es una obra de arte. Para lograrlo se señalan tres momentos esenciales:
1) Motivar al educando
Motivar significa darle un fundamento para que obre de tal o cual manera. Esto será diverso según la edad del educando.
a) Con los que están en la primera infancia (antes de la edad escolar), aunque todavía no sean capaces de realizar actos plenamente voluntarios, hay que empezar a crearles las bases para la virtud propiamente dicha. Se tratará de crear costumbres que favorecerán en el futuro la adquisición de virtudes. Esto se logra, fundamentalmente por medio de asociaciones. Todo padre y toda madre lo hacen a pesar de no saber generalmente mucha teoría educativa. Cuando su hijo hace cosas laudables lo premian de alguna manera (a veces es sólo una sonrisa, una manifestación de afecto). En cambio, cuando hace algo reprobable, aun sin castigarlo propiamente –porque saben que no tienen voluntariedad perfecta– le muestran el desagrado por lo realizado, o bien simplemente no lo exaltan por lo hecho. Esto va estimulando a obrar siempre de un modo determinado y regular, y la inclinación creada seguirá subsistiendo aún cuando ya no exista el estimulo que ayudó a crearla: “la costumbre tiene la fuerza de naturaleza, especialmente si se radica en el niño, y como una segunda naturaleza”, dice Santo Tomás188. El
trabajo del director en este período no es directo, aunque puede considerarse indirecto, al formar a los padres como auténticos educadores de sus propios hijos.
b) A partir de la edad escolar, y con más razón en la adolescencia y en la edad adulta, también deben asociarse los comportamientos virtuosos con premios y los vicios con castigos, pero hay que subrayar dos elementos importantes. El primero es que los premios y castigos deben ser educativos, y propiamente estos son tales cuando se hace entender que el premio del acto virtuoso es la misma obra virtuosa, es decir, cuando se logra que se identifique como premio el haber obrado bien (el agradar a Dios o a los padres, la tranquilidad de la conciencia, etc.), y que el castigo es la misma obra mala (el sabor amargo de una obra desordenada, de un fracaso moral, etc.). Por eso decía Santo Tomás: “aquél que tiende a la virtud debe ser guiado desde su juventud a gozar de aquello que merece gozo y a entristecerse de lo que merece vituperio. La justa educación consiste en habituar a los jóvenes a sentir gusto en el bien”189. La segunda aclaración es que los educadores deben motivar a través de la persuasión. No se logra
nada o casi nada imponiéndolo obligatoriamente. Hay que persuadir, y esto es posible sólo si el educador es amigo del educando, si gana su confianza. Tal es la médula del método preventivo de San Juan Bosco.
2) Crear ocasiones de actos virtuosos
Cada persona tiene innumerables oportunidades de ejercitar las virtudes a lo largo de su vida, porque siempre tiene la necesidad de gobernarse, de dominar sus impulsos, de rechazar tentaciones. Pero es también necesario, especialmente en los niños y en los adolescentes, crear situaciones propicias para que ejerciten aquellas virtudes que más van marcando la personalidad.
Estas ocasiones pueden ser buscadas en la misma familia, en la escuela, en la vida de campamento, en los “oratorios” festivos o diarios, según el espíritu de San Felipe Neri y San Juan Bosco.
3) Las fuerzas
Sin embargo, estas ocasiones no tienen valor educativo (aunque estén perfectamente motivadas) si los niños y los jóvenes no tienen las fuerzas suficientes para suscitar o realizar los esfuerzos que exige el acto virtuoso, o para resistir a las pasiones desordenadas. Y para esto se necesita fuerza espiritual: una gran voluntad fortalecida por la gracia divina. Esto se lo da el ejercicio de la voluntad junto a la oración y a la frecuencia de los Sacramentos, especialmente la Santa Misa y la Confesión frecuente.
El trabajo sobre la propia voluntad exige el prever cada día aquello que se quiere adquirir o evitar, buscar los medios, dominar la imaginación (especialmente cuando se quiere desarraigar un vicio o
un defecto), renunciar a cosas lícitas para poder luego renunciar fácilmente a lo que es ilícito, saber imponerse pequeñas “mortificaciones” cuando se ha fallado voluntariamente.