Chapter 2. Materials and Methods
3.5 Discussion
3.5.3 The decrease in complex II activity with age may be due to a
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cerebral. Pero conviene separar una defi nición de muerte de los criterios de la muerte.
Birnbacher: El criterio de la muerte cerebral es importante para la praxis. Así, para determinar desde cuándo están permitidos un trasplante o in- tervenciones de ese tenor. Sin em- bargo, respecto a una definición algo más detallada de muerte, la muerte cerebral no constituye un criterio idó- neo; una persona está muerta sólo cuando lo está fenomenológicamente, es decir, también externa o aparen- temente.
Härle: Tom Tomlinson, fi lósofo de la Universidad de Michigan, estudió en 1990 el lenguaje empleado por médi- cos y personal asistencial al cuidado de pacientes intensivos con muerte ce- rebral. “De momento no parece que el paciente pudiera sobrevivir”, “Tendrá que vivir el resto de su vida con el aparato”, “Si al paciente se le practi- ca la respiración artifi cial, morirá de una septicemia”: expresiones éstas y similares que nos revelan que, para decidirnos por la vida o la muerte, acudimos a fenómenos de los que tenemos experiencia.
¿Qué aspecto pueden tener las so- luciones concretas en el ámbito de los trasplantes de órganos?
Härle: El consentimiento previo de una persona desempeña aquí una función importante. En este sentido estoy en contra de una “solución de no-oposición”; en virtud de la misma, podría, en principio, extraerse órganos de cualquier persona mientras no haya dejado voluntad explícita de lo con- trario redactada por escrito. Precisa- mente porque es posible la extracción de órganos en un estado en el que no enterraríamos todavía al donante, sólo nos es lícito extraer órganos vitales, si hay un consentimiento explícito suyo o de sus representantes legales. Birnbacher: Aquí discrepo, y lo hago por la necesidad. Ante la gran escasez de órganos, no podemos permitirnos una cláusula de obligatoriedad de con- sentimiento tan estricta, como rige en Alemania, diferente de la normativa austriaca, belga o española. Abogo por una regulación de no-oposición, aun cuando tengamos que pagar por ello cierto precio en autonomía de los pacientes. No me parece aconsejable que cada sujeto elija su defi nición de muerte, según acontece en amplias zonas de los Estados Unidos.
Härle: En la medida en que aún son comprobables algunas funciones ce- rebrales básicas, no es lícito declarar muertas a las personas, ni siquiera aunque ésta sea su voluntad.
¿Cómo juzgan ustedes la así llama- da regla del donante muerto, según la cual sólo se pueden extraer ór- ganos de los muertos?
Birnbacher: La regla del donante muerto no es sostenible, si la muerte se define biológicamente. Mantiene que podemos extraer órganos para trasplante sólo cuando se está muer- to, y no sólo cerebralmente muerto. La equiparación actual entre muer- te cerebral y muerte clínica ha de aclarar este conflicto. Con todo, yo lo considero un compromiso poco claro y dudoso. Hemos de recono- cer que las personas encefálicamen- te muertas no están muertas en ese momento, pero que, con todo, pode- mos recurrir a ellas como donantes de órganos. Sin embargo no nos es lícito adelantar estos límites. Debe- ríamos tener en cuenta también la presión sufrida por los allegados de los pacientes en coma irreversible o en estado vegetativo permanente. En esta situación sería inaceptable una extracción de órganos. Por eso el criterio de la muerte cerebral ha de quedar como criterio indiscutible de extracción.
Härle: En este punto estoy de acuerdo con usted. Que un coma sea irrever- sible —da igual con qué probabili- dad—, nunca lo sabemos antes de la
muerte real del paciente. Se conocen sufi cientes casos en los que algunas personas se despertaron de un coma “irreversible”. No es decisiva la su- puesta irreversibilidad, sino la caída defi nitiva de todas las funciones or- gánicas.
