Ahora nos vamos a Alemania. Allí hay humedad, niebla y nu bes. Hay además grandes bosques, conservados en parte gracias al feudalismo. Una naturaleza muy distinta de la de Italia se extiende aquí; un paisaje, por decirlo así, susurrante; y, naturalmente, el cla ro de luna alemán y bajo su luz, una gran valoración del anochecer, de la casa, del sentimiento y la cordialidad. «¡Vamos! El mundo ya está oscuro, el aire ha refrescado, está cayendo la niebla. Al anoche cer es cuando se ama la casa», dice Wagner a Fausto, después del paseo, el día de Pascua. La cálida y profunda estancia gótica, la za patería de Jakob Bohme se convierte en un marco de interioridad especulativa y se afirma al exterior mediante el calor íntimo y la me lancolía, cobijados ambos por el mal tiempo de Alemania, al menos en el siglo XVI. Otra cosa era la claridad de un sol eterno y de un cielo azul en el sur, donde la lluvia no zumba al caer, sino que estalla secamente contra las duras horas de las plantas meridionales, cuya dureza las protege de la deshidratación. Alemania es, por mucho tiempo todavía, un país políticamente subdesarrollado que con serva aún mucha Edad Media; en el cual, en comparación con Italia, y también con Francia e Inglaterra, se da un desarrollo asincrono, gracias al cual se conserva, tanto en la vida como en el arte, mucho del gótico de agudos hastiales. Para poder comprender el paisaje del pensamiento que surge al lado del italiano, es preciso retener todas estas cosas: las diferencias paisajísticas, climatológicas y económicas, y, sobre todo, la asincronía, la angulosidad gótica hasta en los gran des espacios, la impregnación de un aura gótica en general. Dos nombres hay en el Renacimiento que pertenecen a este contexto: Tcofrasto Bombasto Paracelso de Hohenheim y Jakob Bóhme. Uno es el médico filósofo itinerante; el otro, el zapatero que, tras sus an danzas de remendón ambulante, no volvió a salir de Gorlitz, el p h i-
losophus teutónicas, uno de los hombres más profundos que han existido.
Paracelso nació en Einsiedeln (Suiza), en 1493, y murió en 1541 en Salzburgo, tras una vida errante de médico, a veces también de curandero, como gran empírico y al mismo tiempo gran especula dor, pasando la mayor parte de su vida en Basilea. Fue un suizo de excepción, una auténtica figura renacentista, y grandes partes del
fausto las ocupa él. Mago, soñador, naturalista, empírico, cosmóso- fo, todo en uno: eso fue. Al paisaje alemán que he intentado dibu jar con rápidas pinceladas, hay que añadir ahora, en lo que a la asincronía se refiere, la subterránea tradición de las sectas del movi miento seglar que sigue viviendo también en la Silesia de Jakob Bohme. Tuvo una aparición luminosa, en el siglo XIV, en la mística cristiana del Maestro Eckhart, de Susón y de Tauler. Ahora, sin em
bargo, la afinidad se descubre en la naturaleza, que en Eckhart, Tauler y Suso está ausente casi por completo. También mantuvo Paracelso un contacto estrecho con el pueblo; fue un médico de for mación académica que sintió un gran respeto por la sabiduría popu lar. Supo escuchar a los trajinantes y prestó atención a los viejos re medios caseros con los que trataban, por ejemplo, a sus jadeantes caballos. Escuchó lo que contaban las viejas herboristas acerca de las hierbas medicinales, basándose en una experiencia muchas veces centenaria, y tal vez en algo más que la experiencia, es decir, en una relación simpatética con la naturaleza. Investigó también la influen cia que los metales pudieran tener sobre los hombres. Todo esto lo fue registrando y no tuvo reparo en introducir en el Renacimiento los viejos conocimientos populares, y no sólo los de medicina, sino también las leyendas del pueblo, siempre que se referían a los gran des contrastes de la naturaleza, como el bosque, el interior de la tie rra, el árbol de los metales que crece en el centro de la tierra, las misteriosas aguas subterráneas. Con toda su visión de la naturaleza fue Paracelso un riguroso empirista, un hombre que jugó un papel tan importante en la historia de la medicina como en la historia de la filosofía, e incluso más en la primera que en la segunda. Paracel so escribió todas sus obras, primero, en alemán, lo que constituyó algo nuevo en su mundo cultural. Más tarde él mismo las tradujo, en parte, al latín. Algunas se perdieron, pero se conserva sobre todo el Opus Paragranum, el Opus Paramirum y un escrito extenso titu lado De natura rerum, donde se entreveran el microcosmos y el ma crocosmos.
