Chapter 3 Research Methodology
3.6 Data analysis
3.6.2 Data analysis process
Un fresco de la catacumba del Coementerium Majus (situado sobre la vía Asmara), que data probablemente de mediados del siglo III, representa a un anciano sentado, vestido con una clámide que tiene dos bandas horizontales, con la mano derecha hace un gesto indicativo, en la izquierda tiene un pergamino. Está adornado también con el pallium. A sus pies, la caja que contiene los rollos. Los mejores expertos designan a este personaje como el Cliristus
doreas, el Cristo enseñante1. El vestido, túnica v pallium. sugiere
1. C-f. tas explicaciones del llorado padre Umberto FASOLA, secretario de la Comisión pontificia de Arqueología sagrada: "Le recenti scoperte hagiogra- fiche neLCimitcro Magno», Reudiconti delta Pontificia Accademia Romana di
Archmlagia «¡Mana 19534956, p. 75-89 (p. 81, fig. 4, cubicólo B2). Se trata
de una ,obra de mediados del siglo III, cuando los cánones de la iconografía de Cristo aún no estaban fijados. Falta, es cierto, la vestidura característica de los filósofos antiguos: la túnica escotada que deja el pecho al descubierto. Pero el pintor ha querido, antes que nada, hacer comprender que ¡¡¡J trataba de Cristo (de ahí las -vestiduras sagradas: túnica y pallium),, y acentuar, a continuación, su calidad [...] con los libros,, el estudio y la enseñanza. Véase la caja a sus pies, el rollo en la mano, el aspecto de anciano ,y no de muchacho. C..J Jd Cristo del Cementerio mayor puede ser definido como «filó sofo®, mejor qus» por qpmplo, el dé la capilla de los Sacramentos de la Catacumba de Calila, de «Sido también como filósofo en virtud de su vestidura, aunque su gesto es inusitado entre los filósofos antiguos.» (De una carta del padre pasóla al autor, 14 de noviembre de 1988). Es(é Jésto insólito (sobre el gasto del cubículo A3| consiste en leer un rolló ampliamente desplegado. !¡l padres Jóselph IANSSTf¡S¡S lo interpreta como un .gesto de la praelecrio de antígg de la cnseiámza jgüLa figura prenicena di Cristo-Maestro oelie arti figu- rative®, GresciM 'ÉgllWbmo nella catechesi dei Padri..en Sergio: FE1.1CI (edit.Jfc
70 EL CRISTO DE LA FILOSOFÍA
que se trata de Cristo. Está representado como maestro que ins truye, por eso está pintado como un anciano con sus manuscritos junto a él. Se le otorga también, a justo título, la denominación de filósofo, puesto que el filósofo antiguo era siempre un ense ñante. A decir verdad, le falta la indumentaria característica del filósofo: la túnica escotada (exomida). Mas el pintor ha querido, al parecer, evitar toda confusión y hacer comprender antes que nada que ese maestro es Cristo. La designación está justificada por tanto, y no ha levantado objeciones.
La iconografía va de este modo un tanto por delante de la literatura, pues es preciso esperar a Eusebio para aplicar a Cristo el epíteto de filósofo, en virtud de una alianza de palabras que, según Anne-Marie Malingrey, es un caso límite y representa una violencia ejercida contra la lengua. Es el cristiano quien es
(piXóocxpoQ, detentor de la sabiduría sobrenatural; y, como ya
habíamos visto, Cristo puede ser llamado la filosofía, nuestra filo sofía, con un contrate bien marcado con respecto a la filosofía pagana. Mas calificarlo de filósofo sin más, supone correr el riesgo de rebajarle e incluirle en la categoría de «faros» de la humanidad, siendo que él es la Luz que ilumina a todo hombre que viene al mundo.
