C HAPTER 3: R ESEARCH M ETHODOLOGY
SAGAT SART
3.2 R ESEARCH M ETHODS
3.2.6 Data Gathering Instruments Adopted in this Thesis
CARLA SOFÍA VAZQUEZ
[email protected]Carla Sofía Vazquez nació el 12 de julio de 1995, en Bahía Blanca, y se graduó en el Colegio Nacional de esa misma ciudad, en el año 2013. En 2015 se mudó a La Plata, donde vivió durante un año y, al volver, empezó a estudiar la carrera de Licenciatura en Letras en la Universidad Nacional del Sur. Tiene tres hermanas, una mayor y dos más chicas. Es del signo cáncer. Es vegetariana. En su tiempo libre disfruta de salir a andar en bici y asistir a clases de Pilates. Entre sus escritores favoritos se encuentran Jane Austen y John Ronald Reuel Tolkien.
El texto que leerán a continuación fue escrito durante el primer cuatrimestre del año 2016, cuando cursó la materia Cultura Clásica.
Carla Sofía Vazquez
Apenas le chiflaron que el gato de Héctor había sido quien lo volteó a Patroclo, el sacado de Aquiles quería ir de movida a aplicarle mafia. Él tenía claro cómo iba a terminar todo. Su vieja le había avisado que, si se empecinaba en correrlo a Héctor, no iba a poder vivir para contarlo, porque el viejo de arriba ya lo había cantado así. No había vuelta que darle, pero igual al jefe ya nada ni nadie le movía un pelo: no podía soportar seguir pateando por la vida sin su cumpa, Patroclo.
Al trote, para ayudarlo un poco más, su vieja –la Tetis– mandó a hacer para él unos nuevos trapos, que iban como piña para salir de caño. Y el jefe, antes de tomarse el palo, les dijo a todos los pibes del barrio que no se hicieran más los sotas, porque ya no estaba caliente con ninguno de ellos, ni siquiera con Agamenón (que, como de costumbre, se había lavado las manos y ahora pretendía nunca haber boqueado a Aquiles, ni haberle querido quitar a su jermu, Briseida).
Tras cartón, apenas Aquiles empezó a patear para la casa de Héctor con los pibes, que querían acompañarlo al quilombo como siempre, resultó ser que los troyanos se- guían contando con el aguante del dios Apolo, el que te la emboca de lejos. Enton- ces este los engatusó, haciéndose pasar por Agenor, y así logró hacer tiempo para que todos los troyanos se refugiaran tras las murallas de Ilión; todos menos Héctor, que se quedó afuera.
Príamo fue el primero en fichar a Aquiles sobre la llanura, desde lo alto del muro, porque el Pélida resaltaba a causa de sus altos trapos. Entonces gimió el viejo rey, pidiéndole a su hijo, el más capo de los troyanos, que no se entregara a la muerte a manos de Aquiles, para no terminar igual que el resto de sus hermanos. El carnaza de Príamo insistía: “Ven dentro del muro, hijo querido, para salvar a tu ranchada; no quieras fantasmear dándole inmensa cabida al Pélida, porque el viejo de arriba nos la va a agitar.” A su vez, su madre, Hécuba, le gritaba: “Ni tu esposa ni yo nos vamos a poder siquiera bajonear tranquilas a causa de tu muerte, porque los perros van a terminar calmando su gula con tu cadáver.” Pero Héctor seguía plantado frente a la muralla, esperando a Aquiles, que ya asomaba, listo para dársela. Lo esperaba re duro y liso, carburando sobre su fin y el de su pueblo. Se había metido en ese lío sólo por no quedarse piola cuando Aquiles había decidido volver al quilombo. Y si bien ahora flashea con ir a chuparle las medias al Pélida, sabe que se la va a agitar y no le va a dar cabida a ningún chantaje que a cambio le pueda ofrecer.