El punco de partida de la doctrina es éste: el interior y el exterior se mantienen siempre juntos. El término «interior» no lo hemos vis to ni en Bruno ni en Campanella como algo permanente. El médico filósofo no abandona la hermosa visión italiana del mundo, cierto que no; pero también ve y subraya el lado interior del más acá, la parte cóncava, por decirlo ast, y esto de tal manera que jamás olvida el interior por lo exterior, ni lo exterior por lo interior. Lo que está dentro está también fuera y viceversa; más aún: lo interior referido a un abajo y, sobre todo, lo de fuera a un arriba, como una superbóve- da cósmica: lo que está abajo también está arriba, y al revés. Así pues, una gran correspondencia atraviesa el mundo. El mundo, por consiguiente, sólo es cognoscible si se concibe el hombre, es decir, lo interior, la subjetividad, como su elemento principal y al mismo tiempo como fruto del mundo. No quiere decir que aquí lo exterior sea producido por lo interior, sino que sin lo interior faltaría la llave para abrir lo exterior. Asimismo lanza Paracelso su pensamiento so bre el gigantesco entorno y el mundo exterior; pues lo interior sólo es comprensible como hombre si es captado desde el mundo como el fruto desde la semilla. De este modo la filosofía tiene a la natura leza como a su único objeto. La filosofía misma, afirma Paracelso, no es otra cosa que naturaleza invisible, y la naturaleza, filosofía clara y visible.
Co r r e s p o n d e n c i a e n t r el o i n t e r i o r y l o e x t e r i o r
En fer m e d a dy a u t o t e r a pia d elm u n d o
Sin embargo, en Paracelso el interior sólo puede conocer la na turaleza, y la naturaleza sólo puede encontrarse a si misma cuando el que conoce —la llave— no está enfermo. Aquí se entiende la en fermedad en un sentido mucho más amplio que el meramente mé dico; significa que el hombre no puede estar lleno de un egoísmo proliferante ni encerrarse en los límites de su individualidad. Es el médico el que habla en el filósofo: El hombre debe construir su sa lud mediante su conformidad con el conocimiento de la naturaleza y coronar este conocimiento construyendo la gran salud de la natu raleza misma. Aparece así un motivo completamente nuevo, el de la autoterapia del mundo, en sentido médico. «La filosofía —dice Paracelso— es la paridora de un buen médico.» Paracelso introduce
en la filosofía lo curativo, de suerte que un buen filósofo siempre será un buen médico y viceversa, ambos luchando contra toda per turbación en la naturaleza, tanto del microcosmos como del ma crocosmos.
En cuanto a la enfermedad, su misión es ser curada, puesto que es el elemento perturbador que se sale de la marcha natural de las cosas. Partiendo de aquí define Paracelso magníficamente la enfer medad como una entidad orgánica mal independizada, una esencia autónoma obstinada, como algo que se comporta con el cuerpo co mo un parásito, como el independizarse de una parte que se sale del circuito sano. Valga un ejemplo moderno: toda enfermedad es parasitaria, una especie de célula cancerosa proliferante o, desde un punto de vista psicopatológico, un complejo anímico independiza do que sacude al hombre. Lo parasitario independizado y que se ha salido del contexto general es, en último término, el origen de la enfermedad. La enfermedad se resiste y en esa resistencia tiene su propio decurso. Habrá, pues, que buscar medios, hierbas y metales con los cuales reforzar en nosotros los espíritus vitales generales y hacer retroceder lo enfermo otra vez al buen curso principal de la sa lud. Aquí aparece la antigua relación entre enfermedad y pecado, pues el pecado se consideraba también como un ser especial, una obstinación, una protesta, una insurrección. Sólo que, en Paracelso no hay nada clerical, y la pertinacia de la enfermedad no es quebra da, aplastada, flagelada, por decirlo así, sino retornada, no por com punción, más bien al contrario; por elevación, y elevación de la vi da, de la plenitud de la vida. En cuanto al perfeccionamiento, el hombre vuelve a ser natural, es decir, totalmente libre de la peni tencia como remedio contra el pecado. El hombre se halla en la sal vación cuando siente la enfermedad como un enemigo y la supera, cuando abre y constituye de nuevo la entrada principal, renovada de un modo natural. Con ello también vuelve a tomar parte en la vida convaleciente del mundo, lo que Goethe, que aquí tiene algo en común con Paracelso, llama el curarse en el mundo. Este verbo no requiere previamente el estar enfermo, sino que puede existir sin el concepto correlativo de enfermedad, en el sentido de un gran curar se en sí. El enlace con esc curarse es salvación y enlace con la marcha general de la vida. Pero por eso debe curarse la enfermedad, porque es no sólo lo perturbador, sino además lo aún imperfecto. El hom
