4. Implementation
4.3 Data Storage/Data Structures
Aunque los procesos unitivos pueden observarse en todas las esferas de existencia, son particularmente ricos y complejos en los seres humanos. En ellos también pueden estudiarse más di recta y sistemáticamente en forma de experiencias transpersona les. Por desgracia, la psiquiatría occidental no establece ninguna diferencia entre misticismo y psicosis, y tiende a tratar cualquier tipo de experiencia mística como la manifestación de un trastor no mental. Durante mi vida profesional he encontrado a muchas personas a las que se ha etiquetado como pacientes patológicos, se les ha prescrito tranquilizantes e incluso una terapia de cho que, porque habían experimentado la unidad con otras personas, la naturaleza, el cosmos y Dios.
Abraham Maslow (1964), el psicólogo estadounidense ya fa llecido que desempeñó un papel importante en la fundación tan to de la psicología humanista como de la psicología transperso nal, entrevistó a centenares de personas que habían vivido estados unitivos espontáneos, o “experiencias cum bre”, tal como él las llamó. Él fue capaz de mostrar que las experiencias místi cas no son síntomas de una patología ni pertenecen a los manua les de psiquiatría. A menudo se producen en personas que no tie nen problemas emocionales graves y que, si no fuera por dichas experiencias, serían consideradas “normales” según los criterios psicológicos corrientes. Además, si estas experiencias se produ cen en un entorno comprensivo y son bien integradas, pueden te ner consecuencias benéficas como un mejor funcionamiento, una mayor creatividad o la “autorrealización”.
Los desencadenantes más frecuentes de las experiencias uni tivas son creaciones naturales o humanas de una extraordinaria belleza estética. Para algunas personas puede ser la inmensidad ile un cielo plagado de estrellas; para otras la majestad de las grandes cadenas montañosas o la sobrecogedora calma de los de siertos. Las personas que visitan maravillas naturales como el Gran Cañón, cataratas gigantes o algunas de las famosas grutas de estalactitas que hay en el mundo pueden sentirse sobrecogidas por su grandeza y tener la experiencia de un arrebato místico. El océano, con el poder elemental que se manifiesta en su superficie y el noble silencio de su profundidad, suele ser otra fuente de “experiencias cumbre”. Igualmente, situaciones como la contem plación de una hermosa puesta de sol, la magia de la aurora bo real o un eclipse total de sol pueden desencadenar profundos es tados unitivos de conciencia. Sin embargo, acontecimientos a gran escala como éstos no son siempre necesarios para inspirar la conciencia mística. En las circunstancias adecuadas puede ser algo tan “ordinario” como el ver una araña tejiendo su tela o un colibrí aleteando sobre una flor y chupando su néctar.
El contacto con creaciones artísticas de una gran perfección puede tener un efecto muy similar. Los compositores profunda mente inmersos en el trabajo creativo, al igual que los músicos o las personas que forman parte del público en un concierto, pue den ocasionalmente perder sus límites y fundirse literalmente con la música. Pueden tener una sensación de convertirse real mente en música, en lugar de escucharla. Cuando los grandes bailarines y bailarinas están en el escenario, a menudo alcanzan estados en los que desaparece toda diferencia entre el que danza y la danza. Por su belleza monumental, las catedrales góticas eu ropeas, las mezquitas musulmanas, el Taj Mahal o los templos hindúes o budistas han jugado un papel decisivo en la inducción de estados místicos en miles de personas. Las grandes esculturas, pinturas y otros objetos de arte de todas las épocas y culturas pueden tener un efecto similar en personas sensibles.
