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5.10 Phase 3: Questionnaires

5.10.4 Data Analysis: Questionnaires

peculiar en su fin como lo puedan ser los sacra­

¡ mentas. Es a vosotros a quienes conviene orar de este modo, como es a vosotros a quienes se ha dado el comer mi cuerpo y beber mi sangre. Esta oración responde a las necesidades de vuestra sociedad, y a las particulares vuestras, en tanto en cuanto sois mis discípulos, y no en cuanto personas particulares. No orais con una oración vuestra, sino con la oración del Reino, la oración de Dios, la oración del cielo.

Que la oración cristiana entrañe novedad, lo demuestran estas palabras del Señor: «Hasta ahora n�da habéis pedido al Padre en mi nombre. Pe­ didle y recibiréis, para que vuestro gozo sea cum­ plido)> (Juan XVI, 24). Anteriormente a estas palabras de Jesús, los Apóstoles, hombres sin duda piadosos, habían orado; pero así como se les da un nuevo mandamiento, «Un nuevo mandato os doy, que os améis los unos a los otros» (Juan XIII, 34), del mismo modo se les da nueva oración.

El nuevo mandato era la atadura que liga con la caridad a todos los que creen en El, formando con todos un solo cuerpo, una sola familia de Dios, del mismo modo la nueva oración encierra fraternidad y sociedad hecha en nombre del Jefe

divino, y teniendo en mira los intereses del Rey de las almas, y de ningún modo los intereses par­ ticulares de un hombre piadoso: sino del pueblo de Cristo, del ejército de Dios, y tan íntimamente ligado con el misterio de la Encarnación y con todo el cuerpo místico de Cristo como la misma Eucaristía. El cristiano, cuando ora, dirige sus demandas al Padre, no en nombre propio, sino en el del Hijo de Dios. «En verdad, en verdad os digo que cuanto pidiéreis al Padre en mi nombre, os lo concederá» (Juan XVI, 23).

Todo esto es algo más que la mera mención del nombre de Cristo como conclusión a nuestra oración. Es la oración misma la que ha sido trans­ formada de grito solitario de la miseria humana en un gran acto de poder sacramental: y en vez de ser el anémico esfuerzo de la súplica humana, se transforma en la armónica música del Hijo de Dios que se adentra en los oídos del Padre.

Es desgraciadamente lamentable y triste ver hasta qué punto, aunque con la mejor de las inten­ ciones se olvida y se abandona en muchos tra­ tados escritos este aspecto fundamental de la oración cristiana. Puedo permitirme la libertad de decir, siri ser un hipercrítico, que muchos de los autores desconocen esta oración de sentido colec­ tivo, y no existe para ellos más que la individual y personal, que es sobrenatural, pero esencial:. mente individualista y dislocada. Esta concepción parece perder totalmente de vista el hecho de que Nuestro Señor cambió las perspectivas de la ora­ ción, y que no se trata de un acto privado, sino colectivo de todo el Cuerpo místico, del cual es

cabeza. No solamente nos dió con ella un motivo

y razón para esperar, sino que ha hecho más, ha instituído una oración nueva, infalible, cierta, incon­ fundible como son todas las demás cosas que El ha creado en el orden sobrenatural. El Espíritu de oración es esencialmente el mismo Espíritu que anima todo el cuerpo de la Iglesia, y este Espíritu jamás mueve a un alma si no es en movimiento concéntrico, con el fin de que todos se encuentren dentro de la misma órbita que tiene por centro la plenitud de Cristo. «El Espíritu divino ayuda a nuestra flaqueza, pues no sabiendo siquiera qué hemos de pedir en nuestras oraciones, ni como conviene hacerlo, el mismo Espíritu hace o pro­

duce en nuestro interior nuestras peticiones a Dios con gemidos que son inexplicables. Pero aquel que penetra a fondo los corazones, conoce bien qué es lo que desea el Espíritu, �1 _5:1}_'\J no pide por lo� santos nada que no sea según Dios. Sahemos. también nosotros qu� toda� Ías co;

;

s contribuyen al bien de los que aman a Dios, de aquellos, digo, que él ha llamado según su decreto

·para ser santos (Ro m . VIII, 26, 28).

«Pide ese Espíritu por los santos según Dios», he ahí una frase que en sus menguadas palabras expresa la originalidad de la vida que Cristo omnipotente ha alentado a la natural inclinación del hombre por la oración. Los disjuncta membra (o dislocados miembros) de las diversas propie­ dades de la raza humana los ha unificado en un solo cuerpo y convertido en organismo viviente, con un corazón que une a todos, que a todos los vivifica; corazón en el que habita el Espíritu

Santo, siendo sus gemidos infinitos e inmensos, pertenecientes a otro mundo más allá de toda posible comparación: «el mismo Espíritu hace o produce en nuestro interior nuestras peticiones a Dios con gemidos que son inexplicables>>.

