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G: Narrative Analysis

I: Transparency

5. FURTHER DISCUSSION AND IMPLICATIONS FOR PRACTICE AND FUTURE RESEARCH: THE ‘RE-TOLD’

5.5. Dedication

3.1.1. El Análisis Crítico del Discurso (ACD)

El ACD es un elemento clave para este marco interdisciplinar, ya que aúna las dimensiones lingüísticas, de pensamiento y comunicación, así como el análisis psicológico y social, como en el caso de las M2 (Steen, 2011: 49). Además, muchos autores consideran que es una metodología complementaria y necesaria a la hora de estudiar de las M2 (Caballero, 2006; Cameron, 2007; Charteris-Black, 2006; Semino, 2008; Kövecses, 2011; Steen, 2011). Su análisis adquiere una importante función para el ACD: «aumentar la conciencia crítica de cómo se conceptualizan los dominios discursivos» (Dirven et al., 2007a: 1236; t. p.).

Hay que tener en cuenta que «las representaciones polarizadas», en este caso sobre la inmigración, «aunque son un fenómeno bastante general en las relaciones intergrupales humanas», no siempre son «propiedades universales de la cognición social» sino que están «arraigadas en la estructura social; por ejemplo en las relaciones de poder» (Van Dijk, 2011: 294). Dichas representaciones, a pesar de no ser propiedades universales de la cognición social, «actúan como fundamento sociocognitivo de las prácticas sociales de discriminación hacia los miembros del grupo dominado por parte del grupo dominante» (Van Dijk, 2011: 295).

El grupo dominante ha sido, históricamente, el conjunto de blancos europeos que ha dominado a no europeos y que, a su vez, ha dado lugar a «complejos sistemas sociales de dominación y desigualdad» (Van Dijk, 2011: 294) ya que el «discurso intragrupal entre los dominantes pueden confirmar y formar opiniones o ideologías racistas subyacentes» (Van Dijk, 2011: 295). En este trabajo no se va a utilizar un

término tan taxativo como el de racismo para hacer referencia a los resultados. Puesto que el análisis se basa en métodos estadísticos, en todo momento se describirán las tendencias ideológicas y cognitivas subyacentes, ya sean xenófobas o xenófilas.

Este enfoque socio-crítico del uso de lenguaje, relacionado con el discurso y el poder, empezó a desarrollarse a finales de los años 70 y, en sus orígenes, se conocía como «lingüística crítica» (Hodge y Kress, 1979 en Van Dijk, 2008; t. p.), hasta los años 80-90 en que pasó a denominarse Análisis Crítico del Discurso (ACD) (Van Dijk, 2008: 7). Los antecedentes de esta corriente aúnan un gran número de escuelas, autores y académicos europeos, por ejemplo: el neo- marxismo de la Escuela de Frankfurt (Adorno y Habermas); el análisis crítico del

Centro de Estudios Culturales Contemporáneos (Stuart Hall); Language and

Control (Basil Bernstein); la sociolingüística inglesa (Halliday); la escuela francesa (Foucault y Pêcheux) y la italiana (Gramsci). El ACD se centra en la reproducción social del poder (Fairclough, 1989/ 1995; Wodak, 1989); el estudio crítico del discurso político (Chilton, 2004; Charteris-Black, 2009); de la ideología (Van Dijk, 1989) y de problemas sociales como el racismo (Van Dijk, 1991/ 1993). Durante todo este trabajo se ha elegido el término ACD puesto que «está orientado a la identificación de problemas (…) y la dominación y el abuso del poder» en el texto y la conversación (Van Dijk 2011: 167). Pero en esta teoría se ha detectado una deficiencia: no se ha preocupado por «desarrollar una teoría propia del contexto y de su relación con el discurso» (Van Dijk, 2008:7; t. p.).

