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dar con la verdad, que en el dominio infinito considerado es cero, con la probabilidad de que una de las descripciones de estado sea la verdadera, puesto que una de ellas lo es.

A.I.P. parte también del supuesto

a priori

de que las infinitas frases atómicas de que se compone

h

son independientes. Luego

p(h)

= lim [p(a1) • ...

p

(a,

) 1

=

o.

n-}l.et:) 1

Pero como objetan Niiniluoto y Tuomela (1973, c.11, nota 12),

a priori

es tan legítimo optar por la suposición de independencia como por su contraria.

INDUCCION y VEROSIMILITUD

Tras aceptar, en una segunda etapa, que un informe observacional

e

apoya probabilísticamente una hipótesis

h

si y sólo si

p(h, e)

>

p(h),

lo

que únicamente es posible cuando

i)

y

ii),

Popper prueba con A.I.R. que, si

h1

y

h2

son dos generalizaciones cualesquiera apoyadas por

e,

y

p(h1)

/ p(hzJ es la razón entre sus probabilidades

a priori,

entonces

p(hl' e)

p(h1)

p(h2, e)

=

p(h) .

Como la evidencia no altera el orden inicialmente atribuido a las hi­ pótesis competidoras, entonces no puede discriminar entre ellas. Este ar­ gumento carece empero de fuerza de convicción, ya que, si bien es cierto que, mientras las apoye,

e

no puede alterar el orden establecido

a priori

entre ambas hipótesis, no lo es menos que en el momento en que la evi­ dencia refutara a una de ellas, pero continuara confirmando a la otra, la igualdad indicada se transformaría en desigualdad.

Finalmente, como

i) h

=

(hve)

1\

(hv-,e)

ii) e

f-

hve

iii) -,( e

f-

hv-,e),

si

h

f-

e

y O <

p(h)

<

p(e)

<1, entonces

a)

p(h, e)

>

p(h)

p)

p(hv-,e, e)

=

p(h, e)

y)

p(hv-,e, e)

<

p(hv-,e).

Ahora bien, como para Popper y Miller la inferencia de una conclu­ sión a partir de un grupo de premisas dado es

inductiva

si y sólo si no es deductiva, entonces

iii)

expresa que se sigue inductivamente de

e.

Luego Popper y Miller (1983, 1984 y 1987) concluyen (A.P.M.): Si el apoyo probabilístico que la evidencia observacional

e

proporciona a la hipóte­ sis

h

-circunstancia expresada por medio de

a)-

fuera inductivo, en­ tonces

e

debería apoyar probabilísticamente al componente inductivo de

h

relativo a la evidencia -e.d.

hv-,e-;

pero como y) muestra,

hv-,e

es re­ futado por

e.

Luego el apoyo probabilístico no puede ser inductivo, y la probabilidad inductiva es imposible.

A.P.M. no es, no obstante, tan devastador como sus autores presu­ men, pues, como Rivadulla (1987c, 357 y 1989, 68-69) afirma, tanto

a)

como

y)

se siguen deductivamente de los mismos supuestos, si bien

h

y

hv-,e

no son lógicamente equivalentes -aunque lo sean probabilística­ mente, dado

e-,

por lo cual lo que es positivamente relevante para una no tiene por qué serlo para el otro. Popper y Miller deberían precisar más su teoría subyacente acerca de la inducción -lo que no implicaría recri­ minarles un inductivismo latente-, pues de lo contrario no se entiende por qué

refutación probabilística

quiere decir

contrainducción.

ANDRES RIVADULLA

Por lo que llevamos visto hasta ahora, la pregunta con que iniciamos esta sección parece que puede ser respondida en el sentido de que Popper no ha conseguido probar que no tienen razón los filósofos que aseveran que las teorías pueden ser evaluadas probabilísticamente. Mas este estu­ dio quedaría incompleto si no analizáramos, aunque sea de modo obli­ gadamente breve, las objeciones de Popper contra las concepciones in­ ductivo-probabilísticas de Reichenbach y Carnap. En su ataque contra la inducción Popper (1934, §1) argumenta que la aceptación de un princi­ pio sintético de inducción capaz de otorgar legitimidad lógica a las infe­ rencias inductivas, comporta inevitablemente un regreso infinito o una concesión al apriorismo. E inmediatamente advierte que estas dificultades se trasladan a toda posición que pretenda sustituir la exigencia de validez de las inferencias inductivas por la de probabilidad. La forma de salvar la solución negativa del problema de la inducción no puede consistir, pues, según Popper, en el establecimiento de una lógica probabilística (Rei­ chenbach) o una lógica inductiva (Carnap) que habilitara para afirmar que las conclusiones inductivas son (más o menos) probablemente ver­ daderas.

