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3. Methodology 57

3.8. Grounded theory method 73

En el proceso disciplinario, la etapa de la sanción normalizadora, es la que tiene que ver con los castigos. Una vez que la vigilancia ha hecho su parte y ha registrado a detalle las desviaciones de los disciplinados, hay que corregir la conducta. En la cárcel de la dictadura, las posibles desviaciones de los prisioneros se contaban por cientos, toda vez que no había un reglamento que contuviera todas las normas a seguir. Muchas “desviaciones” se denominaban como tal en el momento de “cometer la falta” y ahí mismo se decidía el castigo a imponer.

Una gran cantidad de los internos del Cono Sur habían sido encerrados sin haber tenido acceso a la instancia de un proceso judicial y público. Ya adentro de las prisiones, el “pequeño mecanismo penal” de que habla Foucault (183), nuevamente actuaba a favor de los militares. Ellos podían decidían a criterio qué sancionar y cómo sancionarlo.

Además de los quehaceres propios de la cárcel, que se distribuían ente los

prisioneros y que si no se cumplían ocasionaban alguna sanción, había otras obligaciones

(que no están prohibidos). En las ramas de los árboles hay circulitos de colores y el padre le pregunta a su hija que qué frutas son, pero la chiquita le pide silencio y le confiesa en secreto: “−Bobo, no ves que son ojos. Los ojos de los pájaros que te traje a escondidas” (www.scribd.com). Otras prohibiciones en la cárcel que Cámpora menciona están en la página 127 de este capítulo de la disertación.

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por las que un preso político podía ser castigado. El reo de índole política debía hablar de sus compañeros de lucha, debía delatar, debía dar nombres, listas, direcciones de

sediciosos. El elemento contradictorio es que para lograr la delación, los prisioneros eran sometidos a sesiones de tortura, y cuando no se lograba el objetivo, la sanción era de nuevo la tortura. “La máquina” como llamaban al tormento en las cárceles uruguayas, era imprescindible en el sistema carcelario. Se les daba “máquina” a los recién llegados, como recibimiento y se les daba a los de mayor tiempo encerrados, como rutina.

González Bermejo cita a Séndic, quien decía que Uruguay era el país del mundo, y de toda la historia del mundo, donde más gente se torturaba, esto es, en relación a su población. Las estadísticas de cincuenta mil personas en una nación de dos millones y medio de habitantes indican que “un uruguayo de cada cincuenta fue pasado por la maquina” (Énfasis del autor 22).

La historia de los presos de Cono Sur está llena de anécdotas de los que hablaron y de los que callaron por y a pesar de los violentos castigos. Únicamente los que

padecieron en carne propia el suplicio conocen los límites de lo que se puede aguantar y las razones por las que se guarda silencio o por las que se delata. El preso político de Primavera, pertenece a los que a pesar de las sanciones normalizadoras no hablaron; en aquella misiva clandestina que le envía a su padre expone su porqué:

¿Te asombrarías si te dijera que no sé si callé por convicción o por cálculo? Siempre observé que mientras lo negás todo, si te obstinás en decir que no y que no con la cabeza, con las manos, con los labios, con los ojos, con la garganta, los tipos igual te dan como en bolsa, claro, pero a veces notás que en el fondo sospechan que les estás diciendo la verdad . . .

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ah, pero si flaqueás y decís una cosa mínima, una pavada que acaso nos les sirva para nada y con la que no jodés a nadie, entonces la actitud cambia, porque a partir de ese momento creen que sabés muchísimo más, y ahí sí que te amasijan, se ensañan con vos. . . . De todos modos estoy conforme, porque nadie cayó por una flojera mía. (134-35)

Al no delatar a nadie, la función correctiva del castigo disciplinario (Foucault 184), no tiene éxito en el caso de este prisionero. Santiago aguanta el tormento, pero hubo muchos cautivos que no lo soportaron. Santiago habla de Andrés, aquel compañero que pensó que los militares tendrían un límite en su crueldad y le decía a su camarada que iba a persuadirlos de que dejaran de lastimarlo, pero cada vez que hablaba “le rompían la boca” (212) y terminó enloqueciendo.

Otro relato de la historia real chilena, que muestra a un prisionero que no soportó el tormento, es el testimonio de Valdez, en Tejas Verdes. La disciplina irracional en el campo de concentración donde fue recluido lo llevó a hablar. El escritor narra la sesión de tortura en la que lo obligan a delatar a algunos conocidos porque no soportó los embates corporales:

Me tiemblan las mandíbulas. No sé qué decir, no se me ocurre qué inventar. . . . Entonces me introducen algo bajo la lengua y en el sexo. Me desgarro los hombros al tratar de contraerme. . . . El dolor

corresponde, por una parte, a una mutilación. Es como si me arrancaran el sexo de raíces, como una dentellada que me deja abierto y, arriba, en la boca, como una explosión que volara toda la carne. . . . Es más que eso, no hay memoria del dolor. (144)

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Lo peor es que Valdez proporciona datos y nombres correctos, pero en la

enajenación del dolor involucra a personas ajenas al grupo que la milicia chilena buscaba (144). En aquel momento alucinante lo único que Valdez deseaba era que pararan la pesadilla. Para ajustarse a la regla del poder disciplinario Valdez debía hablar. Mientras no lo hizo los castigos fueron más y más duros; sólo se detuvieron cuando delató.

