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El desarrollo afectivo depende en gran medi- da de las actitudes de la familia hacia el niño. La reacción de los padres ante la ceguera de su hijo es muy importante. Se pueden observar distintas reacciones (Defontaine, 1981; González, 1990):

— Rechazo: consideran que su hijo es algo molesto, no lo aceptan. Los niños no son estimulados, son ocultados, aparta- dos y marginados. No se incorporan a la vida familiar y social.

— Sobreprotección: es una de las actitudes más frecuentes, de manera que el niño se convierte en el centro de las preocupacio-

nes familiares. Se traduce en un exceso de atenciones que se acompaña de una sub- estimación de la capacidad del niño. Se le consiente y se le hace todo. Se descarta el contacto con otros niños, se elimina la manipulación de objetos considerados pe- ligrosos y se frenan sus iniciativas. Su es- pacio vital y el de exploración quedan re- ducidos. Tiene una tendencia a replegarse en sí mismo y a permanecer inactivo. — Aceptación: sería la actitud más favora-

ble, y se ve facilitada cuando existen her- manos. La familia ayuda al niño a supe- rar sus dificultades por medio de una educación precoz. Facilitan a su hijo el establecimiento de contactos sociales con niños de su edad y con adultos. Es necesario que se acepte la discapacidad, que se eluda en lo posible caer en alguna de estas dos reacciones extremas (marginación o sobreprotección) y se proporcione un ambiente estimular capaz de formar su voluntad y lograr una mayor autonomía e independencia (Lina- res, 1999a).

Los niños ciegos muestran en general una mayor dependencia del adulto para sus juegos, de modo que alcanzan niveles de juego más evolucionados en presencia de éstos (Martínez, 2004). Según Burlingham (1977), el niño invi- dente progresa más por apego al adulto que le enseña que por el interés hacia la actividad o hacia el grupo de compañeros. Schneekloth (1989) comprobó que los niños con discapaci- dad visual ocupaban un tercio de su tiempo interactuando con los adultos, mientras que los videntes pasaban la mayor parte de su tiempo interactuando con otros niños; además, los ni- ños ciegos permanecían un 56 por 100 de su tiempo jugando solos, mientras que los niños parcialmente videntes pasaban un 33 por 100 y los videntes un 14 por 100 de su tiempo dedi-

cados al juego en solitario. Otros estudios tam- bién muestran que los niños ciegos interactúan  con menos frecuencia con otros niños (Preisler,  1993; Tröster y Brambring, 1994). Esto puede  ser  debido  en  parte  a  que  tienen  dificultades  para interpretar la comunicación no verbal, lo  que lleva a la ruptura de la comunicación entre  estos niños y los niños videntes (Erwin, 1993).  Los actos agresivos (pegar, dar patadas, etc.)  están  restringidos  en  el  juego  del  niño  (Bur- lingham, 1977). Por otra parte, el niño no puede ver los indi- cadores visuales de los sentimientos de los adul- tos hacia él (sonrisas, caras de agrado y otros  gestos), por lo que es necesario que note en su  cuerpo esos sentimientos a través de la manipu- lación, el contacto físico y la charla constante  con  él.  En  la  relación  con  el  adulto  los  niños  ciegos hacen más preguntas y no esperan res- puestas,  de  hecho  utilizan  las  preguntas  para  mantener líneas abiertas de comunicación con  el adulto (Tait, 1992). En la relación con otros  niños, si bien se observan menos actos agresivos,  McGuire y Meyers (1971) encuentran que el 40  por 100 de los niños de su muestra presentaban  verbalizaciones  hostiles  en  el  juego  con  sus  compañeros.  Estos  datos  contradictorios  po- drían deberse a que la inhibición de la expresión  agresiva corporal suponga un incremento de la  agresividad simbólico-verbal (Martínez, 2004).

Otros  aspectos  habituales  en  la  comunica- ción no verbal son: no dirigir la cara hacia su  interlocutor, ausencia de gestos que acompañen  al lenguaje verbal, desconocimiento o empleo  forzoso de la sonrisa, etc. (González, 1990). 3.  EVALUACIÓN PSICOMOTRIZ 3.1.  La observación psicomotriz Arnaiz (1994) recomienda dedicar unas se- siones iniciales a observar cómo el niño se des- envuelve con respecto a su cuerpo, el espacio y  los objetos. Durante estas sesiones iniciales se  observan los siguientes parámetros: —   Relación con el cuerpo:

    •   Conocimiento  del  esquema  e  imagen  corporal: si tiene conciencia de sí mis- mo y conoce las distintas partes de su  cuerpo.     •   Control postural: equilibrios y desequi- librios, si realiza movimientos reflejos  que conduzcan al equilibrio.

    •   Coordinación  dinámica  general:  qué  tipo  de  desplazamientos  realiza  y  cómo los realiza (la marcha, la carrera,  los saltos, deslizamientos, giros, etc.).     •   Tono: si aparecen hipertonías.

—   Relación  con  el  espacio:  uso  que  hacen  del espacio.

—   Relación con el tiempo: tiempo que nece- sita  para  descubrir  dónde  están  los  ju- guetes  u  objetos  y  qué  hacer  con  ellos,  así  como  el  tiempo  que  pasa  solo  y  acompañado.

—   Relación  con  los  objetos:  interés  que  muestra por los objetos, si los explora y  cómo  lo  hace.  También  se  presta  aten- ción al tipo de objetos que utiliza, tipo  de juego que desarrolla con ellos y carac- terísticas del juego simbólico.

—   Relación con los otros: tipo de relación  que entabla con el adulto, interacciones  que  establece  con  los  iguales,  cómo   se  relaciona  con  ellos,  proporción  de  tiempo  que  pasa  con  los  adultos  y  los  iguales.

—   Lenguaje:  cómo  se  comunica  con  el  adulto y los iguales, presencia de verba- lizaciones hostiles.

3.2.  Técnicas cuantitativas

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