Chapter 5 Land cover mapping at very high resolution with rotation
5.3 Data and setup
1
Hay cosas que nunca dije a mi padre y por eso, o porque su au-
sencia sigue siendo elatisbode lo inesperado, cada vez que pien-
so en él, vuelvo a una infancia de vientos interminables y me veo caminando de su mano por las calles enlodadas de un pueblo al que ahora reconstruyo en postales de otras épocas o en sus cartas donde preguntaba acerca de mi salud y los estudios; sus palabras para un adiós que siempre creí transitorio, los besos en nombre de mi madre, su modo de entender la vida con el tierno rigor de los hombres. Pensar en él es recobrar cualquiera de esas noches en que regresaba del trabajo a la casa, a ese ir y venir cotidiano de que- haceres domésticos, al que entraba siempre como un viajero, co- mo alguien que volvía de un espacio remoto del que apenas tenía-
mos una noción borrosa,esbozadaen las anécdotas que recreaba
de tarde en tarde, o cuando miraba a sus hijos que iban distan- ciándose de las imágenes que reproducían las fotos que portaba en su billetera de añoso cuero café.
2
Una de esas noches en que esperábamos su retorno a casa, oí-
mos elrasgueovigoroso de sus zapatos en el felpudo, junto a la
puerta de la cocina. Mi madre dejó de tejer el chaleco que luciría mi hermana mayor en su cumpleaños y se preparó para el reen- cuentro, como hacía cada quince días desde que mi padre trabaja- ba en el campamento petrolífero Punta Delgada, frente al tramo más angosto del Estrecho de Magallanes. Lo vimos entrar lenta- mente, reconociendo los espacios de aquella habitación que le era
Hechos que cambian la historia
Ramón Díaz Eterovic
Escritor chileno (1956), autor de cuentos y nove- las policiales. Su obra lla- ma a la reflexión sobre los temas sociales, políti- cos y económicos del pa- ís. Ha recibido el Premio del Consejo Nacional del Libro y la Lectura (1995) y Municipal de Santia- go. Entre sus obras destacan: La ciudad está triste, Ángeles y
solitariosyEl ojo del al-
ma, protagonizadas por su conocido personaje, el detective Heredia.
Preparo mi lectura
¿Has escuchado hablar de Gardel? ¿Sabes cómo se peinaba? Busca imágenes suyas en inter- net y piensa qué te dice de él su peinado. Escribe la respuesta en tu cuaderno y compárala con las de los demás.
•
¿Qué importancia tiene en la juventud de hoy la forma de peinarse o de vestirse?•
¿Crees que corresponde a una moda o a una postura de vida?Los invitamos a leer colectivamente este cuento de Ramón Díaz Eterovic:
Leo y comprendo
familiar y distante al mismo tiempo. Dio tres pasos y nos sonrió,
al tiempo que dejaba en el piso elpilcheroblanco donde traía su
ropa, elhisopoy sus hojas de afeitar, y a veces alguna sorpresa,
como los huevos de ñandú que recogía, cuando en su tiempo libre salía a caminar por los alrededores del campamento, rodeado de un horizonte infinito de coirones.
Mi madre se acercó a saludarlo y yo la imité. Besé una de sus mejillas y sentí el roce áspero de su barba cerrada y su aliento im- pregnado de un aroma a cigarrillos y café.
—¿Cómo estás? –preguntó después de acariciar mi cabeza con la mano que tenía la uña del dedo índice partida, producto de un erróneo hachazo en la época que trabajaba en el aserradero de los
hermanos Bradasic, dos croatas que le pagabancuatro chauchas
y un saco de leña trozada a cambio de una jornada de trabajo. Esa uña rota que me gustaba atrapar en mi mano cuando caminaba a su lado, rumbo a las carreras de caballos de los domingos o a los rotativos del cine Politeama, donde veíamos un continuado de tres películas bélicas o de vaqueros.
