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Chapter 4 : A Direct Test of the Efficiency Wage Model.

4.2 Theory and Estimation

4.2.4 Data, Methodology and Estimation

A un estilo de vida físicamente activo se le corresponde un efecto protector parcial ante algunas enfermedades importantes de carácter crónico (Gordon y Mitchell, 2000). Como consecuencia de ello, podríamos pensar que el ser humano debería buscar alternativas que le permitiesen adoptar comportamientos “más saludables” (una alimentación correcta, la práctica de actividad física, el control del estrés psicosocial, evitar hábitos perjudiciales como el consumo de drogas, el alcohol, el tabaco, etc.). En este sentido, existe una necesidad urgente de implementar programas de educación coherentes sobre el ejercicio físico, para establecer y estimular patrones de actividad física frecuente con miras a largo plazo, y ayudar a que la gente joven reconozca su valor para la salud (Devís, 2000).

La oficina del Surgeon General (equivalente norteamericano a nuestro Ministerio de Sanidad) autorizó al Centro para el Control y Prevención de Enfermedades (Center for Disease Control and Prevention), en Julio de 1994, la preparación del primer documento referido a los efectos de la actividad física sobre la salud. Para ello, se contó con la colaboración del President´s Council on Physical Fitness and Sports. El mayor propósito de este documento fue revisar la literatura existente sobre el papel de la actividad física en la prevención de enfermedades y, además, ampliar el conocimiento sobre las estrategias actuales de intervención en materia de salud pública mediante la actividad física. Entre las conclusiones a las que se llegaron cabe destacar las siguientes (Surgeon General, 1996): a) Las personas físicamente activas se beneficiarán más de los efectos saludables del ejercicio que las que no lo son; b) Aquellos sujetos que aumenten la cantidad o intensidad de ejercicio físico de manera regular y progresiva podrán optar a un mejor estado de salud; c) Un estilo de vida físicamente activo es posible para todas las personas; d) El incremento de la práctica física diaria, de intensidad moderada o vigorosa, mejora nuestra calidad de vida; y, por último, e) ería necesario promover un “nuevo movimiento de la actividad física saludable”.

De todos modos, a la hora de establecer una posible relación entre la actividad física y la salud deberíamos conocer cuáles serían los posibles beneficios y riesgos de la realización de actividad física. Los beneficios que el cambio hacia un estilo de vida más activo reporta a la salud se podrán extender a sus dimensiones física, psicológica y sociocultural, desarrollando una mayor competencia para el desempeño de las actividades de la vida diaria y mejorando la calidad de vida del individuo y de la sociedad en general.

En relación con la dimensión física el Surgeon General, al igual que hizo en 1964 cuando publicó un importante documento sobre la salud y el hábito de fumar, ha intentado mentalizar a la población americana, y por extensión a la de otros países, de los beneficios saludables de la actividad física. El hallazgo clave, manifestado en este documento, se centra en que”…las personas de todas las edades pueden mejorar su calidad de vida a través de la práctica de una actividad ísica moderada…” (Surgeon General, 1996).

Más tarde, en 1996, se publica el documento “P ysical Activity and Health: A report o t e urgeon General”. En este documento se indica que tanto las personas que han realizado actividad física, como las que no, se pueden beneficiar del desarrollo de un estilo de vida activo y disminuir el riesgo en relación con la mortalidad, enfermedades cardiovasculares, cáncer, diabetes, osteoartrosis, caídas y obesidad. Con respecto a la obesidad la práctica puede afectar de una manera favorable a la distribución de la grasa corporal.

Existe un considerable interés por la promoción de la salud a través de la actividad física y sus efectos sobre las variables de ámbito psicológico (Biddle, 1995). En este sentido, uno de los aspectos más importantes del estado de salud es aquél relacionado con las variables comportamentales que pueden influir, en mayor o menor medida, en la adopción de un estilo de vida saludable que incluya, entre otros aspectos, la adquisición de hábitos deportivos saludables (Ezquerro, 2000).

