CHAPTER 4: Data Collection
4.1 Results of collection of Data
4.1.3 Datasets for year 2017
Sheila Benhabib75 escribe que visto desde el interior de la cultura
intelectual y académica de las democracias occidentales, feminismo y posmodernidad han surgido como dos corrientes capitales de nuestro tiempo. Han descubierto sus afinidades en la lucha contra los grandes relatos de la Ilustración Occidental y la modernidad. Así, feminismo y posmodernidad son frecuentemente aludidos como si su actual unión fuera consecuencia inevitable; sin embargo, ciertas características de la posmodernidad deberían hacer que nos preguntásemos, más bien, ¿feminismo o posmodernidad? En cuestión no están, por supuesto, meras disquisiciones terminológicas. Feminismo y posmodernidad no son meramente categorías descriptivas: son términos constitutivos y evolutivos que informan y ayudan a definir los del presente, proyectan formas de pensar el futuro y evaluar el pasado.
La filosofía posmoderna niega tres principios modernos: el hombre (o el sujeto), la historia y la metafísica. El feminismo ha tomado diferentes posturas en cada una de estas negaciones. Veamos en que consisten estas tres negaciones y cuales es la postura feminista.
La muerte del hombre significa en la posmodernidad que, el sujeto racional o la idea de naturaleza humana no se corresponde con nada real. Las personas somos únicamente seres sociales, históricos, lingüísticos, que vivimos en un contexto determinado. Somos el relato de lo que somos.
Las teóricas feministas han apoyado en principio esta crítica posmoderna al sujeto porque desprecia la idea de un ser humano homogéneo, racional, totalitario y masculino.
El feminismo posmoderno defiende que el género es uno de esos contextos culturales en los que nos movemos y en el que coincidimos las mujeres, pero que no hay una identidad común de género detrás de las
74Guerra, Lucía (1994). Op. cit., p. 153
75Benhabib, Sheila. “Feminismo y posmodernidad: una difícil alianza” en Historia de la Teoría Feminista. Op.
expresiones que hablan de género. Las mujeres nos construimos de forma heterogénea y compleja, por lo que el imponer una determinada descripción de lo que es propio de las mujeres puede dejar fuera a muchas de éstas. Pero otras feministas han planteado que este planteamiento es un enorme riesgo para el movimiento feminista, porque si no hay más que individualidades, si no existe una identidad, un sujeto-mujer con elementos comunes con el cual identificarse, luchar o teorizar puede inmovilizar a las mujeres y desarmar el movimiento emancipatorio de las mujeres.
La muerte de la historia significa la negación la existencia del progreso y de una historia única, homogénea y lineal. Lo que llamamos historia es sólo un relato etnocéntrico, hecho desde el hombre occidental, que se nos presenta como si fuera la única historia. La posmodernidad reniega del poder y le discute su legitimidad, sea cual sea el fin con el que se ejerce. No hay historias globales sino historias locales, relatos parciales de diferentes grupos.
Las feministas apoyan la muerte de esta historia única que sitúa como protagonista al hombre, blanco y propietario. Propone reescribir el relato de la historia incluyendo el criterio de género, haciendo aparecer las vidas invisibles de las mujeres, las historias de perdedoras y perdedores. Para algunas feministas renunciar a la historia global hace difícil llevar a cabo su proyecto de transformación (ya que no hay un objetivo político o moral común).
Respecto a la muerte de la metafísica el pensamiento posmoderno dice que cuando la filosofía se pregunta qué es lo real sólo pretende dominar el mundo a través del conocimiento, lo que es imposible, pues no existe una verdad única sino sólo verdades subjetivas y fragmentarias. Como esa “gran verdad” no existe, la metafísica, que la estudia, no tiene sentido.
El pensamiento feminista que cuestionan los conceptos como “sentido” o “verdad” han apoyado la crítica a los grandes principios universales. Pero algunas feministas piensan que sin filosofía no puede haber crítica social y sin crítica social no puede haber una propuesta emancipatoria de las mujeres.
Para algunas teóricas feministas, la posmodernidad renuncia a la utopía del feminismo. Parece que más allá de la crítica a las ideas de la modernidad, la posmodernidad es difícilmente compatible con los objetivos del feminismo. Por lo tanto se preguntan ¿qué postura tomar en el debate?, ¿es este nuestro debate?
