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3. Methodology 57

3.7. Data collection methods 69

Cuando el lector de Primavera se encuentra con Santiago, éste ya es un prisionero veterano. No se saben los detalles de cuán dura fue la etapa de la vigilancia jerárquica, recién ingresado a Libertad. Sin embargo, se puede ver cómo es esa mirada espía en el presente del personaje. Santiago es constantemente vigilado y lo sabe. En la vigilancia jerárquica es fundamental que el preso a encauzar sepa que es vigilado, para que sienta el poder de quien está por encima de él. Al mismo tiempo, el reo no debe saber con

exactitud qué instancia lo vigila. Si el preso sabe que existen diferentes vigilantes, pero no puede prever el rango militar de quien lo mira, no podrá desarrollar sentimientos de confianza, tendrá temor de todos los que se lleguen a su celda y será más fácil quebrarlo.

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Santiago ha aprendido a identificar a sus vigías aunque no pueda verlos. Si bien la vigilancia jerárquica se distingue por ser una mirada que no es vista (Foucault 176), dicho en otras palabras, que no es reconocida, la experiencia de Santiago contradice esa regla: “Cuando son los cabos o los sargentos los que miran por el agujerito para

vigilarnos nunca me despierto no les doy bolilla # sólo me despierto sobresaltado cuando después de las dos son los oficiales los que vichan” (225). A pesar de las normas de los encauzadores, el preso se da sus mañas para identificarlos y de esa manera contrarrestar el efecto de sorpresa y su consecuente actitud nerviosa. La “coacción por el juego de la mirada” (Foucault 175) pierde fuerza cuando un preso con experiencia aprende a identificar a sus vigilantes. Es claro que, para Santiago, de la jerarquía de vigilantes dependía el preludio de un interrogatorio y/o de una tortura, de ahí que cuando los oficiales aparecían a ciertas horas, le importaran más que los cabos o los sargentos.

La mirilla por donde los avizores accedían a las celdas ha sido nombrada en los testimonios de muchos presos reales. Tenía la facultad de ser suficientemente pequeña para que los reclusos no vieran al visitante desde su lugar alejado de la puerta. Los presos tenían prohibido acercarse a ella.96 Sin embargo, la vigilancia se equivocaba al creer que la falta de visibilidad era suficiente para su anonimato.

De acuerdo con las palabras del personaje de Santiago, algunos prisioneros aprendían a reconocer a sus espías, a detectar su jerarquía y a protegerse de sobresaltos inútiles. Los testimonios de prisioneros de las dictaduras conosureñas prueban que ellos realmente aprendían a distinguir ruidos, tipo de pasos, toses y otros detalles que

96 Sobre la mirilla Timerman tiene una anécdota conmovedora: “En la noche de hoy un guardia que no cumple con el Reglamento dejó abierta la mirilla que hay en mi puerta. . . . Descubro que en la puerta frente a la mía también está la mirilla abierta y hay un ojo. Me sobresalto: me han tendido una trampa. Está prohibido acercarse a la mirilla, y me han visto hacerlo” (17). Para suerte del preso no era una trampa y tanto él como el prisionero de enfrente pudieron vivir esos momentos de “libertad”.

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caracterizaban a sus guardias. Rosencof por ejemplo, recuerda que: “Todos habíamos . . . desarrollado un fino sentido del oído. Conocíamos el ruido peculiar de la puerta de cada calabozo al abrirse. Sabíamos por el sonido de los pasos, hacia dónde se dirigía la

guardia” (Memorias Tomo II 31). Gracias a esta facultad auditiva los confinados estaban más alerta y quizá se sentían menos frágiles en su cerrado mundo de rehenes.

Rosencof y Fernández Huidobro narran cómo en sus múltiples cuarteles conocieron a militares de diferentes rangos e ironizan sobre cómo la impunidad

desplegada “avanza en relación inversa al grado” (Memorias Tomo II 97). Es obvio que cada sitio de reclusión tenía reglas particulares. En algunos lugares los militares de rango superior eran más temidos que los de rango inferior, pero en otros lugares ocurría a la inversa. Santiago en la ficción temía más a un militar de grado alto, en cambio Rosencof y Fernández Huidobro temían más a los militares de menor rango.

