Chapter 1: Background, Rationale, Aims, Conceptual Framework for PhD
2. Chapter 2: Literature Review
2.4 Determinants of Perinatal Depression
2.4.2 Determinants of Postnatal Depression
LA EDUCACIÓN DEL PRÍNCIPE. — La historiografía nos ha conservado
muy escasas noticias sobre la vida íntima de don Fernando en sus años mozos. Tampoco los eruditos modernos se han mostrado más activos en unas investigaciones que han debido considerar ociosas. En realidad, nada es insignificante cuando tratamos de rehacer la personalidad de tan alta figura histórica.
Lucio Marineo salvó la dificultad que representaba esta parte de la vida de su biografiado con un brevísimo párrafo, que luego ha sido repro- ducido por cuantos se han ocupado de don Fernando:
Siendo de edad de siete años —escribe154— en la qual convenía apren-
der letras, dió señales de excelente ingenio y de gran memoria. Mas la mal- dad de los tiempos e invidia de la fortuna cruel impidieron el gran ingenio del príncipe, que era aparejado para las letras, y lo apartaron de las buenas artes. Porque començando a enseñarle a leer y escribir (como en España se acostumbra) y entrando ya en Gramática, moviósse la gue rra que don Carlos
152 Ibid., 3482, 79 y 82 v.º (ut supra, Doc. 3 y 4). 153 Ibid., 82 v.º.
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(mal persuadido por algunos) hizo cruelmente contra su padre. Y assí fué quitado de las letras y de su estudio y aun no avien do diez años començó a tratar las armas y officio militar, y por su poca edad y por no tener título de dignidad tenía poca autoridad. Por lo qual hízole su padre duque de Montblanque, porque gozasse de alguna honra y fuesse acatado de todos. Y criado assí entre cavalleros y hombres de guerra, siendo ya grande y no pudiendo darse a las letras, caresció dellas. Mas ayudándole las grandes fuerzas de su ingenio y la conversación que tuvo de hombres sabios, assí salió prudente y sabio, como si fuera ense ñado de muy doctos maestros.
Hemos citado estas palabras para demostrar lo mal informado que estaba Marineo sobre la juventud de don Fernando. Los errores his tóricos de ese texto son tan numerosos, que uno está tentado de ne garle cualquier autenticidad. Sin embargo, podemos recoger de él dos afirmaciones: la pri- mera, laudatoria, y por tanto suspecta, sobre el in genio y predisposición del príncipe al estudio; la segunda, que don Fer nando no pudo entregarse al cultivo del latín155. No hemos de negar valor al testimonio de ese humanis-
ta; pero también hemos de darle su verdadero significado: para Sículo el monarca no podía tratar con fun damento sobre las letras clásicas y los escritores y héroes de la Anti güedad por carecer de conocimientos profun- dos sobre unas y otros. De esto a afirmar una incultura fundamental como han hecho determinados historiadores, media un abismo.
El complicado rasgueo de la pluma del príncipe demuestra, al pa recer, que don Fernando no dedicó muchas horas a las prácticas cali gráficas. Desde luego, no era un pendolista, como solían serlo los humanistas y los hombres de Iglesia. Pero su escritura no es ni mejor ni peor que la de tan- tos otros ilustres contemporáneos del estado laico, incluyendo entre ellos a su futura esposa, doña Isabel. Tampoco aquí cabe hallar un argumento positivo que nos induzca a tomar partido sobre los resultados de la ense- ñanza que recibió don Fernando.