Le respondí con un gesto, siguiendo la costumbre familiar de comunicarnos sin palabras. Él sonrió levemente y se despojó del chaquetón de paño azul y de la bufanda de lana que mi madre le había regalado en la última Navidad.
—¿Quieres comer? –preguntó ella, al tiempo que ponía la te- tera sobre la estufa de fierro negro que contribuía a llenar el am- plio espacio de la cocina familiar, junto a la mesa cubierta con un hule floreado, el cajón de la leña y los víveres, un aparador de
vidriosempavonadosy el sofá en el que él solía dormitar mien-
tras mi madre oía los radioteatros de Arturo Moya Grau o Luchita Botto.
—Con bollos y café, basta –contestó; y luego, mientras mi ma- dre llenaba su tazón de café, agregó: —Me vio el médico del cam- pamento. Dice que necesito un tratamiento y que vaya pensando en jubilar.
—Debieras hacerle caso –comentó ella, categórica.
—Aún quedan algunas cosas por hacer –dijo él, al tiempo que partía un bollo de pan.
Lo miré y supe que por esa noche no hablaría más del tema. —¿Cómo van los estudios? –preguntó, mirándome–. Supon- go que dedicas más tiempo a los textos del liceo, y no tanto a las novelas.
—Estoy preparando la prueba de aptitud académica –respon- dí, cerrando suavemente el libro con cuentos de Coloane que es-
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taba leyendo–. El profesor dice que tengo posibilidades de entrar a la universidad.
—La universidad son palabras mayores. Hablé con el ad- ministrador del campamento y el hombre dijo que podía con-
seguirte un puesto en la empresa. De torrero o para llevar
contabilidades.
—No había pensado en eso –dije con un desgano que él apre- ció de inmediato.
—¿Prefieres estudiar? —Quiero ser escritor.
—Necesitas aprender algo útil. Primero un título y después puedes escribir lo que desees. Médico, abogado, profesor. Tu madre siempre dice que yo podría haber sido un buen abogado. Debe ser por lo porfiado, o porque soy bueno para defender causas perdidas.
—Me publicaron un cuento en el liceo. El mismo que obtuvo un premio el semestre pasado –agregué, deseoso de contar algo que me llenaba de orgullo desde que había visto mi nombre im- preso en la revista que cada tres meses editaban en el liceo.
Mi padre me observó extrañado, como si hubiera descubierto en mi rostro un rasgo en el que antes no había reparado. No espe- ré que dijera nada. Me puse de pie y corrí hasta mi pieza a buscar la revista. Cuando volví y la puse a su alcance, la miró y optó por beber un sorbo de café antes de buscar las páginas donde estaba mi cuento.
—Tienes que estudiar –dijo, y se quedó en silencio, mirando un rincón de la cocina, donde una mancha de humedad comenza- ba a crecer. Esperé su comentario, pero no dijo nada. Cuando ter- minó de comer se fue al dormitorio. Lo seguí pero no me atreví a preguntarle qué opinaba de la publicación. Desde la puerta del dor- mitorio lo vi tenderse sobre la cama, encender un cigarrillo y po- ner entre sus manos la revista.
—Buenas noches –dijo al verme de pie junto a la puerta.
3
Por la mañana desperté al escuchar la voz de mi padre. Un sol tímido alumbraba las paredes de la pieza y en las ventanas vi las figuras que la escarcha había dibujado sobre los vidrios.
Una de mis entretenciones favoritas en las tardes de invierno
era escribir palabras sobre elvahodepositado en los vidrios. Le-
tras grandes que recuperaban la limpieza de los cristales y a través de las cuales observaba la calle, las casas de los vecinos, el ir y ve- nir de la gente. Las palabras permitían conocer la vida, y eso, sin
saberlo, era el origen de los cuentos que escribía en un cuaderno de tapas negras.
—Quiero que me acompañes –dijo y salió de la pieza, sin es- perar mi respuesta.