Para Ezquerro (2000), las variables que pueden influir en la promoción de hábitos de vida saludables, entendidos como un patrón de conducta, relativamente automatizado, que se instaura en el repertorio del individuo como consecuencia del aprendizaje, se pueden agrupar en dos bloques: variables externas o ambientales (características y demandas específicas de cada modalidad, creencias, actitudes y conductas del entrenador, el papel de otras personas relevantes para el sujeto, divulgación de informaciones sobre la salud y el deporte y la cultura específica de algunas especialidades); y, las variables internas o personales (objetivos que se persiguen a través de la práctica de ejercicio físico, historial deportivo del sujeto, creencias y actitudes respecta a las relaciones entre deporte y salud, características personales y su condición física). Entre los hábitos deportivos saludables que se pueden ver influidos por tales factores podemos mencionar (Ezquerro, 2000): a) Adherencia al entrenamiento, incluyendo los ejercicios de calentamiento, estiramiento y acondicionamiento muscular, manteniendo la frecuencia, duración e intensidad indicadas para cada persona; b) Adherencia a las medidas complementarias de

autocuidado (controles médicos, atención fisioterapéutica, ejercicios físicos específicos, etc.); c) Hábitos alimentarios adecuados al individuo y a las exigencias deportivas de este, tanto en lo que atañe a la ingesta de nutrientes como a la de agua; d) Control de la ingesta de sustancias nocivas (anabolizantes, adelgazantes, tabaco, etc.); y, Prevención del agotamiento físico y psicológico.

Entre los beneficios de la actividad física sobre la salud mental podemos destacar (Biddle, 1995): el ejercicio se asocia con una reducción del estado de ansiedad; con una disminución de la ansiedad leve o moderada; a largo plazo, el ejercicio se asocia de manera habitual con reducciones de rasgos como: neurosis y ansiedad, el ejercicio puede ser un complemento al tratamiento de la depresión severa; el ejercicio físico produce como resultado una reducción de diferentes índices de estrés; y, el ejercicio tiene efectos emocionales beneficiosos en todas las edades y en ambos sexos.

En ocasiones es difícil separar los beneficios de la práctica física asociados a la dimensión psicológica y a la social (Sánchez-Bañuelos, 1996). No obstante, en lo que respecta a la dimensión social, desde mediados de los años setenta hasta la actualidad, los hábitos deportivos de la población española y sus actitudes y valores han experimentado una profunda transformación, convirtiéndose la práctica deportiva en el tiempo libre en un pasatiempo muy apreciado y en un importante producto de consumo de masas (García Ferrando et al., 2002).

La socialización a través del deporte es un fenómeno muy complejo y heterogéneo en el que influyen diversas variables (la familia, el grupo de iguales, la escuela, la iglesia, parientes, los medios de comunicación y las organizaciones deportivas). La práctica físico-deportiva desde una perspectiva social, integra diferentes símbolos, valores, normas y comportamientos, que lo identifican y diferencian claramente de otras prácticas sociales (García Ferrando et al., 2002).

El desarrollo de una práctica físico-deportiva no está exento de presentar ciertos riesgos que influyen en la calidad de vida del individuo. El mal uso o abuso de la actividad física, relacionado con el volumen y el modo de realización de las actividades, representa un elemento de riesgo psicosocial muy importante. Tanto es así, que se ha documentado desde finales de los años setenta un fenómeno de adicción al ejercicio y puede llegar a instaurar hábitos de práctica abusiva y la creencia de que a mayor actividad mayores beneficios. Estas personas incluso llegan a experimentar el síndrome de abstinencia (irritabilidad, ansiedad, depresión) cuando se

les imposibilita el ejercicio y siguen practicando a pesar de estar contraindicado por motivos sociales o médicos. En este sentido, la dependencia de los sujetos a la realización de actividad física de forma compulsiva puede repercutir de forma negativa en su salud (Biddle, 1995).