Spiúora
Sin embargo, el signo eminente, transcendente, de su dignidad de filósofo está salvaguardado por la famosa expresión de Spinoza:
summus philosophus, el filósofo por excelencia. La expresión nos
ha sido conservada por Leibniz en unas notas redactadas en estilo telegráfico después de una entrevista con Tschirnhaus2. Datan pro bablemente de finales de 1675, cuando el joven Leibniz se pre paraba para su educación europea, pero no fueron publicadas hasta 1889 por C.J. Gerhardt. El interlocutor, que contaba con 25 años en ese momento, y a quien Herder, en un texto contemporáneo de su Plastik, un siglo más tarde, llama, remitiendo al elogio a través de Fontenelle, «Tsirnhausen, favorito del sol y Endimión de su alma adormecida», soñador y matemático, ha podido influir
LAS, Roma, 1986, p. 271). En estas mismas «capillas de los Sacramentos» hay otras dos figuras aisladas, revestidas del pallium filosófico (escotado), que son de dudosa atribución (i b i d p. 272).
2. Die Leibniz-Handschriften, Ed. Bodemann, p. 103.
CHRISTUS SUMMUS PHILOSOPHUS 71
muy bien sobre las confidencias y atribuir a Spinoza un reflejo de sus sueños. En todo caso, las notas contienen la definición de brillo enigmático: Christum ait fuisse summum philosophum. El contexto inmediatamente precedente no carece de interés:
Putat nos morientes plerorumque oblivisci et ea tantum retiñere quae habemus cognitione quam Ule vocat intuitivam, quam pauci norint. Nam aliam esse sensualem aliam pragmalivam (?) aliam intuitivam. Credit quandam transmigrationis pytagoricae speciem [palabra ilegible] mentes iré de corpore in corpus.
Una metensomatosis, por consiguiente. La referencia al cono cimiento intuitivo reaparece en el contexto en que Herder evoca a Tschirnhausen. Y la transmigración anuncia la palingenesia al final de la Educación lessingiana del género humano. Hasta ese punto es verdad que el siglo XVIII, en su momento de apogeo, hizo fructificar las semillas de sus comienzos.
Pero se ha puesto en duda el tenor sponizista del texto, no su autenticidad. Georges Friedmann lo pasa sumariamente por la criba3. Alexandre Matheron lo comenta y cree poder, a! contrario que Friedmann, retenerlo todo4. La proposición referente a Cristo, aunque aislada, no tiene nada de insólito, concuerda con el elogio diseminado en el Tratado teológico-político y en la correspondencia con Oldenbourg. Vico, un poco más tarde, aplica la fórmula a Moisés en el De Constando, reforzándola: verae religiones Moses
summus philosophus, summus legislator, summus historiáis5.
La seducción manifiesta que ejerce Cristo sobre Spinoza, que parece contradecir tanto la herencia judía como el racionalismo de la Ética, indispone a ciertos lectores, como es el caso de los editores de la Pléiade, que no ven en las afirmaciones cristológicas sino astucia, doble sentido, diplomacia y captación6. André Malet ha
3. Herders Samtliche, éd. Suphan, VIII, p. 319 (p. 189) (Vom Erkennen
und Empfinden); Bernard DE FONTENELLE, Éloges des Académiciens de l’Académie royale des Sciences, morís despuis Van 1669, 2 vols., París, Libraires
associés, 1766. Vol. I, p. 216-233.
4. G. FRIEDMANN, Leibniz et Spinoza, París, Gallimard, 1962, p. 73, 289; Alexandre MATHERON, Le Christ et le Salut des Ignorants chez Spinoza, París, Aubier, 1971, p. 234-236.
5. Gianbattista VICO, Opere t. III (2" parte: «De Constantia Philosophiae», cap. XI), p. 213.
6. Madeleine FRANCÉS y Robcrt MISRAHL Oeuvres completes de Spi
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hecho justicia a esta opinión negativa7, y la mayoría de los intér pretes piensan como él: sin el contagio de las sectas holandesas del siglo XVII, difícilmente se explica el conocimiento profundo que tenía Spinoza del Nuevo Testamento* «un conocimiento fami liar, profundo, que mana de la fuente»' (A. Malet). El entorno del joven Baruch estaba sensibilizado con el Cristo espiritual. Spi noza había frecuentado además a los marranos, hombres-lobos de la confesión religiosa, relapsos, judíos conversos y cristianos rene gados, «cojos de las dos piernas»,. Finalmente, es probable que, expulsado y perseguido, haya considerado al Rabí galileo como un primogénito, como un sublime precursor.