Ante la grave carencia de órganos, ¿cómo podemos estar seguros de que no se darán abusos?
Birnbacher: Hemos tomado precau- ciones contra trasplantes precipitados de órganos. Por eso, han de diagnos- ticar la muerte cerebral dos médicos, por separado e independientemente y ninguno de ellos puede estar implica- do en trasplantes. Estas precauciones deben evitar que las personas tengan miedo de rellenar un documento de donación de órganos.
Härle: Ante la preocupante falta de órganos, las dos grandes iglesias cris- tianas de Alemania se pronunciaron en 1990 por una “solución de no-opo- sición ampliada”. Es una “obligación de caridad” hacia el prójimo estar dispuesto a donar los órganos. En aquel momento provocó una vehe- mente discusión. Cinco años después, la iglesia protestante se arrepintió, tras reconocer que no cabía impo- ner una obligación de donar. Por ese motivo se volvió a la “solución de asentimiento”.
¿Qué pueden aportar otras regu- laciones particulares tales como las disposiciones del paciente o las autorizaciones previas?
Härle: En una disposición del pacien- te establezco qué ha de ocurrir y qué no en una determinada situación de muerte esperada. En una autorización previa indico quién puede decidir lo que ha de pasar conmigo en una si- tuación de muerte. Hasta ahora, las experiencias registradas muestran que sólo en contadas ocasiones se acude a una disposición del paciente. Tiene su motivo: es cierto que las disposicio- nes pueden ser una ayuda decisiva en situaciones complicadas, pero pueden también sugerir una claridad y segu- ridad que no se da en absoluto.
¿No se le exige demasiado al ciu- dadano medio al pedirle que fi je en detalle lo que ha de pasar con él, cuando esté en el lecho de muerte y no pueda expresarse por sí mis- mo?
Birnbacher: Puede ser. Las disposi- ciones del paciente suelen ser fórmu- las vagas. Contienen circunloquios del estilo “quisiera morir con dignidad” o “no quisiera padecer sufrimientos innecesarios”. Con todo, estoy a favor del carácter obligatorio general de las disposiciones de los pacientes. Pero han de ser tan concretas, que, en caso
de una incapacidad de expresarse por parte del paciente, el médico pueda recurrir a ellas.
¿Cómo se realizan, en general, es- tas disposiciones pormenorizadas del paciente?
Birnbacher: Los pacientes deberían redactar estas disposiciones en co- laboración con un médico, lo más tarde, en el caso de un diagnóstico determinado; por ejemplo, en caso de cáncer.
Härle: Además, surge la cuestión de si las disposiciones del paciente deben valer sólo en un proceso mortal y en una enfermedad que se encamina a la muerte, o también cuando se ha presentado una minusvalía o situación penosa graves (subsiguiente a un ac- cidente o a un intento de suicidio). Soy de la opinión de que el morir no puede dispararse con la omisión de diligencias médicas, cuando alguien dispone que, en caso de un accidente cerebrovascular, rechaza toda terapia y cuidados ulteriores. Sólo cuando se ha iniciado el proceso letal, no se pue- de ni debe dilatarlo innecesariamen- te. Entonces deben incluso médicos y cuidadores poder afl ojar.
Doctor Birnbacher, ¿debería ser también vinculante una disposición similar en el caso de enfermedades que no conducen necesariamente a la muerte? Estamos pensando en la demencia.
Birnbacher: Una disposición del pa- ciente es expresión de la autonomía del individuo y refl eja una decisión sobre cómo quisiera vivir y morir el afectado. Por eso no debería limi- tarse demasiado su alcance. Debería surtir efecto, por ejemplo, también en el caso de una parálisis extensa como consecuencia de un derrame cerebral.
WILFRIED HÄRLE es catedrático de ética y teología sistemática en el seminario científi co-teológico de la Universidad de Heidelberg. De 2003 a 2005 fue miembro de la comisión del simposio del Bundestag alemán sobre “ética y derecho en la medicina moderna”.