Todos los estudios anteriores tienen en común el «concepto de análisis crítico» (Van Dijk, 1994: 2). El objetivo principal de esta corriente no es el de aplicar un modelo o teoría, ni el de centrarse en todos los aspectos del discurso; pretende

poner en evidencia «las desigualdades que se esconden bajo las relaciones sociales y que afloran en el nivel discursivo» (De la Fuente, 2007: 344) con toda su «carga ideológica» (Van Dijk, 1994: 2). Así como determinar la forma en que «el discurso contribuye a la reproducción de la desigualdad y la injusticia social determinando quiénes tienen acceso a estructuras discursivas y de comunicación aceptables y legitimadas por la sociedad» (Van Dijk, 1994: 2).

¿Cómo se determina esta desigualdad? A través del estudio del lenguaje, lo cual acarrea una dificultad añadida puesto que «es extremadamente complejo y variado» (De la Fuente, 2007: 344). Esta complicación emerge de que la desigualdad no se «va a cristalizar a través de expresiones claras y explícitas, sino que los mecanismos lingüísticos empleados estarán repletos de implicaciones» (De la Fuente, 2007: 345). Además, parte de la premisa de que el lenguaje no «aporta descripciones de la realidad» puesto que «el significado de las palabras no está formado por elementos de carácter informativo que permitan referir a objetos externos a la lengua, sino por instrucciones de naturaleza argumentativa» que gobernarán la orientación ideológica del «segmento discursivo» (De la Fuente, 2007: 34640; Steen, 2011).

Por ejemplo, si queremos referirnos a un grupo de personas que hayan nacido fuera de la Unión Europea y no tengan los documentos en regla según el Estado español, podemos utilizar un gran número de unidades lingüísticas metonímicas como, por ejemplo, ilegales o sin papeles. Dichas unidades se aplican a una

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Basado en la Teoría de la Argumentación de Anscombre y Ducrot.

situación extralingüística (la inmigración) pero no aportan una descripción objetiva, sino argumentativa y claramente desfavorable41.

El foco de interés del presente trabajo se centra en las proyecciones cognitivas a partir de los referentes lingüísticos que designan a los inmigrantes extranjeros y su realidad. Pero es importante tener en cuenta la necesidad de desarrollar una teoría lingüística delimitada para que el análisis no esté «sesgado» (De la Fuente, 2007: 345).

En el caso anterior la unidad léxica empleada no define por completo la esencia de su referente: «es un signo que puede ser arbitrario y ocasional» (Kressova et al., 2010: 218). Pero, puesto que «un mismo hecho puede ser contado de distintos modos y, según la formulación escogida, lo recreado por su interlocutor será también distinto» (Portolés, 1997, sin página). Esta «dimensión persuasiva de la retórica» (Van Dijk, 2008: 192; t. p.) resalta relaciones semánticas específicas que harán «aumentar la posibilidad de que (los significados) se construyan como parte importante de los modelos de acontecimientos intencionados» (Van Dijk, 2008: 192; t. p.). Por ejemplo, la asociación conceptual que se produce entre la inmigración y las unidades léxicas ‘amenaza’ o ‘invasión’

(y sus respectivas proyecciones cognitivas) se fijará más profundamente en los modelos de acontecimientos de los lectores que si se utilizara, simplemente, el adjetivo muchos (Van Dijk, 2008: 192).

3.1.2. Contexto

Esta función persuasiva y conceptual de las M2 variará dependiendo de los actores y de las situaciones sociales: están contextualizadas (Van Dijk, 2008:

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192). Por lo tanto, la relación entre los periódicos y las M2 diferirá (§ Capítulo IV) según la línea editorial de cada periódico, ya que cada uno establece sus líneas argumentativas o editoriales.

Los contextos juegan tres papeles semánticos fundamentales a la hora de definir el carácter semántico de las M2: «pre-semántico, post-semántico y semántico» (Stern, 2008: 270; t. p.). El nivel pre-semántico incluye el contexto (no entendido como modelo mental), sino como las intenciones del hablante o el tema del discurso, en el que encuentra la unidad léxica M2. El nivel post-semántico describe los propósitos y usos extralingüísticos con los que se pueden utilizar las unidades léxicas M2 –en este caso no difieren de las literales-, a saber: pedir, demandar, advertir, halagar, engañar o amenazar. El último papel del contexto es el semántico y está articulado por «el significado lingüístico en virtud del cual las contribuciones del contexto están directamente relacionadas con el hablante» (Stern, 2008: 271; t. p.).

