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La grandeza de un pensador puede medirse por la capacidad que tienen sus ideas para germinar en ámbitos y mentes alejados de sus preocupaciones originales. Si esto es así, la obra de Haber- mas ha dado muestra de una enorme genialidad. Su producción teórica ha conseguido interesar a filósofos, sociólogos, politólo- gos, juristas, lingüistas, historiadores, teóricos de la educación, científicos y hasta a teólogos. Sus propios escritos suponen una transgresión de los límites tradicionales establecidos entre las di- versas disciplinas y hacen de mediadores de conocimientos que por regla general se encuentran encerrados en compartimentos estancos. En el ámbito específico de la filosofía, su obra es ade- más una muestra palpable de que el diálogo entre la filosofía

continental y la anglosajona, dos tradiciones teóricas habitual- mente con débiles lazos, no sólo es posible, sino que incluso pue- de resultar sumamente fructífero.

Como es sabido, la denominada Escuela de Fráncfort ha ejer- cido una influencia muy destacada en la «configuración espiri- tual» de la República Federal instaurada en Alemania tras la he- catombe provocada por el III Reich (cfr. Albrecht, 2000). Una parcela importante de la filosofía y teoría social alemana poste- rior a la Segunda Guerra Mundial puede concebirse o bien como una recepción y desarrollo del pensamiento de la teoría crítica o bien como una discusión abierta de sus principales posiciones. La teoría crítica influyó no sólo en la reeducación democrática de la sociedad alemana de la postguerra, sino sobre todo en la peda- gogía crítica y antiautoritaria en la que se formaron las nuevas generaciones de docentes a partir de las años setenta. Las princi- pales obras de los miembros de la Escuela de Fráncfort fueron in- cluidas en el canon educativo de la República Federal. A lo largo de las dos últimas décadas del siglo XX el papel público antaño desempeñado por Adorno y Horkheimer ha encontrado continui- dad de una manera cualificada en la figura de Habermas.

Nuestro autor mantiene además un estrecho contacto perso- nal e intelectual con las últimas generaciones de la teoría crítica —considerada ésta en un sentido amplio— asentadas tanto en este lado del Atlántico como en el otro. Como es igualmente co- nocido, con el advenimiento del nazismo los miembros y cola- boradores del Instituto de Investigación Social se vieron obliga- dos a emprender el camino del exilio. Muchos de ellos recalaron en Estados Unidos para ya no regresar nunca más. Con algunos matices, ése fue el caso, entre otros, de Herbert Marcuse, Leo Löwenthal, Otto Kirchheimer o Franz Neumann. De este modo, fue posible ir tejiendo una densa red de relaciones académicas entre Estados Unidos y Alemania: surgió así toda una serie de fi- lósofos y teóricos sociales que, entre otras cosas, participan del conocimiento de textos comunes y de orientaciones normativas similares. En ese extenso entramado de relaciones, Habermas de- sempeña el papel de aglutinador en el que todos se reconocen. Richard Bernstein, Seyla Benhabib, Charles Larmore, Jean Co- hen, Andrew Arato o Thomas McCarthy serían algunos nombres destacados en el lado estadounidense de la teoría crítica. Por la

parte alemana, podría mencionarse a Albrecht Wellmer, Axel Honneth, Claus Offe, Günter Frankenberg o Rainer Forst, algu- nos de los cuales constituirían la denominada «tercera genera- ción» de la Escuela de Fráncfort (cfr. Joel Anderson, 2000). Su frecuente presencia en los seminarios de prestigiosas universida- des norteamericanas, como Berkeley, Harvard y, sobre todo, Standford, no ha hecho sino acrecentar el número de sus lectores y aumentar su reputación en tales latitudes. Con todo, el círculo de su influencia no acaba ahí, pues Habermas posee además un indudable ascendiente intelectual sobre un número notable de fi- lósofos alemanes que no cabe incluir bajo la etiqueta de la teoría crítica. No obstante, esta influencia ha sido cuestionada reciente- mente, en particular por un antiguo discípulo, Peter Sloterdijk (2000), que ha intentado establecer un polémico —y, en parte, in- justo— ajuste de cuentas con el estatus de sumo pontífice de la filosofía alemana del que Habermas —ya sin rivales posibles tras la muerte de Gadamer— parecería disfrutar en solitario. Con este autor el formato de la controversia ha sido algo especial, al con- vertirse de hecho en una ácida disputa por personas interpuestas (cfr. Assheuer, 2000).

La filosofía de Habermas ha encontrado también importante eco en varios países europeos: en particular, resultan notables los estudios realizados por algunos autores franceses sobre su obra (cfr. Ferry, 1987; Sintomer, 1999; y Haber, 1999 y 2001). En la filosofía en lengua española la atención prestada al pensamiento habermasiano ha sido, sin duda, sumamente destacada, tanto por el volumen y celeridad de las traducciones como sobre todo por la proliferación y calidad de los trabajos dedicados a su análisis y crítica (cfr. infra anexo III, 3.2).

