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La oración vocal es aquella que se expresa con las palabras; asocia, de esta manera, nuestra corporeidad al culto divino. “Esta necesidad de asociar los sentidos a la oración interior responde a una exigencia de nuestra naturaleza humana. Somos cuerpo y espíritu, y experimentamos la necesidad de traducir exteriormente nuestros sentimientos. Es necesario rezar con todo nuestro ser para dar a nuestra súplica todo el poder posible”85. Santo Tomás explica la conveniencia de este tipo de oración por varios

motivos: ayuda a excitar la devoción interior y concentrar la atención, permite ofrecer a Dios el homenaje de nuestro cuerpo y nos ayuda a desahogar al exterior la vehemencia de los afectos interiores86. Para que la

oración vocal sea fructífera debe reunir dos condiciones: atención y piedad87.

Ante todo, la atención. No es necesario que se tenga atención actual, es decir, en cada momento (que, aunque es lo ideal, no siempre es alcanzable a causa de nuestra limitación humana); basta, al menos para obtener los frutos meritorios y eficaces de la oración, el que sea virtual y no retractada, o sea: puesta al comienzo de la oración y no retractada con el consentimiento voluntario a las distracciones. Esta atención puede versar sobre tres cosas: a las palabras, para pronunciarlas distintamente, al sentido de las palabras y, finalmente, al objeto de la oración, o sea, Dios y aquello por lo cual se ora. Esta última es evidentemente la más necesaria: está al alcance de personas sin cultura, incapaces quizá de entender toda

la significación de las palabras, y a veces viene a ser tan intensa que el alma piensa tan sólo en unirse a Dios y olvida todo el resto, aun la formulación de las mismas palabras.

La piedad completa la atención; por ella la oración queda envuelta en las demás virtudes cristianas: la caridad, la fe viva, la confianza, la humildad, etc. Es preciso apuntar a recitar las oraciones vocales con piedad, aunque para ello sea necesario disminuir el número de oraciones vocales; porque a veces el afán de mucho rezar lleva a algunas personas a que sacrifiquen el hacerlo con devoción. En este caso, se le aplica lo que dice Santa Teresa: “la que no advierte con quien habla y lo que pide, y quién pide y a quién, no la llamo yo oración, aunque mucho menee los labios...; no la tengo por oración, ni plegue a Dios que ningún cristiano la tenga de esta suerte”88.

De todo esto se siguen algunas reglas importantes para que la oración vocal alcance su auténtico cometido:

No es conveniente multiplicar las palabras en la oración, sino insistir sobre todo en el afecto interior (cf. Mt 6,7-8).

La oración vocal no es más larga por decir muchas palabras sino en la medida en que se mantiene la piedad; por eso Cristo oraba largamente, pero a veces repitiendo una misma fórmula, como en Getsemaní: hágase tu voluntad (Mt 26,42).

Como la oración vocal tiene como fin el excitar el afecto interior, no hay que vacilar en abandonarla (a menos que se trate de oraciones obligatorias) para dar lugar al fervor interior si éste brota en el alma. Dice San Francisco de Sales: “si, haciendo oración vocal, sentís vuestro corazón atraído y convidado a la oración interior o mental, no rehuséis hacerlo así, mas dejad vuestro corazón inclinarse dulcemente de ese lado y no os preocupéis poco ni mucho de no haber terminado las oraciones vocales que teníais intención de recitar... Exceptúo el oficio eclesiástico, si estáis obligado a decirlo, porque en este caso es preciso cumplir el deber”89.

El preludio de toda oración bien hecha consiste en saber recogerse interiormente y para esto es necesario no perder nunca el recogimiento habitual: “El que piensa recogerse algún rato señalado del día, decía el Padre La Palma, nunca se ha de distraer del todo; y el que desea entrar alguna vez dentro de sí, nunca ha de salir del todo fuera de sí; y el que pretende volverse a sí, no se vaya muy lejos de sí; y el que quiere tener quieta la imaginación y fija la atención en las cosas celestiales, nunca se derrame del todo por los sentidos en las cosas de la tierra; guarde su corazón y su pensamiento, si quiere hallarle...”90.

2) La meditación

La meditación es lo que San Ignacio llama “ejercicio con las tres potencias”, porque en ella se combinan entre sí la memoria, el entendimiento y la voluntad. La meditación supone que nuestras facultades pueden ya trabajar solas sin el recurso constante de un texto escrito. Se puede definir como la aplicación razonada de la mente a una verdad sobrenatural para convencernos de ella, para comprenderla más profundamente o desentrañar su contenido y, de este modo, movernos a amarla y practicarla.

