El terrorismo recorre el mundo como un fantasma que inspira un miedo generalizado. En ciudades como Río de Janeiro se tiene la impresión de que algunos días el terrorismo se ha adueñado de la ciudad. Los traficantes se apoderan de barrios enteros, imponiendo sus órdenes y colocando señales inequívocas de su poder. Sus jefes alegan que actúan para vengarse del terror policial a comunidades pobres y de la corrupción generalizada de la política.
He aquí algunos síntomas del miedo generalizado: un árabe, en Nueva York, pide una información a un policía. y éste lo detiene pensando que se trata de un terrorista. Después se comprueba que es un simple ciudadano inocente. Un avión sale de Houston en
dirección a Dallas. Algunos pasajeros se imaginan que hay hombres armados a bordo. Es suficiente para accionar la alarma y para que aviones de guerra F-16 escolten al avión. Con frecuencia el gobierno alarma a la nación, anunciando la inminencia de atentados y
alimentando la paranoia ya generalizada.
Esta fenomenología muestra la singularidad del terrorismo: la ocupación de las mentes. En las guerras y en las guerrillas se
necesita ocupar el espacio fisico para triunfar realmente. En el terror no es así. Basta con ocupar las mentes, activar el imaginario,
internalizar el miedo.
Los estadounidenses ocuparon fisicamente el Afganistán de los talibanes. Pero los talibanes ocuparon psicológicamente las mentes de los estadounidenses. Convirtieron a los Estados Unidos en una nación ocupada por el miedo, desde el Gobierno hasta el último
ciudadano. ¿Quién venció? Ciertamente, quien mantiene al otro como rehén de su estrategia. Vence, por tanto, quien domina las mentes y no quien simplemente conquista el espacio. Por desgracia, la profecía que hizo Osama Bm Laden el 8 de octubre de 2002 se ha cumplido: «Los Estados Unidos nunca volverán a tener seguridad, nunca volverán a tener paz».
¿Cómo desmontar este mecanismo hoy globalizado? Aquí no disponemos de espacio para exponer las estrategias usadas hoy por los gobiernos y los órganos de seguridad. Lo que a nosotros nos importa es captar la naturaleza del terror y su eficacia. No
necesitamos leer a Albert Camus ni al teórico del terror, el francés Georges Sorel (1847- 1922), para saber cómo funciona. Basta con observar el fenómeno actual.
El terrorismo sigue la siguiente estrategia: 1) los actos terroristas tienen que ser espectaculares; de lo contrario, no causan una
conmoción generalizada; 2) los actos, a pesar de ser odiados, tienen que provocar admiración por la sagacidad empleada; 3) los actos tienen que sugerir que han sido minuciosamente preparados; 4) los actos tienen que ser imprevistos, para dar la impresión de que son incontrolables; 5) los actos tienen que quedar en el anonimato de los autores porque, cuanto más sospechosos sean, mayor será el miedo; 6) los actos tienen que alimentar el miedo durante el mayor tiempo posible; 7) los actos tienen que deformar, en los ciudadanos comunes y en los órganos de seguridad, la percepción de la realidad: cualquier cosa diferente puede representar un acto de terror posible. Así, por ejemplo, basta con ver a un árabe para que aparezca el fantasma del terrorista, o a un chabolista bien vestido para proyectar en él la figura de un traficante potencial y peligroso.
Tratemos de dar una definición: el terrorismo es toda violencia espectacular practicada con el propósito de ocupar las mentes con el
miedo y el pavor. Lo importante no es la violencia en sí, sino su carácter espectacular, capaz de dominar las mentes de todos.
Por lo general, recurren al terror grupos minoritarios, marginados u oprimidos que rechazan el camino político como medio para la solución de sus problemas. Usa también el terror el crimen
organizado, como el tráfico de drogas o de armas, para enfrentarse al sistema de control y represión y como forma de desviar la atención. Usa el recurso al terror también el Estado que no tiene legitimidad y necesita el terror para imponerse, como sucedió a partir de la década de 1960 en América Latina. Hoy existe el terrorismo de Estado como estrategia de los países ricos para combatir el terrorismo internacional. Así, el gobierno de los Estados Unidos, gravemente alcanzado por actos de terror, utiliza métodos que son verdaderos actos terroristas, como prisiones de sospechosos sin comunicación alguna con sus familias, sin derecho a una defensa jurídica y, eventualmente, sometidos a tribunales con el poder de condenar a muerte sin ninguna salvaguarda jurídica para el sospechoso.
Desde 1960 se han perpetrado en el mundo 137 actos terroristas de gran repercusión. Tal vez el terrorismo sea la guerra posible en el mundo globalizado, la única capaz de ser llevada a efecto y, eventualmente, ganada por los débiles y periféricos, los que se rebelan porque se sienten ofendidos en su cultura y su religión. ¿Cómo desmontar esta máquina de miedo y de destrucción? Todos tenemos que afrontar esta cuestión, que remite a algo más profundo que la simple política de control y represión y exige un nuevo paradigma de relaciones sociales que imposibiliten el recurso al terrorismo o le priven de sentido. Y aquí nos encontramos con un nuevo ethos de socialidad, cuyos ejes serán el cuidado generalizado, la responsabilización colectiva por el bien común, la participación, la solidaridad y la compasión, objetos de reflexión de nuestro texto.