Cabe, pues, hacer tabla rasa de lo que se ha dicho y buscar por otros conductos las noticias pertinentes. Establezcamos un hecho fun damental: contrariamente a lo practicado entre los Trastámaras caste llanos, quienes
155 GIMÉNEZSOLER, Fernando el Católico, 22, ha señalado exactamente el valor de las palabras de
69 confiaban la educación de sus hijos a personas alejadas de la corte, aunque fueran miembros de la familia real, Juan II aceptó la costumbre aragonesa de criarlos en el mismo seno de esta última156. Esto explica que don
Fernando soliera acompañar a su padre en los continuos desplazamientos a que le obligaba su dignidad virreinal, pri mero, y real, después. En conse- cuencia, la educación de don Fernando estaba concebida en un plan viaje- ro, independientemente de los sobre saltos de la política e incluso de la guerra. En otros términos, hasta los diez años de edad, con motivo del asal- to de las tropas del conde de Pallars a la fortaleza de Gerona, nadie ni nada interrumpieron los posibles estudios del príncipe.
Escribimos posibles porque no consta documentalmente que los aprendiera de modo sistemático. Aquí suele aludirse a Francesc Vidal de Noya, el famoso humanista que vertió por vez primera al caste llano a Salustio. Confesamos que no hemos sabido dar con él entre 1451 y 1462. Si en este último año hubiese ejercido el cargo de pro fesor cerca del prín- cipe, no habría dejado de figurar en la lista de los que le acompañaron durante la tremenda prueba del asedio de la Força gerundense. Allí se encontraban, según veremos, su mayordomo, su médico y su farmacéutico. El hecho de que ninguna fuente cita a Vidal, hace presumir que por aquel entonces aún no había asumido éste la dirección de los estudios latinos de don Fernando157.
El resultado negativo de esta indagación choca con el desarrollado espíritu cultural que, por aquel entonces, existía en Cataluña, Valencia y Aragón. No hemos de referirnos a trabajos especializados para con firmar nuestro aserto; bastará aludir al último trabajo de Jordi Rubió, el eminente historiador del humanismo catalán, para cubrir tal afirma ción158. En un
ambiente salpicado continuamente por las novedades italianas, es legítimo sospechar que se preocupara de dar al hijo de los monarcas una instrucción conforme a las exigencias del tiempo. Exis ten buenas pruebas de ello, pero para la época juvenil de don Fernan do, o sea para el período comprendido
156 En 1478, con motivo del nacimiento del príncipe Juan, su abuelo advirtió a don Fernando
que no cayera en la costumbre de Castilla. (ZURITA, Anales, IV, 295 v.º-296).
157 Véanse, para más detalles, las páginas finales de este tomo, relativas a la subsiguiente educa-
ción de don Fernando.
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entre los diez y los dieciséis años. A ellas aludiremos en el momento oportu- no. Por ahora, cerraremos es tas líneas con un comentario sobre la atmósfera palatina que pudo con tribuir a definir los gustos del futuro Rey Católico.
Los autores se muestran reacios a admitir gustos intelectuales en la fuerte personalidad de Juan II y tampoco abundan los que elogian a su segunda esposa por este motivo. Se satisfacen contraponiendo las inclina- ciones del Magnánimo a las de su hermano: ambos representa rían el revés de la medalla. No estamos absolutamente de acuerdo sobre este particular, aunque, desde luego, no podamos considerar a Juan II como un espíritu refinado en el aprecio de las letras y las artes. La pérdida de gran parte de la documentación de su reinado —especial mente las interesantísimas series del Real Patrimonio y Tesorería— sólo nos permite enfocar un ángulo de su actuación, sin duda el más considerable: el rey político, diplomático y mili- tar. Ignoramos qué sor presas nos habrían reservado dichos registros. Sin duda serían consi derables si tenemos en cuenta los escasos datos apareci- dos en nuestras investigaciones de la documentación siciliana.
Por uno de ellos nos enteramos de que Juan II estaba al corriente de la actividad literaria de sus súbditos. El 4 de agosto de 1459, hallán dose en Segorbe, escribió al erudito siciliano Lemmo Barquieri rogán dole le remi- tiera el libro que acababa de redactar, pues su obra le in teresaba en gran manera159. Poco después, en enero de 1460, ordenaba a los maestros racio-
nales de aquella isla que le tuvieran al corriente de lo acaecido en el hallaz- go de monedas antiguas, las cuales habían sido traídas a Barcelona, no sin que por el camino algunas fueran a parar en poder del príncipe de Viana160.
