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Derivative-based method versus wavelet transform-based method

5.4 Comparison of event detection methods

5.4.2 Derivative-based method versus wavelet transform-based method

Ser entrenador es fascinante. Por eso a la gente le cuesta tanto dejarlo. Es goloso, una sensación de excitación continua; la cabeza va a 100 constantemente.

PEP GUARDIOLA, 2008

En los primeros meses de su carrera profesional como entrenador, Pep solo veía los aspectos positivos; saboreaba el momento, pero nunca ignoró una sensación que no le abandona: no estaba en el cargo para siempre. Metódico y apasionado, disfrutaba organizando, tomando decisiones, compartiendo experiencias y aplicando lo que había aprendido a lo largo de los años. Su vida giraba en torno a la idea de convertirse en el mejor entrenador que pudiera llegar a ser, y por Barcelona empezaron a circular rumores sobre su dedicación a la labor y atención al detalle.

Ya había demostrado que era más que un entrenador que creía que su trabajo se limitaba a dar instrucciones a un grupo de futbolistas en el terreno de juego, y repetidamente manifestó empatía y habilidad para comprender las necesidades de aquellos que le rodeaban.

Antes de ser nombrado entrenador del primer equipo en mayo del 2008, Pep Guardiola estaba centrado en conseguir que el Barça B ascendiera a Segunda División pero buscó tiempo para ir a visitar a Gabi Milito. El defensa central argentino, jugador habitual en el once de Rijkaard, se estaba recuperando de una operación de rodilla. A pesar de que Pep apenas tenía un momento libre —y menos aún entonces, con su hija Valentina recién nacida— sorprendió a Milito con una visita de más

de tres horas para animarlo y ofrecerle su apoyo moral. Pep también le habló de su amor por el fútbol argentino, su admiración por Menotti y Bielsa. Milito quedó seducido por su encanto y sus conocimientos, y quedó sorprendido cuando poco después Pep declaró a la prensa: «Preferiría ver a Gabi jugando de nuevo al fútbol que ganar un título».

Tras el pitido final en un partido de Copa en el Camp Nou contra un modesto equipo de Segunda División B, la Cultural Leonesa, Guardiola encontró a algunos de sus futbolistas merodeando cerca de la puerta del vestuario del Barça, a la espera de intercambiar camisetas con los azulgranas. Pep saludó con una efusiva sonrisa, abrió la puerta del santuario del primer equipo, y les pidió que pasaran, que se sintieran como en casa. Les recordó que eran todos profesionales del mismo deporte. Los jugadores de la Cultural no podían creerlo.

Ahora que ya era entrenador, supo de la soledad implícita en dicho trabajo y se esforzó para ser un miembro más de la fraternidad de técnicos. Emulando una de las tradiciones de cortesía en el fútbol inglés, Pep pagaba de su propio bolsillo una botella de vino para compartirla con el entrenador del equipo visitante después de los encuentros. Si un entrenador de otro club era despedido, Pep le enviaba un mensaje de apoyo, llegando a cancelar en alguna ocasión todos sus compromisos previos para organizar una cena privada con algún compañero y ofrecerle su apoyo solo unos días después de perder su empleo.

Guardiola tiene una increíble capacidad de trabajo: a su regreso a casa desde Milán, después de un encuentro de Liga de Campeones, hacia las 4 de la madrugada, Pep no conseguía conciliar el sueño, así que se acercó a la Ciudad Deportiva a analizar uno o dos vídeos de sus próximos rivales. Durante su etapa de entrenador del Barça, tuvo que recurrir a somníferos cada vez con mayor frecuencia, sobre todo en su última temporada.

Una de las primeras decisiones que tomó Guardiola fue asegurarse de que todo el dinero que recaudaba el equipo a través del sistema de multas

fuera a parar a una organización benéfica, en lugar de gastarlo en cenas de grupo, como era la costumbre: llegó a la conclusión de que las sanciones no podían contribuir a premiar al equipo. Al principio de su primera temporada, Pep donó los ingresos a la Fundación Sant Joan de Déu, que investiga el síndrome de Rett, una grave enfermedad mental congénita.

