• No results found

Eye movement detection using the derivative-based method

No eran buenos tiempos para la lírica, como diría el cantante.

De hecho, los catalanes habían recibido excesivos castigos por su sentimiento de pertenencia, y los culés se sentían apartados del paraíso. El debate sobre el Estatut, que exigía más independencia del Gobierno central, exponía de nuevo la falta de entusiasmo que el resto del país mostraba por comprender la necesidad catalana de diferenciarse del resto de España. El Barça de Rijkaard había venido sufriendo una irrefrenable decadencia; en el vestuario faltaban disciplina y espíritu de equipo. La estrella del conjunto, Ronaldinho, había perdido su estatus de jugador más fascinante del planeta. El presidente, Joan Laporta, que tuvo que enfrentarse a una moción de censura, solo había sobrevivido pese a la crítica mayoritaria. La autoestima catalana estaba en el nivel más bajo de las últimas décadas.

Justo en ese momento de incertidumbre, Guardiola fue nombrado entrenador del primer equipo del FC Barcelona.

Pep carecía del apoyo total de la afición azulgrana. Algunos de los que le habían respaldado presentían que el estatus del nuevo entrenador serviría, por lo menos, para que las victorias fueran más dulces y las derrotas, más fáciles de digerir. Después de todo, nunca antes un recogepelotas del Camp Nou había llegado tan lejos, pasando por todas las categorías del club hasta convertirse en capitán del primer equipo, y finalmente regresar al club como entrenador. Pep comprendía perfectamente la mentalidad culé y conocía el modelo de enseñanza de La Masía. Además de ser un símbolo del club y un hijo de la escuela del pensamiento de Cruyff, representaba una forma de entender el fútbol como un proceso educativo. En muchos aspectos, era la elección perfecta. El día de su presentación oficial como entrenador del Barça, Guardiola dejó muy claro que sabía lo que tenía que hacer cuando, bajo la

atenta mirada de sus padres, describió su proyecto.

Sin embargo, muchos espectadores del cambio de testigo —incluso algunos de los que lo apoyaban— se preguntaban si, después de solo doce meses a cargo del filial, su limitada experiencia no supondría una preparación insuficiente para la colosal labor que tenía por delante. Muchos sospechaban que su nombramiento por parte de Laporta era, básicamente, un subterfugio para fomentar la popularidad del presidente y un intento de explotar al hijo pródigo del club como escudo contra las crecientes críticas de su gestión al frente de la institución. También hubo quien cuestionó si Pep, por más que lo adoraran como jugador, era simplemente demasiado frágil, demasiado sensible y carente de la requerida fuerza de carácter para el cargo. Al fin y al cabo, el vestuario, decían muchos, demandaba un sargento.

Pep era consciente de todas esas dudas, pero nunca pidió un período de luna de miel, ni paciencia, ni un tiempo de prueba, ni permiso para cometer errores; para él era evidente que tenía que ponerse las pilas desde el primer día y arrancar con un inicio victorioso. Guardiola conocía tan bien como nadie las expectativas inherentes a los grandes clubes de fútbol, donde ganar es una obligación, y la derrota siempre es culpa del entrenador.

«Siento que no les fallaré. Siento que estoy preparado —anunció Pep —. Si no sintiese que estoy preparado, no estaría sentado ante ustedes. Será muy duro, pero créanme que persistiré hasta el final. El equipo correrá; la gente estará orgullosa, porque verá que los jugadores lo dan todo en el campo. Perdonaré que fallen, pero no que no se esfuercen. El líder soy yo, y si los jugadores me siguen, que lo harán, seguro que lo conseguiremos.»

«Sé que tenemos que empezar a trabajar rápida e intensamente. Todo aquel que quiera unirse a nosotros desde el principio será bienvenido. Y al resto, nos los ganaremos en el futuro.»

Tito Vilanova iba a ser su mano derecha: «Al principio de la temporada me dijo —no como consejo, porque él no es de esa clase de personas a las que les gusta dar consejos— que deberíamos hacer lo que creíamos que debíamos hacer. Tenemos que aplicar nuestras propias ideas, nos decíamos; ya veremos si ganamos o perdemos, pero lo haremos a nuestra manera».

Hace una década, Guardiola escribió: «No hay ningún entrenador, ni ningún jugador que puedan garantizar el éxito al inicio de una temporada. Tampoco existen fórmulas mágicas. Si existieran, el fútbol sería tan fácil como ir a la “tienda de soluciones” para adquirir la necesaria. Y en nuestra casa, dado que es un club poderoso, estaríamos dispuestos a pagar cualquier precio para que el Barça fuera invencible. Pero obviamente, eso no es posible; cada club busca la forma de alcanzar sus objetivos iniciales, y bastaría con aplicar una dosis de sentido común. Por consiguiente, se trata de saber qué es lo que uno quiere y qué clase de jugadores necesita para alcanzar el objetivo. Puesto que el Barça es un equipo tan importante, está en la posición de tener ambas cosas: puede elegir su forma de juego y la clase de jugadores que quiere».

