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2. LITERATURE REVIEW

3.8. Data Collection and Analysis

3.8.3. Data Collection

El manejo de la disciplina

La disciplina es un tema preocupante para muchos padres, pues es un aspecto de la crianza frente al cual suelen estar desorientados y tener dificultades. Por eso le dedicamos un capítulo especial.

La disciplina se entiende generalmente como sinónimo de sanción o castigo, sin tener en cuenta que en realidad debe ser una forma de aprendizaje social. A través de la disciplina aprendemos las normas de regulación social de los grupos de pertenencia. Con frecuencia ol- vidamos el aspecto formativo y educativo de la disciplina, perdiendo de vista su función esencial, que es el aprendizaje de las normas. La norma es un acuerdo entre las personas que permite la acomodación de las relaciones interpersonales inhibiendo los impulsos individuales que puedan afectar la comunicación social. En suma, las normas son una forma de regulación social. Aquí radica su utilidad, su sentido ló- gico y humano y, por lo tanto, su única justificación. La norma deviene en absurda y sin sentido cuando, en lugar de favorecer el intercambio y la regulación de las relaciones interpersonales, las entorpece.

Los impulsos particulares pueden poner en peligro la tranquilidad, la seguridad y la integridad del otro. Si todas las personas dieran rien- da suelta a sus impulsos, la sociedad, o no existiría como tal, o sería presa de un caos devastador. La norma cumple, en consecuencia, una función protectora, no solo de la sociedad, sino también del individuo, que vive y se nutre de la sociedad; si esta se daña, el individuo sufrirá las consecuencias. Si los padres reflexionan sobre el sentido de la nor- ma les será más fácil entender la técnica correcta de su utilización en la crianza. Aprenderán a ahorrarse conflictos innecesarios, a la vez que

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disminuirán enormemente el riesgo de conductas irregulares, diso- ciativas, antisociales y, entre otras, la drogadicción.

El intercambio social requiere de la existencia de reglas y de san- ciones para aquellos que las trasgreden. Muchos padres se plantean el interrogante de si en la formación de sus hijos debe imponerse a los menores la obediencia ciega o si, por el contrario, se les debe dejar en total libertad para no interferir en su desarrollo. Ninguno de estos extremos resulta adecuado: ni el exceso de imposición y control ni la falta de límites redundan en beneficio de la salud mental, pues el niño necesita aprender a expresar sus impulsos sin que estos afecten las normas que regulan la conducta social.

Rodear a los niños de afecto sincero, sin sobreprotección que los anule, y permitiéndoles crecer y lograr el aprendizaje de una conduc- ta autónoma, libre y autorregulada, se convierte en la garantía para el desarrollo sano del intercambio de las relaciones sociales. Si el niño aprende la disciplina rodeado de amor la aprende bien y no tendrá dificultades para introyectarla ni para servirse de ella. El niño aprende así que la disciplina es útil para él y para los demás. Hemos observado demasiadas veces a niños sometidos a sobrecarga de imposiciones normativas con una actitud claramente autoritaria y, a la vez, abando- no continuo. El efecto ha sido una tendencia al descontrol psicopáti- co, que tiende a perseverar hasta la adultez.

El principio jurídico que establece que los derechos de las perso- nas rigen hasta donde se afectan los derechos de los demás resulta idóneo como principio doctrinario de la crianza de nuestros hijos. To- dos los padres aspiran a hacer de sus hijos personas plenas, capaces de obtener la mayor satisfacción personal sin daño para los demás, capaces de ejercer una libertad responsable. Para conseguirlo es ne- cesario criarlos dentro de un clima de confianza, libertad y respeto. Las normas no son medidas para otorgarle poder a una persona o ins- titución. Si se entiende así, solo genera autoritarismo. El poder debería surgir solamente de la cuota de importancia de la regla y al servicio de la función social.

Tomando en cuenta estos principios, analizaremos los factores que influyen en el buen aprendizaje de las normas.