Cuando Pep firmó un contrato de marketing con el Banco Sabadell, comprometiéndose a realizar un número de conferencias y entrevistas personales como parte del trato —cuando seguía negándose a conceder entrevistas personales a los medios de comunicación—. Algunos de sus detractores lo tacharon de pesetero. Sin embargo, su actuación se vio pronto justificada cuando se supo que había compartido todo el dinero con su equipo técnico, su manera de reconocer su dedicación a un proyecto en el que cada persona contribuía con su propio granito de arena. Mientras tanto, el banco estaba encantado con el repunte de su número de clientes, un incremento del cuarenta y ocho por ciento en Catalunya y del sesenta y cinco por ciento en Madrid.

A principios de temporada, Audi, tal y como hace todos los años, regaló un coche a cada uno de los jugadores del primer equipo y también al entrenador. Pep, sin embargo, lo rechazó. Si no había coches para su cuerpo técnico, él tampoco aceptaría uno.

En noviembre de su primer año como técnico, el entrenador de porteros Juan Carlos Unzué, perdió a su padre tras una larga enfermedad. Guardiola no se lo pensó dos veces: a pesar de que el Barça tenía un encuentro al día siguiente, el entrenador del primer equipo reorganizó la programación previa al partido para llevar al grupo a Orkoien, en Navarra, a 360 kilómetros de distancia, para asistir al funeral.

La temporada avanzaba a buen ritmo. Aparte de unas pobres actuaciones en marzo con tres empates (contra el Betis, el Lyon y el Mallorca) y dos derrotas (contra el Espanyol y el Atlético de Madrid) que

levantaron ciertas críticas, el sentimiento global entre la afición era de euforia. Se tenía la sensación de que estaba sucediendo algo especial.

La posesión era alta, la presión efectiva. Xavi, Iniesta, Eto’o y Henry no parecían los de la temporada anterior. Las nuevas incorporaciones sumaban.

«Me siento fuerte y optimista», describía Pep sus sentimientos en aquella época. El Barça se había recuperado de su pequeña crisis primaveral con victorias en nueve partidos consecutivos. A aquella buena racha le siguieron dos empates —contra el Valencia (2-2) en la Liga y contra el Chelsea (0-0) en el partido de ida de las semifinales de la Champions League— que propiciaron un final de temporada tenso. Inolvidable.

El clásico en el Bernabéu en mayo iba a ser decisivo. El Barça era líder a falta de cinco jornadas para el final de la temporada liguera y, con los dos eternos rivales separados por cuatro puntos, una victoria del equipo de Guardiola dejaría prácticamente sentenciada la competición y el título podría regresar así al Camp Nou.

Pep trató el partido contra el Real Madrid como una final de copa y exigió el mismo enfoque audaz que había visto en su equipo a lo largo de toda la temporada. Sacar un punto del Bernabéu no era mal resultado, pero la grandeza no se escribía con empates.

«Queremos ser campeones, ¿no es cierto? —provocaba a sus jugadores los días previos a la visita a Madrid—. Ahora es el momento de dar el paso. Solo os pido que salgáis a ganar, porque estos son los partidos que nos definen, los que hacen justicia a nuestra profesión.»

Para un encuentro tan importante, Guardiola estaba considerando delegar en Messi la tremenda responsabilidad de jugar de falso delantero por primera vez desde el inicio. Guardiola ya se había ganado la confianza del argentino y había iniciado el proceso de erigir un equipo alrededor de él. Aunque la relación entre el entrenador y el futbolista no

siempre había sido fácil.

Las cosas no empezaron con buen pie. Pep identificó muy pronto que quería, que necesitaba a Messi a su lado, que el argentino, de solamente veintiún años, era extraordinario, y que tenía mucho margen de mejora. El Barcelona iba a ser mejor con Messi y el técnico sabía que debía encontrar una dinámica, un diálogo, una confianza con el jugador que les permitiera crecer juntos.

Para lograrlo, el entrenador tuvo que ajustar su idea de equipo de modo que cupiera un individuo insaciable y con unas dotes extraordinarias, mientras convencía al jugador —tímido, reservado, incluso distante fuera del terreno de juego— de que tenía que aceptar su liderazgo.

Para Messi, Guardiola era el nuevo entrenador; sí, una antigua estrella del equipo, pero no sentía la devoción de Xavi, Iniesta o más tarde Cesc, que vieron en Pep a un ejemplo y mucho más. De hecho, cuando le nombraron entrenador del primer equipo, Messi se hallaba sumido en un estado de melancolía, desilusionado por el cariz que tomaron las cosas en los últimos meses con Rijkaard.