Aunque los métodos de meditación son tan variados como las escuelas espirituales, se ha hecho clásico el que propone San Ignacio en el Libro de los Ejercicios Espirituales. Éste consta de tres grandes partes:

Preparación y preludios: incluye los actos de fe en la presencia de Dios, reverencia y ofrecimiento de la oración a la mayor gloria divina (o sea, la rectificación de la intención); la petición de la gracia divina para obrar con fruto; la composición de lugar (ejercicio de la imaginación) y la petición del fruto singular que se quiere conseguir con esa meditación.

El cuerpo de la meditación: consta de varios puntos predeterminados (por el predicador o por el mismo sujeto que ora) antes de comenzar la meditación, sobre cada uno de los cuales se aplican las tres potencias: la memoria para recordar la verdad o asunto que se medita, el entendimiento examinando la materia, penetrándola y sacando conclusiones, y la voluntad prorrumpiendo en afectos, formando propósitos claros y firmes.

La conclusión: que incluye los coloquios afectivos y piadosos con Dios Padre, con Jesucristo y con la Virgen, volviendo sobre el fruto propuesto pidiéndolo y ofreciendo los propósitos tomados. A esto sigue, como muy importante, el examen de la meditación para ver sus posibles fallas (y corregirlas) y sus aciertos (y continuar aprovechándolos en las próximas meditaciones).

La meditación es, sobre todo, una búsqueda, dice el Catecismo. El espíritu trata de comprender el porqué y el cómo de la vida cristiana para adherirse y responder a lo que el Señor pide. Hace falta una atención difícil de encauzar... Meditar lo que se lee conduce a apropiárselo confrontándolo consigo mismo. Aquí, se abre otro libro: el de la vida... La meditación hace intervenir al pensamiento, la imaginación, la emoción y el deseo. Esta movilización es necesaria para profundizar en las convicciones de fe, suscitar la conversión del corazón y fortalecer la voluntad de seguir a Cristo. La oración cristiana se aplica preferentemente a meditar ‘los misterios de Cristo’, como en la ‘lectio divina’ o en el Rosario. Esta forma de reflexión orante es de gran valor, pero la oración cristiana debe ir más lejos: hacia el conocimiento del amor del Señor Jesús, a la unión con El”91.

Otra forma particular de oración meditativa la constituye la “lectio divina” que tuvo gran popularidad entre los padres del desierto. Ésta consiste en la lectura de la Sagrada Escritura hecha de modo lento, tranquilo, rumiado, ajeno a todo interés extraño a la misma lectura; es decir, sin perseguir fines científicos o literarios. Apunta, fundamentalmente a descubrir los diversos sentidos de la Escritura92:

ante todo el sentido histórico o literal (es el que principalmente intenta el autor, en este caso Dios); luego el sentido espiritual, que se subdivide en tres más, que son: el sentido alegórico (según el cual lo que sucedió en el Antiguo Testamento es figura del Nuevo Testamento), el sentido moral (según el cual todo cuanto ocurrió en Cristo y sus Misterios es figura de lo que nosotros debemos obrar en nuestra vida) y el sentido anagógico (según el cual las cosas de este mundo y en particular de la Iglesia son signo y figura de lo que ocurrirá en la vida eterna). Esta lectura lleva al diálogo espiritual con Dios. Por eso describía San Juan Crisóstomo los monjes de Siria diciendo: “unos toman a Isaías y con él conversan; otros hablan con los apóstoles”93. Dom Marmion, en sus ya citadas cartas de dirección espiritual, insistía:

“No olvide que debe leer las Sagradas Escrituras. Si durante la lectura se siente atraída a hablar con Dios, cese unos momentos y hable con Dios”. En otra oportunidad: “Deseo que lea atentamente, sencillamente, piadosamente, el Nuevo Testamento escrito para nosotros por el Espíritu Santo. Es allí donde encontrará el conocimiento de Jesucristo, su espíritu, el espíritu de oración y todo...”94. Este modo de oración

introduce rápidamente en la oración de afectividad y luego en el recogimiento activo.