Härle: Me he de oponer por motivos teológicos y por razones éticas. ¿Qué signifi ca para las generaciones futuras, si existe la posibilidad legal de poner fi n a la vida, aun cuando todavía no se ha iniciado el proceso de morir? El ex presidente de la República Federal de Alemania Johannes Rau dijo en cierta ocasión: “Si el seguir viviendo es sólo una de dos opciones legales, cualquiera con responsabilidad carga a la otra el peso de su supervivencia”. El temor de hacer recaer la carga en el prójimo, porque la situación causa mucho sufrimiento y gastos, puede llevar a una persona a querer poner fi n a su vida antes de tiempo.
¿Sería como decir que un derecho a la muerte implica a largo plazo una obligación de morir?
Härle: Sí, y con ello también una restricción seria del derecho de auto- determinación.
Birnbacher: ¡Esto es absurdo! La pre- sión de allegados y médicos podría ser fuerte en aquellos pacientes que, en la última fase, aún son capaces de expresarse realmente y a quienes se les sugiere renunciar a seguir tratán- dose. Pero las disposiciones de los pacientes se redactan mucho antes y no están expuestas a tal presión. Por ese motivo, este argumento no convence.
Härle: Pero, ya conocemos este pro- blema por los diagnósticos prenatales. En estos casos, las parejas están ex- puestas a una fuerte presión, si quieren traer al mundo a un niño minusválido. Hoy se les reprocha que acallan su mala conciencia a cuenta de la so- ciedad. En último término, existiría la posibilidad de abortar a tiempo. Esta restricción fáctica de las posi- bilidades de autodeterminación por la autorización legal es la paradoja del derecho de autodeterminación. En el caso de la disposición del paciente, el riesgo es seguramente algo menor.
Yo tampoco soy un enemigo de las disposiciones del paciente; pero no se las debe sobrevalorar. En combina- ción con la autorización previa tiene sentido.
Birnbacher: Por eso hemos reco- mendado en la comisión ética central del colegio de médicos federal que los médicos asistentes no aconsejen una disposición de los pacientes. Se debería garantizar que se trata de la decisión propia del paciente. Aunque nunca se puede excluir del todo la presión social.
Härle: Pero muchos asilos y residen- cias de ancianos ponen ya por condi- ción de ingreso una disposición del paciente.
Birnbacher: Lo rechazo. Es un ha- llazgo estadounidense que en ese país incluso puede asociarse con una estan- cia en hospitales, y es contraria a la autonomía del paciente. La iniciativa ha de partir, con toda claridad, de los propios pacientes.
Doctor Härle, usted ha argumen- tado desde un punto de vista éti- co-social. Ahora nos interesaría su argumentación teológica.
Härle: La vida es un don no dis- ponible. Con intención y plena con- ciencia no digo un regalo. Puede ser un don muy pesado. La posibilidad de una disposición de aniquilar la vida propia o la de otro se nos ha DIETER BIRNBACHER, catedrático del
instituto fi losófi co de la Universidad de Düsseldorf, es, desde 2004, miembro de la comisión central de ética del colegio de médicos federal alemán.
dado, para no recurrir a ella. Ningu- na persona está determinada a matar a otro o a sí mismo. Sin embargo, a todos nos está dada la determinación de morir. No nos es lícito, en nin- gún caso, confundir matar con morir. Desde una perspectiva cristiana no se puede disponer de la vida, como tampoco de la dignidad. Y morir for- ma parte de la vida.
Birnbacher: Fundamentalmente es- tamos en una situación paradójica: en nuestra sociedad, han perdido su carácter tabú muerte y morir. Sobre ellos podemos hablar, pero no se da el encuentro inmediato con la muerte. Opino que es descorazonador que en Alemania el 80 por ciento de las per- sonas mueran en hospitales y asilos, y no en su casa, en el círculo de sus allegados. Con ello, a las generaciones futuras les falta una experiencia que marca carácter.