Para saber con quién debe o no debe aliarse el feminismo si quiere transformar el sistema sexo-género tendrá que aclarar:
“-Qué concepto de racionalidad es más útil para su tarea crítica
-Qué concepto de sujeto es más adecuado para la tarea política del feminismo
-De qué concepto s convendrá prescindir y de cuáles no
-Hasta qué punto es posible, necesario o siquiera interesa prescindir del relato de la historia.
Es decir, servirse de las ideas de la posmodernidad que le sean útiles en lugar de integrar sus propuestas o tomar postura globalmente a favor o en contra.
En cualquier caso el debate está abierto y sigue produciendo en este momento una reflexión que enriquece y matiza la teoría feminista.”76
De manera general, y a modo de conclusión, algunas teóricas feministas plantean, que en general, la relación entre teoría feminista y posmoderna sería pragmática y falibilística. Y que la teoría feminista posmoderna prepararía sus métodos y categorías para la tarea específica que tuviera enfrente, utilizando categorías múltiples cuando fuera apropiada y dejando de lado la comodidad metafísica de un sólo método feminista o una sola epistemología feminista.
“En breve, esa teoría se parecería más a un tapiz compuesto con hilos de muchos colores que a uno unicolor.
La ventaja más importante de este tipo de teoría sería la utilidad para la práctica política feminista contemporánea. Esta práctica es cada vez más un asunto de alianzas y menos uno de unidad alrededor de un interés o identidad universalmente compartidos. (...) Esta, por lo tanto, es una práctica constituida por una mapa heterogéneo de alianzas,
ninguna de las cuales se puede circunscribir en una definición esencial.”77
Por ello, nos dice esta misma autora que, tal vez sería mejor hablar de ella en plural como la práctica de los feminismos. En cierto sentido, esta práctica está adelantada a gran parte de la teoría feminista. Es implícitamente posmoderna, y encontraría su expresión teórica más útil y apropiada en una forma feminista posmoderna de investigación crítica.
1.3 EL FEMINISMO EN AMERICA LATINA Y EL CARIBE
El movimiento feminista en América Latina ha tenido un desarrollo particular en cada país de acuerdo a la situación social, económica y política que cada cual ha vivido durante el presente siglo. Lo que sí podemos decir es que en todos los movimientos sociales la participación de las mujeres ha sido importante y significativa. Es en la década de los setenta donde cobra un gran impulso el feminismo, sobre todo cuando la ONU declara en 1975 el “Año Internacional de la Mujer” y se lleva a cabo el Congreso en la ciudad de México.
De manera general podemos decir que el movimiento feminista en América Latina ha tenido un desarrollo visible, audaz y creativo. Ha estado sustentado en cientos de iniciativas, en redes temáticas y de acción que cruzan y unen la fuerza de las mujeres de todo el continente, desplegando una práctica enormemente cuestionadora pero, como todas las prácticas sociales, también enormemente ambivalente.
En América Latina se ha vivido desde las primeras décadas de este siglo, en mayor o menor grado, en procesos más o menos acelerados el tránsito complejo y contradictorio a la modernización y, con ello al clima político y cultural de la modernidad.
Las características que genera el tránsito a la modernidad, más la propia realidad subordinada del continente, hacen que en nuestras
sociedades el proceso de modernización tuviera características peculiares, porque fue un proceso que no llegó a completarse. A diferencia de Europa y Norteamérica, donde la modernidad implicó procesos de integración social y ciudadana relativamente completos, en nuestros países por el contrario, no alcanzó la realización de sus contenidos emancipatorios en toda su dimensión.
“Este proceso, inconcluso y excluyente, tuvo efectos ambivalentes. Si bien generó y profundizó la marginalización de amplios sectores sociales, regiones y culturas, al mismo tiempo sin embargo facilitó el proceso de integración y ampliación del horizonte referencial y la subjetividad social. Así, la modernización fue trunca, pero el clima de la modernidad, que hace referencia básicamente a la autodeterminación política y la autonomía moral, logró permear a grandes sectores de la sociedad, marcando aspiraciones y subjetividades.”78
Por tanto y de manera general, se puede decir que esta forma de modernización, unida a la multiculturalidad y plurietnicidad del continente, a la crisis y la pobreza creciente, ha generado un movimiento muy particular, donde alternan diversos procesos y pensamientos conviviendo de manera mixta y subordinada. Estos
tiempos mixtos, que contienen sus propias exclusiones y
subordinaciones, tienen un peso fundamental en la cultura política del continente.