bre, dice Paracelso, es el tutor mayor de la creación y se acredita co mo tal devolviendo las cosas mismas, perfeccionándolas, hacia su determinación en la naturaleza. Aquí está el muy activo Renaci miento; el hombre inventor ayuda, potenciándola incluso, y dice su
«fíat» en una envoltura mágica. La magia, la alquimia y, desgracia damente también, la astrología han de abrir la naturaleza. La ma gia, en cuanto intervención en la naturaleza, es la forma más anti gua de técnica, y Bacon recogió todavía esta expresión al llamar «magia natural» a la incipiente técnica burguesa. Envuelto en alqui mia y superstición, se alza lo que todavía no podía hallarse en la so ciedad teoiógico-feudal: lo prometeico. Este elemento que traspasa límites lo conocemos por el Fausto, donde el aire está lleno de Para- celso; incluso literalmente se encuentra allí lo prometeico: de Para- celso procede la intención y la fórmula para la fabricación del ho múnculo, del hombrecito de la retorta. Con esto nos encontramos en plena superstición de la técnica mágica y de la transformación mágica del mundo. Paracelso no se refiere a la supresión del camino sencillo del amor, sembrado de sentimientos de felicidad, camino de la procreación natural del hombre. Más bien habría que intentar, cosa imposible por la vía natural de la procreación, crear un hombre artificial como jamás lo hubo, libre de toda ganga. El médico qui siera crear un hombre nuevo mejor que el hombre creado por el Se ñor; el mito del homúnculo recibe de Prometeo, también en Para celso, el trasfondo adecuado. Para llevar esto a cabo, necesita el hombre la máxima audacia; nunca tendrá una idea excesivamente grande de su razón creadora; y a esta razón creadora la llama Para celso im aginatio, una fuerza optimista, la misma que en ámbitos más sencillos construye los castillos en el aire. Todos los palacios han sido alguna vez castillos en el aire, podría decirse, en el sentido de los sueños hacia adelante, en el sentido del romanticismo revolu cionario.
Fa n ta síao b je t iv a: «Im a g in a t io»
¿Cómo es la im aginatio, esa función utópica de la construcción del hombre mejor, de un mundo mejor o de una salvación del mundo? La respuesta de Paracelso está expresada de un modo bastan te aventurero en frases como éstas: «Todo imaginar (es decir, un ima ginar creativo) del hombre procede del corazón; el corazón es el sol del microcosmos. Y todo imaginar del hombre pasa del pequeño sol del microcosmos al sol del gran mundo, al corazón del macrocos mos. Así, la im aginatio del microcosmos es una semilla que se hace material.» Y más adelante: «La im aginatio es confirmada y completa rá también la fe, para ser veraz, pues toda duda rompe la obra. La fe ha de confirmar la im aginatio, pues la fe determina la voluntad.»
Esto coincide, por cierto, con un pasaje de Campanella, de su obra
D e sensu rerum et m agia (Sobre e l sentido de las cosas y sobre la m agia): tH om o non potest facete q u od non credit posse facere: el hombre no puede hacer lo que no cree que se puede hacer.» Así, por tanto, la fe determina y sella la voluntad, y esto constituye una confianza sin igual en el poder del hombre y en la oculta plenitud de la naturaleza. Todo se halla ingurgitado en el mundo de Paracel- so: el pequeño y el gran mundo, el interior y el exterior, el micro cosmos y el macrocosmos. ¿Pero qué nexo tiene el gran mundo con la im aginatio optimista? Ya hemos hablado de lo sano, de la bue na, general y sanísima marcha del mundo, con la perfección en sí, que puede ser extraída. En el mundo que se puede perfeccionar así tiene lugar, según Paracclso, una fermentación, un empuje hacia la luz. que es al mismo tiempo una fe en la naturaleza misma, lo pro- meteico también aquí, que espera al hombre y le responde. Esto lo expresa Paracelso preferentemente mediante una curiosa mezcla de categorías químicas, higienísticas, morales y políticas que son cate gorías de la producción.