Hablaremos ahora de Hrafn, quien estaba en Borg para su boda. Dicen muchos que la novia estaba muy triste.
Cierto es el dicho de que se recuerda mucho tiempo lo que de joven se aprende: esto era lo que a ella le sucedía entonces. Durante la fiesta, un hombre llamado Sverting Hafr- Bjarnarson, nieto de Molda Gnup, pidió como esposa a Hungerd, hija de Thorod y Jöfrid, y decidieron que la boda se haría después de la fiesta de invierno, en Skaney. Allí vivía Thorkel, pariente de Hungerd, hijo de Torfi-Valbrandsson. La madre de Torfi era Thorodda, hermana de Tungu-Odd.
Hrafn se fue con su mujer, Helga, a su casa de Mosfel. Y, una mañana, cuando llevaban allí poco tiempo, Helga despertó mientras Hrafn dormía, y vio que estaba muy intranquilo. Cuando despertó, Helga le preguntó qué había soñado. Hrafn dijo entonces este poema:
«Me soñé en tus brazos herido de espada, tu cama era roja, teñida en mi sangre; no podía la mujer y aun le agradaba, curar las heridas del acero a Hrafn». Helga dijo:
«Nunca os perdonaré esto; me habéis engañado cruelmente. Gunnlaug debe haber regresado».
Y Helga lloró largamente. Poco después se supo el regreso de Gunnlaug. Helga se volvió entonces muy ruda para con Hrafn, hasta que éste no pudo seguir teniéndola en casa, y volvieron a la casa de Borg. Hrafn tenía muy poca relación sexual con ella.
La gente se estaba preparando ya para la fiesta del invierno. Thorkel de Skaney invitó a Illugi el Negro y a sus hijos. Y mientras Illugi se estaba preparando, Gunnlaug seguía sentado en la sala, sin hacer preparativo alguno. Illugi se acercó a él y dijo: «¿Por qué no te preparas hijo?».
Gunnlaug respondió: «Yo no iré».
Illugi dijo entonces:
«Claro que irás, hijo, y no seguirás añorando a una sola mujer; haz como si no pasara nada. No te faltarán mujeres».
Gunnlaug hizo lo que su padre decía, y fueron a la fiesta, y a Illugi y sus hijos les sentaron en el banco superior, y a Thorstein Egilsson y su yerno Hrafn, junto con el grupo de la novia, en el banco superior enfrente de Illugi. Las mujeres estaban sentadas en los lados de la sala, y Helga la bella estaba junto a la novia, y movió sus ojos hacia Gunnlaug y, como suele decirse, los ojos no engañan cuando una mujer ama a un hombre[58].
Gunnlaug estaba entonces muy bien vestido, y llevaba las magníficas ropas que le había regalado el rey Sigtrygg, y parecía superior a todos en muchas cosas, en su fuerza, su tamaño y su apostura.
La gente se divirtió poco en aquella fiesta. Y el día en que los hombres se estaban preparando para la marcha y las mujeres interrumpían su conversación y se disponían para volver a casa, Gunnlaug fue a hablar con Helga, y conversaron largo rato, y Gunnlaug dijo este poema:
«No vio el de acre lengua un sólo día alegre,
pues la bella Helga se esposó con Hrafn; no escuchó el anciano, su padre el guerrero, todas mis palabras, la casó por dinero». Y también este otro: «Oh, bella, mal paga debo yo a tus padres, la mujer despoja de gozo al poeta; pues te hicieron, mujer, con ansia en el lecho, que de un trol sea la obra hermosa de ellos dos».
Gunnlaug le dio entonces a Helga la capa que le había regalado Ethelred, que se convirtió en su más preciado tesoro.
Luego, Gunnlaug se marchó: había unos hermosos caballos y yeguas, ya ensillados, atados ante la puerta de la casa. Gunnlaug saltó a lomos de un potro y atravesó el patio hasta el lugar donde estaba Hrafn, y éste hubo de echarse atrás.
Gunnlaug dijo:
«No debes retroceder, Hrafn, porque ahora no te amenazo, pero bien sabes que lo mereces».
Hrafn respondió con un poema: «No cuadra, guerrero,
paje de Valquirias, romper nuestro afecto por una doncella; hay muchas iguales, luchador, allá al sur boga el corcel del mar, tan buenas mujeres». Gunnlaug dijo:
«Quizá haya muchas, pero a mí no me lo parece».
Illugi y Thorstein llegaron corriendo entonces hacia ellos, porque no querían que se pelearan. Y entonces dijo Gunnlaug este poema:
«Por dinero dieron la de clara tez a Hrafn, y así dicen que es igual a mí; Ethelred el justo retrasó mi viaje
por el fragor de aceros, por eso ahora callo».
Después volvieron todos a casa, y durante el invierno hubo completa tranquilidad, y ninguna novedad. Hrafn no volvió a tener relación sexual con Helga desde que ésta vio a Gunnlaug.
Illugi el Negro, con sus hijos Gunnlaug y Hermund, Thorstein Egilsson y su hijo Kolsvein, Önund de Mosfel y todos sus nietos, y Sverting Hafr-Bjarnarson. Skapti tenía que resolver un pleito.