Para empezar, esto significaba dos cosas relevantes: continuar y persistir con el modelo de juego y prescindir de Ronaldinho, Deco y Eto’o.

Los aficionados de sofá probablemente pensarán que dirigir un equipo de superestrellas, con los mejores jugadores del mundo a tu disposición, es una labor tan simple como elegir los grandes nombres en un videojuego. Pero gobernar egos y personalidades en un vestuario como el del Camp Nou, bajo la atenta mirada de los medios de comunicación del mundo entero, cargando con la expectación de una nación entera sobre los hombros, ha de resultar abrumador para un hombre de treinta y siete años que acababa de llegar a la Primera División y que estaba a punto de segar los vínculos con tres de los mejores futbolistas que habían jugado en el

club en los últimos tiempos.

«Estamos pensando en una plantilla sin ellos», anunció Pep durante su presentación, flanqueado por el presidente del club, Joan Laporta, y el director deportivo, Txiki Begiristain. «Eso es lo que creo después de haber analizado sus pautas de comportamiento durante el tiempo que han estado en el equipo, así como otras cuestiones menos tangibles. Es por el bien del equipo. Si después se quedan, haré lo imposible para que estén a la altura que se espera de ellos.»

Aquello fue una revelación. El nuevo enfoque a partir del sentido común de Pep, sus dotes de comunicador y el sentimiento de autenticidad que destilaban sus palabras, fue el tónico que necesitaba un club que había, nuevamente, demostrado su habilidad para pulsar el botón de autodestrucción cuando todo parecía ir tan bien. La rueda de prensa de Pep Guardiola transmitió un mensaje de estabilidad, integridad, compromiso y responsabilidad. Al final, Pep se ganó a la mayoría de los que dudaban de él con una maniobra inteligente, unas pocas palabras bien elegidas, y una única y osada misión.

Txiki Begiristain se mostró de acuerdo con Guardiola y la decisión se pactó con Rijkaard. Desde el momento en el que fue elegido para reemplazar al entrenador holandés, Pep se esforzó por conocer a fondo todos los movimientos de la plantilla. El verano anterior, por ejemplo, Ronnie había contado con una última oportunidad que el jugador había desperdiciado. La decisión de prescindir de Ronaldinho estaba tomada, ahora Pep tenía que comunicárselo al brasileño cara a cara.

Cuando Guardiola y Ronaldinho se reunieron, la conversación fue breve y clara. Guardiola le dijo que no había sido una decisión fácil, pues todavía creía que, bajo esa apariencia de exfutbolista regordete, había un extraordinario jugador. No obstante, también pensaba que su recuperación era inviable en el Barça, y que tendría que volver a ponerse en forma en otro club. Ronaldinho no ofreció resistencia y aceptó la

sugerencia de Pep.

Al cabo de unas semanas, el futbolista fue transferido al AC Milan por 21 millones de euros, cuando el Barça había rechazado ofertas de 70 millones de euros la temporada anterior. En esa misma época, Deco fue traspasado al Chelsea por 10 millones de euros, a pesar de que José Mourinho, que lo había entrenado en el Porto, quería ficharlo para el Inter de Milán.

Pep poseía una genuina fe en sí mismo en cuanto a su capacidad de transmitir sus intenciones a la plantilla. El Barça había terminado la Liga dieciocho puntos por detrás del Madrid en la temporada anterior, y en momentos tan delicados como aquel, lo normal era que cualquier deportista necesitara que alguien le mostrara el camino, que le indicara cómo corregir los errores. Limpió la plantilla de jugadores no comprometidos o que se hubieran olvidado de los valores fundamentales del club: priorizar el buen fútbol y el esfuerzo por encima del talento individual. Antes de iniciar la pretemporada, Pep recibió mensajes de apoyo de jugadores clave en el equipo por demostrar tanta valentía; los líderes de la plantilla abrían sin vacilar la puerta del vestuario al nuevo entrenador.

Iniesta, por ejemplo, se moría de ganas de empezar a entrenar con su héroe de todos los tiempos.

«Cuando tenía catorce años, participé en una competición organizada por Nike, que ganamos, y Pep me entregó el trofeo. Su hermano le había hablado de mí, y cuando me dio el trofeo me dijo: “Felicidades. Espero verte en el primer equipo, ¡pero espera hasta que yo me haya retirado!”. Era mi ídolo, un ejemplo. Él representa los valores y sentimientos del Barça: juego de ataque, respeto hacia los compañeros de equipo, respeto hacia la afición. ¡Y ahora iba a ser mi entrenador!