Después de todo, el que tiene la última palabra acerca de a quién le corresponde mostrar más aguante es el viejo de arriba. Pero apenas Héctor ve a Aquiles, arruga y se las toma. El jefe lo sigue piola, con sus altos pies, persiguiéndolo sin parar. Uno, piola, huía; y el otro, más piola, lo corría. La cabida era por Héctor, el amansador de caballos.
Mientras el viejo de arriba miraba el tremendo bardo con sus compas, sintió lástima por Héctor, porque al fin y al cabo que era buen tipo, y siempre había cumplido con la cuota alimentaria. Entonces dudaba si hacerlo zafar de Aquiles o no, hasta que Atenea, boqueándosela, le dice: “Mirá, viejo, si te pinta, vos salvalo, pero ya sabés que su destino es estirar la pata. Y que te quede claro que no todos tus compas te bancamos en esta.” El viejo, fastidiado, le retruca: “Terminala, Atenea. Ya fue, no te enrosqués de gusto, porque no pienso meterme. Mirá, andá, bajá vos y hacé lo que se te cante.”
Héctor muerde el polvo
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Justo entonces Apolo, el que te la emboca de lejos, le daba una mano a Héctor por última vez, volviendo rápidas sus rodillas, para que así pudiera escapar del Pélida. Aquiles le insistía a los pibes en que no quería que ellos se metieran en el bardo. Decía que él se la bancaba solo, sin necesidad de segundos, no fuera a ser que al- guien le afanara la fama. Y cuando iban ya como por la cuarta vuelta alrededor de las murallas de Ilión, el viejo de arriba tomó la balanza de oro, pesó la suerte de los dos guerreros, y vio que ya era hora de que Héctor mordiera el polvo.
Cuestión que Atenea se aparece adelante de Aquiles, diciéndole que él se prepare para aplicar mafia y que ella va a chamuyarse a Héctor, para que por fin pueda encararlo de una buena vez. El Pélida le hizo caso a la diosa guerrera y se quedó pillo. Entonces Atenea, la que la tiene más clara, se acercó al capo de Héctor adop- tando la figura de Deífobo, para darle un empujón y endulzarle el oído: “¡Mi her- mano, el más copado! Mirá, parece que el rápido Aquiles se la banca más que vos, persiguiéndote alrededor de Ilión, pero igual encarémoslo juntos. Que no decaiga, vayamos al choque. A ver si el Pélida nos mata, llevándose nuestros sangrientos despojos, o si logramos hacerlo caer, vencido por nuestros brazos. ”
Héctor, re-confiado, avanza y sale a enfrentarse a Aquiles, pero tira el primer golpe y falla. Entonces, cuando se da vuelta para pedirle ayuda a su hermano, recién cae y se da cuenta de que fue descansado por Atenea, la que la tiene más clara. Héctor está al horno. Sabe que le llegó la hora y por eso le dice al Pélida: “Eh... mirá... si vamos a pelear, que el que gana devuelva el cuerpo, ¿te va?”
Aquiles, sobrador, responde: “Nah, a la gilada ni cabida, yo la miro desde arriba.” Héctor, un poco harto, le retruca: “Cualquiera se hace el copado si tiene a Atenea de su lado.... Vamo a calmarno un toque...” Pero Aquiles lo interrumpe, sin dejarlo terminar: “No me calmo nada. Bien sabías que se te iba a armar el bondi, toga.” Entonces el Pélida se le tira encima, sin falla con un solo golpe. Héctor, moribundo, le suplica una vez más que, una vez muerto, le sea entregado a sus familiares el cuerpo. Pero Aquiles no cede en su ataque, mofándose de cómo sus restos serán comidos por los perros. Héctor, ya en las últimas, le boquea que su propio final tampoco está lejos, porque en cualquier momento lo van a voltear Apolo y Paris en Ilión. Entonces el Pélida, al hundirle la espada, responde: “Estoy dispuesto a morir, cuando el viejo de arriba mande.”