Messi entendió las razones de los cambios que se avecinaban, y progresivamente se fue acercando más a Puyol y a Xavi, mientras veía el daño que Ronaldinho se estaba infligiendo a sí mismo. La llegada de Pep supuso un período de incertidumbre para el joven Messi, que perdió al entrenador que le hizo debutar en el primer equipo, con quien se sentía protegido, y a varios de sus amigos en la plantilla.

Pep, un nuevo jefe, con su nuevo sistema, sacó del grupo a Ronaldinho, su amigo, mentor y vecino (el argentino y el brasileño vivían a pocos metros de distancia en Castelldefels). No solo el entrenador, también el futbolista necesita entender a Pep y hacerse entender.

Pep quiso inculcar a Leo la idea de grupo por encima de todo, esencial para el fútbol que quería practicar. Pero esa insistencia en el colectivo

podría haberse interpretado como un reproche al juego en ocasiones individualista de Messi. No era esa la intención de Pep, pero con ello sí que intentaba corregir un trazo de la personalidad del argentino que Guardiola malinterpretó: creía, en un inicio, que ese individualismo era egoísmo.

«Quería que Pep comprendiera que se trataba de ambición, y no de egoísmo. Leo es tan exigente consigo mismo… Quiere jugar todos los partidos, ganar todos los títulos, hasta tal punto que transmite ese sentimiento a los demás y se convierte en una fuerza arrolladora para el conjunto», revela Manel Estiarte, el Messi del waterpolo en su día, y un hombre al que su amigo Pep había llevado al club como encargado de Relaciones Externas del FC Barcelona. Leo siempre quería el balón, empezar la jugada, acabarla, intentar superar defensas, rematar. Aquí, dámela, ya puedo yo con todos, te asisto, devuélvemela, remate, remate, remate…

«Es como un demonio dentro de ti que no sabes que tienes, y no puedes controlarlo. Quieres participar, superar obstáculos, y otro, y otro. Y volver a intentarlo. Eso es lo que ha hecho que se convierta en el mejor jugador de todos los tiempos. Y yo intentaba explicárselo a Pep.»

El entrenador debe tomar decisiones todos los días, a todas horas, todo pasa por sus manos. Eso genera una falsa sensación de poder, porque te das cuenta de que, al final, son los jugadores quienes salen al campo, los que tienen que aplicar tus propuestas, soluciones, sugerencias. El fútbol es de los futbolistas. La idea que quería implantar Pep y el talento y la ambición de Messi tenían que confluir en algún punto.

Las palabras de Estiarte le hicieron reflexionar. En el fondo, Pep nunca había olvidado la lección que había aprendido aquel día que se quedó sin el autógrafo de Michel Platini.

Al héroe de la infancia de Guardiola le habían permitido quedarse en el vestuario mientras el resto de sus compañeros de equipo realizaban la

sesión de calentamiento. Eso confirmaba que la mayor mentira en el fútbol es que todos los jugadores son tratados por igual. Más tarde, cuando Pep era un adolescente, Julio Velasco, el famoso entrenador de voleibol, le enseñó que tu mejor jugador podía ser a menudo tu mayor logro y, a la vez, tu carga más pesada: «Has de saber cómo seducirlo, engatusarlo para que ofrezca lo mejor de él, porque en nuestro trabajo, estamos en un nivel superior a ellos, pero también estamos en un nivel inferior porque dependemos de ellos», le explicó a Pep.

Guardiola comprendía lo que tenía que hacer: era consciente de que debía querer a todos sus jugadores por igual, pero no iba a tratarlos a todos del mismo modo.

Johan Cruyff había albergado una única duda acerca de Guardiola: «Como catalán, ¿sería capaz de tomar decisiones?». El holandés considera que Cataluña es una nación a la que a menudo le falta iniciativa. «¿Podría Pep hacer lo que se debía hacer en cada momento, costara lo que costara?» Todos los equipos del mundo, piensa Cruyff, tienen a su propio Messi (en otras palabras, un jugador estrella, aunque, evidentemente, no de su nivel), pero no todos los entrenadores saben cómo obtener lo mejor de ellos.

Guardiola dio más o menos respuesta a las preocupaciones de Cruyff desde el primer día al frente de la plantilla, en la rueda de prensa inaugural, cuando anunció que Messi sería liberado de la sombra de Ronaldinho. El argentino se iba a convertir en el eje del equipo no tanto por su liderazgo o acciones, sino por defecto, por lo bueno que era, y Pep se iba a asegurar de que nada estorbara el desarrollo de esa idea.

