Junto con esto, estamos viviendo el fin de la modernidad, “ la época de la historia” , inicia- da en los siglos XVII y XVIII con el progreso de las ciencias naturales, la instalación de los Estados Nacionales y la crítica del conocimiento; época que fue, a su vez, un cambio frente
a la mentalidad antigua dominada por una visión naturalista y cíclica del curso del mun- do. Descartes funda el racionalismo moderno y se desarrolla, como antítesis del preten- dido oscurantismo de la Edad M edia, el vasto y complejo movimiento del Iluminismo, concepción antropocéntrica del mundo: el orden del mundo humano y el del mundo natural se corresponden; obedecen a leyes mecánicas fijas que la razón tiene el deber de descubrir con el fin de procurar el progreso para la humanidad, manifestado en el lema de la Revolución Francesa: “ Libertad, igualdad y fraternidad” . La ciencia es objetiva, la moral universal y las verdades son absolutas.
Ideales básicos de la modernidad fueron el progreso, la superación del pasado y la críti- ca. Se valoró lo nuevo, lo moderno. Florecieron las utopías y las vanguardias, y la revolu- ción fue vista como un motor de la historia.
Habría existido un sujeto moderno, correspondiente al momento histórico de la moder- nidad, que Carlos Pérez (1989) caracteriza básicamente como: “ un individuo, hombre, adulto productor, padre de familia, ciudadano, escéptico y desconfiado, emprendedor, individualista, sujeto ante el dinamismo productivo, objeto ante la naturaleza de las cosas; ejemplarmente propietario o, al menos, poseedor medio de bienes que le otor- gan algún lugar en el mercado y una cierta presencia social, machista, monógamo con licencia. Es un hombre dispuesto a vencer dificultades, en pleno uso instrumental de la razón, con un neto y eficiente sentido de la realidad, capaz, sin embargo, de emprender enormes tareas si cree tener en sus manos un cálculo correcto” .
Ya el psicoanálisis marcó una ruptura radical con la manera cartesiana de comprender al sujeto, esa en que el estudio de la conciencia, sea como contenido o como acto, era el eje de la disciplina, pues la conciencia era considerada como el centro de la vida psíquica del sujeto. Sujeto pensado como un individuo-yo racional, capaz de comprender e interactuar con el ambiente a partir de una serie de funciones cognitivas y emocionales. Sujeto que tiene una correspondencia y adecuación con el orden social y la evolución histórica, en tanto, existe una ley racional universal que liga a la sociedad y al individuo.
Freud subvertirá esta idea de individuo al señalar el conflicto psíquico irreductible que constituye al sujeto, donde el yo, en buena parte es inconsciente, puesto que el desplie- gue de sus defensas está sometido al mismo enceguecimiento que afecta al deseo, es un vasallo de determinaciones que lo trascienden.
La mayoría de los posmodernos (M unné,F.,2001) ven en Nietzsche –del que se ha dicho que ha sido el más agudo diagnosticador de la modernidad–, su punto de partida. Su tesis sobre esta cuestión está contenida en su Filosofía general. En resumen, Nietzsche
sostiene que el alma moderna ha debilitado la especie humana, y que esta debilidad, que es inferioridad del hombre occidental, se debe al hecho de haberse nutrido de la razón, negadora de la vida, sumiendo en la decadencia a la moral, la filosofía, el arte y, en suma, la historia.
Gianni Vattimo, en el capítulo “ El nihilismo como destino” de su libro El fin de la moder- nidad (1998), afirma que el nihilismo está en acción y no se puede hacer un balance de
él, pero se puede y se debe tratar de comprender en qué punto está, en qué nos incum- be y a cuáles decisiones y actitudes nos llama. Y su posición personal se puede definir recurriendo a la expresión que emplea Nietzsche del “ nihilismo consumado” , aquel en el que Dios ha muerto y los valores supremos se desvalorizan. El nihilista consumado o cabal es aquel que comprendió que el nihilismo es su (única) chance.
La otra fuente filosófica del posmodernismo es Heidegger, sobre todo el segundo Heidegger, por su posición tanto frente a la ciencia como a la técnica (1944): “ todo funciona, esto es lo inquietante, que funcione y que el funcionamiento nos impele siem- pre a un mayor funcionamiento” . “ Por la universal imposición y provocación del mundo técnico el ser se aniquila en cuanto se reduce a valor de cambio. Del ser como tal ya no queda nada” . Y en esto coincide con el nihilismo de Nietzsche: sólo allí donde no está la instancia final bloqueadora del valor supremo Dios, los valores se pueden desplegar en su verdadera naturaleza que consiste en su posibilidad de convertirse y de transformarse por obra de procesos indefinidos.
La bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki, el nazismo y el stalinismo y sus campos de exterminio, mostraron un aspecto siniestro e irracional del hombre, quebrando el proyecto de la modernidad.
Para Heidegger parece haber algo posible y deseable más allá del nihilismo, mientras que para Nietzsche la realización del nihilismo es todo cuanto debemos esperar y augurar.
La posmodernidad
Este fundamento filosófico del posmodernismo explica su negación de la historia y la desconfianza en la ciencia y la tecnología que tienen sus pensadores.
Jean-François Lyotard, en La condición posmoderna (1992) plantea que en las socieda-
des postindustriales cambian los estatutos del saber, y la ciencia investiga inestabilidades.
Gilles Lipovetsky, en La era del vacío (2000) afirma que “ la era de la revolución, del
escándalo, de la esperanza futurista, inseparable del modernismo, ha concluido. La so- ciedad moderna era conquistadora, creía en el futuro, en la ciencia y en la técnica, se instituyó como ruptura con las jerarquías de sangre y la soberanía sagrada, con las tradi- ciones y los particularismos en nombre de lo universal, de la razón, de la revolución. Los grandes ejes modernos, la revolución, las disciplinas, el laicismo, la vanguardia, han sido abandonados a fuerza de personalización hedonista; murió el optimismo tecnológico y científico al ir acompañados los innumerables descubrimientos por el sobrearmamento de los bloques, la degradación del medio ambiente, el abandono acrecentado de los individuos. Ya ninguna ideología política es capaz de entusiasmar a las masas, la socie- dad posmoderna no tiene ídolo ni tabú, ni tan sólo imagen gloriosa de sí misma, ningún proyecto histórico movilizador. Estamos ya regidos por el vacío, un vacío que no compor- ta, sin embargo, ni tragedia ni apocalipsis” .
Vacío ocupado por el posmodernismo, que no tiene proyecto, meta, programa ni ban- deras. Hay desconfianza en la ciencia como fuente de verdad absoluta. No hay sentidos únicos ni valores superiores.
La cultura se personaliza, cada uno la hace a su medida, mezcla los últimos valores modernos, revaloriza lo local. Lo importante es ser uno mismo, y cualquiera tiene dere- cho a la ciudadanía y al reconocimiento social.
La radical desconfianza en la ciencia impide al posmodernismo asumir imparcialmente, esto es con plenitud, los avances epistemológicos del pensamiento científico que condu- cen al conocimiento y el pensamiento complejos. Sin embargo, muchos tópicos clave del posmodernismo, como la fragmentación o el conocimiento local, pueden entender- se como una manifestación de la complejidad.