En mayo de 1462, a punto de estallar el conflicto con Cataluña y con la gra- ve amenaza que la Ge neralidad hacía pesar sobre las cabezas de su esposa e hijo, sitiados en Gerona, aún tenía tiempo para disponer que se retuvieran en poder de la corte siciliana unos libros que figuraban en la restitución de bie nes que Juan de Liria debía efectuar a un tal Simonetto de Séptimo161.
La lista de estos libros es muy interesante. En ella figuran: una Cró nica de
159 ACA AR, 3482, 202.
160 ACA AR, 3482, 23. El documento lleva fecha 1461, pero a todas luces se trata de un error de
copia.
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Spanya, en castellano; varios libros de Séneca, unos citados con atribución
de autor (De Ira, Epístolas y De Pagamento ?), y otros por su simple título (De
elementia, De justitia); las Tusculanas, de Cicerón; los Comentarios, de César;
las Epístolas, de Ovidio; el De Bello Punico, del Aretino; el De re militari, de Gessio; el De or dinatione de armata, de Pedro el Ceremonioso; una De secun-
da parte Yspanie, y, por último, De Breviatore (o quizá De «abreviatore»). Un
lote importante para cualquier biblioteca de la época.
Estas notas no autorizan a presentar a Juan II como literato, nu mismata y humanista. Pero contribuyen a matizar un aspecto desco nocido de su per- sonalidad. Por otra parte, es sabido que gustaba de la poesía, aunque los poe- tas elegidos no fueran de primer orden, sino los enfáticos Masdovelles162, y,
sobre todo, de la música. Continuando una tradición muy cara a la corte ara- gonesa, este monarca fomentó el desarrollo de la capilla palatina, según ha puesto de relieve últimamen te Mn. Higinio Anglés163. Quizá se deba a esta
inclinación el hecho de figurar en el número del primitivo y reducido séquito del infante don Fernando un tamborino, llamado Joan de Sanchomer164.
Todo ello es poca cosa. Pero sirve de precedente a la comprensión de las actividades intelectuales de la juventud del Rey Católico. Las cuales no se explicarían sin la alusión que acabamos de hacer al po sible ambiente cultural que rodeó su niñez.
LA PRIMITIVA CASA DEL INFANTE. — Propiamente no existió Casa del
príncipe don Fernando hasta su erección a la primogenitura aragonesa y a la lugartenencia catalana, o sea, hasta 1462. Sin embargo, algunos servido- res y familiares estuvieron tan allegados a su persona que vale la pena ocu- parnos de ellos desde este momento.
Es muy posible que su nodriza fuera, como afirma Moret165, María de
Leoz, esposa de Lope de Ayesa, a quienes Juan II concedió en 1455 fran-
queça y libertad de todo servicio. Sin embargo, suena también el nombre de
Juana de Torres, hermana de don Diego, personaje que desde los primeros
162 Cançoner dels Masdevelles. Ed. ARAMÓN ISERRA. 163 La música en la corte de los Reyes Católicos, I, 37.
164 Orden de 7 de octubre de 1458 disponiendo que se abonen 170 sólidos, precio de una
cabalgadura, a Sanchomer tamborino del illustre infante don Fernando (ACA AR, 3417, 38).
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tiempos hallamos a la vera del príncipe en calidad de camarero. Diego de Torres había de realizar una gran carrera po lítica, hasta alcanzar en 1486 el importante cargo de baile general de Valencia166. Su afecto hacia don
Fernando era verdadero, como lo de muestra el hecho de su desvanecimien- to cuando llegó a sus oídos la noticia del atentado cometido contra el rey en Barcelona en diciembre de 1492167. En 1460 Juan II le confió el encargo de
percibir en nombre del príncipe la modesta suma que se le asignó mensual- mente para cu brir las necesidades inmediatas de su persona168.