Para Hans Reichenbach (1930, 65) empero el problema se resuelve admitiendo precisamente un principio de inducción capaz de garantizar que las leyes generales de la ciencia se infieren con un grado determinado de probabilidad. En la epistemología reichenbachiana estos enunciados tienen el carácter de hipótesis probabilísticas, cuya comprobación empí­ rica no puede conducir ni a su verificación concluyente ni a su refutación definitiva -éste es un principio aceptado sin discusión en el ámbito de la inferencia estadística-o Las leyes de la ciencia son, pues, indecidibles desde el punto de vista de la lógica clásica. Su tratamiento exige una ge­ neralización de la lógica, denominada por Reichenbach (1935,272) ló­ gica probabilística, en la cual su decidibilidad (inductiva) comporta su evaluación como más o menos probable.

El principio o regla de inducción propuesto por Reichenbach (1936b, 1) es una versión matizada del teorema de Jakob Bernoulli y afirma que, cuando el número de observaciones crece indefinidamente, la fre­ cuencia relativa observada oscila alrededor de un valor límite. Pero Rei­ chenbach, consciente de las dificultades que entraña la justificación de este principio, se apresura a señalar que, por muy numerosas que sean las observaciones realizadas, los informes estadísticos equivalen sólo a frag­ mentos finitos de sucesiones supuestamente infinitas, de manera que nunca se podrá saber si una sucesión dada realmente tiene un límite. Si no lo tiene, la regla de inducción (como cualquier otro procedimiento ampliativo) puede llevarnos a error; pero, si tal límite existe, ella debe acercarnos razonablemente a la verdad. El principio de inducción no in­ dica, pues, según Reichenbach (1936a, 35 y 1936b, 2-4, et passim), nin­ guna condición suficiente para el descubrimiento de la verdad, pero apoya a la suposición más favorable. Tratándose de una regla metodo­ lógica, antes que de un principio de inducción sintético empíricamente

INDUCCION y VEROSIMILITUD

válido o verdadero

a priori,

difícilmente es vulnerable a los reproches popperianos de regreso infinito y/o apriorismo.

Por lo que concierne a la teoría carnapiana de la lógica inductiva, la dificultad principal estriba en la

selección

de una

función de confirma­

ción c

determinada. Para Rudolf Carnap (1963b, 972) el razonamiento inductivo tampoco constituye un procedimiento para el descubrimiento de verdad, sino para la averiguación del

grado de confirmación

o

pro­

babilidad lógica

de una hipótesis

h

ya disponible en relación a una evi­ dencia observacional relevante e, es decir, para la determinación de

c(h, e).

Ahora bien, Carnap (1952, 30 y 1959,217) concibe la función

c

como una media ponderada de la frecuencia observada de individuos de un tipo determinado, y la probabilidad

a priori

del tipo de individuo, en cuestión; los pesos de ponderación son la cardinalidad de la muestra y un factor f." correspondiente a la suposición

a priori

acerca del grado de uniformidad del dominio investigado. Como los demás elementos que aparecen en el

definiens

de

c

son conocidos, o bien como conse­ cuencia de las observaciones realizadas, o bien a causa de la estructura del lenguaje diseñado para la investigación del dominio considerado, el parámetro f." es el único elemento desconocido del

definiens.

Ahora bien, f." puede asumir infinitos valores, cada uno de los cuales caracteriza una función

c

determinada, y por tanto un método inductivo particular. Luego el problema principal consiste en seleccionar, del

continuo

de los métodos inductivos aquél -e.d. aquel valor de f.,,-que mejor dé cuen­ ta de nuestra práctica inductiva en el dominio considerado. La dificultad de la empresa no se puede ocultar, ya que entre el valor f." = O, corres­

pondiente a la suposición

a priori

de que el dominio investigado es completamente uniforme, en el sentido de que

todos

los individuos son del mismo tipo, y el valor f." = 00, que corresponde a la de que en el do­

minio no existe el más mínimo grado de uniformidad, o sea, que

todos

los individuos se reparten por igual entre los diferentes tipos, hay infi­ nitas posibilidades. En todo caso, el modo como Carnap resuelve este problema, del que Rivadulla (1986,99-106) ofrece una exposición de­ tallada, no tiene especial relevancia para el tema que nos ocupa, que es el de si la aceptación

a priori

de un valor de f." es reo de apriorismo. Pues bien, para Carnap (1959,229-230) la cuestión acerca de qué método in­ ductivo elegir, qué valor de f." seleccionar, es eminentemente

práctica;

de manera que la decisión que se tome al respecto no puede ser enjuiciada como verdadera o falsa, sino sólo como más o menos

adecuada.

Desa­ rrollando esta idea de Carnap, Wilhelm Essler (1970, 185ss.) afirma que el valor otorgado a f." tiene el carácter de una

hipótesis sintética a prio­

ri

acerca del dominio considerado, pero en modo alguno debe ser con­ siderada como

fundamentada a priori.

De hecho, el método inductivo elegido puede ser sustituido por otro, si pensamos que proporciona explicaciones más acordes con los resultados observados -la metodo­ logía estadística trata también de destacar la hipótesis que mejor da cuenta de las observaciones-o Así pues, las hipótesis planteadas

a prio-

ANDRES RIVADUllA

ri acerca del grado de uniformidad del dominio son corregibles y care­ cen del status de enunciados irrefutables acerca de la realidad. No sien­ do juicios sintéticos verdaderos a priori, no es correcto reprochar a la teoría carnapiana de la lógica inductiva que incurre en una concesión al aprIorIsmo.