Santiago hace bastantes alusiones a las sanciones con las que los vigilantes trataban de normalizar la conducta de los presos. Se puede recordar la carta donde este preso le cuenta a Graciela que su compañero de celda está en la enfermería (11).100 El texto no dice más, pero el mensaje cifrado es que seguro está en la enfermería como consecuencia de una sesión de tortura. Las “desviaciones” de la conducta sancionadas en el compañero de Santiago pueden ser de cualquier tipo, desde no haberse abotonado el uniforme hasta no querer delatar a compañeros de oposición al régimen.

Santiago es más directo en unas misivas que en otras porque no pierde de vista que la censura leerá el texto y basta un pretexto mínimo para que lo sancionen. En una conversación con Graciela, Rolando (su futuro amante) justifica cierta parquedad de Santiago en las últimas cartas, recordándole a su amiga que muchos castigos colectivos en el Penal “generalmente se basan en un pretexto tan pueril como ése: que alguien al escribir sobrepase . . . límites no establecidos pero reales” (44). Rolando sabe de primera mano lo que dice, también estuvo detenido en Uruguay y aún conserva una cicatriz en la cadera y sus testículos son desiguales “porque el izquierdo nunca se ha recuperado y está como magullado y contraído después de tanta máquina” (164).

100 La carta fue mencionada al inicio del capítulo anterior de esta disertación para hablar de la metáfora de la plaga.

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La ironía es parte del estilo de Santiago para hablar del suplicio. En el intento de los militares de encauzar su conducta: “Han pasado unos cuantos [años] más y no tengo panza, claro que por otro tratamiento que tal vez no sea el más recomendable” (112). Un tratamiento que nada tiene que ver con una buena dieta o las visitas a un gimnasio,101 sino con aquella “primera semanita” (220) en Libertad, y con esos “últimos y durísimos años” (162). El riguroso régimen alimenticio y la tortura con que han tratado de encauzar su conducta, han contribuido a su estado físico: poco pelo, manchas y cicatrices, dolores en las articulaciones, entre otros detalles más (158 y 219).

La dinámica “gratificación-sanción” (Foucault 185) que debe caracterizar los sistemas disciplinarios en la fase de la sanción normalizadora no opera en su sentido común en el área carcelaria de la dictadura. Si en un colegio el maestro debe evitar los castigos e incrementar las gratificaciones para motivar al estudiante, en la dictadura los militares se solazaban en los primeros, minimizando los segundos. De esto resultan todas las secuelas que Santiago describe. El personaje no es explícito al mencionar la tortura en sí, alude a ella, pero sobre todo describe sus consecuencias.102 Benedetti gustaba más de la sugerencia que de la imagen gráfica para referirse al martirio.

Séndic, en la vida real, también fue uno de esos presos menos gratificados y excesivamente sancionados. Además de los ocho años sin correspondencia, de los meses que pasó en aljibes y de los continuos traslados de cuartel, está un gran desdén

101 En algunas cárceles incluso hacer ejercicio sin supervisión de los guardias era penalizado. Cámpora habla de que en Libertad había torneos de fútbol, pero si alguien hacía ejercicio en su celda era sancionado: “La hormiga 873 ha vuelto a ser sorprendido haciendo gimnasia clandestina” (González Bermejo 54).

102 Con respecto a la disciplina carcelaria, Primavera presenta particularmente el punto de vista de Santiago, pero no se espera en la novela que él cuente todos y cada uno de los detalles de su encierro, de ahí que sea congruente en el texto que no se hable de aspectos realistas que distinguían al Penal de Libertad donde los internos sí gozaban de algunos “privilegios” que Cámpora describe en Las manos en el fuego: tenían una biblioteca, jugaban deporte, hacían manualidades; todo en medio de censuras y castigos, pero había rachas menos difíciles que otras (González Bermejo páginas varias).

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relacionado a su salud y la violencia desplegada contra su familia. Los militares, por ejemplo, no le dieron un seguimiento oportuno ni siquiera a la herida de bala en la cara que sufrió durante su arresto en Montevideo y que le destrozó la quijada izquierda. Mucho menos prestaban atención a las lesiones provocadas por los castigos continuos, como aquel de obligarlo a correr con los ojos vendados y las manos atadas, en un campo lleno de obstáculos (Séndic 6). Por si todo esto fuera poco, en 1974 arrestaron a su hermana Alba por acusaciones vinculadas a las visitas que le había hecho a él (Séndic 6).

