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5.2 Theoretical Results

5.2.3 Depth of the decision tree and target image resolution

Es fácil atacar a las escuelas por el declive de la "excelencia" y por la cri- sis económica, pero afrontar los procesos que, en realidad, provocan esta situación es mucho más difícil. Como apuntamos al final del apartado ante- rior, si no nos ocupamos de las causas sociales del abandono de los estudios y de la cuestión más global de la diferenciación educativa en general, si no tomamos en serio el predominio histórico de las estructuras de estratificación por clase, raza y género, que configuran una parte tan fundamental de la sociedad norteamericana, dentro y fuera de las escuelas, estaremos aboca- dos al fracaso 109.

Debemos resistir a la presión para culpar al sistema educativo de los pro- blemas de nuestro declive económico, de nuestra falta de competitividad, del desempleo, etcétera. Si tomamos dos casos paradigmáticos de industrias que han decaído durante los últimos años —el acero y el automóvil , su deca- dencia se debe mucho más a fracasos de gestión y a decisiones conscien- tes de desindustrializar que a otros aspectos, como la falta de destrezas. "Estos ejemplos podrían llevar a reformar las escuelas de negocios o las prác- ticas de inversiones" o a políticas económicas de ámbito nacional considera- blemente más democráticas, tanto con respecto a la planificación como a los

resultados, pero no proporcionan ninguna justificación coherente para echar la culpa a la escuela por el desorden económico que padecemos 11°.

¿Cuáles son las razones de que se dé tanta importancia a la reestructu- ración educativa para hacer frente al desempleo y al subempleo? Una de ellas consiste en la necesidad de justificarse que tiene el gobierno. Hace fal- ta que se vea que hace algo en relación con estos problemas 111. La reforma de la educación no sólo resulta aceptable en general y relativamente poco amenazadora, sino que "su éxito o fracaso no será evidente a corto plazo", cosa que es importantísima. Otra razón consiste en lo que, en parte, consti- tuye un principio darwinista social, que aleja la economía de la causa fun- damental de sus propios problemas. "La afirmación de que el desempleo se debe a la falta de destrezas de la mano de obra contribuye a mantener la fe en las virtudes básicas del sistema económico. Si sólo hiciera falta que los individuos estudiaran más o estuviesen dispuestos a ganar menos, ¡po- drían eliminarse las desigualdades que surgen en la sociedad con el desem- pleo!" 112

Aunque al público norteamericano "le conforte creer que los niños pobres disfrutarán de las mismas perspectivas económicas que cualesquiera otros si aprenden a leer y a hacer sumas, esta creencia confortante es errónea". De hecho, cuando examinamos los casos de estudiantes procedentes de distin- tos medios económicos que se desenvuelven igual de bien en medidas tan utilizadas como los tests de evaluación estandarizados, esta presunta igual- dad de rendimiento sólo reduce la diferencia de salarios en la edad adulta en un tercio. Por tanto, la clave de la cuestión no consiste en dar vueltas en torno al rendimiento escolar, sino en las relaciones y estructuras socioeconó- micas que organiza la sociedad 113.

En realidad, es muy posible que la reducción de las diferencias de rendi- miento entre pobres y quienes no lo son no signifique grandes diferencias en términos de la pobreza y desigualdad. Puede producirse una situación en que la inflación de títulos cree lo que se conoce como el sistema de "hacer cola", en el que los grupos mejor situados mantienen sus posiciones. El nivel de rendimiento educativo y el título que, en otra época cualificaba a un individuo para un tipo específico de empleo, "no se tiene en cuenta". La titulación nece- saria para el trabajo se eleva de categoría y el nivel de rendimiento que se exigía antes sólo sirve para abrir la puerta a un trabajo peor pagado 114. La cuestión del abandono de los estudios ha de considerarse a esta luz.

Tenemos que afrontar el hecho de que las disparidades económicas que se "basan en la raza, el sexo y en quién esté al frente de la familia son en extremo difíciles de reducir". Aunque volveremos sobre este punto en el capí- tulo final de este libro, es esencial que nos centremos en aquellas áreas de nuestro sistema educativo que hay que reestructurar, garantizando que las respuestas al problema del abandono de los estudios y al de aquellos es- tudiantes que se encuentran en "situación de riesgo" sean más que meras intervenciones a corto plazo, como programas restringidos de formación pro- fesional, asesoramiento psicopedagógico y servicios de colocación. Son ne- cesarios cambios en la estructura de los mercados de trabajo, "en la provisión de ingresos de transición, el empleo y en un buen apoyo". Supone la expan- sión de las oportunidades educativas y a gran escala y una financiación con- tinuada de tales programas educativos. Por último y quizá más importante, requiere una economía en crecimiento que, al final de la experiencia escolar, ofrezca unos puestos de trabajo significativos 115

Habida cuenta de nuestras premisas económicas actuales y de la restau- ración conservadora, es cuestionable que pueda llevarse a cabo todo esto. Pero se han articulado una serie de políticas económicas y sociales progre- sistas que podrían servir de ayuda para acercarnos a una economía, una política y un sistema educativo controlados de forma más democrática. En concreto, las obras de NOVE, CARNOY, SHEARER y RUMBERGER, RASKIN; y SIMON,

DIPPO y SCHENKE merecen mucha más atención del profesorado preocupado

por la relación entre educación y economía 116.