Llama la atención que la jerarquización militar, al fin de la dictadura, habría de actuar en favor de muchos torturadores. En Uruguay, surgió la “Ley de caducidad”, que en Argentina se denominó “Ley de obediencia debida”. Con algunas diferencias, ambas leyes favorecían a los militares para que no enfrentaran procesos legales o fueran

liberados quienes ya habían sido juzgados. Así mismo estas leyes consignaban que los militares de rangos menores habían actuado, durante los años del Proceso, obedeciendo órdenes superiores por lo tanto no eran responsables de sus acciones. Rosencof y Fernández Huidobro comentan: “Los soldados lacras y los oficiales sádicos saben sacar

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buen provecho de ella. . . . „Yo te hago cualquier cosa y no hay derecho a quejarse porque el responsable es el superior‟” (Memorias Tomo II 97).97

La actuación de los militares está sujeta a varias consideraciones. Jorge Torres, en su libro sobre las Fuerzas Armadas, no disculpa la conducta de los militares, ya que él mismo fue un preso político bajo su despiadada disciplina, pero busca una explicación lógica para tanta saña. Torres considera que el triunfo de los efectivos de las fuerzas militares residió en gran parte a su propia experiencia como disciplinados.

Hablando del ejército en general, Foucault dice que la disciplina “trata de hacer penables las fracciones más pequeñas de la conducta y de dar una función punitiva a los elementos en apariencia indiferentes al aparato disciplinario: en el límite, que todo pueda servir para castigar la menor cosa” (183). Torres, por su parte, responsabiliza al proceso de disciplina irracional dentro del ejército de provocar su bestialidad. Torres habla de un afán automatizador que se denota incluso en cada paso de su adiestramiento: cada grupo jerárquico recibe una alimentación particular, el dormitorio no admite propiedades ni comportamientos diferenciados, el uniforme y el calzado son idénticos. Para apagar cualquier conato de rebeldía o de diferenciación, la disciplina incluye una batería completa de sanciones de carácter sádico a discreción (55).

Torres opina que, al aceptar este sistema absurdo, sin cuestionarlo, los elementos de la milicia están adscribiéndose a una estructura en la cual lo racional ocupa un sitio muy por debajo de la obediencia y la disciplina ciegas. Ahora bien, el hecho de que la disciplina militar pueda ser el origen de la disciplina carcelaria y la posibilidad de entender que la dinámica de los torturadores hacia “los subversivos” proviene de su

97 “La ley de obediencia debida”, en Argentina, fue anulada en 2003. La “Ley de caducidad de la pretensión punitiva del estado”, en Uruguay, sigue vigente. Se han hecho campañas e intentos de enmienda a la ley, pero hasta ahora no se ha alcanzado un referéndum favorable.

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propia instrucción como disciplinados, no es razón para aceptar sus desmanes. No es utópico pensar que como seres pensantes, los militares debieron tener la opción personal de negarse a lastimar innecesariamente a sus semejantes, pero no la tomaron.

El poder de la vigilancia jerárquica era “múltiple, automático y anónimo” (Foucault 182), corrupto, irracional e impune. Múltiple, por su división en rangos y horarios de rondas, automático por sus técnicas de rotación y anónimo por el intento de que los vigilantes no fueran reconocidos y por su misma multiplicidad. Corrupto porque aplicaban sus criterios sin respeto a ninguna norma, irracional por su automatismo y falta de criticismo e impune porque prácticamente todo les estaba permitido. En un contexto tan sórdido, el elemento de la censura es lógico.

En varias de las cartas del protagonista de Primavera la vigilancia y la censura quedan patentes. En una ocasión, Santiago le escribe a Graciela y reflexiona que: “El exilio (interior, exterior) será una palabra clave de este decenio. Sabés, es probable que alguien tache esta frase. Pero quien lo haga debería pensar que acaso él también sea, de alguna extraña manera, un exiliado del país real. Si la frase sobrevivió te habrás dado cuenta de cuán comprensivo estoy” (Énfasis personal 32). Ese “alguien” al que alude el personaje sin duda es el vigilante−censor, encargado de aprobar o desaprobar lo que podía salir o entrar en la prisión: cosas, mensajes o hasta palabras aisladas en un texto. Se trata de un “alguien” que es múltiple en su anonimato y automático para llevar a cabo una función para la que ha sido entrenado “irracionalmente”, en palabras de Torres.

Puesto que el lector tiene acceso a lo que Santiago creyó que tacharían, las posibilidades son que la vigilancia no haya censurado su misiva o que quizá haya fallado en su tarea. La vigilancia era muy eficaz, pero no era infalible. Lo anterior queda

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explícito en otra carta que el preso le envía a su padre. En ese texto le cuenta sobre un operativo en el que mató a un militar, primo suyo: “Hoy precisamente desempolvé la carta clandestina [dice don Rafael], la única que hasta ahora . . . pudo enviar con total garantía de que no pasara por la censura carcelaria” (134). El fallo del aparato represivo, tan bien engranado, sorprende a don Rafael por lo extraordinario. La incredulidad del anciano muestra lo inusual de eventos así.