Una condescendencia que tuvieron con Séndic fue permitirle recibir a su hermano Victoriano, quien después de que habían encarcelado a Alba tuvo la valentía de visitar al líder Tupamaro y llevarle noticias de sus hijos. Pero incluso visitas como éstas muchas veces fueron canceladas por cualquier pretexto. Esta situación con Séndic y su hermana Alba, en la vida real, ayuda a comprender mejor la situación de la familia de ficción de Primavera al decidir irse al exilio. Separarse más de Santiago poniendo tierra de por medio era la manera más segura de evitar la cárcel para ellos también.

En general, los testimonios de los presos políticos uruguayos, argentinos o chilenos no abundan en historias de ascensos u obtención de rangos y puestos,

gratificaciones osibles (Foucault 186). La milicia conosureña no parecía confiar en sus detenidos. Sus huestes, bien jerarquizadas, proveían los elementos que eran necesarios para mantener al aparato disciplinario. En la prisión del régimen dictatorial, delatar no necesariamente conllevaba un ascenso o la obtención de la libertad. Incluso confesar lo que los militares pedían no garantizaba la eliminación o disminución del tormento, si bien esto último era a lo que más podían aspirar los presos. No hay muchos casos como los de

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Hernán Valdez, a quien los militares chilenos dejaron libre después de responder mediante la tortura a los cuestionamientos que le hicieron.

Por lo general, más que el juego de la recompensa, la milicia manejaba el juego del odio, de la provocación de temor o del teatro de la justicia. La consigna era que si un preso estaba en contra del Proceso de Reorganización Nacional y había actuado contra la Junta Militar debía pagar su culpa: había que sancionarlo para que hablara, porque no hablaba, porque había hablado, para que hablara más y así hasta el infinito.

El ejército también jugaba a la manipulación. Si el cautivo hablaba, podían dejarlo en su mismo rango, pero como infiltrado. Los infiltrados tenían algunas prerrogativas: menos tortura o mejor comida, detalles por el estilo. En el documental argentino Montoneros, del director Andrés Di Tella, algunos de los ex presos

entrevistados hablan de esta práctica. Ellos cuentan de personas que se convirtieron en informante de los militares y circulaban entre los presos o las presas tratando de fingir ser uno más de ellos para llevar información a los vigilantes.

Otros prisioneros que podían recibir un trato menos salvaje y salvarse de la tortura eran los que poseían alguna destreza conveniente y útil a los militares. En Montoneros, precisamente, un ex preso declara cómo sus captores lo usaban para que les ayudara a mantener en servicio la picana. En una ocasión se descompuso el arma de tortura de uno de los torturadores y el reo aprovechó para decir que no podía componerlo, creyendo que los suplicios tomarían un receso. Sin embargo, aquel militar inventó una forma más perversa de tortura. Por ese motivo el preso se apresuró a arreglar la picana. Su comentario es que él sabía que los demás presos lo veían como “aliado” de los

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torturadores, pero lo que estaba haciendo era conservar su vida lo mejor que podía y “ayudar” a que ciertas torturas no fueran peores.

Ni delator, ni infiltrado, ni ayudante: Santiago, de Primavera, se siente orgulloso de no haber sucumbido a la tortura, de no haber cedido bajo el yugo de todo el aparato de la sanción normalizadora. No obstante, el hombre confiesa que a veces tuvo miedo: “miedo de despreciarme de preferir morir de quedarme sin el mundo # sin el mundo y sin huevos # de terminar como un guiñapo # es horrible tener tanto miedo pero más horrible tener que tragarse los aullidos” (221). Lo interesante fue que, si el momento del suplicio era atroz, después se sentía “corajudo y estoico” (221), de tal manera que terminó

enfrentando el miedo y se dio cuenta que “si uno le hace frente el miedo huye” (222). El miedo y el dolor no triunfaron sobre Santiago. Sin duda, la disciplina carcelaria de la dictadura puso énfasis en esta fase penalizadora para “normalizar” al detenido y encauzarlo, o al menos para castigar su silencio, su lealtad y hasta su

resistencia física y mental, sin embargo, él no sucumbió. En Primavera, las sanciones, entre ellas las sesiones de tortura, no corrigieron a Santiago como el sistema esperaba a pesar de los terribles métodos represivos. Su voluntad, el dominio de sus emociones y la adaptación de su cuerpo a las difíciles condiciones de existencia, consiguieron sacarlo a flote ccuando fue necesario y lograron prepararlo para “reprobar” el examen.