Un objetivo de transición consistiría en otorgar otro derecho inalienable a cada norteamericano: el derecho a un trabajo decente y respetable 117. Por

supuesto, esto exigiría que trabajásemos para una reestructuración funda- mental de nuestras prioridades económicas y, a la vez, que nos opusiéramos a los supuestos darwinistas sociales que subyacen a gran parte de nuestro sistema económico (ya saben: se hacen pobres o desempleados a la antigua usanza: se lo ganan a pulso). Los pobres, los subempleados y los desem- pleados no "se lo ganan a pulso". La quiebra de sus esperanzas y sueños, la

115 DANZIGER, HAVEMAN PLOTNICK: "Antipoverty Policy", " Y , pág. 75.

116 A este respecto, son útiles los siguientes trabajos: Alec NOVE (1983): The Economics of

Feasible Socialism, Boston: Allen and Unwin. CARNOY, SHEARER y RUMBERGER: A New Social Contract. Martin CARNOY y Derek SHEARER (1980): Economic Democracy, White Plains, Nueva York: M. E. Sharpe; y Marcus RASKIN (1986): The Common Good, Nueva York: Routledge. Pue- den consultarse exposiciones interesantes sobre políticas y prácticas educativas en: Roger SIMON, Don DIPPO y Arleen SCHENKE (1991): Learning Work: A Critical Pedagogy of Work Edu- cation, Nueva York: Bergin and Garvey; y Michael W. APPLE y James A. BEANE (eds.) (1995):

Democratic Schools, Washington: Association for Supervision and Curriculum Development. 117 HAMILTON y HAMILTON: "Social Policies, Civil Rights, and Poverty", pág. 311. Como seña- lamos en la nota 102, esto requiere, no obstante, un cuestionamiento serio de lo que se consi- dera trabajo. La mayor parte de las definiciones privilegia las definiciones masculinas, prestan- do menos atención a las actividades asistenciales y de atención personal que, en muchas sociedades, corren a cargo de mujeres. Por tanto, tenemos que modificar' nuestros mismos supuestos básicos sobre el trabajo y apoyar una diversidad mayor, tanto desde el punto de vis- ta ideológico como del económico.

desintegración de sus familias, comunidades e instituciones educativas, la desesperación y los conflictos son un "regalo" de nuestra economía. Y se tra- ta de un regalo que habría que devolver, sin abrirlo, al remitente.

Como hemos mostrado en este capítulo, si restringiésemos nuestro aná- li sis del abandono de los estudios y de los jóvenes "en situación de riesgo" a las cualidades internas de nuestro sistema educativo, pasaríamos por alto las realidades que rodean la escuela y proporcionan el contexto actual y futuro en el que se desenvolverán los jóvenes. No sería exagerado decir que nues- tro tipo de economía —con sus desigualdades en aumento, su estructura basada en trabajos cada vez más alienantes, más desprofesionalizados y sin sentido, su insistencia en los beneficios con independencia de su coste social— produce "naturalmente" las condiciones que llevan al abandono de los estudios, de modo parecido a como la falta de escuelas, de viviendas decentes y de asistencia sanitaria en la nación asiática con la que comenza- ba este libro se debía a las patatas fritas baratas. El fenómeno del abandono de los estudios no es una rara aberración que surge aleatoriamente en nues- tro sistema escolar, sino que su producción es estructural, creada a partir de las relaciones reales y desiguales, entre los recursos económicos, políticos y culturales y el poder, que organizan esta sociedad. La pobreza es cíclica y, en efecto, entre la educación y la economía existe una relación muy real—, pero debemos reconocer que el origen de este ciclo está en nuestras relacio- nes sociales y económicas y no en nuestras escuelas. Las soluciones a las elevadas tasas de abandono de los estudios y a otros casos de fracaso esco- lar requieren que dejemos de ocultarnos estas realidades. El primer paso consiste en mirar con sinceridad nuestra economía y reconocer cómo operan las relaciones de clase, raza y género que la estructuran.

Lo que debe guiarnos al tratar estos problemas es el principio político del bien común y no el simple beneficio. Este principio sostiene que "no debe utilizarse ninguna acción inhumana como atajo hacia un día mejor" y que cualquier programa educativo, político, de salud y bienestar, económico o cualquier otro debe evaluarse "en relación con la probabilidad de que se tra- duzca en la unión de equidad, participación, dignidad personal, seguridad, li bertad y atención y asistencia a las personas" 118. Las políticas económicas y

sociales vigentes en la actualidad y, sobre todo, las instauradas en esta épo- ca de triunfalismo conservador, se quedan muy cortas al respecto. El resulta- do es la miseria incalculable para millones de personas y un futuro más que desapacible para muchos jóvenes de esta nación. Quizá, podríamos empe- zar planteándonos una cuestión que goza de una larga historia en la tradi- ción de los movimientos democráticos de los Estados Unidos: ¿de qué lado estás?

CAPÍTULO V

Conclusión:

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