En la realidad uruguaya, Raúl Séndic nuevamente es un ejemplo de la censura extrema. Los militares no le permitieron escribirle a nadie por un periodo de ocho años. Los demás rehenes sufrieron penas semejantes a Séndic y los otros presos políticos también tuvieron que verse privados de este contacto con el exterior en múltiples ocasiones. Muchos prisioneros, de una manera u otra, trataron de rebelarse ante esta imposición; Lilian Celeberti y el General Líber Seregni fueron dos de ellos.

Celeberti cuenta que, a los cinco meses de su detención, los militares le dijeron que “no [le iban] a permitir escribir cartas ni recibirlas” (44). Como el Santiago de Benedetti (o acaso Santiago como ella), escribió cartas clandestinas que la hacían temer por su familia, si se descubrían. Pero la realidad era que su necesidad de expresarse era mayor a sus miedos: “me prometí que no mandaría más cartitas clandestinas, y si bien no cumplí la promesa cabalmente, empecé a autocensurarme en ellas” (58).

En el caso de Seregni, en su primera aprehensión, de 1973 a 1974, le fue permitido escribir. Fue liberado y reaprehendido en 1976; en esta etapa ya no se le permitió enviar o recibir correo. En El correo del General, Blanca Rodríguez reproduce algunas de las cartas personales de Seregni a su esposa. La editora añade fotocopias de las misivas originales en las que se observan las marcas de la censura: palabras, frases y

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hasta párrafos enteros tachados. El General cuenta que en algún momento comenzó a escribir cartas “para ser revisadas” (19) por los censores, pero además también encontró la manera de enviar cartas militantes clandestinas. Seregni y su mujer llaman “El correo del calcetín” a todas aquellas cartas que el preso enviaba en los calcetines de la ropa sucia que su esposa recogía para lavar en casa (19).98

La urgencia de comunicación obró muchos actos temerarios por parte de los presos. En su necesidad de comunicación tentaron la censura y varios tuvieron éxito. Pero de ninguna forma habría que subestimar la gravedad de la vigilancia jerárquica en la cárcel porque, al final, no se trata de un único grupo de centinelas bajo las órdenes de un jefe, hay un aparato entero produciendo “poder” (Foucault 182).

Muchas cosas pudieron escapar a la vista de la vigilancia jerárquica, pero no todo. La suerte de aquéllos a quienes les encontraron frases impropias, dibujos prohibidos o textos inflamatorios contra el régimen era muy dura. Los castigos abarcaban un amplio espectro de posibilidades: los internos podían quedarse sin recreo, permanecer arraigados en su celda o pasar días en los calabozos de castigo (González Bermejo 54-55). Por supuesto que las visitas se cancelaban cuando se aplicaban las sanciones y la dosis de tortura emocional era un placer extra para los guardias. David Cámpora narra que en Libertad se prohibía: “dibujar una paloma, una rosa, una estrella” (González Bermejo 54) entre cientos de prohibiciones más.99

98 Seregni le cuenta a Rodríguez que fue su disciplina militar la que lo ayudó a mantenerse bien cuando fue prisionero. Acostumbrado a un régimen duro, no le fue difícil lidiar con la serie de carencias a las que se enfrentó. Incluso él mismo organizó su tiempo para mantener ocupados el cuerpo y la mente (16). Acaso las sesiones de tortura fueran un añadido al aprendizaje disciplinario que, como militar, ya traía, porque comenta que cuando ya no le permitieron escribir tampoco él quería hacerlo porque no quería contarle a su mujer lo que estaba padeciendo (11−6).

99 El escritor uruguayo Eduardo Galeano escribió un cuento titulado “Pájaros prohibidos” (Memorias del fuego 1982) que trata de un preso político cuya pequeña hija un día le lleva un dibujo de pájaros que, los censores rompen de inmediato. A la siguiente visita la niña le lleva un dibujo de árboles

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Por el poder de todos los miembros de la jerarquía, jefes y subalternos, en

Primavera Santiago siempre estuvo en el sitio de las víctimas, a merced de cualquiera de los militares, fuese cual fuese su nivel. Este prisionero burló la vigilancia una vez, pero como una excepción a la mirada incisiva del aparato represor. Sin opción, durante todo su cautiverio, Santiago experimentó la fuerza de la vigilancia jerárquica y también recibió sanciones al no adecuarse a las exigencias de sus captores.