La recepción de la obra de Habermas posee una especial rele- vancia dentro de esa importante subdisciplina de la politología contemporánea que hoy representa la teoría de la democracia. En este terreno, especialmente reseñable ha sido la recepción de His- toria y crítica de la opinión pública, su primera monografía. Con ella Habermas logró repolitizar el concepto de la esfera pública (Öffentlichkeit), y ello tuvo repercusiones directas en el movi- miento estudiantil alemán del 68, así como en las discusiones subsiguientes sobre la radicalización de las concepciones demo- cráticas. Incidió posteriormente en el redescubrimiento de la no-

ción de sociedad civil a lo largo de los años ochenta y noventa, efecto que se vio reforzado por la traducción —algo tardía, en 1991— de dicho libro al inglés. Un buen reflejo de esta influen- cia es la recopilación de textos hecha por Craig Calhoun (1992), así como el excelente libro de Jean Cohen y Andrew Arato sobre la sociedad civil y la teoría crítica (2000). El libro de Habermas sobre la esfera pública pasa ya por ser un clásico contemporáneo y con el paso del tiempo se ha convertido en una especie de ma- nual en diversos ciclos de estudios (historia social y de las ideas, literatura, sociología, ciencia política y filosofía social).

Otra línea de pensamiento en la que ha influido la obra de Ha- bermas es el pensamiento feminista, sobre todo en su versión más crítica (al respecto, véase el libro colectivo editado por Seyla Benhabib y Drucilla Cornella, 1990). Ha propiciado en particular la formación de una teoría feminista ilustrada que permita la con- ciliación entre feminismo y universalismo. Autoras como las dos citadas, así como Iris Marion Young, Nancy Fraser y Carol Gilli- gan, se incluirían en esta vía. Las críticas feministas han optado por sustituir el otro generalizado presupuesto en la relación dis- cursiva (con el objeto de seguir la máxima moral, de neta im- pronta cristiana y kantiana, de pensar desde el lugar del otro) por un otro concreto, esto es, un sujeto encarnado, situado y contex- tualizado. Así, Benhabib introduce un giro narrativo en la defini- ción y tematización de la identidad, entendida como una trama de relaciones y narraciones interpretadas. Una apuesta, pues, por los diálogos reales y concretos que corrijan las situaciones de privi- legio interpretativo. Se reivindica, en definitiva, la narratividad frente a los privilegios de la argumentación. También en lengua española esta corriente ha tenido un desarrollo propio, del que da cumplida cuenta el libro de Mª José Guerra (1998). Toda una corriente de pensamiento crítico que va más allá de los propios planteamientos habermasianos, pero que sin sus presunciones teóricas no habría llegado a fructificar.

Igualmente notable resulta el influjo ejercido por la obra de Habermas en el ámbito de la teoría sociológica (cfr. Haber, 1999). En gran medida se debe al hecho de que nuestro autor no sólo no ha dejado que se interrumpiera el diálogo entre las tradi- ciones filosóficas y sociológicas, sino que se ha confrontado una y otra vez a lo largo de las últimas cuatro décadas con los desa-

rrollos de las ciencias sociales. Por su parte, la teoría de los inte- reses rectores del conocimiento desarrollada en Conocimiento e interés ha obtenido un sorprendente eco en las corrientes críticas de la filosofía de la educación.

También la recepción de su pensamiento en ambientes teo- lógicos ha sido considerable, quizás más por inesperada (cfr. Arens, 1989; y Mardones, 1998). De hecho, la atención que Ha- bermas presta a la religión o a las cuestiones que plantea el fenó- meno religioso es mucho menor que en sus predecesores de la Escuela de Francfort y, en especial, con respecto a Horkheimer, que en sus últimos escritos teorizó sobre la nostalgia de la tras- cendencia. Con todo, y aunque Habermas considera en gran par- te agotado el potencial semántico de la religión, cree que todavía posee un potencial pragmático que puede ser explotado con in- tenciones emancipatorias. Habermas no desconoce el papel fun- damental desempeñado históricamente por las religiones. Es consciente de que la ausencia de un discurso religioso que pueda ser compartido socialmente es un vacío difícil de llenar. Es más, considera que desde el siglo XVIIIel discurso social de la moder- nidad ha girado bajo distintos rótulos en torno a un único tema: pensar tras el desencantamiento del mundo en un «equivalente del poder unificador de la religión» (DFM, 172). Por otro lado, la teoría discursiva habermasiana ha influido también en la variante laica de la teología de la liberación, en la llamada «filosofía de la liberación» postulada principalmente por Enrique Dussel (2000). Sin duda, aún es demasiado pronto para establecer un balance definitivo del significado y relevancia de la obra de Habermas. Entre otros motivos, porque su obra no es que tan sólo esté in- conclusa, sino que ella misma se concibe como un continuo afán de explicitación y fundamentación de sus presupuestos teóricos y, por tanto, lejos de presentarse como un pensamiento estático y acartonado, aparece como un perenne work in progress, siempre en constante revisión y superación. Habermas no ha cesado hasta el momento de explorar las potencialidades de su propia concep- ción filosófica y social a la hora de tratar de entender los nuevos eventos y las nuevas realidades de nuestro mundo. Pese a la pro- visionalidad del juicio, no resulta demasiado atrevido pensar que cuando con el tiempo se asiente la recepción de los textos haber- masianos, entre éstos probablemente se seguirán leyendo con

provecho Historia y crítica de la opinión pública, diversas partes de su monumental Teoría de la acción comunicativa y, en el ám- bito específico de la filosofía jurídica y política, Facticidad y va- lidez. Todas ellas quedarán al menos como testimonio representa- tivo y coherente de la manera de entender la filosofía práctica y la teoría social en el último tercio del siglo XX.

Anexos

III. Datos biográficos

III. Glosario básico III. Bibliografía

Anexo I

Datos biográficos

1. Breves notas sobre el contexto sociohistórico