Pero si se aparta la desagradable idea de duplicidad, aunque sea bajo la forma estrecha que le da Francis Kaplan, ¿cómo con certar la veneración hacia Cristo y la salvación que aporta con la doctrina de la salvación intelectual? ¿Se puede armonizar la tesis histórico-crítica del Tractcitus con los teoremas del libro 5 de la
Élical Algunos piensan que es muy difícil, si no imposible. Se ha
constatado una evolución. El elogio de Cristo sería un vestigio de juventud. No está excluido, pero la hipótesis no está probada y, de todos modos, las piezas presumidas como antiguas han sido conservadas, y su publicación es contemporánea a la de una versión muy avanzada de la Ética. Es preciso admitir una presencia insigne, o incluso insistente, de Cristo en el pensamiento de Spinoza. La correspondencia con Oldenbourg, la confidencia al joven Tschirn- hausen, atestigua que esta presencia ha perseverado.
Sin embargo, una mayoría menos dividida considera el patro nazgo de Cristo como una anexión, como una apropiación. El «filósofo por excelencia» es eminentemente spinoziano, de ahí las lagunas que le distinguen de la concepción cristiana. Alexandre Matheron, que ha investigado más que nadie,el problema cristo- lógico en Spinoza8 9, declara para concluir, quizás en forma de con cesión mínima: «Si bien no juega ningún papel en el sistema, al menos permite al filósofo, a título privado en cierto modo, creer en el éxito de su empresa0 Sylvain Zac, para quien «Salomón Jf
Pablo serían ya spinozistas por adelantado», señala la discordancia
7. Le Traité lliéolopico-politique de S p i n o z a Él Pensée hihlir/ue. París, Les BellasvLettres, 1966, p. ¿285.291: (p. 2,86). '
8. «Te salut par l'obéissanee et la néeessité de la-lévelation. ehez SpinoSjs?» en Revue de Métaplmiqiii, et de Mótale 1973/1. p. 147 fespeciáííaente p. 10
17). ' ‘ '
9. Op. eit., p. 276.
CHRLSTÍJS SUMMUS PHILOSOPHUS 73
entre el Tratado y la Etica, y la contradicción que entraña «anexar a Cristo ñ su propia filosofía, sin preocuparse gran cosa del prin cipio de la interpretación de la ¡Escritura por sí misma‘m.
El elogio de Cristo
El homenaje no es. a buen seguro, una ficción, pero ¿es Cristo algo más que un emblema, algo más que un modelo? ¿En qué evidencia se funda Spinoza para identificar al sabio con Cristo, la idea de Dios con el Espíritu de Cristo? Tomando como señal la fórmula del filósofo insigne, Matheron ha efectuado la demostra ción refinada del spinozismo de Cristo, a veces con la ayuda dé una combinatoria complicada, pero el \mos gomctricus obliga! El Cristo spinozista ha enseñado una religión universal, que puede ser miniaturizada en cierto modo en un credo mínimo de siete proposiciones e insertado en la doctrina racional. Era spinozista «con pleno conocimiento de causa». Por consiguiente, era filósofo, y filósofo supremo, pues hay aquí algo más que Salomón y más que Spinoza: Cristo, en efecto, ha conocido de manera adecuada los designios divinos: referentes a la salvación de los hombres, cuya comprensión escapa al mismo Spinoza".
A. Matheron no pretende reconstituir sin fisuras las etapas del pensamiento crist ológico de Spinoza. Pero se puede inferir., ai menos, que la tesis central del Tratado ¡«i-la salvación de los igno rantes!— no ha podido ser elaborada sin recurrir ocultamente a Cristo. Matheron proporciona una clave spinozista de la inteligencia de Cristo en su sublimidad: establecer, sobre las premisas spino zistas, una representación coherente del Cristo filósofo, proyección
ad oculos del ideal filosófico. Inversamente, a pesar de la rémora
de la discreción de Spinoza, que confina en el disimulo, nosotros probaremos tímidamente una clave cristológica para la interpre tación del spinozismo. Si la filosofía está religada a Cristo, si Cristo honra de manera suprema la filosofía, entonces su ser y su pen samiento refluyen sobre la filosofía; esta es digna de él. Bastará con recopiar algunas frases del elogio:
Yol fié creo que nadie sf haya elevado jamás a una perfección que le sitúe h« m íese punto por encima de los otros hombres —con excep
to. Svisto ZAC. Spinoza tíí ¡’lnterpñSiation de ij-.rnnree. París, 1965.