Me vestí protestando por el frío. Cuando llegué a la cocina, so- bre la estufa se tostaban algunas rebanadas de pan y de la cafetera salía un fuerte aroma a higo tostado y café. Desayunamos en si- lencio y al salir de la casa me explicó que debía dejar una enco- mienda enviada por un compañero de trabajo. Un bulto pequeño, envuelto en papel azul que mi padre acomodó en su brazo izquier- do, antes de ponerse a caminar con trancos rápidos. Media hora más tarde habíamos cumplido el encargo. Mi padre entregó el paquete a la esposa de su compañero de trabajo, aceptó la copa de grapa que la mujer le ofreció y enseguida nos despedimos para volver a la ca- lle, a esa caminata que intuí debía tener otro sentido.
A poco andar nos detuvimos en el mirador del Cerro de la Cruz, desde el cual se apreciaba la ciudad, con sus casas de techos rojos y la perfecta simetría de sus calles que bajaban del cerro ha- cía el mar.
—Cuando llegué de Chiloé, la ciudad era más pequeña –dijo–.
En la bahíarecalabanvapores que traían mercaderías europeas y
se llevaban cargamentos de carne y cueros. Me gustaba ir al puer-
to a ver cómo trabajaban los estibadores. Los nombres y bande-
ras de las embarcaciones invitaban a soñar con países lejanos, co-
mo del que llegó tu abuelo materno con la esperanza dehacerse
la Américacon elmentadooro de la Isla Tierra del Fuego. Pero
tu abuelo era hombre de trabajo, no de aventuras. Un viejo alegre, al que le gustaba cantar y tener una jarra de vino sobre la mesa. Claro que le costó aceptar que una de sus hijas se casara con un chilote pobre. Me prohibió ver a tu madre y no nos quedó otra al- ternativa que fugarnos, conseguir un cura madrugador y vivir en una pensión hasta que logramos armar nuestra propia casa. La vi- da tiene tantas vueltas, hijo. Cuando miro hacia el mar recuerdo las muchas veces que quise viajar. Pero una cosa son los sueños y otra, la vida. Y como no a todos les tocan las mejores cartas de la
baraja, hay queapechugarcomo sea para ganar el pan.
Guardé silencio y lo observé mientras encendía un cigarrillo sin filtro. Luego sacó de su chaquetón un sobre arrugado y me lo pasó. Al abrirlo descubrí que contenía un añoso libro de Jack Lon- don.
—Me lo dio el profesor el día que dejé de estudiar para ir a tra- bajar a la estancia San Gregorio, donde necesitaban peones de es-
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quila. Lo he leído tantas veces que podría recitar de memoria al- gunos de los cuentos.
Quise decir algo, pero un gesto de mi padre, ordenándome rea- nudar la marcha, interrumpió mis deseos. Mientras seguía sus pasos revisé el libro. Sus páginas amarillentas estaban cubiertas de man- chas y quemaduras de cigarrillos. Distraído en esa inspección, no me di cuenta que nos deteníamos frente a la vitrina de una tienda.
—Leí tu cuento –dijo mi padre.
Sorprendido, traté de balbucear una pregunta, pero mi padre se adelantó.
—¿Qué tal esa máquina de cubierta verde? –preguntó, indi- cando la vitrina en la que se amontonaban una docena de máqui- nas de escribir de distintos tamaños, formas y colores–. ¿Qué di- ces? A mí me parece buena.
4
La máquina de escribir me acompañó en mi primer viaje de Punta Arenas a Santiago. En ella escribí nuevos cuentos, algunos poemas nostálgicos y las cartas que cada quince días le enviaba a mi padre, contándole de mis estudios en la universidad. La má- quina tenía unas letras pequeñas y para obtener una buena impre- sión había que golpear con fuerza sus teclas, lo que más de una no- che provocó los gritos de la dueña de la pensión que, incapaz de entender mis afanes literarios, exigía silencio para la tranquilidad de sus enflaquecidos huéspedes provincianos.
