• No results found

El segundo eje de esta estrategia metodológica consistió en el “recorrido etnográfico”, por así llamar al tipo de caminatas realizadas en el trabajo de campo con el objetivo de conocer el territorio –reconocer, en el caso de mis acompañantes- tanto en sus cualidades físicas, como a través de las narrativas que se desprenden de la experiencia de habitarlo y de valorarlo como paisaje.

Básicamente, esta propuesta se apoya en el trabajo teórico de Michel de Certeau (2007) y Manuel Delgado (1999). Para los antropólogos, es bastante conocido que ambos autores toman como principal inspiración –y referente- la vida urbana. No obstante, sus ideas en torno al caminar como práctica espacial pueden funcionar para imaginar estrategias de investigación en otro tipo de contextos; como el de Junín, ubicado a casi cuatro horas de la ciudad más cercana.

Para explicar esta estrategia, volveremos muy brevemente sobre la cuestión teórica del espacio, sólo que esta vez distinguiéndolo respecto a la categoría lugar, ya que para de Certeau, este último es equivalente al orden, que es lo que marca la distribución de determinados elementos. Dicho de otra forma, cuando cada uno de ellos tiene un “lugar” plenamente definido dentro de un campo, está garantizado que no habrá superposiciones, pues cada cual tendrá su sitio propio. El espacio, por su parte, carece de todo eso, pues se trata de un “cruzamiento de movilidades” cuyas variables son la dirección, la velocidad y el tiempo. Definido rápidamente, el espacio es un lugar practicado, dice de Certeau. Por lo tanto, el espacio urbano, es decir la calle “geométricamente definida por el urbanismo se transforma en espacio por intervención de los caminantes” (Certeau, 2007: 129). El caminante, en la propuesta de este autor, “enuncia” con sus pasos el “texto” del espacio urbano. Y lo hace dando giros inesperados y aplicando atajos -maneras de hacer- que le permiten moverse más ágilmente dentro del orden de las ciudades, previamente diseñado, pero diariamente re-dibujado con las trayectorias de los viandantes, aquellos “productores desconocidos, poetas de sus asuntos, inventores de senderos en las junglas de la racionalidad funcionalista” (Certeau, 2007.: 40). Así, con una práctica tan “simple” como caminar, el espacio se define como un

cúmulo de lugares, o bien, se convierte en territorio, ya que adquiere significados y valoraciones por parte de sus practicantes.

Antes de abordar cómo dicha propuesta teórica inspirada en las grandes ciudades –y su espacialidad tan peculiar- puede ser aplicable en otro tipo de territorios, cabe traer a colación las sugerencias metodológicas de Delgado (1999) en torno a la “observación flotante” como estrategia de investigación en antropología urbana, que básicamente consiste en caminar por el territorio estudiado –a veces sin un rumbo predeterminado- y registrar sistemáticamente lo observado. Lo flotante se vincula a la experiencia del flâneur

benjaminiano, que deambulaba por los pasajes y calles de un París decimonónico, plenamente expuesto a los estímulos de la urbe y completamente entregado al paseo. Dicha noción, convirtiéndola en imperativo metodológico, es decir lo flotante como estrategia de investigación; es aplicable en un contexto como el de Junín debido a lo tremendamente necesario que es recorrer el territorio para aproximarse al modo de vida de sus habitantes. Además, la observación flotante es también una suerte de observación participante al depender de la guía y compañía de los actores sobre los que trata la investigación. Sin ellos, la caminata pierde su potencial para develar rasgos importantes para el análisis antropológico, debido a que lo más importante es –precisamente- escuchar lo que los acompañantes quieren decir acerca o a propósito del camino recorrido32. En esto, la estrategia aquí planteada se diferencia tajantemente del tipo de observación del antropólogo urbano inspirado en el flâneur, pues mientras aquel se somete a los estímulos del camino en plena soledad, nosotros –la antropóloga visual y sus guías- lo recorremos mientras conversamos sobre el mismo. Así, lo registrado no sólo proviene de la experiencia única del investigador y sus impresiones personales sobre el territorio estudiado, sino de una experiencia compartida, que además puede servir para atisbar cuáles son las maneras en las que los actores se apropian de su entorno y le otorgan valor y significación.

32Sobre el recorrido como categoría analítica, Aguilar (2006) ofrece una distinción entre dos tipos de recorridos, inspirándose también en la vida urbana: a) los recorridos personales, de carácter cotidiano –por no decir rutinario- donde se conjugan lo instrumental, relacionado a las rutas más ágiles o más cómodas, con los “puntos de referencia personales” que el caminante va marcando para sí mismo; y b) los recorridos mentales, de carácter imaginario o evocativo “que para realizarse ponen en juego trayectos selectivos de lo relevante y lo significativo” (Aguilar, 2006: ).

