La vida no tuvo que haber sido demasiado lenta. Ni demasiado cuidadosa. Seguramente ningún astro diferente al caprichoso sol, o a la luna que mirábamos como a un agradable reflejo en la vitrina de un almacén, ningún astro diferente, de un ardor o un color no soñado, bajó a tocar la punta de los pies o siquiera rozar el cabello castaño y dócil al que cualquier cosa estremecía.
Para escribir no hace falta nada en particular, nada distinto a lo que a cada cual le ha sucedido, por insignificante o monótono que sea. Porque las cosas, como un libro enigmático que de pronto has perdido sin terminar de leer, o un gato al que tu madre abandona metido en un costal en un barrio vecino, vuelven por sí mismas, no como recuerdos, sino como lo que aún no se ha agotado, lo que aún no se ha entendido, y hacen ladear la cabeza misteriosamente.
La niña de once años a quien iba a visitar en una bicicleta cuyos huesos plateaban al comienzo de la noche, y el manubrio se inclinaba hacia el suelo apoyado a la puerta como si un extraño amor lo mareara, ¿quién era realmente? Son cosas que vuelven, no de un lugar pasado, sino de un lugar donde aún ocurren, intactas, y de las cuales sólo una capa de días nos separa. Es simplemente el jazmín de noche que salta al mezquino jardín, y juega bajo las solitarias lámparas como el muchacho más furioso.
A veces converso con mi tío, escucho su interminable monólogo, y dice algunas frases en tono tan bajo, que pierdo en seguida el sentido de la conversación. Cuando estoy solo trato, por curiosidad, por inquietud,
de reconstruirla poco a poco, llenando los vacíos, para asignarle un sentido único. Pero siempre es una tarea estúpida... ¡Pudo haber dicho tantas cosas distintas y encontradas!; las frases, las palabras exactas apenas rozaron su memoria, y seguro se perdieron como quien canta una canción en una cálida lengua muerta. A pleno mediodía hay oscuridades repentinas, puntos ciegos, manchas donde el árbol suspendido se interrumpe, un ojo que nos pestañea en el aire y nos desaparece por instantes.
Esta frase que escucho en la cale, al cruzar frente a una ventana, y no entiendo, es también lo que hace escribir. El brazo del transeúnte quede pronto no ves, como si se hubiese secado ante tus ojos, la intermitente conversación de la muchacha que da la espalda y mueve los pies en el teléfono público, y el súbito deseo de estar a uno u otro lado de la línea, de ser la pareja...
Aquello tan común que se llama inspiración, que es tal vez simplemente el deseo de desear, y que a veces crece o se angosta y se hace una línea negra durante meses, se modifica cada día. Hace seis o siete años tal vez sólo queríamos escribir algunos poemas sobre la experiencia inmediata, vividos por una conciencia a punto de abrirse, donde las situaciones y los objetos penetraran con la misteriosa naturalidad de cosas recién vistas.
Porque en algún momento los objetos se abandonan, en algún momento la cabeza de cada cual se fascina de una idea sombría, y salta por el aire y vuelve a su sitio como si nunca se hubiese separado, pero uno ya ha cambiado y se ha empobrecido absurdamente.
Antes nos visitábamos unos a otros, dormíamos en fincas a las afueras de la ciudad, pasábamos de la tierra fría a la caliente, escuchábamos la música con un arrobamiento fingido, todo eso como si ya estuviésemos muertos.
Uno sólo pide la libertad de cantar a su ritmo, de saludar a los seres que quiere saludar, de enumerar lo desconocido que gira en torno a uno, de reunir lo que parece enemistado o indiferente. El “ casco-vaca” de esta cuada, por encima de los tejados anochecidos, tiene también relación con el “ casco-vaca” de la cuadra vecina y uno querría conocerla; y sobre todo, decirla. Alguien debería decirla. Alguien que sufre lo que dice tanto como lo que no puede decir, que resiste las aberturas y las cerrazones de su conciencia, que soporta sobre sí, sin aspavientos o falsos bailes definitivos, el tránsito de lo rutinario al asombro, y sabe que en ambos tiene un pie, muy suyos.
Pero si en algún momento la poesía fue reunir decir frente a la abstracción, a la obediencia o al simple tiempo muerto, esto es, y esto también es, como si la mente aburrida y desencarnada quisiese tener imágenes, fragmentarias, exteriores tal vez, pero imágenes, sólo el que ha querido reunir puede llegar a saber que lo que está junto se aborrece, y lo que armoniza no da voces o se pudre. El carro donde viaja la familia unida, apesta; el niño que juega en las rodillas del padre, sólo espera el paso del tiempo; el perfecto jardín donde los papiros se reflejan nítidos en la piscina azulosa, está suspendido sobre un vacío más liso que el agua de cristal.
Tener algún afecto, un vínculo con alguna cosa resulta cada vez más difícil. Durante mucho tiempo se las ha abandonado poco, desde hace tanto, y con tanta mezquindad, se las ha hecho, como a un primo pobre y sin espíritu, obedecer a los dueños de casa, que hasta el cielo mismo, extrañamente incontaminado y azul, produce con frecuencia una inevitable decepción. Y es entonces extraño viajar acompañados, y ver que a nuestro lado la gente se emociona con paisajes que, quizá hermosos, son puestos allí por un Dios odioso y previsible, por un Dios que no permite espíritus ajenos.
Uno también debe tener la libertad de exigir un espíritu desasosegado y áspero a las cosas, de exigirles que den la vuelta sobre sí mismas y tengan una cabeza y unas manos desconocidas. Uno debe tener, después de haber llamado y buscado la semejanza, la espléndida libertad de decir no, de negar el marco de la ventana, los cristales, la misma luz, de barrer lo que paulatinamente se celebra por existir.
La poesía moderna ama lo que borra, lo que está primigeniamente desvertebrado. No lo ama propiamente, sino que lo busca con una entrecortada necesidad... El desierto visto con una lenta fascinación, los que no oyen, lo que no ven, los que no hablan, los que no crecen, los que han muerto y, a pesar de ser nuestros parientes, vuelven de la muerte desconocidos y voraces.
Tal vez entonces, cuando vuelve la oscuridad, la aridez, el silencio o los griticos desarticulados, cuando vuelve la separación, el aburrimiento, la ausencia de frío y de calor, pueda fundarse un lugar nuevo, un lugar que no preceda ni continúe al de ahogara, un lugar con espíritu que echemos a andar a nuestros deseos.
La poesía es algo que algunos hacen mucho mejor. La madre ha llamado a la emisora a preguntar por su hijo de 29 años que de noche se ha escapado de casa en piyama, y entre el sonido de motores lejanos de
los últimos carros, salta y corre por hierbas crecidas y matorrales húmedos, a orillas del espeso río canalizado...La poesía es el hombre que en el almacén se ha hecho poner decenas de discos, y no encuentra la canción que busca, nadie la ha escuchado... Y sobre todo el Cazador Oculto, que a la media noche, fugado del colegio, busca ente los herbajo de las orillas, en el helado invierno de Nueva York, los patos del lago Central, que de seguro han emigrado al sur. El cazador oculto que sólo quiere descubrir que ya han viajado lejos del invierno...
La poesía viene frecuentemente, si esforzarnos demasiado. Está ahí, en la enigmática estrella de la torta partida, con alguna punta que falta, apacible y amarilla tras el vidrio del mostrador, haciendo guiños a tus espaldas, y que podrías entender.