En esos días, y parafraseando a un escritor que por esos días leía con entusiasmo, Santiago era una fiesta para mi curiosidad y deseo de vivir experiencias nuevas. Terminadas las clases en la fa- cultad empleaba el tiempo libre en interminables caminatas en las que iba conociendo todo un mundo nuevo de lugares, colores, aro- mas y gente. Por las noches escribía de aquellas cosas que había conocido y al golpetear las teclas de la máquina, recordaba la ma- ñana en que la habíamos adquirido con unos billetes relucientes que mi padre sacó de su billetera; la misma que después volvió a emplear para pagar las dos primeras copas de vino que bebimos juntos, en un bar próximo al puerto, a solas, frente a frente, como dos hombres que conversan de cosas importantes.
Años después comprendí que aquellas cosas importantes, eran esas historias que nos unían, como las veces en que iba al Estadio Fiscal a verme jugar por el equipo de fútbol del barrio, las empa- nadas que horneaba para la familia cuando estaba en casa, el fras- quito de aguardiente que me dio a beber la mañana que fuimos al dentista para que me extrajeran un diente, nuestras discrepancias
sobre las bondades del Ballet Azul, las partidas de truco que nun- ca conseguí ganarle, su manera de decirme aquella mañana en el bar que, a pesar de sus dolencias y cansancio seguiría trabajando hasta que yo terminara mis estudios.
5
Una noche soñé con él y al día siguiente recibí un telegrama de mi madre. En el sueño caminábamos por el campo recogiendo ca- lafates y frutillas silvestres. Sonreíamos sin hablar. Él llevaba la boina negra que lo protegía del frío y ocultaba la calvicie que ya no le permitía lucir la peinada a lo Gardel con la que aparecía en fotos de su juventud. El telegrama hablaba de su enfermedad e ins- tintivamente recurrí a la máquina de escribir y redacté una carta que nunca envié. Al día siguiente, otro telegrama anunciaba su via- je a Santiago, y al recibirlo en el aeropuerto, supe que solo había querido volver a abrazarme, y el resto, las esperanzas de los mé- dicos, eran para él una apuesta tardía. Durante un mes lo visité a diario al hospital. Estaba cada vez más delgado y al verlo sonreír, tenía la impresión que lo hacía mirando hacia su pasado, a mo- mentos felices como el día en que nació su único hijo varón.
En una de las visitas me pidió que lo abrazara. Sentí la debili- dad de su cuerpo entre mis brazos, y le dije que lo quería. Se afe- rró a mí, como yo lo hacía a él, cuando era niño y despertaba asus- tado entre la oscuridad de mi pieza. Fue como volver al origen. Al primer encuentro de nuestros cuerpos. A mi fragilidad entre sus brazos y a mi asombro que buscaba en él una respuesta certera pa- ra todo lo que venía.
6
A menudo converso con mi padre o imagino que le escribo car- tas. Le hablo de aquellas historias que publico y que él ya no pue- de leer. Me riñe por el tiempo que pierdo en ellas y cuando me pre- gunta por mi fortuna en el hipódromo, le respondo que siempre tengo algunos datos buenos. Sonríe cuando le digo que gracias a él y a mi madre, la baraja de la vida suele darme buenas cartas, y que siempre recuerdo aquellas mañanas en las que él marchaba a su trabajo, y yo, después de su beso en la mejilla quedaba viéndo- lo a través de la ventana, mientras se alejaba con su boina ladeada y el pilchero de lona sobre su hombro izquierdo. Sus pasos deja- ban huellas sobre la nieve y en el vaho de los vidrios yo comen- zaba a escribir aquellas cosas que nunca le dije.
Ramón Díaz Eterovic enHonrarás a tu padre. Santiago de Chile: Editorial Planeta, 1998.
Atisbo:indicio.
Esbozada:bosquejada.
