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Al igual que las personas, las naciones conciben sus biografías a través de narrativas que son construidas en el lenguaje. Son historias, relatos, discur- sos; formas de hablar de lo que somos. La identidad nacional, entonces, sería el contenido de estas historias; la expresión discursiva de una comunidad, la forma en que sus miembros constantemente construyen narraciones para hablar de sí mismos.5 A partir de estas historias los individuos pueden re-

conocerse como pertenecientes a un colectivo y, al mismo tiempo, pueden contextualizar y ordenar sus propias biografías personales.

El paper de Pedro Güell es extraordinariamente iluminador acerca de la función cultural de estos relatos. Por lo mismo no me detendré sino para marcar algunos énfasis. Primero, las identidades no son homogéneas, y los relatos nacionales nunca son coherentes ni compartidos por todos los in- tegrantes de una nación. Suponer que existe una sola manera de narrar la identidad nacional, y que ésta tiene una forma única y monolítica, es el gran pecado del nacionalismo y el origen de los peores totalitarismos. En una sociedad no hay un solo discurso ofi cial acerca de la identidad: lo que hay son distintas visiones que luchan por obtener reconocimiento y relevancia. El resultado es una rica y compleja red de narrativas acerca de lo que somos; un magma vinculante en donde confl uyen distintas historias que contamos acerca de nosotros.

Es cuestión de ver lo que pasa con la revolución francesa, fuente de un “debate que ha dividido a los historiadores durante doscientos años”,6 y que

adquirió especial repercusión con ocasión de la celebración de su bicentenario.

3 Durkheim, 1975: 181. Ver Capítulo 1. 4 Mauss, 1969: 591. Traducción del autor.

5 “Avec nos mots nous pouvions créer un événement et tisser un lien aff ectif”. Cyrulnik, 2008: 20. 6 Rudé, 2004: 33.

El caso de los Estados Unidos es parecido: hay autores que señalan que su identidad nacional no se ancla propiamente sobre una idea o un proyecto, sino más bien sobre una contradicción entre las ideas individualistas y liberales de un Jefferson, y las nociones nacionalistas y conservadoras de un Hamilton.7

Segundo, como decíamos antes, no es posible fi jar la descripción de lo que somos como nación. Las identidades nacionales cambian, como cambia la identidad de las personas. En la medida en que la identidad nacional tiene que ver con la capacidad de establecer descripciones contingentes de lo que somos, siempre es posible elaborar una nueva descripción, cada una de las cuales será adecuada al momento en que se realice.8

Tercero, los relatos sobre la identidad se despliegan en distintos niveles. Jorge Larraín distingue a lo menos dos: el formal, público u ofi cial, y el de la vida cotidiana de las personas. Las versiones públicas o discursos de identidad son los que elaboran los intelectuales y se proyectan generalmente a través de los órganos del Estado nacional. Del otro lado están los discursos cotidianos de la gente común acerca de lo que es ser chileno, francés, peruano, argen- tino, estadounidense o alemán: esta es la forma en que nos reconocemos ordinariamente a nosotros mismos. La identidad, entonces, resultaría de la relación entre los discursos ofi ciales y los relatos ordinarios. Obviamente es- tos dos niveles se condicionan mutuamente: los discursos ofi ciales se nutren de la vida cotidiana y de las prácticas de la gente, y, a la vez, las personas también son infl uenciadas por las narrativas más formales.

Cuarto, y al igual que las biografías personales, los relatos de identidad tienen un elemento de futuro y un componente de pasado.

Ernest Renan afi rma que toda nación presupone “la posesión en común de un rico legado de memorias”. Es importarse detenerse en este punto. Este legado no está constituido por el pasado en sí mismo –lo que “realmente” pasó–, sino por la historia que se cuenta (la narración) acerca de lo que pasó. El relato del pasado está formado, simultáneamente, por ciertos eventos a los que nos sujetamos, y otros que dejamos ir. De ahí entonces que lo que nos hace la nación que somos es lo que recordamos y, agrega Renan, también lo que olvidamos. “Olvidar, y yo diría incluso que el error histórico, son fac- tores esenciales de la creación de una nación, y es así que el progreso de los estudios históricos es a menudo un peligro para la nacionalidad”. 9

Para el fi lósofo israelí Avishai Margalit la nación es una “comunidad de me- moria”: estamos comprometidos en un futuro común porque disponemos de lo que él llama una “memoria compartida”, la cual “integra y calibra las diferentes

7 Ellis, 2000: 14-16.

8 Rorty, 1996. En su libro Identidades asesinas, Amin Maaluf (1998: 31) advierte con razón que “la identidad no está dada una vez para siempre, ella se construye y se transforma a todo lo largo de la existencia”. Esto está en línea con lo señalado por Durkheim, en cuanto a que la misma concepción de patria está sometida a una constante reelaboración.

perspectivas” del pasado “en una versión” que pasa a ser compartida por todos. Esa versión tiene siempre algo de historia y algo de mito, algo de realidad y algo de fantasía, algo de verdad y algo de “mentiras nobles”.10 Esta “memoria compar-

tida” requiere un esfuerzo para ser creada y perpetuada. En las sociedades moder- nas, ella viaja de persona a persona a través de instituciones, monumentos, archi- vos, literatura, cine conmemoraciones; en suma, mediante la comunicación.

La memoria es fundamental en la construcción de los relatos nacionales porque fi ja la continuidad de la comunidad: ella permite afi rmar que “noso- tros somos idénticos, porque somos lo que hemos sido ayer”.11 No se trata,

por cierto, de un mero registro historiográfi co, sino una delicada selección de los hechos o episodios sobre la base de los cuales se construye la memoria de un pasado compartido. Por lo mismo, tras una nación hay siempre una compleja dialéctica entre memoria y olvido.

“En el pasado, una herencia de gloria y de dolores a compartir, en el fu- turo un mismo programa a realizar”.12 Así plantea Renan el desafío de una

nación. Esto signifi ca que la identidad nacional no se construye sólo en base a la memoria. La nación es también un proyecto en común que va más allá de lo que somos o lo que fuimos; que proyecta aquello que queremos llegar a ser. “Haber hecho grandes cosas en conjunto, querer hacerlas todavía, he aquí las condiciones esenciales para ser un pueblo”, concluye Renan.13

Algunas naciones anclan su identidad nacional en la noción de proyecto más que en la “posesión de un rico legado de recuerdos”. Es típicamente el caso de los Estados Unidos. Aquí la nación está fundada en una idea o un credo respecto al futuro más que en un pasado común. Lo que une a los norteamericanos, como señala Wills, es “el sentimiento que hay un destino glorioso justo por delante”; es la adhesión a este credo lo que determina la pertenencia a esta comunidad nacional. Como agrega David Brooks, “quizás no estamos enraizados en un pasado profundo y misterioso. Pero tenemos puestas nuestras cabezas en un futuro vasto y complicado, y esto da a la mente americana una dimensión que no es fácilmente comprendida o removida”.14