Härle: En nuestra sociedad, la muerte se puede comparar con un persona- je de fi cción de Michael Ende: el gigante Tur Tur parece tanto mayor cuanto más se aleja uno de él. Pero si uno se le acerca, recupera su ta- maño humano. Creo que la muerte se ha tornado para nosotros un gigante aparente aterrorizador. Por tanto, trato precisamente de animar a la gente joven a no huir de él, sino a despe- dirse conscientemente cuando muere uno de sus allegados.
Vilayanur S. Ramachandran y Diane Rogers Ramachandran
U
na de las principales funcio- nes de la percepción visual es distinguir objetos en el medio, paso previo para su identi- fi cación como presas, depredadores o parejas. No es sorprendente que presas y depredadores se esfuercen sobremanera para celar sus limitacio- nes físicas y las disimulen imitando el color y la textura de su entorno. De hecho, podemos pensar que el procesamiento visual superior en el cerebro ha evolucionado principalmente para frustrar el camufl aje. Por ello, el estudio de las estrategias de camufl aje podría aportarnos, indirecta- mente, importante información acerca de los mecanismos de la visión.Abbott Handerson Thayer, pintor y naturalista afi ciona- do norteamericano, creía que los animales desarrollaban una “coloración protectora”. Según su teoría, “los animales son pintados por la naturaleza más oscuros en aquellas partes que tienden a estar más iluminadas por la luz solar, y viceversa”. Seguramente estaba en lo cierto en lo que se refi ere a este efecto (los científi cos lo llaman ahora “contrasombrea- do”). Pero siguió especulando, y llegó a afi rmar que la cola de los pavos reales se confunde con el follaje y que los fl a- mencos son rosa para poder difuminarse con el color de la puesta de sol (a).
Para un científico de nues- tros días, Thayer habría ido demasiado lejos con su ima- ginación. Pero aquí también
“la realidad supera a la ficción”. Algunos animales —las jibias, los pulpos y los peces planos— pue- den alterar sus marcas y tonos para adaptarse a cualquier superficie sobre la que se encuentren. Aunque suele ejemplificarse esa capacidad en los camaleones, la verdad es que éstos copian bastante mal del entorno; la mayoría de sus cambios cromáticos se reservan principalmente para atraer a la pareja y para defender sus terri- torios; no guardan relación con el camuflaje.
Francis B. Sumner, cofundador de la Institución Scripps de Oceano- grafía, demostró hace casi un siglo que el rémol y el podás, platijas de aguas frías, poseen una sorprendente capacidad de hacer corresponder el “tamaño de grano” de las marcas de la superfi cie de su piel con la grava o los guijarros del fondo. Los estudios de Sumner se complementaron con los experimentos de S. O. Mast, quien, a principios del siglo XX, demostró que dicha correspondencia dependía de la visión: las platijas cegadas no
cambiaban.
Los descubrimientos de Sumner causaron un gran revuelo cuando los publicó. Más tarde fueron puestos en tela de juicio por William M. Saidel, en la actualidad en la Universidad Rutgers en Cam- den. Saidel afi rmaba que las marcas de la platija cambiaban sólo ligeramente, si bien pre- sentaban una suerte de textura “universal” que les permitía confundirse con la mayoría de los sustratos. En cierto senti- do, concluía, era el ojo del observador el que efectuaba la combinación entre sustrato y pez, no la propia platija.
Las platijas viven en un ambiente arenoso anodino y monótono. Supusimos que en ello residía la razón de la pobre representación de la platija de Saidel: no ha- bría experimentado presiones evolutivas para adaptarse a una gama mayor de fondos; a diferencia de los lugares de aguas frías, el trópico contie- ne superfi cies más variadas. En colaboración con Christo- pher W. Tyler, Richard L. Gre- gory y Chandramani Rama-