Como ya se ha explicado y para llevar a cabo un estudio más completo, el ACD debería incluir otra «importante dimensión poco analizada» (Van Dijk, 2011: 295): el contexto. La noción general de contexto se utiliza para indicar que un «fenómeno, evento, acción o discurso necesita que se estudie en relación con su entorno, con las condiciones que lo rodean y con sus consecuencias» (Van Dijk, 2008: 4; t. p.) o «cotexto» (Van Dijk, 2011: 16). Pero también puede hacer referencia a la «situación social del lenguaje en general, o a la situación específica de un determinado fragmento de texto o conversación» (Van Dijk, 2011: 16), que engloba «los aspectos no verbales, sociales y situacionales de los eventos comunicativos» (Van Dijk, 2011: 16.) o «aquellas propiedades de la situación comunicativa que son relevantes para el discurso» su producción y

comprensión (Van Dijk, 2011: 19). El autor concibe las situaciones sociales como constructos y, serán dichos constructos, los que influyan en el comportamiento y conformen los «modelos mentales» (Van Dijk, 2011: 21), como ya se había adelantado.

Los contextos son subjetivos puesto que no se proyectan selecciones reales y objetivas de una situación, sino que son los propios participantes quienes definen la parte que se proyectará (Van Dijk, 2011). «Se basan en creencias y conocimientos socialmente compartidos» (Van Dijk, 2011: 47) o «categorías convencionales» (Van Dijk, 2008; t. p.). Esta última característica está muy arraigada al hecho de que sea difícil superar algunos estereotipos sociales. También «son dinámicos; (…) se adaptan mientras se van desarrollando (…) en paralelo con la interacción y (otras) opiniones» (Van Dijk, 2008: 18; t. p.). La última característica de los contextos, que tiene una gran importancia a la hora de llevar a cabo el tipo de análisis que nos ocupa, es su «naturaleza egocéntrica» (Van Dijk, 2008: 17/ 2011).

Por ejemplo, la conceptualización de muchas expresiones deícticas en el discurso como los pronombres personales, demostrativos, etc., tienen su fundamento cognitivo en esta característica de los contextos. Lo cual se traduce en la polarización ideológica entre el endogrupo «Nosotros» y el exogrupo «Ellos» (Van Dijk, 2008: 192; t. p.). Además, el rasgo principal de esta característica es el énfasis retórico (metáforas, metonimias, hipérboles, etc.) que realzará los atributos positivos del endogrupo frente a los atributos negativos del exogrupo (Charteris-Black, 2009; Dirven et al., 2007a; Van Dijk, 1987/ 1989/ 1991/ 1993/ 1994/ 2002/ 2005/ 2008/ 2011; Igartua et al., 2007; Muñiz et al., 2007; Igartua, 2006; Igartua et al., 2005; Igartua y Muñiz, 2004, Igartua y Humanes, 2004; Van

der Valk, 2003; Peñamarín, 1997; El Madkouri Maataoui, 2006; Kressova et al., 2010; Bravo et al., 2008; Martín Rojo y Van Dijk, 1998 y Gómez y Guerra, 2011).

En febrero del año 2000 se produjeron ciertos altercados en El Ejido que dieron lugar a una oleada xenófoba. Según Van Dijk, las «mentes» de los ejidenses habían «sido envenenadas por los centenares de noticias, discursos políticos, programas y películas emitidas por televisión, libros de texto, así como por otras formas de discurso público» (Van Dijk, 2002a: 15-16). Además, en el estudio sobre las noticias de prensa relacionadas con ese evento, «los otros son definidos como diferentes, desviados y como una amenaza, cuando no como inferiores a

nosotros» (Van Dijk, 2002a: 15-16). Es muy representativo que nosotros

estereotipemos a los otros a través de sus características raciales o culturales; pero que no nos definamos «como miembros de un grupo étnico» (Van Dijk, 2011: 167).