Ninguno de nosotros es amado por Dios de modo exclusivo: ninguno de nosotros recibe gracias dislocadas o separadas de las de los demás: hasta nuestra predestinación implica un determinado lugar en el Templo de Dios, del que somos piedras vivas. Si nos fuera dado el ver en esta vida las interdependencias sobrenaturales que nos anudan al resto de las almas, nuestro pasmo admirativo sería inmenso. De todos los dones del Espíritu Santo es el de la oración el que más comunicabilidad posee, y sus resultados son imposible de confinar al estrecho límite per­ sonal, es un rayo de sol que tiene que iluminar todo el paisaje; como el menor resquicio entre las nubes abre paso a la luz que ilumina las coli­ nas y los valles sitos en lejanías apartadas de las que se produjo el desgarro.

La oración cristiana, por antonomasia, se recita

f.·

en plural. El Padrenuestro dictado por el mismo Dios, en su capacidad social, es la oración esen­ cial de los discípulos de Cristo. Las oraciones de

la Iglesia ignoran con persistencia significativa al individuo: todos pueden orar en favor de una sola y determinada persona como, por ejemplo, cuando oramos por el Papa; pero jamás el cris­ tiano ora solo o aislado del cuerpó social cristiano,

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del cual es un miembro. Su oración no puede ser

1 4. Abad Vonior.-Chri1tianu1.

un forcejeo o lucha personal con Dios para lograr de El un favor divino.

Es cierto que en el secreto de nuestra alma, muchos de nosotros pedimos y oramos en pri­

mera persona del singular: quizás lo hagamos inconscientemente; pero no acariciemos ilusión alguna, nuestra más oculta súplica, la más perso­ nal, sigue siendo un gemido del Espíritu Santo «que pide según Dios por los santos». Pedimos unidos en estrecho haz con los demás, que quizá en ese mismo momento elevan al Padre las mismas peticiones que nosotros.

La oración cristiana es absolutamente infalible, en razón de su objetivo universal: ninguna de las peticiones del Padrenuestro será jamás rechazada, porque el Cuerpo de Cristo, el pueblo de Dios, es el objeto directo de los favores divinos pedi­ dos por su mediación. Y en verdad . . . el nombre de Dios está constantemente santificado por sus servidores, el reino de los cielos está patente en todo tiempo y la voluntad de Dios se cumple en

todos los instantes en el mundo de las almas santificadas por la gracia de Cristo: Dios nutre su pueblo sin cesar, y perdona sus culpas, pre­

serva de las tentaciones y los libera de todo m al

con tanta verdad como las estrellas se mueven en el firmamento. Todo cristiano que recita la «Oración del Señor» realiza en cierto modo un acto sacramental que opera con certeza absoluta, porque todo lo que pide se otorga al pueblo al que él pertenece.

Se puede afirmar que la oración dislocada de la órbita cristiana no existe en el cristianismo:

ningún cristiano puede pedir de modo que obtenga de Dios un don o bien que no interese al resto de los cristianos, o no produzca ventajas a los discípulos de Cristo. La vida misma del Cuerpo místico de Cristo quedaría disuelta si cualquiera de nosotros pudiera hablar a Dios fuera de la unión con el resto de los creyentes. Ninguna de nuestras oraciones puede jamás pro­ ducir detrimento a una tercera persona, no podemos desviar hacia nosotros las gracias que iban a otro. «Dios es rico para todos los que le invocan», y el enriquecimiento de uno no pro­ duce el empobrecimiento del otro, sino que por el contrario, nuestra misma riqueza espiritual aumenta el bien de los demás. Cuando San Pablo nos habla de que no busca su propio provecho, sino lo que sea el bien de muchos, no sólo nos da con ello una lección de caridad, sino que esta­ blece una ley de la vida espiritual, vida que siem­ pre será búsqueda del aprovechamiento de todo el Cuerpo místico de Cristo.

Muchas de las dificultades que surgen res­ pecto a la oración desaparecerían si llegáramos a comprender mejor la verdad de que la oración de Cristo no es la oración de uno solo, sino de una gran m uchedumbre¡ y de que cuando oramos

somos un ejército en orden de batalla. Pedimos con grandes exclamaciones y gritos la victÓria, no sólo para los individuos, sino para todo el ejército. ¿Puede haber algo que sea más impre­ sionante que esta doctrina sobre la oración cris­ tiana? El menor y más pequeño de entre los

cristianos posee en sí mismo el espíritu y el genio

de todo el poder de los ejércitos de Dios: sabe que todo va bien para él personalmente si va bien para todo el inmenso ejército¡ ora unido .con todos los millones del resto de sus compañeros, para ser liberado de las celadas del enemigo y obtener la victoria sobre el mal, y sabe que esa oración penetra y llega hasta el trono de Dios. He ahí el christianus orans, el cristiano orante . . . Pide bienes que abrazan a la tierra y al cielo: es en su vida portador de intereses mucho más vastos que los del más vasto imperio, y habla con Dios de la prosperidad de su Reino, como si fuera asunto de su propia familia. Adveniat regnum tuum, fiat voluntas tua sicut in crelo et in terra. ¿Quién sino

el cristiano puede orar así?