p. 190. ' ' "
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ción de Cristo — , Pues Cristo ha tenido la revelación de les designios divinos referentes, i la salvación de los honibrés', no por medio de palabras y de visiones, sino de manera inmediata. Do-fuerte que, ® n o antaño a Moisés-«n los sonidos de una voz ^xtafor. Dios se hgj mani festado a los apóstoles a través del espíritu de Cristo. La voz de Cristo puede ser llamada, por tanto, voz de Dios, tal como fue oída arttañó por Moisés. En esto mismo sentido podemos decir también que la Sabiduría de Dios, es decir, una Sabiduría sobrehumana, se ha encar nado en Cristo y que Cristo se ha vuelto camino dé salvación, [...] Si Moisés hablaba cara a cara con Dios [...] Cristo, por su parte, se ha comunicado con Dios espíritu a espíritu12.
De Cristo [...] se debe pensar [...] qué ha percibido las -posas de verdad y las ha conocido adecuadamente; pues Cristo no fue tanto un profeta como la boca de Dios. [...] Dios, por medio del espíritu de Cristo, ha revelado ciertas cosas al género humano. [...] Dado que Dios se ha revelado a Cristo o al espíritu de Cristo de manera: inmediata, fi no a través de palabras e imágenes como ¡se, -reveló a los profetas, conocemos necesariamente en virtud de ello que Criáis ha percibido de verdad las cosas reveladas, o sea, que las ha conocido: intelectual mente [...] por medio del pensamiento puro. Cristo ha percibido, pues, las cosas reveladas de verdad y las ha conocido adecuadamente [..jjjii las ha prescrito como leyes, lo ha hecho a causa de la ignorancia y de la obstinación del pueblo. En eso ha mantenido el uso de Dios, adap tándose al espíritu del pueblo .
Cristo, vox Dei, os Dei, mediador de Dios, no tiene par. es el depositario de los secretos divinos. No obstante, Spinoza rechaza las nociones dogmáticas en curso en las iglesias: Dios hecho hom bre, Verbo hecho carne. Son absurdas, un círculo cuadrado. Hay que distinguir también entre la vida y la muerte de Cristo, y su Resurrección. La resurrección según la carne es alegórica, no hay más que resurrección espiritual:
Cristo se levantó de entre los muertos, escribe Spinoza a Olden- bourg, por haber dado ejemplo de una santidad excepcional, a través de su vida y de su muerte; y arranca a sus discípulos de entre los muertos en la medida en que siguen el ejemplo de su vida f de su muerte A,
Quizás apunte este hermoso texto, sin saberlo, más allá del objetivo que se ha fijado.
Así conocemos a Cristo según el Espíritu, y no es necesario conocerle según la carne, con los ojos carnales se conoce al Cristo
12. Traite théologico-politique, Pléiade, p. 680-681. 13. fbid., p. 730-731.
14. Carta LXXV.
C H R IS ÍiS SUMMUS PHILOSOPHUS 75
de carne. Cristo nos ha dejado su espíritu, y el Espíritu de Cristo es el único y doble mandamiento de la ética: el amor a Dios y al prójimo. Por eso quien persiga a los buenos y a los justos, debe- ser considerado como enemigo de Cristo. Si el amor a Dios es tan grande que incluye la fe en su misericordia, se puede decir que eso es • conocer a Cristo según el Espíritu», y afirmar del teognosto «que Cristo está en él». El Cristo de Spinoza es el Cristo interior, íntimo. Es, «el Hijo Eterno de Dios», su Sabiduría —o su enten dimiento, como sugieren el Tratado breve y los Pensamientos meta-
físicos— , «que Se ha manifestado en todas las cosas, especialmente
en el espíritu humano y por encima de todo en Jesucristo1'’». Los cristianos refieren espontáneamente el conocimiento de la Sabi duría, camino de salvación, al Espíritu de Cristo. El spinozismo, por su parte, emanado del mismo Espíritu que inspiraba a Cristo, sería un cristianismo sobrentendido, anónimo.