Las almas que perseveran en la oración discursiva suelen encontrar, con el tiempo, dificultades que hay que saber enfrentar95. Si las dificultades provienen de fallas humanas (negligencia, inconstancia,

superficialidad) la corrección no puede ser otra que comenzar a hacer bien la oración. Muchas veces la dificultad proviene de la falta de recogimiento antes y durante la oración; por eso son siempre sabios aquellos consejos de Dom Marmion: “Trate de ser dueña de todos sus pensamientos, porque si se deja uno llevar de sus imaginaciones, no es posible llegar a la contemplación. Nuestra cabeza es como un molino que muele todo lo que allí se pone; por lo cual es muy importante, siempre que tenga unos momentos durante el día, el no dejar divagar el espíritu sino orientarlo hacia Dios. Sin esto no hay ni recogimiento ni oración posible. Procure también no pensar en sus ocupaciones fuera del tiempo que debe consagrarles; debemos dominar nuestras ocupaciones y no dejarnos absorber por ellas; y el caso es que aquella ocupación de su agrado la domina demasiado aún y le impide por lo tanto vivir unida con Nuestro Señor”96.

Otras veces estas dificultades son ajenas a la voluntad del que las padece y se presentan más bien por la insistencia en este tipo de oración. Entonces son un signo de que Dios quiere llevar al alma a una oración más simplificada. Aquí se requiere docilidad a la acción divina, y atención por parte del director espiritual.

Estas dificultades no se presentan necesariamente luego de mucho tiempo, pues pueden juntarse con otras causas como, por ejemplo, el tratarse de personas cuyo temperamento encuentra obstáculo en la meditación discursiva; o bien son personas que llegan a conclusiones mediante una especie de intuición; etc. Este tipo de personas ganan poco intentando conservar fija la mente durante largo tiempo en los puntos de una meditación. También suele ser una dificultad el no encontrar una materia que se adapte a las necesidades o gustos del alma, o simplemente cuando se alcanzan los frutos de la meditación (que son las resoluciones serias) por otras vías (a veces en la misma lectura espiritual con la que preparan la meditación). A veces la imposibilidad de meditar viene dada por la intensa actividad que desarrolla una persona como trabajo o apostolado propio; su mente puede llegar al momento que cuenta para rezar con poco vigor o embotada, incapaz de razonar sin agotarse.

Todo esto es índice de que deben buscar un modo de oración más coloquial, afectivo, dialogado; un contacto con Nuestro Señor más vivo, más directo y personal. Es el paso a los siguientes modos de oración.

Quiero añadir algunos avisos dados por Fray Luis de Granada a propósito de la oración mental, pero válidos para todos los demás modos de oración97:

1º No atarse a meditar sobre la materia preparada. “Aunque sea bien que tenga el hombre señalados estos pasos que aquí van repartidos por los días de la semana para ejercitarse en ellos, mas con todo eso, si a medio camino se ofreciere algún otro pensamiento donde halle más miel o más provecho, que no le debe desechar por cumplir con su tarea, porque no es razón desechar la lumbre que el Espíritu Santo nos comienza a dar en algún buen pensamiento por ocuparnos en otro donde por ventura no se nos dará. Y, además de esto, como el fin de todos estos ejercicios sea alcanzar alguna devoción y sentimiento de las cosas divinas, fuera de razón sería, alcanzando éste con alguna buena consideración, andar a buscar por otro camino lo que ya tenemos alcanzado por éste”. De similar modo se expresaba San Juan de Ávila: “... si pensando vos una cosa en la oración, sintiese vuestra ánima que la convidan para otra parte, abriéndole otra puerta de buen pensamiento, debéis entonces dejar lo que pensábades y tomar lo que os dan, presuponiendo que es bueno lo uno y lo otro. Aunque habéis de mirar no sea esto, que os viene de nuevo, engaño del demonio, para que, saltando de uno en otro como picaza, os quite el fruto de la oración; o, por ventura, no sea liviandad de vuestro corazón, que no hallando lo que deseáis en un pensamiento, vais a probar si lo hallaréis en otro, o en otro. Por tanto, no debéis ligeramente dejar lo que tenéis, si no fuéredes con eficacia interiormente convidada para otra parte, con una satisfacción que en el corazón suele quedar, cuando Dios le convida, a cuando él se entremete. Y con pedir lumbre al Señor, y con tener cuenta con mirar, después de pasado, qué fruto sacasteis, y tomando experiencia de muchas veces, podéis en este negocio acertar con lo que debéis”98.

