Desde la llegada de los conquistadores hubo un deseo por construir una imagen de los unos y de los otros, para ello se recurrió a la representación del cuerpo. Se creó una literatura, la de los cronistas de Indias, que tuvieron dos fuentes para ese imaginario. El relativo al cristianismo, en el cual se enfrentaba el cuerpo y el alma, como una dicotomía en lucha, donde el cuerpo tenía una valoración negativa y la otra, positiva; y por lo tanto, el primero debía ser sometido. El otro, la creencia en mitos y aprendizajes previos, procedentes de la cultura greco-latina; así, los monstruos y lo salvaje fue el sello con el que se consolidó una simbología del nativo materializada a través de las voces de la enunciación –los testigos oculares, tanto seglares como sacerdotes–, que escribieron y así construyeron la categoría del caníbal o salvaje para hablar de los otros (Jáuregui, 2006, primer capítulo). A esta construcción foránea del cuerpo, llamaré cuerpo arbitrario, porque obedece a una perspectiva de los otros que no coincide con lo real ni deja escuchar la voz de los nombrados.
Esta diferenciación del tratamiento de los autóctonos, como dice Paz (1978: 90), tenía que ver con la relación cuerpo y no cuerpo, defendida por cada uno de los colonizadores, pues mientras los unos reaccionaron subyugando (en los herederos del cristianismo) a los pueblos del sur, donde impusieron el español y el portugués; los otros, lo hicieron exterminando (en los herederos del protestantismo) a los pobladores o encasillándolos en reservas, donde se generalizó el inglés y luego, en pocos sectores, el francés. Así, América, fue
34
feminizada y desvalorizada. Se construyó una dicotomía entre el viejo y el nuevo mundo, que incidió en la acción, en los discursos y en las producciones literarias de la colonia. Durante esos siglos, se crearon dispositivos que refractaban esta “verdad” y permitían ciertas licencias para hablar del cuerpo y sacrificarlo. Según Jáuregui, la idea de identificar nuestro continente como la devoradora fue el modo cómo los héroes de la civilización impusieron su política y justificaron su presencia “purificadora” (2006: 47-113).
Esta nominación impuesta fue una consolidación semántica que tomó como base la voz de los conquistadores para referirse a los otros y hacer de su cuerpo un objeto: una mercancía en términos marxistas. Al quitársele voz y poder fue fácil su sometimiento y su deshumanización (animalizarlo o infantilizarlo). Aunque, en esta representación no se dio cabida a la visión del propio, pues se eliminó su memoria, rasgos de ese “impulso de vida”, quedaron en la tradición oral de los sobrevivientes y en algunos defensores de los indígenas, que seguían la idea del “buen salvaje” y presentaron la civilización como el peor mal que podía heredarse a esos pueblos (Capítulo segundo). Asimismo, según el mismo autor, es en la época barroca, cuando la producción de América, anuncia su propia definición y comienza a dejar de “alimentarse” de lo europeo y referenciarlo como lo canónico, para asimilarlo y transformarlo (Capítulo tercero).
No es sino hasta el modernismo, cuando se concreta ese cuerpo propio, donde se resignifica la definición impuesta para discutirla; entonces, busca adquirir su voz y dejar de replicar lo foráneo para autocrearse. Es así como surgen, en América, un movimiento propio, trabajado desde los románticos y proyectado en sus escritos, en el cual se discute todo hasta encontrar la corporeidad americana; lo que he denominado el cuerpo liberto.
Los románticos habían intentado crear, con mucho esfuerzo y devoción, una literatura que correspondiese realmente a las nuevas naciones independientes. Muchos lo lograron, y gracias a su esfuerzo la lengua y la literatura del Nuevo Mundo comenzaron a moverse hacia un área de expresión original. Pero el esfuerzo de los románticos fue en gran parte anulado por la incomunicación entre los distintos países y áreas que componen la América hispánica (Rodríguez Monegal, 1977).
35
Entonces, analizar este periodo es reflexionar sobre sus propuestas: anhelo de cambio, dejar las viejas estructuras, pensar sobre los problemas filosóficos y sobre la existencia humana, la labor de la creación poética como instrumento de protesta y denuncia de las injusticias sociales. Es cierto que estos temas han sido una preocupación en todos los momentos históricos. Con referencia a los temas no se han incrementado mucho desde los griegos. Mas en el arte, lo que interesa es cómo se los presenta y cómo se logra impresionar al espectador, lector, intérprete.
