Table 6.1 Basic information on the three outreach centres for the project
6.5 Data Collection Methods
Las distintas crisis experimentadas por el Estado liberal desde su consolidación han obtenido respuestas que han pasado por la creación de modelos que se ajustaban perfectamente a su lógica interna o que se alejaban radicalmente de ella. El Estado del bienestar, que analizaremos en el capítulo siguiente, se articuló como solución a los problemas de acumulación del capital, en prevención de sus crisis cíclicas y de sus efectos. Su funcionamiento no sólo era coincidente con los principios del libera- lismo democrático sino que, además, se hizo indispensable para una completa defen- sa de los derechos sociales. Por el contrario, la crisis del Estado liberal también se intentó superar desde la formulación de proyectos separados de su lógica y presu- puestos básicos; separados hasta el punto de suponer una ruptura total con respecto a lo que el liberalismo representaba: los Estados fascistas y los Estados socialistas intentaron derrotar al liberalismo desde la alteración de sus mecanismos, en el pri- mer caso, o desde la superación de sus principios, en el segundo.
Entre las muchas polémicas suscitadas por el fascismo en el marco de las Ciencias Sociales no es menor la que hace referencia a la posibilidad de reducir un fenómeno tan complejo a categorías teóricas definidas. La discusión sobre la exis- tencia o no de un modelo ideal de fascismo, esto es, de un fascismo genérico que nos permita clasificar a distintos regímenes como fascistas, ha protagonizado el debate académico sobre el tema. Las dificultades para conseguir esta abstracción tienen su origen en el amplio número de partidos, movimientos y regímenes polí- ticos, cada uno con sus peculiaridades concretas, que a lo largo del siglo XX com- partieron algunas de las que podemos considerar sus características básicas.
No conviene olvidar al respecto, sin embargo, especialmente en un marco como el de la Ciencia Política, la utilidad que las conceptualizaciones poseen para orde- nar aquellos elementos que, por su propia naturaleza, devienen de una realidad compleja así como para clarificar el análisis y comprensión de los propios fenóme- nos políticos. En este sentido, aun siendo conscientes de la inexistencia de un fas- cismo empíricamente puro, realizaremos una aproximación al concepto a través de la delimitación que diversos autores han realizado de los rasgos que lo definen para
TEORÍADELESTADO I: ELESTADOYSUSINSTITUCIONES
pasar, a continuación, al estudio de algunos casos históricos que nos darán la justa medida de lo que fueron los Estados fascistas.
1.1. El debate sobre el fascismo
El análisis etimológico del término fascismo, al contrario que otros, como los de liberalismo, democracia o socialismo, arroja pocas luces sobre sus rasgos políticos. Se denomina así sencillamente porque el movimiento italiano fue el primero en apa- recer. El fascismo italiano, cuyo nombre procede del latín fascis, que en castellano significa haz, utilizó como símbolo las fasces, consistentes en un hacha inserta en un haz de varas, insignia utilizada por los cónsules romanos. En realidad la expresión nos ayuda poco a la hora de identificar algún matiz ideológico más allá de los deri- vados de la simbología imperial romana de la autoridad y la unidad.
Otro problema con el que nos encontramos a la hora de aproximarnos al térmi- no es que ha sido utilizado más como adjetivo que como sustantivo: fascista ha sido usado comúnmente, y todavía hoy se utiliza, como sinónimo de violento, bru- tal o dictatorial. Si a esto le añadimos el hecho de que han sido muy pocos los movimientos políticos que se han autodenominado fascistas comprenderemos las dificultades que acompañan a cualquier intento de definición.
Como punto de partida podemos señalar que el fascismo aparece en el período de entreguerras como resultado de la aguda crisis política, económica e internacio- nal que en ese momento sufrió el Estado liberal democrático. Bien es cierto que sus raíces ideológicas y culturales pueden encontrarse desde finales del siglo XIX, pero serán la primera guerra mundial (1914-1918) y, especialmente, sus consecuencias las que crearán el caldo de cultivo apropiado para su surgimiento. La guerra euro- pea, la más destructora hasta entonces, no sólo acabó con las monarquías e impe- rios de Austria-Hungría, Rusia, Alemania y la Turquía otomana sino que además hizo que se tambalearan las propias estructuras del Estado liberal, incapaz de asu- mir el crecimiento del papel estatal y la presión de las masas. Si la guerra había mostrado los problemas del Estado liberal para asegurar un orden internacional pacífico, la crisis económica desatada a partir del «jueves negro» de Wall Street, el 24 de octubre de 1929, puso en evidencia sus limitaciones para asegurar el desarro- llo así como la necesidad de reformar sus principios no intervencionistas. En este contexto aparecieron numerosos grupos, movimientos y partidos que se reclama- ban fascistas o podían ser identificados como tales.