Aunque tuvo que quedarse con Eto’o durante una temporada más de lo que había pensado inicialmente, Ronaldinho y Deco fueron traspasados, aclarando el camino de Messi. De las estrellas que quedaban, Pep hizo que Henry jugara de extremo, a pesar de que el francés quería ser el delantero centro. Solo había un balón, y este pertenecía a Messi.

Guardiola sabía que sería imposible para cualquiera intentar competir con su estrella; nunca había visto a nadie con el potencial de Messi. Desde el principio, Guardiola reconoció que, si bien era cierto que su plantilla contenía un gran talento que se estaba convirtiendo a gran velocidad en un excepcional equipo de fútbol, Lionel iba a conseguir llevar al grupo a otro nivel. Al hacer que un solo jugador se convirtiera en el eje de un equipo tan marcadamente coral, Pep les estaba pidiendo a los demás que accedieran a algo que solo podía ser aceptado por aquellos que habían vivido y crecido junto a Messi y que sabían, mejor que nadie, que no se trataba del simple capricho de un entrenador fascinado por una estrella. Era una decisión basada en el convencimiento de que, sin lugar a dudas, tenían entre manos a alguien muy especial.

Así que Pep dio otro paso para atraer a Messi, para convencerle de que estaba en el equipo ideal para sus características: poco a poco el argentino gobernaría el equipo sobre el campo con su juego, pero el peso del liderazgo en otras áreas no recaería sobre sus espaldas. Con solo veintiún años, tanta responsabilidad sería excesiva. Así que la capitanía sería compartida entre el núcleo de los jugadores de la cantera. Con ello, Pep mandaba un mensaje: no solo daría a los futbolistas de la casa la posibilidad de progresar hasta el primer equipo, sino que además les ofrecería la oportunidad de convertirse en capitanes, modelos de conducta, los mayores y más legítimos representantes del Barcelona. Este compromiso lo compartirían Puyol, a veces Xavi, Valdés e incluso Iniesta. Ellos comandarían el barco. Messi sería, como se dice en inglés, el viento en sus velas.

La decisión contrastaba llamativamente con la posición de Messi en la selección argentina. Allí, no solo se esperaba que liderara el camino y tomara decisiones en el campo, sino que además fuera el capitán del equipo. El brazalete imponía una carga sobre Messi, pese a que él solo quería que le dejaran libre sobre el césped, pendiente de lo suyo, sin tener

que pelearse con el árbitro en defensa de sus compañeros de equipo, ni tampoco ser un modelo de conducta para nadie, ni tener que dar charlas inspiradoras.

Tras reflexionar sobre ello, Pep había empezado a comprender qué era lo que Messi necesitaba, y estaba convencido de que el jugador acabaría por aceptar todo lo que le pidiera y, si no, continuaría conquistándole hasta que lo hiciese. Un conflicto entre la federación argentina y el club catalán le permitió saltarse fases para finalmente conseguir la complicidad absoluta de Messi. Pero para ello, Pep, recién llegado al club, tuvo que poner todo su peso contra una decisión de su presidente, hacer cambiar de idea a la institución. Cruyff estaría orgulloso de Pep, continuaba tomando decisiones.

En Escocia, en los primeros días de la pretemporada, Pep sabía que algo no iba bien y que se necesitaba su intervención: tuvo dos confrontaciones públicas con Messi.

En la primera, el argentino reaccionó con enfado ante una entrada de Rafa Márquez. Los jugadores se encararon y Pep tuvo que separarles. El técnico le llevó a un aparte, pero Messi parecía incómodo con la escena. El argentino clavó la vista en el suelo y escuchó resignado lo que le decía el entrenador.

Dos días más tarde se repitió una escena similar. Guardiola se acercó a Messi para pedirle que le explicara su fría actitud durante el entreno, que si tenía algún problema, lo mejor era decirlo a la cara. Pep sabía exactamente qué pasaba: Messi estaba enojado porque quería ir a los Juegos Olímpicos de Pekín con Argentina y el Barcelona se negaba a dejarlo marchar por la coincidencia de las fechas con la primera fase de clasificación de la Liga de Campeones contra el Wisla de Cracovia. El asunto ya se había llevado hasta un tribunal deportivo, donde se estableció que el club tenía el derecho a no dejarle marchar con la selección a pesar de las exigencias de la FIFA en sentido contrario.