IlI. GRADO DE CORROBORACION, INDUCCION y PROBABILIDAD INDUCTIVA

Las reflexiones de la sección precedente nos permiten contestar al menos parcialmente la pregunta de Popper, afirmando que Sir Karl no consigue mostrar ni que la probabilidad inductiva es imposible, ni que no tienen razón los filósofos que sostienen que la probabilidad es aplicable para evaluar el apoyo empírico que reciben las hipótesis científicas. En el bien entendido que, concluir que Popper no ha tenido éxito en su empe­ ño, no significa asumir la validez de lo que pretendía negar.

En todo caso, la pregunta de Popper tiene una segunda parte, a la que aún no hemos hecho referencia, que se desarrolla en una nueva cuestión no menos desafiante que la primera. Esta segunda parte Popper (1983,232) la reformula inquiriendo: «¿Existe una función de medida que tenga las propiedades que yo le adscribo al grado de corroboración (y que por consiguiente no satisface el cálculo de probabilidades)?, ¿es consistente mi idea del grado de corroboración?».

La incorporación de Popper a principios de los años treinta a la es­ cena filosófica produjo un fuerte impacto en la epistemología y en la me­ todología de la ciencia. Frente a la tesis del Círculo de Viena de que la

tarea de la filosofía, en palabras de Carnap (1963a,

50),

consistía en re­

ducir todo el conocimiento a una base de certeza, el análisis que Popper (1934, c.V) realiza del problema de la fundamentación del conocimiento, le lleva a concluir que la cuestión central de la epistemología no es la de ¿a qué es reducible nuestro conocimiento, cómo podemos fundamentar­ lo empíricamente?, sino la de ¿cómo podemos criticar de la mejor forma posible nuestras hipótesis, teorías o conjeturas científicas? Este resultado es perfectamente coherente con el que se desprende de su análisis del pro­ blema de la inducción, pues, en ambos casos, tanto la inexistencia de una base de certeza sobre la que asentar sólidamente el edificio de la ciencia, como la imposibilidad de dar con la verdad por razones lógicas, impelen a Popper a concluir que la actitud crítica, la metodología falsacionista, es la propia de la ciencia. Pues bien, en 1919, diez años antes de que el Cír­ culo de Viena, con ocasión del 1 Congreso sobre Epistemología de las Ciencias Exactas celebrado en Praga en 1929, adquiriese relieve inter­ nacional, Popper había llegado ya al convencimiento de que, siendo la irrefutabilidad un defecto, y no una virtud de las teorías, todo test de una teoría debía consistir en un intento por falsaria, con lo que sólo se debe­ ría poder hablar de su corroboración, y siempre con carácter provisional, ante el fracasado intento de lograr su refutación. La corroboración de

INDUCCION y VEROSIMILITUD

una teoría quería decir, pues, la constatación de la resistencia que opone a las pruebas a que es sometida, no importando al respecto tanto el nú­ mero como la calidad de éstas, e.d. su severidad.

A pesar de tratarse de un enfoque puramente

metodológico

de la re­ lación entre teoría y base empírica, Popper no pudo sustraerse a su en­ torno formalista, en particular a su polémica con Carnap, que les venía ocupando a ambos desde los primeros años treinta en Viena, y que du­ rante un tiempo se tradujo en un uso equívoco del término

confirmación.

Ante el reto que representaba la lógica inductiva de Carnap, como una teoría lógico-probabilística de la medida del apoyo empírico que experi­ mentan las hipótesis científicas, Popper (1934, c. IX) publica una serie de artículos entre los años 1954 y 1958 en

The British Journal for the Phi­

losophy of Science,

en los que pretende resolver el doble

problema del

grado de corroboración,

a saber:

i)

si existe una medida de la severidad de la prueba a que son sometidas las teorías, y

ii)

si, además, se puede mostrar que esta medida no puede ser una probabilidad. La medida de Popper (1934, c. IX, 352, nota 2 y 1963, c. 11, 288) del grado de co­ rroboración es

C(h, e)

=

p(e, h) - p(eAh)

+

p(e)

La reconstrucción del razonamiento de Popper es la siguiente: como el caso en que

Sir

Karl está más interesado es aquel en que

e

representa el resultado harto improbable

a priori,

desde el punto de vista de una hi­ pótesis universal

h,

del test de ésta, si sucede que

h

1-

e,

e.d. que

h

da cuenta de

e,

que

e

confirma a

h,

entonces es

p(e, h)

= 1 y

p(eAh)

=

p(h).

Con estos supuestos es

p(h)

= O =

p(e).

Consideremos ahora el caso en que

e

refuta a

h,

e. d. cuando

e

im­ plica

..,h,

y por consiguiente

p(..,h, e)

= 1. Obviamente es

p(h, e)

= 1

-

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