Entre los elementos comunes pueden destacarse los que Ernst Nolte denominó seis puntos del «mínimo fascista» (Nolte, 1971). Para este autor, uno de los dina-
LASRUPTURASDELESTADOLIBERALDEMOCRÁTICO
liaridades, una tipología, que nos permita identificar a los movimientos fascistas. Según Nolte el fascismo se caracterizaría por los siguientes rasgos:
1. Antimarxismo, como reacción a la expansión del socialismo que tuvo lugar tras la revolución rusa de 1917.
2. Antiliberalismo, como resultado de la crisis del Estado liberal que hemos comentado anteriormente.
3. Anticonservadurismo, pese a establecer alianzas temporales con grupos tradicionales y sectores de la derecha política.
4. Principio del liderazgo (Führerprinzip), con un líder carismático indiscuti- do.
5. Ejército del partido, se trata de un rasgo organizativo derivado de la milita- rización de las relaciones políticas.
6. Totalitarismo como objetivo, es decir, se persigue conseguir el control total de las relaciones económicas, políticas y sociales.
Por su parte Stanley G. Payne realizó también una descripción tipológica del fascismo que puede ser utilizada con fines de análisis y definición comparativos (Payne, 1982, 1995). No se trata para este autor por tanto de elaborar una categoría rígida sino de dar una descripción de amplio espectro que pueda identificar diver- sos movimientos supuestamente fascistas. Para ello se centró en tres puntos: a) ideología y objetivos; b) negaciones fascistas; y c) estilo y organización. La tipolo- gía de Payne (Cuadro 1) tiene algunos elementos en común con la de Nolte, a la que añadió elementos de la ideología y organización fascistas, y con las de otros autores que han realizado esfuerzos en idéntico sentido, entre los que puede desta- carse a Roger Griffin y a Emilio Gentile.
El primero de estos dos últimos autores, Roger Griffin, ha señalado diez aspec- tos que permiten elaborar la taxonomía de los movimientos y sistemas políticos fascistas (Griffin, 1991, 1995):
1. Antiliberalismo 2. Anticonservadurismo 3. Tendencia carismática 4. Antirracionalismo
5. Tendencia a generar un equivalente nacionalista del socialismo 6. Totalitarismo
TEORÍADELESTADO I: ELESTADOYSUSINSTITUCIONES
7. Mito de la renovación nacional 8. Racismo inherente
9. Capacidad para generar sus propias formas de internacionalismo 10. Naturaleza profundamente ecléctica
Por su parte, Emilio Gentile subraya distintas características agrupadas en tres dimensiones: organizativa, cultural e institucional (Gentile, 1997), siendo el totalita- rismo «el elemento fundamental y esencial para la definición del fascismo». En defi- nitiva, para todos estos estudiosos del fenómeno fascista es evidente la dificultad de elaborar una definición abstracta del fascismo, de construir un tipo ideal que pueda utilizarse para cada uno de los casos.
No han faltado autores, sin embargo, que han preferido elaborar distintas defini- ciones pese a que, tal y como estamos viendo, se trata de un fenómeno que no se pres- ta a explicaciones unicausales o a teorías simples. Los investigadores de tradición marxista han sido quienes mayor empeño han puesto para definir al fascismo. De hecho, la difusión del propio término se debió en gran parte a la propagación que del mismo realizó la izquierda con el fin de combatirlo. El antifascismo, a la vez que con- virtió al concepto en adjetivo peyorativo, contribuyó definitivamente a su consolida- ción. Ya en los años treinta Daniel Guérin definía al fascismo como aquel movimiento político que, en un momento de máxima conflictividad social, se convierte en instru- mento defensivo del gran capital a través de métodos violentos (Guérin, 1973).
Por su parte, Fritz Sternberg ofrecería una interpretación algo más compleja al considerar que el Estado fascista representaba la etapa más elevada del imperialis- mo capitalista. Entre los marxistas más recientes que han estudiado el fascismo cabe destacar a Nikos Poulantzas o a Reinhard Khün, para quien tanto el liberalis- mo como el fascismo son dos formas de dominio burgués (Khün, 1973). Pese a las simplificaciones en que en ocasiones incurren estos autores, cabe destacar el esfuerzo realizado para aclarar la relación existente entre el sistema de producción capitalista y la estructura social clasista, por un lado, y el fenómeno del fascismo, por otro, elementos a menudo olvidados por el resto de estudiosos.
En cualquier caso, parece más acertado renunciar a una definición cerrada y apostar por una descripción tipológica que conjugue la operatividad y el rigor con- ceptual con su aplicación a los numerosos movimientos, partidos y regímenes políticos, tan diferentes pero a su vez tan semejantes entre sí, susceptibles de ser encuadrados bajo la denominación de fascistas. De esta forma, tras concluir que el fascismo surge en Europa en el período de entreguerras como consecuencia de la
LASRUPTURASDELESTADOLIBERALDEMOCRÁTICO
guerra mundial (1939-1945), pueden repasarse las características que lo definen en la tipología elaborada por Stanley G. Payne (Cuadro 1).
Cuadro 1. Descripción tipológica del fascismo según Stanley G. Payne