»Recuerdo cuando nos saludó el primer día en el vestuario. Me estrechó la mano, y fue algo realmente especial, porque para mí era un

referente. Me quedé sorprendido por la confianza que tenía y que transmitía, con la convicción de que todo saldría bien; tenía mucha fe.»

La admiración era mutua. Pep a menudo recuerda una conversación que mantuvo con Xavi, mientras ambos miraban cómo jugaba Iniesta cuando este subió al primer equipo.

«Mira ese chico. ¡Nos obligará a los dos a retirarnos!»

Durante el primer verano de Pep a cargo del conjunto azulgrana, el Barça fichó a Dani Alves, Cáceres, Piqué, Keita y Hleb; una inyección de sangre nueva para el equipo.

Con la marcha de Deco y Ronaldinho, la situación de Eto’o dio un giro significativo. Al ver que sus dos principales antagonistas habían abandonado el club, Eto’o rechazó todas las ofertas y se comprometió a acatar las órdenes del nuevo entrenador. Sin la oposición de los brasileños, vio su gran oportunidad de convertirse en el abanderado del equipo, de ser el líder. Eto’o siempre había pensado que no recibía el debido reconocimiento, ni el crédito que merecía, y una de sus obsesiones era librarse de la sombra de Ronaldinho para ocupar el eje del equipo, dentro y fuera del terreno de juego.

El delantero ejerció mucha influencia sobre Abidal, Henry y Touré, quienes poseían el potencial necesario para ayudarlo a prosperar, y desempeñar por fin el papel de líder que tanto ansiaba, en un momento en el que Messi aún estaba en fase de desarrollo. En el vestuario ya se sabía que había algunas características de su fuerte personalidad que tendrían que ser toleradas —de hecho, se trataba de las mismas particularidades que habían convencido a Guardiola de prescindir de él—, pero Eto’o había recibido una oportunidad de oro, y la pretemporada determinaría su futuro.

Suena extraño hablar de los tiempos en los que Messi todavía tenía que consolidarse como el principal jugador en el equipo, pero en esa época, y a pesar de su evidente talento, se consideró que era demasiado

pronto para ceder la batuta de la responsabilidad de Ronaldinho a un jugador de veintiún años, pequeño, callado, apodado «la Pulga». Tal y como Pep dijo en su presentación: «No podemos permitir que Messi cargue con el peso del equipo, no creo que sea bueno ni para él ni para el club». De nuevo, un paso determinante: no tomar decisiones es a veces la mejor de las decisiones.

Con la marcha de Deco y Ronaldinho, Guardiola quería repartir el mayor peso de la responsabilidad entre quienes habían ido subiendo, paso a paso, los escalones desde la cantera, aquellos que se habían convertido en los portadores más claros de los valores de la institución: Puyol, Xavi, Iniesta, principalmente; Messi ocuparía un lugar secundario fuera del campo, y se reconocería su valor dentro del mismo, pero arropado por los otros tres. Alejado del clan brasileño, Messi iba a ser promovido como eje del equipo, pero sin prisas. Su perfil modesto, pero profundamente convencido de sus posibilidades, encajaba perfectamente en el nuevo proyecto.

Al ceder el poder y la capitanía a los jugadores de la cantera, Pep había dirigido desde el sentido común una transición perfecta incluso antes de que hubiera empezado la pretemporada —y había enviado una clara señal de sus intenciones, marcando el camino para los próximos años—. También consiguió algo esencial que hacía mucho tiempo que no se veía en el Barça: el club estaba ahora en manos de aquellos que comprendían y sentían verdaderamente los colores de la institución. Y también significaba, que Guardiola estaba dando un fuerte impulso, un voto de confianza, a los canteranos y a la labor de la academia. Había entrenado e incluso jugado con muchos de ellos, y era amigo de otros. Ahora tendrían que compensar la confianza y fe que Pep había depositado en ellos con su buen juego, su esfuerzo y su compromiso.

Johan Cruyff fue uno de los primeros en respaldar los procedimientos del nuevo entrenador: «Guardiola conoce el ADN culé; hay que tener

veinte ojos para controlar todos los aspectos. Guardiola puede hacerlo porque ha pasado por ellos. Sé que es capaz de hacerlo porque ha tenido que asumir una gran cantidad de decisiones en muy poco tiempo». Y estaba acertando. Un inicio esperanzador.

Cuando Pep era capitán del Barça bajo las órdenes de Louis Van Gaal, explicó: «Siempre hay que respetar las directrices que marcan los entrenadores, pero para un equipo es fantástico que un jugador pueda implicarse y adoptar un papel en el campo». Van Gaal nunca concedió a los jugadores libertad para tomar la iniciativa, y a la vez era incapaz de rectificar sobre la marcha los errores que se cometían. Guardiola creía que otorgar un mayor grado de responsabilidad a los futbolistas y confiar en su intuición podría ayudar a resolver gran parte de sus problemas. Como entrenador, Pep se mantuvo fiel a su idea y se mostró decidido a dejar que sus pupilos tomaran la iniciativa cuando fuera necesario.