Congruencia entre las normas impartidas y la conducta de los padres: quizá este sea el aspecto más importante de la enseñan-

za de las normas a los hijos. Tiene que haber coincidencia entre el patrón de conducta que se enseña al niño y el que practican los padres, pues él no puede asimilar la norma cuando no viene acom- pañada del peso moral y emocional de verla ejecutada por sus pro- genitores. Los niños necesitan de un modelo de referencia, no solo verbal sino también fáctico, pues la suma de las cargas afectivas de ambos tipos de mensajes refuerza la aceptación, por parte del me- nor, de la norma indicada. Si, por el contrario, la expresión fáctica de la norma está disociada de su explicación, el peso emocional de la norma se diluye por la influencia contradictoria del aspecto fáctico y, lejos de permitir la asimilación de la regla, facilita su violación. Por ejemplo, si al menor se le prohíbe fumar pero los padres fuman, el hijo tiene muchas más probabilidades de convertirse en fumador de lo que ocurriría si no se le dijera nada. En cambio, si se le prohíbe fumar y los padres no fuman, el riesgo queda mejor controlado. ▪ Evitación de la saturación de normas: se piensa que cuantas

más normas se enseñan al niño este va a ser más educado y, como resultado de esta premisa, se olvida que la norma implica una frustración y postergación transitoria de los impulsos. De manera tal que si se le sobrecarga de normas, se le está sobre- cargando de inhibición, se está incrementando su frustración y, aunque no lo queramos así, se está impidiendo que el niño encuentre salida para sus presiones pulsionales. Todo esto, en la práctica, resulta paradójico, pues este tipo de procedimiento aumenta las pulsaciones, sobre todo agresivas, ya que, como sa- bemos, la frustración genera agresión.

El exceso de normas no logra su cometido de hacer al niño «bien educado» sino que, por el contrario, lo hace tenso, inhibido y explosivo, y su tendencia a violar las reglas aumenta. Aprende de esta manera a acatar la norma mientras se siente vigilado y

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a violarla cuando no lo está. Este resultado es atentatorio con- tra el desarrollo de la autodisciplina, única garantía del cabal aprendizaje de las normas.

Conviene que las normas que enseñamos a nuestros hijos sean po- cas pero firmes y que tengan como fin principal protegerlo a él y a los que lo rodean de cualquier peligro. El infante, al percibir el valor de este procedimiento, no se resiste al aprendizaje de las reglas. Debemos tener presente que cuando se da una orden debe

hacérsela cumplir, aunque no se espere una obediencia ciega e inmediata. Hay que anticiparle al niño la indicación, a fin de darle tiempo para que pueda acomodarse a la regla.

▪ Estabilidad de las normas: los patrones de conducta que tra- temos de enseñar a los niños deben ser siempre los mismos. Las normas y sanciones hay que aplicarlas de forma homogénea. Si, por ejemplo, enseñamos a un niño que no debe golpear a sus amigos, esta norma debe hacerse cumplir siempre, cualquiera que sea la circunstancia que rodee al párvulo en el momento de la aplicación de la norma.

Si la norma no tiene constancia y un día, cuando es violada, se sanciona al niño y, en otro momento, al repetirse su violación, el niño no es sancionado, el efecto de la norma en la conciencia moral del hijo se borra por la falta de continuidad. La falta de estabilidad de las normas no solo impide el aprendizaje de la autodisciplina sino que, por el contrario, propicia el desarrollo de conductas psicopáticas. La reflexología ha establecido con claridad la validez de esta afirmación.

▪ Actitud de respeto de los padres hacia los demás: un factor fundamental en el aprendizaje de las normas es que los padres observen, dentro de su propia conducta, el respeto hacia los de- más, especialmente entre ellos mismos.

Resulta totalmente inútil que tratemos de inculcar al niño res- peto por los otros si luego presencia discusiones y conflictos en que el respeto esté ausente, pues el efecto negativo de las agre-

siones que el niño observa entre sus padres lo desalienta para acercarse a los demás manteniendo una actitud respetuosa. El niño necesita aprender principalmente de sus propios padres

y la enseñanza de estos adquiere consistencia cuando se mate- rializa en la práctica de su relación interpersonal.

Si el menor observa la continuidad de este estilo de relación respetuosa con las personas que los padres frecuentan, el re- forzamiento de este aprendizaje se duplica, más aún cuando observa que, como resultado de la actitud respetuosa de sus padres, estos se han ganado la consideración y el aprecio de los demás. El niño experimenta con orgullo el reconocimiento y valoración que sus padres logran del ambiente y esto le ayuda a identificarse con el modelo que ellos representan.

▪ Actitud de respeto hacia sí mismo: cuando los padres le trans- miten al hijo una opinión favorable, cargada de amor y conside- ración, el niño recibe esta actitud con significativa carga emo- cional. Descubre así una nueva forma de gozo, consistente en disfrutar del amor y del respeto de sus padres y, a partir de este placer, el niño construye la instancia moral de su personalidad, el superyo, sin violencia, sin mayor tensión interna, derivando este hecho en un cierto goce de la autodisciplina, pues en ella está expresado el amor y el respeto de sus propios progenitores. Muchos padres interpretan que el respeto es rigidez, confun-

diendo su significado plástico y generoso con autoritarismo disi- mulado con justificaciones y racionalizaciones que solo ellos las creen. El respeto es una forma de amor, no un código de conduc- ta militar. Expresa generosidad, no afán de poder. Si entendemos el respeto en estos términos, el niño lo asimila sin dificultad. ▪ Aprendizaje progresivo de las normas y sanciones: algunas

veces los padres demandan de los niños comportamientos y modales para los cuales no están preparados. No toman en cuenta su edad, su nivel de maduración ni sus características individuales.