2º Trabajar más con afectos que con discursos. “Procure de tratar este negocio más con afectos y sentimientos de la voluntad que con discursos y especulaciones del entendimiento... De lo cual todo parece cómo no aciertan este camino los que de tal manera se ponen en la oración a meditar los misterios divinos como si los estudiasen para predicar... Deberían los tales considerar que en este ejercicio más nos llegamos a escuchar que a parlar”.

3º Moderación de la voluntad. “El presente [aviso] pone también su tasa y medida a la misma voluntad para que no sea demasiada ni vehemente en su ejercicio... La devoción que pretendemos alcanzar no es cosa que se ha de alcanzar a fuerza de brazos, como piensan algunos, los cuales con demasiados ahíncos y tristezas forzadas y como hechizos procuran alcanzar lágrimas y compasión cuando piensan en la pasión del Salvador, por éstas suelen secar más el corazón y hacerlo más inhábil para la visitación del Señor, como enseña Casiano”.

4º Con atención moderada. “Conviene tener el corazón no caído ni flojo, sino vivo, atento y levantado a lo alto... Mas, por otra parte conviene que esta atención sea templada y moderada, porque no sea dañosa a la salud ni impida la devoción. Porque algunos hay que fatigan la cabeza con la demasiada fuerza que ponen para estar atentos a lo que piensan... y otros hay que por huir de este inconveniente están allí muy flojos y remisos y muy fáciles para ser llevados de todos vientos... Este aviso es tan necesario, que por falta de él hemos visto parárseles muchos años a algunas personas con poco aprovechamiento por la tibieza con que oraban, y a otros, por el contrario, perder la salud y la cabeza por el demasiado calor y fuerza que en esto ponían. Más particularmente conviene avisar que al principio de la meditación no fatiguemos la cabeza con demasiada atención, porque cuando esto se hace suelen faltar para adelante las fuerzas, como faltan al caminante cuando al principio de la jornada se da mucha prisa a caminar”.

5º Perseverar sin desmayo. “El principal sea que no desmaye el que ora, ni desista de su ejercicio cuando no sienta luego aquella blandura de devoción que él desea”.

6º Con profunda oración y devoción. “No se contente con cualquier gustillo que halle en su corazón, como hacen algunos, que en derramando alguna lagrimilla o sintiendo alguna ternura de corazón, piensan que han ya cumplido con su ejercicio. Esto no basta para lo que aquí pretendemos”.

7º No desaprovechar las visitaciones de Nuestro Señor. “Cuando el alma fuere visitada en la oración o fuera de ella con alguna particular visitación del Señor, que no la deje pasar en vano, sino que se aproveche de aquella ocasión que se le ofrece, porque es cierto que con este viento navegará el hombre más en una hora que sin él en muchos días (Jn 21,6)... Los que así no lo hacen, suelen comúnmente ser castigados con esta pena, conviene saber, que no hallen a Dios cuando lo buscan, pues cuando Él los buscaba no los halló”.

En el libro de los Ejercicios, San Ignacio ha propuesto algunas formas de oración que podemos considerar tanto como un paso de la oración vocal a la meditación, cuanto una simplificación de la misma meditación y que, bien llevadas y practicadas, introducen prontamente en la oración de afectividad99. Él

las denomina “tres modos de orar”. En los tres casos sigue fundamentalmente el esquema de sus meditaciones, pero cambia la materia y en cierto modo la técnica empleada. El primer modo hace detener la atención sobre distintas verdades teológicas a modo de sereno y pausado examen de conciencia (señala San Ignacio que se puede hacer sobre cada uno de los mandamientos, o los pecados capitales, las potencias del alma o los sentidos del cuerpo), considerando cada una de estas verdades con brevedad, por pocos minutos, viendo cómo han sido guardadas, las faltas cometidas contra ellas, etc., pasando luego al punto siguiente. El segundo modo, toma como materia alguna oración vocal, la cual se va recitando lentamente, glosando mentalmente cada palabra, sacándole todas las aplicaciones posibles, pasando luego a la siguiente palabra. El último modo, es “orar por compás”, es decir, repitiendo con cada anhélito o respiración una frase (por ejemplo, cada una de las peticiones del Padrenuestro) y mirando, mientras dura el anhélito, la significación de tal palabra, la persona por quien se reza, la bajeza de uno mismo, etc.