“Caminando se van las malas energías”, dice Klever mientras avanza por el sendero, con paso firme y machete en mano (conversación personal, 31 de marzo de 2015). Casi sin detenerse, va cortando las hojas y ramas que ya comienzan a cubrir la vereda y que pueden estorbarle al caminante o hacerlo tropezar. Cuando un camino es poco transitado, se nota de inmediato en la hierba que lo invade, y si nadie se dedica a machetearla cada que pasa por ahí, podría perderse en poco tiempo. Cuando ocurre lo contrario, el sendero está limpio y en él pueden distinguirse –si se agudiza la mirada y el clima así lo permite- las huellas de quienes lo han andado. Carmelina, por ejemplo, es capaz de darse cuenta por dónde se ha ido una vaca que se separa del ganado, y hasta de calcular hace cuánto tiempo lo hizo, tan sólo observando las señales en el terreno: pisadas, hierba masticada, heces, o tierra removida. Además, distingue perfectamente si una huella es de chancho, mula o vaca; sin importar que esté una sobre la otra.

Caminar, entonces, es una de las prácticas cotidianas más relevantes para comprender las formas de habitar –y significar- el territorio de Junín. Caminando, los habitantes no sólo se desplazan de un lado a otro, sino que convierten el espacio en –su- territorio en la medida que lo conocen, lo transforman y lo precisan para mantener su modo de vida. Por lo tanto, caminando –a la finca, al potrero o al bosque- se presenta la oportunidad antropológica ideal para conversar con los actores sociales sobre el territorio que habitan y sobre los diferentes paisajes que lo componen. Y que, particularmente, quieren defender de los impactos de la minería.

Tabla 1. Recorridos etnográficos (Junín, 2015).

Acompañante (s) Ruta (s) Registro Fecha

Familia Lucero Casa-potrero-casa Audiovisual y cuaderno

de campo 25 de marzo de 2015

Familia Ramírez Casa-potrero-casa Cuaderno de campo 24 de marzo de 2015 Carmelina Enríquez Casa-potrero-casa Audiovisual y cuaderno

de campo

21 de abril de 2015 22 de abril de 2015 Guías comunitarios Pueblo-reserva-pueblo Audiovisual y cuaderno

de campo 31 de marzo de 2015

Fuente: Realización propia.

El potencial de la observación flotante se activó durante los recorridos por el territorio, guiada por personas conocedoras del mismo, todos opositores al proyecto minero. Este tipo de observación, al mantenerse “vacante y disponible, sin fijar la atención en un objeto preciso sino dejándola “flotar” para que las informaciones penetren sin filtro, sin aprioris,

hasta que hagan su aparición puntos de referencia, convergencias, disyunciones significativas, elocuencias” (Delgado, 1999: 50), resultó vital para identificar las diferentes narrativas de mis interlocutores en torno al paisaje, al conflicto territorial y a su oposición a la minería. El registro de estas observaciones lo realicé con ayuda de un diario de campo escrito, y con fotografías y videos.

Cabe mencionar que, durante el tiempo que definí para mi trabajo de campo, y como parte de esos acontecimientos que no se ven venir en el momento en que se diseñan los planes, los comuneros defensores de Junín comenzaron a organizar cierto tipo de recorridos a su bosque. Estos consisten en caminatas por los senderos ecológicos, lideradas por los guías habituales, pero con el objetivo explícito de hacer presencia, lúdica pero contundente, en el bosque comunitario de Junín, ocupado por las empresas mineras y cada vez más afectado por sus actividades. Así, a estas caminatas han asistido numerosas personas de toda la región, del Ecuador y hasta de otros países, quienes constatan por sus propios ojos la presencia minera en medio del bosque nublado. Yo misma asistí varias veces, pero no los consideré –al momento de sistematizar mi información- como parte de los recorridos etnográficos, al ser un tipo de caminata hecho con otro tipo de fines. Sin embargo, los que sí figuran en la tabla 1 como recorridos acompañados de guías comunitarios, son aquellos que realicé por la misma reserva, documentando lo que ellos consideraban relevante en las transformaciones del paisaje debido a los trabajos de exploración minera. De hecho, todos los que figuran en dicha tabla fueron considerados como recorridos etnográficos debido a que fueron concebidos como tales antes de su realización. El resto de caminatas que hice con la gente de Junín –y visitantes- no formaron parte de esta sistematización debido a que se realizaron en otro tipo de contexto.