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Ignoran las peculiaridades de cada etapa de desarrollo y espe- ran más de lo que el infante puede hacer. ¿Es posible exigir a un niño que esté sentado inmóvil en la silla de un lugar público cuando apenas tiene 2 años? ¿Podemos esperar el manejo de la cortesía más atildada en un párvulo de solo 4 años de edad? El primer hijo suele ser el campo de experimentación en el que

los padres aprenden su función. Quizá por eso crían mejor al se- gundo o tercer hijo, pues la experiencia previa les ha enseñado lo que pueden esperar razonablemente de cada edad. No es en vano que la mayor incidencia de niños que requieren de ayuda psicológica se dé entre los primogénitos. Ellos pagan por el no- viciado de sus padres. Hay padres de hijos con problemas de conducta que tienen la fantasía de que estos van a ser personas inadecuadas; lo sorprendente es que esta fantasía precedía a la aparición de los problemas. ¿Será que la fantasía gobierna a la educación, en estos casos?

Cuando las normas y el estilo de sanción son muy abruptos y violentos no pueden ser introyectados por el niño. La percep- ción de un código sádico y persecutorio no puede ser introyec- tado, pues su carga agresiva excede la capacidad de tolerancia del menor. Así, el superyo no puede organizarse como instan- cia de la personalidad y, en consecuencia, en algún momento puede aparecer alguna forma de conducta psicopática. Si se desarrolla la personalidad psicopática, cuadros como la droga- dicción, el alcoholismo, las conductas irregulares, antisociales o delictivas, harán fácil presa del joven psicópata. Estas personas hacen daño a los demás y a sí mismos.

La psicopatía, hasta ahora, no puede ser resuelta por métodos psi- coterápicos. Es crónica, permanente e inmodificable. La conducta de estas personas se percibe carente de una conciencia moral. Si un ser humano ha madurado emocional y psicológicamente

ya no necesita la sanción externa, pues está en capacidad de sancionarse a sí mismo y puede practicar la autorregulación de su comportamiento. El psicópata conoce las reglas, las identifica

y respeta, pero solo cuando hay control externo. La capacidad de estos pacientes para aceptar límites y tolerar frustraciones es pobre y casi nula. No pueden introyectar la culpa y, en conse- cuencia, no pueden deprimirse, no pudiendo tampoco compro- meterse. Establecen relaciones solo para obtener ventajas. Así, la finalidad de estas personas en su acercamiento social está dirigida a lograr la gratificación material de sus necesidades narcisísticas. Este es un problema que aumenta progresivamen- te con frecuencia alarmante. En la pirámide social, la incidencia de esta alteración es más alta en sus extremos. Es más común observarla en clases dominantes, así como en el extremo más pauperizado de la sociedad.

La psicopatía se encuentra asociada a constelaciones familiares en que la figura paterna tiene una pobre influencia moral en la familia o está ausente sin tener figura sustitutoria o, lo que es frecuente, es una persona cuyas múltiples ocupaciones la alejan del contacto directo con su descendencia, sin desconocer que a veces el padre es él mismo un psicópata, descontrolado y vio- lento. Todas estas circunstancias determinan la inexistencia de una figura que pueda cumplir la función de modelo referencial para la identificación de sus hijos. El padre con estas particula- ridades difícilmente podrá servir de superyo, más aún si, como ocurre en muchos de estos casos, no es afectuoso en el trato con sus hijos.

La madre no suele ser cálida; además, carece de la capacidad para ayudar al niño a desarrollar el nivel simbólico del pensa- miento, negándole las posibilidades de informarse acerca de la realidad e impidiéndole de esta manera la elaboración de sus emociones. Este conjunto de circunstancias condicionan la evo- lución de una personalidad fáctica, impulsiva, que va directa- mente a la acción, que no puede postergar sus impulsos y que busca gratificarlos inmediatamente.