También es preciso referirnos a Gaspar de Espés, a quien muchos autores se complacen en citar como ayo del príncipe. La documenta ción no comprue- ba este aserto. Se sabe que Gaspar de Espés era camarero de don Fernando en 1473169y que su hermana doña Juana for maba parte del séquito de la reina
doña Juana en 1462170. En esta fecha quien desempeñaba la mayordomía de
la casa del príncipe no era Gas par, sino Guerau de Espés, mayordomo asimis- mo de la soberana171. Como más adelante veremos, en 1466 otro Espés,
Ramón, detentaba el mismo cargo de mayordomo del primogénito.
Un personaje que no podía faltar en la primitiva Casa del príncipe era el confesor. Aunque no consta su nombre para el período que ahora anali- zamos, es posible que este cargo estuviera ocupado por el siciliano Gregorio di Prestimancho —y no de Presta Marquina, como cita Muñoz- Rocatallada172—. Sabemos que mosén Gregorio era maestro en Teología;
que en 1464 fue nombrado maestre capellán real de Sicilia, con obligación de intervenir en defensa de las regalías y de informarse de las violaciones del patronato regio173, y que en 1468 se resolvió a favor suyo un asunto de
la inquisición siciliana174.
166 M. BALLESTEROS, Valencia y los Reyes Católicos, I, 16-18. 167 Ibid., 24, según ARV epist. 596, 112.
168 Fraga, 12 de octubre de 1460. (ACA AR, 3418, 69). 169 LATORRE, Documentos RR. CC., II, 32 de 1485, 202-203. 170 LESSEUR, Histoire, II, 142-144. Cit. COLL, Juana Enríquez. 171 ACA AR, 3502, 65 y 73 v.º. Cit. COLL, Juana Enríquez. 172 Juana Enríquez, 93, según ACA AR, 3418, 270. 173 Zaragoza, 25 de marzo; ACA AR, 3476, 209. 174 Cervera, 14 de mayo; ACA AR, 3446, 93 v.º.
73 Las funciones de tesorero del infante fueron cubiertas a partir de 1459 por Fernando de Trujillo. Éste era, a la vez, tesorero de la Real Casa, o sea, tesorero particular de los monarcas, ya que la tesorería general la desempe- ñaba Luis de la Cavallería y la lugartenencia An dreu Catalá. En su primera calidad aparece citado muchas veces en la documentación175. Sin embargo,
Trujillo intervino muy poco en los asuntos financieros del infante. Cuando éste necesitaba dinero, su pa dre acudía al funcionario que tenía más cerca. El 10 de agosto de 1460 ordenó verbalmente a Andreu Catalá que entrega- ra 20 florines de oro a don Fernando, que entonces se hallaba en Barce - lona, per algunes necessitats de aquell176. Este régimen de subsidios fue regu-
larizado por una orden del 12 de octubre siguiente, asignando a don Fernando la cantidad mensual de 200 sólidos jaqueses a partir del 1.° de septiembre anterior y delegando en Diego de Torres la función de percibir- los177. Con este dinero, en realidad exiguo, se cubrieron hasta diciembre de
1461 las más perentorias e indispensables necesidades del príncipe178.
Parecerá sorprendente que fuera preciso recurrir a este extremo, teniendo en cuenta las dignidades que ostentaba don Fernando en Ca taluña y Sicilia. Debe recordarse que muchos títulos no correspondían en aquella época a las posibilidades económicas que se les atribuían. Empeñadas rentas y tributos, procuraban un menguado esplendor a quienes los detentaban. Por esta causa otorgaron los diputados 200.000 libras a don Fernando en la Capitulación de Vilafranca. También se daba el caso de que uno de esos interminables litigios medievales di latara la posesión de una propiedad. El 1.° de septiembre de 1460, desde Fraga, disponía Juan II que los oficiales de Segura entregaran esta villa al infante don Fernando una vez finalizase el pleito entre el conde de Castro y el caballero Joan Olzina179.
