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Habermas pertenece a la generación de pensadores alemanes que inicia- ron o concluyeron sus estudios universitarios cuando se hacía patente la magnitud de la catástrofe moral que el régimen nazi había provocado. En este grupo generacional se advierte una común voluntad de distan- ciamiento frente a aquellas tradiciones de pensamiento que habían con- tribuido a enceguecer la mente y la conciencia ante una hecatombe de envergadura hasta entonces desconocida. Su viejo amigo y prácticamen- te coetáneo Karl-Otto Apel habla de una generación que ha experimenta- do en sus propias carnes la «destrucción de la autoconciencia moral», hasta el punto de que llegó a calar en ellos la sensación de que era falso todo lo que la propia tradición cultural les había legado.

Anonadado en su corta juventud por la trágica experiencia del nazis- mo, a cuyo final asistió con apenas quince años, Habermas vivió la capi- tulación del III Reich como una liberación que podría dar lugar a una profunda renovación moral-espiritual de la sociedad alemana. Aunque ciertamente pronto quedó decepcionado, se tomó muy en serio los ideales democráticos de la denominada reeducation que los aliados pretendieron llevar a cabo entre la población alemana. El pesado silencio existente en Alemania sobre el más inmediato pasado le resultaba insoportable, de tal

modo que ya al inicio de sus estudios universitarios comenzó a barruntar la necesidad de pensar públicamente en los orígenes ideológicos y cultu- rales de ese drama.

Sin que Habermas tuviera por entonces la menor idea de ello, algunos pensadores alemanes de la generación anterior estaban completamente inmersos en reflexiones similares: Hannah Arendt, Karl Löwitz, Hans Jo- nas, Theodor W. Adorno o Max Horkheimer, entre otros. Debido tanto a su común pertenencia al pueblo judío como a sus afinidades políticas no disimuladas, todos ellos tuvieron que pasar por la dura experiencia del exi- lio para poder sobrevivir físicamente. En particular, Adorno y Horkhei- mer, ya a comienzos de los años cuarenta, se dan cuenta de que la verda- dera dificultad para encontrar alternativa no radica tan sólo en el fracaso de la revolución socialista, sino más bien en el descalabro de la misma ci- vilización y en el triunfo por doquier de la barbarie. Sin embargo, Haber- mas no logró conectar con estos autores hasta pasados unos años. Pues, por el contrario, prácticamente todos los profesores que tuvo durante el perio- do de formación universitaria eran académicos que se habían adaptado sin grandes dificultades al régimen nacionalsocialista y que tras la derrota continuaron con su labor docente sin mayores contratiempos. Sus maes- tros más importantes en su tiempo de estudiante de filosofía fueron Erich Rothacker, un teórico formado en la escuela de Dilthey, y Oskar Becker, un discípulo de Husserl perteneciente a la generación de Heidegger.

En 1954 Habermas empezó a contactar con el Instituto de Investiga- ción Social, que Theodor W. Adorno y Max Horkheimer habían refunda- do en Fráncfort en 1950. La acogida de estos dos maestros fue desigual: desde el principio fue altamente apreciado por Adorno, hasta el punto de que lo escogió como su asistente durante el periodo 1956-1959, y visto con recelo por Horkheimer, que le encontraba demasiado escorado hacia posiciones izquierdistas. De hecho, el joven filósofo gustosamente ha- bría presentado su trabajo de habilitación en la Universidad de Fráncfort, pero, cuando ya tenía muy avanzada su investigación sobre la esfera pú- blica, «Horkheimer puso como condición —como un rey de un cuento de hadas que no quiere que su hija se emancipe— que Habermas tuviera que realizar un estudio sobre Richter» (Wieggershaus, 1988, 616-617). En realidad, Horkheimer estaba tan deseoso de alejarlo de sí que para conseguirlo le impuso condiciones draconianas para la habilitación. Ha- bermas, agobiado e incluso cansado de la soterrada pugna, acaba por desplazarse a la Universidad de Marburgo, donde se habilita con Wollf- gang Abendroth, el «catedrático partisano», como le llamaba el propio Habermas por su comprometida actitud de resistencia militante durante la dictadura nacionalsocialista.

Desde bastante joven Habermas ha ejercido una notable actividad pu- blicística. Sus primeros artículos se remontan al inicio de la década de

los cincuenta y versaban sobre temas sociológicos y filosóficos, inclu- yendo también recensiones de libros sobre estas mismas materias. Apa- recieron en publicaciones como Frankfurter Allgemeine Zeitung, Han-

delsblatt, Frankfurter Heften y Merkur, esto es, órganos de expresión

que se dirigían a un público amplio. Durante algunos años halló su mo-

dus vivendi como colaborador de varias revistas y periódicos. Pero más

allá de encontrar en ello un medio para satisfacer sus necesidades mate- riales, Habermas entendió que como intelectual estaba obligado a tener una presencia activa en la escena política y cultural. Nunca ha abandona- do esta actitud y, de hecho, como ningún otro filósofo alemán contem- poráneo, ha sabido situarse como un ilustrado crítico en la conciencia de una opinión pública políticamente orientada.

Uno de sus primeros trabajos académicos fue la elaboración —en es- trecha colaboración con científicos sociales— de una investigación em- pírica sobre la conciencia política de los estudiantes, cuyos resultados se publicaron en 1961 bajo el título Student und Politik. Durante los años siguientes siguió pulsando la opinión de los movimientos estudiantiles que proliferaron y revolucionaron las estructuras autoritarias de la uni- versidad alemana. En Fráncfort, donde las ideas de Adorno, Marcuse o Horkheimer estaban en boca de la mayoría de los estudiantes, participó activamente en numerosas asambleas, siendo famosas las controversias que mantuvo con los estudiantes más radicalizados. A principios de los años setenta abandonaría, sin embargo, la Universidad de Fráncfort, a la que no volvió hasta los años ochenta.

A partir de los años setenta comenzó a recibir reiteradas distinciones académicas del más alto nivel. Este reconocimiento de su labor le incitó aún más a salir de los estrechos muros universitarios, aunque sin decaer nunca en su prolífica e innovadora tarea investigadora, para manifestar su punto de vista en los debates ético-políticos de su tiempo. En virtud de esa amplia y constante actividad publicística, el gremio de los libreros alemanes le otorgó en octubre de 2001 el Premio de la Paz. En la exposi- ción de motivos que justificaba la entrega de esta renombrada distinción se resaltaba que Habermas había sabido «acompañar crítica a la vez que comprometidamente el camino de la República Federal de Alemania, proporcionando a más de una generación las claves para comprender el espíritu de la época». A estas palabras, que recopilan el sentido de toda una trayectoria intelectual, únicamente habría que añadir que la irradia- ción de su pensamiento ha logrado trascender con creces las fronteras de su propio país.