Rasgueo:sonido.
Pilchero:colgador.
Hisopo:brocha de afeitar.
Empavonados:brillantes.
Torrero:quien cuida un
faro.
Vaho:vapor.
Recalaban:llegaban bu-
ques a puerto.
Estibadores:persona
que coloca los pesos adecuados de un buque.
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Analizo e interpreto la lectura
Responde las siguientes preguntas en tu cuaderno:
11. Lee las siguientes expresiones de carácter popular que se encuentran en el cuento y trans-
fórmalas a un lenguaje formal:
a. “... dos croatas que le pagabancuatro chauchas...”.
b.“... llegó tu abuelo materno con la esperanza dehacerse la Américacon el mentado oro
de la Isla Tierra del Fuego”.
c. “...hay queapechugarcomo sea para ganar el pan”.
• ¿Utilizas alguna de estas expresiones cuando hablas con tus amigos y amigas? Pro- pón un sinónimo en tu lenguaje juvenil para cada una de ellas.
• Reemplaza oralmente las expresiones trabajadas por sus sinónimos en lenguaje for- mal y en jerga juvenil. ¿En qué contextos debieras ocupar cada uno de estos regis- tros? Discútelo con tus compañeros y compañeras.
Vocabulario contextual
5. ¿Dónde suceden los acontecimientos del cuento? Realiza una descripción en tu cuaderno. 6. ¿Qué personajes aparecen? Caracterízalos física, sicológica y socialmente.
7. Si pudieras entrevistar al protagonista, ¿qué le preguntarías? 8. ¿Por qué el cuento se llamaMi padre peinaba a lo Gardel?
9. ¿Cómo era la vida de esta familia del Sur? ¿De qué manera esto incide en el futuro del pro-
tagonista?
10.¿Cuánto tiempo transcurre en esta historia? Fundamenta tu respuesta. 1. ¿Por qué al padre la “habitación le era fami-
liar y distante al mismo tiempo”?
a. Porque no le agradaba.
b. Porque no quería a su familia. c. Porque estaba varios días fuera.
d. Porque casi no hablaba con los suyos.
3. ¿Qué descubre el protagonista acerca de su
padre el día en que lo acompaña?
a. Que leyó su cuento el día anterior. b. Que entrega encargos a personas. c. Que tiene dinero para comprar una má-
quina.
d. Que él también leyó mucho, pero tuvo
que trabajar.
2. ¿Qué significa la expresión: “como no a todos
les tocan las mejores cartas de la baraja”?
a. No todos nacen con las mismas posibi-
lidades.
b. Hay gente que escoge solo las cosas
buenas.
c. Hay épocas en que nada resulta. d. No todos saben jugar a las cartas.
4. ¿Cuál es el motivo central del cuento?
a. Que el protagonista viaja a estudiar a
Santiago.
b. Que hubo varias cosas que no le dijo a
su padre.
c. Que gracias al apoyo de su padre es
después un escritor.
d. Que el protagonista publicó un cuento
Reorganizo el texto
1. Luego de leer el cuento, te invitamos a observar las siguientes imágenes y a identificar el acon-
tecimiento que cada una representa.
2. A partir de los acontecimientos más importantes del cuento, extraídos del ejercicio anterior, iden-
tifica los momentos del desarrollo de la historia que se indican en el siguiente organizador. Tra- baja en tu cuaderno.
Situación inicial Acontecimientos Situación final
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3. Como hijo o hija, ¿qué opinas de que el narrador no se haya dado el tiempo para decirle a su
padre aquellas cosas que ahora imagina y le escribe en el vaho de la ventana?
En el proceso de comprensión de un texto narrativo, es preciso que el lector reconozca losacontecimientosque estructuran el relato e identifique tanto la situación inicial a par- tir de la cual se desarrollará la historia, como los acontecimientos sucesivos y la situación final en que se encuentran los personajes. Por ello, para captar el sentido global de una