¿Es tan siquiera concebible el que un pagano piadoso, dirigiéndose a su más o menos vaga divi­ nidad, pida otra cosa que favores personales y

temporales? Pedir a Dios el que tome cuidado de su propia gloria es tan sólo intuición cristiana: y

únicamente él puede elevarse a esas cimas. En nuestra época de introspección y sutilida­ des psicológicas, la oración vocal se ha reducido más o mt!nos a ser el pariente pobre de lo que se llama la oración mentdl. Este desprecio no está justificado en modo alguno. La oración vocal, en la mejor tradición cristiana, es la oración de la masa, es decir, la oración colectiva, la vox sponsa, o voz de la Esposa de Cristo, la voz que enter­ necía el corazón de San Agustín, en la vieja basílica milanense: despreciar esta oración sería tan anti-•

Iglesia o los signos sensibles de la gracia que llamamos sacramentos.

Abandonémonos un tanto al dulce soñar, e imaginemos una gran asamblea de católicos en una de nuestras catedrales, recitando conjunta­ mente una de las colectas u oraciones del domingo, con el mismo fervor que los niños cantan una canción de ronda que ha de aportar dinerillo para una merienda¡ supongamos que reci­ tan con la misma alegría y en conjunto una oración como esta de la dominica tercera después de Pascuas.

«Üh, Dios, que habéis hecho brillar la luz de la verdad sobre todos los que se descarrían, a fin de que puedan volver al camino y vía de la justicia, haced que todos los que pertenecen a la fe cris­ tiana puedan rechazar todo lo que se oponga a este nombre, y persigan siempre lo que les con­ viene. Por Nuestro Señor Jesucristo . . . »

Cuando este nuestro pueblo cristiano adquiera la costumbre de orar de esta manera, se podrá apreciar que algo extraordinariamente grande se ha realizado. Y, sin embargo, ha habido épocas en las que este sueño era una realidad palpitante en el diario vivir cristiano. La liturgia de la Iglesia, tal como hoy la poseemos, era la «devoción popular» . de los primitivos tiempos cristianos. El cbristianus orans de aquella época es la figura clásica en la historia de la espiritualidad.

La palabra «Orar» la he tomado en este capítulo en el mismo sentido que tiene en el latín •orare•, es decir, en la de intercesión o suplicación, acción de gracias o alabanza. Desde hace ya mucho 53

tiempo, esta palabra se emplea prácticamente para designar toda la vida espiritual, desde los esfuer­ zos de los novicios para obtener buenos p·ensa­ mientos hasta los éxtasis de los santos. Consecuen-

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temente se ha subrayado con demasiado énfasis, y quizá inconscientemente, el aspecto individual de la oración, considerándola como una relación del

¡alma sola con Dios solo: uni una era la máxima

favorita de una gran parte de la espiritualidad moderna, solo con Dios sólo. Es evidente que no se puede favorecer demasiado un tal exclusivismo. Aun tomando la palabra orar en el sentido más amplio, incluídos la meditación, la contemplación, el éxtasis, la unión con Dios en todos los grados de pureza e intimidad posibles, es necesario inocular en ellos el espíritu social. El objeto supremo de nuestra contemplación es el misterio de Cristo y de su Iglesia. Ahora bien, ¿en qué consiste el misterio de Cristo? «Que los gentiles son llamados a la misma herencia que los judíos, miembros de un mismo cuerpo o Iglesia y partí­ cipes de la promesa divina en Jesucristo mediante el Evangelio» (Efe. III, 6).

Cuanto más se acerque un alma a Dios, tanto más se irá desarrollando en ella este sentido social, y tanto más fáCilmente encontrará a Dios y a Cristo en esa sociedad de los elegidos, que se llaman cristianos, «pues por él es por quien unos y otros tenemos cabida con el Padre eterno unidos en el mismo Espíritu.

Así que ya no sois extraños ni advenedizos: sino conciudadanos de los santos, y domésticos o familiares de la Casa de Dios, pues estais edifi-

cados sobre el fundamento de los Apóstoles y profetas, y unidos en jesucristo, el cual es la prin­ cipal piedra angular de la nueva Jerusalem» (Efe. 11, 1 8, 20).