Es posible ver cómo esos padres no ponen límites a sus hijos y los crían en ausencia de frustración, impidiéndoles la oportuni-

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dad de discriminarse y diferenciarse, dando lugar a que el niño no aprenda a pensar y a afrontar situaciones difíciles por sus propios medios. Cuando tienen que hacerlo no aciertan a ma- nejarse adecuadamente y entonces manipulan parasitariamen- te a los demás para que asuman la responsabilidad por ellos. Una particularidad del modo de comunicación de las madres

con hijos que desarrollan psicopatías es la de expresarse con mensajes contradictorios que, sutilmente, confunden al menor y le impiden usar con eficiencia su razonamiento. Por ejemplo: «No me trates mal que estoy enferma». El niño puede interpre- tar este mensaje de la siguiente manera: «Cuando esté sana sí puedo tratarla mal». La frecuencia con que estos mensajes con- tradictorios son transmitidos resulta abrumadora para la capa- cidad de discriminación y razonamiento del hijo.

▪ Acuerdo entre las figuras de autoridad: otro aspecto impor- tante para conseguir que el niño desarrolle la autodisciplina, consiste en que este pueda observar coincidencia entre las nor- mas que los padres le inculquen.

Para el niño es necesario notar que la norma impartida por uno de ellos es compartida por el otro, que no hay desacuerdo entre ellos, pues la existencia de tales desacuerdos debilita la autori- dad de los padres y hace nulo el efecto de la norma. Aun cuan- do el acuerdo, ocasionalmente, no pueda lograrse, los padres cometen una seria equivocación si desautorizan el señalamien- to expresado por alguno de ellos. El niño necesita una autori- dad sólida, firme y coherente. De lo contrario se desorienta, se confunde, y esto tiene a traducirse en conductas de hostilidad y agresión como defensa ante la confusión.

Los desacuerdos entre los padres facilitan las alianzas del niño con la parte que más le conviene. Aprende, por lo tanto, a aliarse con fines manipulatorios.

Los desacuerdos conviene ventilarlos fuera de la presencia del niño.

Otro aspecto vinculado a la dualidad del manejo de la autori- dad es el que ocurre cuando en el hogar no solo viven los pa- dres, sino también abuelos, tíos y otras personas de autoridad, sobre todo cuando todos se sienten con el derecho de guiar la conducta del menor. Este se satura de órdenes, muchas veces contradictorias, no pudiendo lograr un criterio claro respecto a lo que debe hacer, más aún cuando las sanciones que una auto- ridad ordena son levantadas por otro adulto. Los niños criados en un contexto familiar con estas características son inevitable- mente confusos y se manejan agresivamente para protegerse de la confusión. La actividad social y escolar de estos menores suele mostrar signos de desadaptación social.

▪ Reforzamiento de la autoestima del niño: la aplicación de normas y sanciones tiene que hacerse tomando en cuenta que estas cumplan la función de reforzamiento de la autoestima del niño, coadyuvando con este procedimiento al aprendizaje de las normas. Corresponde destacar y reforzar las conductas posi- tivas, utilizando procedimientos de premiación, principalmente afectiva, cuando se han producido las conductas positivas. Si el niño observa que sus padres se alegran por uno de sus logros y si, además, recibe una señal de cariño, tendrá una razón adi- cional al logro para interesarse en la realización de conductas positivas. La buena opinión de los padres por su hijo alimenta y fortalece su autoestima. Esto hará que se cuide a sí mismo y a los demás, pues la estima de los otros le es necesaria, desarro- llando de esta manera el interés por el bien ajeno y aprendien- do con facilidad las normas de la regulación social.

Conviene evitar el trato hostil e insultante hacia los hijos cuan- do estos hacen cosas que pueden molestar a sus padres. No sig- nifica esto que los padres deban quedarse callados sino que, en vez de insultar, expresen el sentimiento que el comportamiento del hijo les ha producido, pues el insulto humilla y resquebraja la autoestima. Por ejemplo, en vez de decirle «eres un inútil», decirle «estoy furioso contigo».

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▪ Pertenencia a grupos sociales: la conducta moral de un me- nor se hace más consistente y sólida cuando este pertenece a grupos sociales amplios en los que sus miembros se guardan mutuo afecto. Así hay menos peligro de conductas irregulares graves, sobre todo si estos grupos establecen relaciones de cla- ro respeto entre sus miembros. Esta modalidad de intercambio grupal, constituida generalmente por varios pequeños grupos familiares, funciona de manera semejante a la de un clan y tiene la particularidad de proveer al niño de grupos alternativos, con diferentes modelos de comunicación entre sus miembros, de los cuales puede adquirir conocimientos sociales que enrique- cen sus recursos adaptativos. Por otra parte, el clan se presenta ante el niño como un puente que facilita la aproximación a los

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