La vía de salvación
No obstante, es claramente el Cristo de los Evangelios, el Cristo que vivió en la tierra, quien conoció los decretos divinos y quien predicó la religión universal. Ha sido el Super-Filósofo, como será para Bergson el Super-místico, y para Constantin Brunner (Wert- heimerj, otra lámpara de ia Diáspora, la esencia dei Genio1". 31 para sus discípulos es abiertamente el camino de la salvación, y lo es, implícitamente, para los filósofos y los ignorantes de buena voluntad, ¿puede llegar a serlo, explícitamente, en ciertas condi ciones,, para los filósofos? Dicho de otro modo, ¿es concebible el spinozismo sin el cristianismo,- sin la cepa judeo-cristiana? Esta cuestión de derecho —pues la cuestión de hecho es ociosa™ se concreta en la dé la relación de la religión universal con la mística racional.
Hay que preguntarse previamente cómo y en nombre de qué prerrogativa es Cristo el filósofo supremo. Lo es porque ha tenido la revelación intelectual de la voluntad salvífica universal y los medios de llegar a ella para los que ignoran la filosofía. No cabe la menor duda de que goza del conocimiento del tercer tipo. Esto
15. tarta LXXIII.
16. tlnsér Christuf«¡¡dcr das Wesen des Gentes, Colonia-Berlín, Kiepenhcuer & Witsch. 195& -Cf. p. 11, 74-®. 310, 401, 475... Brunner lo llanta «el cordero Spinoza».
76 E L C R I S T O D E I . A F I L O S O F I A
puede ser inferido de su poder taumatúrgico y de la ciencia que posee del cuerpo humano y, sobre todo, claro está, de su profunda iniciación al hombre, que le convierte en un maestro de la vida interior. No ha querido corregir las acciones exteriores, sino ende rezar las disposiciones del alma. No era ni profeta, ni legislador, ni juez i, sino el Revelador último, os Dei. que es tanto corno decir Verbo de Dios. Haciendo saltar el marco particularista de la Ley judía, ha pronunciado la palabra maravillosa disimulada en el Anti guo Testamento, la llamada a la justicia y a la caridad universales:. Ha dado el paso inmenso de la religión: de la condenación de la insumisión a la salvación por la obediencia.
Todos los hombres son virtualmente cristianos. Cristo, al revelar la «verdadera religión», la «religión universal»!» ;no ha hecho más que poner de relieve la ley divina natural, quintaesencia de la Ley mosaica: amar a Dios por encima de todo y al prójimo como a sí mismo. El es el autor de esta prodigiosa simplificación, que Berg- son pondrá más adelante de relieve. Es maestro de sabiduría, no de especulación. ¿Es preciso, pues, atribuirle directamente el suma rio especulativo, los siete artículos de fe que constituyen el Credo mínimo? Su examen es objeto de discusión entre los intérpretes, ya hace tiempo que resumí el estado de la cuestión17. Dos son los problemas que se superponen: el vínculo de las proposiciones espe culativas del Credo con la enseñanza exotérica de Cristo —la rela ción entre la religión ómnibus, con sus artículos especulativos, y la filosofía o certeza racional apodíctica—. En el primer punto la transposición es discreta, pero obvia. En el segundo, no faltan los contactos y los paralelismos. Pero las convergencias no hacen olvi dar la energía con que Spinoza mantiene ambas vías de salvación heterogéneas y, naturalmente, incompatibles. Por consiguiente, es inútil intentar colmar el hiatus» conciliar lo inconciliable. Francis Kaplan se escandaliza de una salvación ¡ra dos velocidades'*'». Mas la realidad de una salvación práctica, no intelectual, se admite claramente en la Erica. Por otra parte, la confesión de limitación ■*^de autolimitación— de la razón no es ni chocante ni ilógica, forma parte de la sabiduría. A pesar de todo, de ahí no resulta que la Revelación escape de derecho a toda racionalidad, ¿cómo sería eso pensable? Aquí es donde reaparece el papel eminente de Cristo y de su Espíritu, como un «Pentecostés de la razón» —papel
17. <-Spinoza devant le Christ», GregorianU'fti, ÜfíJ. í'777. p, 218-231. LS. Art. cili, p. 7-9.
CHRISTUS SUMMUS PHILOSOPHUS 77
subrayado a porfía por Henri Gouhier, Jean Lacroix y A. Matheron1'—.
La filosofía ha sido mezclada con la implantación de la religión