Pep subió a Pedro al primer equipo, otra muestra de sus intenciones. Lo necesitaba por su estilo de juego, un extremo que abría el campo y corría al espacio, y que además comprendía la necesidad de entregarse cada minuto de los partidos o de los entrenamientos. Los padres de Pedro, tal como Pep suele recordar a menudo, tenían una gasolinera en Tenerife y apenas podían ver jugar a su hijo porque en la estación de servicio no había televisor. A principios de verano, Pedro se estaba preparando para irse cedido al Racing Club Portuense, pero un jugador como él, con los pies firmemente en el suelo, generoso en el esfuerzo y con una velocidad que no tenía el equipo, encajaba perfectamente con la visión de Pep.

Pedro subió con Sergio Busquets, otro jugador que la temporada anterior en el filial había demostrado que tenía talento, enfoque y una comprensión fundamental de su función como mediocentro. Tampoco exhibía un corte de pelo ridículo, ni tatuajes, siempre un plus para Pep, quien creía que, tarde o temprano, Busi llegaría a demostrar que tenía el carácter necesario para seguir los pasos de Xavi y de Puyol como capitán

del equipo.

Busquets y Pedro fueron los primeros de un total de veintidós jugadores promovidos desde el fútbol base al primer equipo durante los cuatro años en los que Guardiola estuvo al timón. En cuestión de pocas semanas, ambos pasaron de jugar en Tercera División a la Liga de Campeones y, dos años después, a ganar la Copa del Mundo.

La plantilla estaba completa, y el equilibrio restablecido en términos de autoridad y credibilidad. Sin embargo, se daba un interesante contraste en cuestión de salarios.

Guardiola ganaba un millón de euros al año brutos más bonos, nueve millones menos que Eto’o y siete menos que Messi. No era un asunto que le preocupara. Solamente con los éxitos deberían llegar los premios, una idea muy de Cruyff, que exigía al club contratos estrechamente relacionados con el buen hacer del equipo, una novedad en aquella época.

Finalmente, llegó: primer día de la pretemporada. «Las vacaciones realmente parecían interminables, me moría de ganas de reunirme con el equipo.» Lo dice Xavi, pero podría haberlo firmado el resto de la plantilla.

Habían pasado dos años sin títulos. Era necesario un cambio. Había que tomar decisiones importantes. Pero, en primer lugar, Pep tenía que poner al equipo de su parte. Aún estaba pendiente un encuentro cara a cara con la plantilla al completo.

La reunión tuvo lugar el primer día de entrenamiento en Saint Andrews, Escocia, en una de las salas de conferencias del hotel donde se concentró la plantilla en aquella primera semana de la pretemporada. Lo que siguió le sirvió a Pep para conquistar su espacio y al grupo, para trasladarles su filosofía y sentar las bases de lo que iba a ocurrir.

De camino a la sala, Pep se sentía inquieto: «Sé tú mismo, sé tú mismo». Tenía la impresión de que ya había pasado por una experiencia similar como mínimo una vez, con el equipo filial. Aunque las caras

fueran diferentes y hubiera nuevos objetivos, las ideas que iba a exponer eran prácticamente las mismas. Y, sin embargo, tenía la misma sensación de nervios culebreándole en el estómago.

La plantilla llenó la sala con los asientos dispuestos hacia el frente, como en una clase, con poco espacio de sobra. El personal médico, los ayudantes, la prensa, todos los que habían viajado hasta Escocia, fueron invitados a oír lo que Pep tenía que decir.

En la siguiente media hora, Guardiola fue desgranando su mensaje, cautivándoles, escogiendo los gestos y las palabras, el ritmo de la exposición, mirándoles a los ojos, ofreciendo pasión, compromiso. Iba hipnotizándolos, explicando conceptos, requerimientos y expectativas, exigiendo responsabilidades. Creando, sin llamarlo así, espíritu de grupo.

Los jugadores permanecían sentados en silencio, escuchando a Pep mientras este se paseaba por el frente de la sala, dirigiéndose a todos, y luego a uno, y a otro, y a todos, dominando la escena.

Gracias a la cooperación de muchos de los que estuvieron allí ese día (Xavi, Iniesta, Piqué, Tito, Henry, Eto’o, Messi, el fisioterapeuta Emili Ricart, y los responsables de prensa del primer equipo, Chemi Terés y Sergi Nogueras entre otros) se puede reconstruir la charla de Pep, aquel momento tan decisivo:

Señores, buenos días. Pueden imaginar la gran motivación que