CAPITULO V I

CHRISTIANUS SACRIFICANS El Cristiano ante el altar del sacrificio El christianus orans, el cristiano que ora es el hombre en su estado más noble y mejor. Pero la oración cristiana ha tenido siempre y en todo tiempo un cierto elemento de misterio que no pasaba inadvertido a la atención del mundo. Los ciudadanos paganos no dejaban de murmurar y de afirmar que, cuando los cristianos se unían para orar, realizaban hechos muc�o más graves que los que se veían en la superficie, y que además de la oración colectiva, los cristianos se entregaban a ceremonias misteriosas y terribles. El mundo pagano tuvo, pues, conocimiento bien que vago

y confuso del sacrificio desde los primeros siglos, y

los cristianos no trataron de negarlo. ¿Por qué no habían de poseer sus ritos y ceremonias como el resto de las religiones? Los cristianos tuvieron b uen cuidado en no divulgar la naturaleza real de estos actos y de estas celebraciones que for­ maban el centro b ásico y fundamental de su

oración.

Sabemos que el elemento misterioso, el núcleo oculto de la oración cristiana, era el sacrificio cristiano. Si existe el christianus orans, o el cristiano que ora, existe también el christianus sacrificans,

o el cristiano que ofrece un sacrificio. De hecho, en el cristianismo tradicional, ambas actitudes se unifican o, por mejor decir, se articulan de tal modo entre ellas que la oración cristiana por antomasia se encuentra en las palabras y acciones que preparan, constituyen y completan el sacrificio cristiano, vértice y cresta de la pirámide de la oración cristiana. El cristiano está en su ambiente tanto en l a acción del sacrificio, como en el ejercicio de la oración.

El acto del sacrificio es el más sencillo y el más directo de todos los actos religiosos de los que el hombre sea capaz. Posee este acto una significación natural y literal que el cristiano des­ conoce cuando ensaya . o trata de unirse a Dios de un modo más subjetivo y más abstracto. Pueden rodear el acto sacrificial con ritos compli­ cados de menor importancia; pero los hombres saben, y siempre han comprendido, que cuando ofrecen un s acrificio entregan a Dios algo, del mismo modo que abandonan su hija a aquel que la hace espos a suya. El acto del matrimonio puede desenvolverse dentro de un cortejo fan­ tástico de fiestas; enmarcado en ceremonias de gran sentido simbólico o, a la vez, insignificantes; pero la acción fundamental permanece en ambos casos clara, senciila y directa como el canto de un pájaro. «El hombre abandonará a su padre y a su madre, y se unirá a su esposa, y serán dos en una carne» (Gen. 1 1 , 24).

El hombre que ofrece un sacrificio, presenta a Dios un don definitivo y total, un don otorgado con el m ayor agrado. Si Dios le devuelve parte de 57

ese don, o todo el don, tanto mejor para el hombre¡ pero ello es accidental al don que consti­ tuye el sacrificio. El hecho que contribuye. a darse perfecta cuenta y tener clara visión del acto sacrificial, es el que implica una víctima determi­ nada, o un objeto que debe ser escogido por sus cualidades determinadas, y que debe ser ofrecido en un monento determinado por medio de ciertas ceremonias exactamente detalladas por la tradi­ ción. Del mismo modo que un hombre no se equivoca cuando dona a su hija en la fiesta matri­ monial, tampoco se engaña cuando sacrifica. El israelita sabía con feliz precisión cómo debía apaciguar al Señor¡ y la acción se desarrollaba como si realmente se tratara de arreglar un asunto legal. «Si alguno vanamente jurare de ligero hacer algo de mal o de bien, de lo que uno suele jurar vanamente sin darse cuenta, y cae después en ella. El que de uno de estos modos se haya hecho reo confesará su pecado y ofrecerá a Yavé por su pecado una hembra de ganado menor, oveja o cabra, y el sacerdote le expiará de su pecado. Si no pudiese ofrecer una res, ofrecerá a Yavé dos tórtolas o dos pichones, uno por el pecado y otro en holocausto, y los llevará al sacerdote, que ofrecerá primero el que es por el pecado, quitán­ dole la cabeza sin separarla del todo, y haciendo con la sangre la aspersión de un lado del altar, dejando que el resto fluya al pie del altar; es sacrificio por el pecado. Después, el otro lo ofre­ cerá en holocausto, según suele hacerse, y así hará el sacerdote la expiación del pecado cometido, y le será perdonado» (Lev. V, 4, 10).

Es glorioso privilegio cristiano la claridad y nitidez de la intención sacrificial cristiana sobre todos los demás sacrificios. El cbristianus sacrificans