Según Jáuregui y Rodríguez Monegal, el cosmopolitismo de esa época y la mercantilización de las ciudades resurgentes, hizo que figuras como José Martí y Rubén Darío, colaboraran en esa consolidación de la voz propia, donde se imbricaba lo antiguo –clásico– con lo moderno e innovador. Estas mezclas, también las he encontrado en la voz creada por Aurora Estrada, que recurre al oxímoron (semánticamente) en versos libres (formalmente); asimismo, recurre a alusiones bajo un aparente misticismo –lo cristiano refutado–. Ya que en esta búsqueda de la voz propia americana, también labor especial tuvieron las mujeres, quienes pasaron de ser objetos de inspiración a sujetos, que hablaban de sus propios cuerpos y subjetividades. Pues:
Los poetas buscan liberarse de las represiones racionalistas, provocan el desarreglo de los sentidos para expresarlo a través de la alquimia del verbo. La sexualidad aflora al desnudo y se la dice sin eufemismos, la neurosis emerge y descontrola, convulsiona el mensaje y deshilvana el discurso. La autoexégesis se vuelve “terremoto mental” (Yurkievich, 1997: 26)
En sí, el cuerpo adquirió características propias –cuerpo liberto–, cuando los poetas incluyeron rasgos de la naturaleza, pertenecientes al continente y además se reconocieron como parte de este al usar vocablos propios y giros lingüísticos de esa nueva pragmática de la lengua española; ya que, en el continente, ese acercamiento a la tierra, a lo paisajístico, a lo nacional, se relaciona con la corporeidad, de manera evidente o trasladada, donde la sinécdoque ha sido la marca de su elección. Ejemplos de esa lucha entre lo occidental impuesto y las nuevas formas de corporeidad con huellas americanas, se da también en las voces ecuatorianas, pues como dice Balseca, citando a Paz:
Los modernistas no querían ser franceses: querían ser modernos. El progreso técnico había suprimido parcialmente la distancia geográfica entre América y
36
Europa. Esta cercanía hizo más viva y sensible nuestra lejanía histórica. Ir a París o a Londres no era visitar otro continente sino saltar a otro siglo. Se ha dicho que el modernismo fue una evasión de la realidad americana. Más cierto sería decir que fue una fuga de la actualidad local —que era, a sus ojos, un anacronismo— en busca de una actualidad universal. En labios de Rubén Darío y sus amigos, modernidad y cosmopolitismo eran términos sinónimos. No fueron antiamericanos; querían una América contemporánea de París y Londres (Paz en Balseca, 2009: 81).
Por eso, en sus creaciones se mezclan vocablos foráneos y anglicismos, pues también lo de ese país del norte va a emplearse, gracias a las traducciones que hacían carne en ese cosmopolitismo y “protovanguardismo” –como dice el mismo autor–.
En sí, en el Ecuador, la preocupación por la corporeidad se fue afirmando a pesar de la constante multiplicidad que lo ha caracterizado. En lírica, se ha imbricado con la definición de las ciudades y con las alusiones constantes a la riqueza, tanto de fauna como de flora, un claro ejemplo, lo tenemos en la voz de Bautista Aguirre, cuando habla de las ciudades de Quito y Guayaquil o en los posmodernistas y contemporáneos. Es posible, además, analizar esta representación en la producción como lo ha hecho Rodríguez Santamaría, quien encuentra tres formas reconocibles en la lírica del siglo XX: una heredada de la tradición greco-latina y a la cual he llamado cuerpo arbitrario y que Jáuregui llama la construcción del caníbal y de la América antropófaga o devoradora. Otra en la cual se usa el simbolismo para definir el cuerpo y es propio de las vanguardias – en esta determinación coincidimos–; a esta la he denominado como el reconocimiento del cuerpo liberto, porque es cuando se crea su propia acepción, pero con una carga de la anterior, ya sea como contradicción o como discusión. La última, a la que llama cuerpo fractal y que yo la veo como una variante del cuerpo simbólico, pero más cerca del plano no lingüístico del signo, es decir, más próximo a lo experiencial, donde se releva la fragmentariedad del ser humano, acorde con el impacto del sistema: a lo que Paz (1978) llama el imperio del no cuerpo, alimentado del cuerpo humano para aniquilarlo y “chuparle la sangre”.
Como mi preocupación se ha centrado en la representación del cuerpo y su simbolización dentro de la lírica de esta autora ecuatoriana, es indispensable concretar mi propuesta de interpretación, bajo una perspectiva hermenéutica.
37