175 GUAL, Fernando, primogénito, doc. 4, 4. De Barcelona, 12 de diciembre de 1459. ARV, Real
239, 12.
176 ACA AR, 3418, 47 v.º
177 Ibid., 3418, 69. Apéndice doc. 2.
178 Orden de 3 de diciembre de 1471 atribuyendo a Diego de Alcedo autorización para percibir
los 200 sólidos de la pensión de don Fernando correspondientes a los meses de septiembre a diciembre de 1461, por ausencia de Diego de Torres, que acompañaba al príncipe en Cataluña (ACA AR, 3418, 155 v.º).
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Quedaba el patrimonio siciliano. Pero en septiembre de 1461 los títu- los de duque de Noto, conde de Augusta y señor de Piazza eran aún pura- mente decorativos. Para convertirlos en efectivos, Juan II nombró procura- dor del infante en Sicilia a Juan de Madrigal el 21 de sep tiembre de 1461180. Todavía había de transcurrir mucho tiempo para que el príncipe
percibiera algo de Sicilia, y no precisamente en la forma prevista en la orden acabada de citar.
Finalmente, entre los servidores del príncipe figuran en esta época un cocinero, Juan de Viana, a quien el 16 de julio de 1459 se con cedieron 50 sueldos para la compra de una cabalgadura181, y un panicero, Diego de
Sevilla. Sabemos de él por una orden de 16 de septiembre de 1458 conce- diéndole 10 florines para la misma adquisición182, y otra de 1.° de noviem-
bre de 1459 dándole 75 sueldos para comprarse tela para un jubón183.
Por sencilla que aparezca la vida de don Fernando en estos mo mentos, no debe olvidarse que se trata de los gérmenes del desarrollo de una Casa llamada muy pronto a otro rango. La muerte del príncipe de Viana el 23 de septiembre de 1461 hacía desembocar prematuramente la figura de nues- tro biografiado en la gran Historia.
180 ACA AR, 3482, 82 v.º (Doc. 4 de VICENS, Fernando el Católico, rey de Sicilia). 181 ACA AR, 3417, 107.
182 Ibid., 59. 183 Ibid., 130 v.º
75 DON FERNANDO, PRIMOGÉNITO DE ARAGÓN. — En Calatayud, donde se
hallaba para atender desde lugar próximo a los asuntos caste llanos, recibió Juan II la noticia de la muerte de don Carlos de Viana. Es imposible, sin recurrir a temerarias fantasías, analizar los senti mientos que le embargaron aquel 24 de septiembre, cuando tuvo confirmación del fatal desenlace sobrevenido hacía algunos días. Última mente, las relaciones entre padre e hijo habían empeorado sensible mente, no sólo por la ruptura del compro- miso matrimonial con la in fanta portuguesa Catalina, sino por la promoción
ilegal del príncipe a la primogenitura catalana184. Podemos, pues, tildar de
oficial la manifestación de pésame que hizo el monarca al retransmitir la noticia a sus súbditos y a las cancillerías europeas185. Para el monarca
arago nés la desaparición del primogénito representaba eliminar un serio obstáculo en el camino de su política castellana y en la recuperación de su autoridad en Cataluña.
Inmediatamente, con una rapidez que contrasta con las demoras an - teriores, Juan II convocó a los setenta y dos representantes de las Cor tes aragonesas para que se reunieran en Calatayud a fin de prestar a don Fernando el juramento de fidelidad correspondiente al primogénito, here- dero y sucesor de la Corona de Aragón. Pocos acudieron al lla mamiento, ya que el 7 de octubre se reunían únicamente en la iglesia de San Pedro de los Francos don Juan de Aragón, hijo bastardo del monarca, como arzobispo