cuente de experiencias unitivas merece una especial mención, puesto que la mayoría de nosotros probablemente no la asociarí amos con la conciencia mística. M uchos atletas prominentes han informado de que, en el momento de sus actuaciones cumbre, se hallaban en estados que se parecían a raptos místicos. Tendemos a atribuir actuaciones estelares en diversas actividades atléticas a una combinación de capacidad física especial, perseverancia psi cológica, disciplina constante y entrenamiento riguroso. La his toria interna de algunos de los atletas más grandes del mundo re vela que sus protagonistas a menudo lo ven de una form a muy diferente. Ellos atribuyen sus logros extraordinarios a estados es peciales de conciencia que les proporcionan las capacidades que bordean lo milagroso y lo sobrenatural (Murphy y W hite 1978). Un aspecto importante y típico de estos estados es una sensación de pérdida de límites individuales y de fusión con diversos as pectos del entorno. Parece que los raptos místicos desencadena dos por las actividades deportivas posibilitan trascender los lími tes de lo que habitualmente consideramos como humanamente posible. Personalmente he sido testigo de un ejemplo asombroso de este tipo de actuación extraordinaria relacionada con un esta do unitivo de conciencia. Ocurrió durante un seminario de un mes de duración sobre budismo y psicología occidental llevado a cabo en el Instituto Esalen en Big Sur, California. Un maestro de sable coreano al que habíamos llamado como profesor invitado ofreció una demostración especial como parte de nuestro progra ma. Pidió a uno de sus discípulos que se tumbase en la hierba y colocase una servilleta y una gran sandía sobre su vientre desnu do. Se retiró a unos cuatro metros de distancia y se mantuvo in móvil durante unos minutos en meditación silenciosa, con la ca beza cubierta por una bolsa ajustada de terciopelo espeso y negro, mientras sostenía en su mano un enorme sable extremada mente afilado.
De repente, todos los perros de la zona empezaron a aullar y el maestro de sable se unió a ellos con un salvaje grito guerrero. Como si fuese la rueda de un carro, se lanzó en dirección al dis
cípulo que estaba tranquilamente acostado en la hierba y con un poderoso movimiento de su sable cortó en dos la sandía que es taba en el vientre del discípulo. Se produjo un ligero corte en la servilleta, pero el discípulo no había sido tocado. Asombrados, los espectadores preguntaron cómo había sido capaz de realizar tan espectacular hazaña. Todo el mundo suponía que de algún modo era capaz de recordar y visualizar el entorno, ya que lo ha bía visto antes de que se le vendasen los ojos. Él sonrió y res pondió: «no, uno medita y espera hasta que todo es uno: el maes tro de sable, el sable, la hierba, la sandía y el discípulo; entonces, ¡todo es sencillo!».
Experiencias de unión mística han sido hermosamente expre sadas en la literatura mundial. Por ejemplo, en El largo viaje ha
cia la noche, de Eugene O ’Neill, Edmund habla de los raptos
místicos que experimentaba cuando se conectaba con el océano:
Estaba tendido en el bauprés mirando hacia la popa. Debajo de m í salpicaba la espuma y, por encim a, se alzaban los mástiles con todas sus velas blancas desplegadas a la luz de la luna. La belleza del entorno y la cadencia del m ovimiento m e embriaga ron y por un momento me olvid é de mí; en realidad m e olvidé de toda mi vida. ¡Había sido liberado! ¡Me d isolví en el mar, me convertí en las velas blancas y en la espuma voladora, me con vertí en belleza y balanceo! ¡M e transformé en luz de luna, en velero, en el lejano cielo difusam ente estrellado! N o tenía pasa do ni futuro. Sólo había paz, unidad y una alegría incontenibles. ¡Formaba parte de algo más grande que mi propia vida, la vida del Hombre y que la Vida misma! Formaba parte de D ios, por decirlo de algún modo.
Y en algunas otras ocasiones de mi vida, cuando estaba na dando muy lejos o tumbado solo en una playa, he tenido la m is ma experiencia. Me he convertido en el sol, en la arena caliente, en las algas verdes agarradas a la roca y balanceándose al ritmo de la marea. Era com o la visión de beatitud de un santo, com o si una mano invisible descorriera el velo de las cosas. Por un se
gundo puedes ver, y al ver el secreto te conviertes en él. Por un segundo ¡todo se colma de sentido!