En un estudio sobre el discurso parlamentario de los partidos de derecha sobre la inmigración en Francia, Van der Valk planteó que «el discurso de legitimación ideológica de posguerra sobre prácticas racistas es un ejercicio retórico y complejo que busca establecer la superioridad de nuestra propia cultura, nación o religión» (Van der Valk, 2003: 313 en Charteris-Black, 2009). Además, como apunta Charteris-Black (2009: 471), «el simbolismo de una población nativa amenazada por extranjeros crea un mito político poderoso, que evoca los miedos histórico-culturales de una “invasión” por los “otros”, los extranjeros».

En muchas ocasiones, los autores «presentan a los inmigrantes como víctimas desde una posición de (aparente) simpatía, dentro de la estrategia de conjunto de formar una impresión positiva de las autoridades» (Peñamarín 1997: 159) como

en el caso del discurso de Mayor Oreja (en Martín Rojo y Van Dijk, 1998). Lo cual remite a «una imagen de “nosotros”, como escandalizados por la crueldad de esos padres, como compasivos y creyentes en la necesidad de actuar conforme a la ley y el respeto a policía y autoridades» (Peñamarín, 1997: 159). Esta imagen es muy diferente de la imagen que proyectábamos cuando éramos emigrantes. No hay más que recordar la imagen que la literatura ha otorgado a los indianos; parece que hoy en día los papeles se revierten y que esa característica se transfiere a los ciudadanos de otros países, en concreto los marroquíes (Van Dijk, 1997: 243).

Además, los inmigrantes están asociados a consecuencias negativas como, por ejemplo: «el desempleo, la delincuencia, la violencia, las drogas, el terrorismo, la desintegración social y el abuso de beneficios sociales» (Peñamarín, 1997: 160). Hay que tener en cuenta que los inmigrantes no suelen ser interlocutores válidos en las noticias. «Su opinión (…) es subalterna (…) porque (…) el inmigrante entra en el discurso por lo que el Nosotros dice que Ellos hacen» (Bravo et al., 2008: 145), que se traduce en una visión de los inmigrantes como sujetos que provocan o sufren la violencia. Puesto que

La conversación prejuiciada de los miembros individuales se explica en relación con las creencias étnicas del grupo, y al mismo tiempo también se describe la relevancia social de esa conversación como reproductora (y posiblemente modificadora) de esas creencias. (Van Dijk, 2011: 168).

Los contextos, la interacción, los modelos mentales y el discurso se verán influidos entre sí y reproducirán el sistema del racismo (Van Dijk, 2011: 168), de hecho, llevar a cabo un análisis lingüístico de frases descontextualizadas proporcionará resultados incompletos (Stockwell, 1999). Por lo tanto, se busca

una metodología flexible, amplia y más próxima a la SC que a la LC: el «enfoque sociocognitivo del discurso» (Van Dijk, 2011: 27) o la «LC crítica» (Stockwell, 1999: 525; t. p.) o el «ACD cognitivo» (Stockwell, 1999: 525; t. p.).

Los trabajos que se han citado en este apartado se centran más en el ACD aunque, como en el caso de los estudios sobre la representación del endogrupo y del exogrupo, puedan motivar ciertas correspondencias metafóricas y metonímicas. Pero también se ha desarrollado una línea de investigación que estudia el empleo de «la metáfora en forma persuasiva a fin de proporcionar marcos cognitivos para diversas perspectivas sobre cuestiones sociales», entre ellas la perspectiva sobre la inmigración (Charteris-Black, 2009: 470). Dicha línea de investigación se remonta a Schon (1993), quien estudió el rol dinámico de la metáfora a la hora de comunicar políticas sociales problemáticas. Es importante recalcar que el discurso metafórico legitima el punto de vista del texto (Stockwell, 1999.). Además, en muchos casos su «uso se ha normalizado totalmente, incluso aparece en los diccionarios» (Van Dijk, 2008: 180; t. p.). Por lo tanto, y en línea con la conceptualización tridimensional de la metáfora (Steen et al., 2010a-b; Steen, 2008/ 2011), las M2 «se tendrían que estudiar desde la perspectiva semiótica, psicológica y sociocultural» (Gonzálvez-García et al., 2014: 1; t. p.).