Un día, en la asamblea, cuando se había congregado mucha gente en el monte de la ley[59], una vez terminadas de discutir las causas, Gunnlaug dijo en voz alta:
«¿Está aquí Hrafn, el hijo de Önund?».
Hrafn dijo que allí estaba. Entonces, Gunnlaug lengua de víbora dijo:
«Sabes que me has arrebatado a mi prometida, y te has enemistado conmigo. Por ello quiero retarte a duelo, aquí en la gran asamblea, para dentro de tres días, y lucharemos en la isleta del río Öxara».
Hrafn respondió:
«Es una buena oferta, como era de esperar de ti, y estoy dispuesto cuando quieras». No les gustó este asunto a los parientes de ninguno de los dos, pero en aquel tiempo era legal retar a duelo cuando se pensaba que había un pleito grave con otro.
Y después de tres días, se prepararon para el duelo, e Illugi el Negro fue con su hijo a la isleta[60], acompañados de mucha gente, y con Hrafn iba Skapti, el narrador de las leyes, y otros parientes suyos. Y antes de empezar el duelo, Gunnlaug dijo estos versos: «Presto estoy al duelo
ir, en la asamblea, Dios me dé victoria, desnuda la espada; le rajaré el pecho en que Helga se apoya; al fin, mi claro acero cortará su cabeza».
Hrafn respondió diciendo: «Ignoran los poetas cuál tendrá victoria, desnuda la espada, para herir dispuesta; la muchacha, joven y ya viuda, sabrá de su hombre el valor,
aunque caiga muerto».
Hermund sostuvo el escudo por su hermano Gunnlaug, y Sverting Hafr-Bjarnarson por Hrafn[61]. El que resultara herido podía liberarse del combate por tres marcos de plata. Hrafn golpearía primero, porque él era el retado, y golpeó en la parte superior del escudo de Gunnlaug, y la espada se rompió en dos por la empuñadura, debido a la gran fuerza del golpe. La punta de la espada saltó por encima del escudo y golpeó a Gunnlaug en la barbilla, haciéndole un pequeño rasguño.
Los padres de ambos se interpusieron entonces, junto con otros hombres. Gunnlaug dijo:
«Declaro que Hrafn está vencido, porque está desarmado».
«Y yo declaro que tú eres el vencido —dijo Hrafn— pues has sido herido».
Gunnlaug se enfureció y dijo que no había terminado la lucha. Su padre, Illugi, dijo que no deberían seguir combatiendo en aquella ocasión.
Gunnlaug respondió:
«Querría saber si Hrafn y yo nos volveremos a enfrentar en otra ocasión en que tú, padre, estés lejos y no nos puedas separar».
Y así se despidieron y volvieron a sus cabañas.
Al día siguiente hicieron en la gran asamblea una ley por la que se prohibían los duelos a partir de entonces: se hizo con el acuerdo de todos los más sabios que había allí, y allí estaban todos los más sabios del país. Y el duelo que libraron Hrafn y Gunnlaug fue el último que se disputó en Islandia.
Esta gran asamblea fue la tercera por el número de asistentes, después de la que hubo tras la quema de Njal y la de la batalla de Heid[62].
Una mañana, cuando Gunnlaug y su hermano Hermund iban al Öxara a bañarse, llegó un numeroso grupo de mujeres, entre las que estaba Helga la bella. Hermund dijo: «¿Ves allí a tu amiga Helga, al otro lado del río?».
Gunnlaug respondió: «Claro que la veo».
Y dijo entonces este poema: «Criaron esta mujer
para discordia de hombres; culpable es el guerrero, tanto ansió tenerla; mis negros ojos, ahora no pueden ya servirme para ver la doncella de belleza de cisne».
Después, cruzaron el río y Helga y Gunnlaug conversaron un rato. Y cuando volvieron a cruzar el río, Helga se puso en pie y se quedó mirando largamente a Gunnlaug. Entonces, Gunnlaug miró a la otra orilla del río y dijo estos versos:
«Dirigió sus ojos, desde las claras cejas, la hermosa doncella como halcón, hacia mí; la chispa de sus ojos le causa daño a ella, que es bella como el oro, también me hiere a mí».
Después, volvieron todos a casa, terminada la asamblea, y Gunnlaug permaneció en Gilsbakki. Una mañana, al despertar, se habían levantado todos excepto él, que seguía acostado. Descansaba en un aposento al otro lado de la sala. Entraron entonces en la estancia doce hombres, todos ellos armados, y entre ellos estaba Hrafn Önundarson. Gunnlaug se puso en pie de un salto y logró tomar sus armas. Hrafn dijo:
«No corres peligro. Pero habrás de escuchar lo que me ha traído aquí. Me retaste a duelo en la gran asamblea del verano y dijiste que la pelea aún no había terminado. Ahora quiero yo hacerte una oferta: que nos vayamos los dos de Islandia, y vayamos a Noruega para batirnos. Allí nuestros parientes no nos molestarán».
Gunnlaug respondió:
«Son palabras de un hombre valeroso; con gusto acepto la oferta; y ahora, Hrafn, tendrás aquí toda la hospitalidad que desees».
Hrafn respondió:
«Es una buena invitación, pero por ahora nos iremos».
Así se despidieron. A los parientes de los dos les pareció muy mal, pero no podían hacer nada, a causa de la pasión que les enardecía a ambos; además, lo que debe suceder, sucederá.