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La literatura de los antiguos egipcios nos es todavía menos conocida que el arte. Y es natural. Citar la literatura es aludir al papiro, y una frágil hoja de papiro no resiste al tiempo de igual modo que una piedra.

Con todo, han llegado hasta nosotros textos egipcios suficientes para darnos una idea de la riqueza y variedad de esta literatura. Empecemos por lo elemental; es decir, por los textos escolares. Estos textos dan testimonio de una pedagogía muy tosca y hacen, casi enteramente, caso omiso del valor intrínseco de la cultura. Están llenos de amenazas y avisos a los escolares indóciles que "huyen de la escuela como potros salvajes y arrojan los libros a las ortigas para ser soldados o campesinos o, en el mejor de los casos, triste es tener que decirlo, para correr en pos de cualquier placer". "Van de un lugar a otro, atraídos por el olor de la bebida, y trabajan en su propia ruina."

"Frecuentan las tabernas y allí se quedan a jugar y a cantar, en vez de estudiar los sublimes poemas históricos y religiosos de sus antepasados."

Unas veces el pedagogo amenaza a los díscolos con el látigo de piel de hipopótamo; otras, en cambio, estimula con relatos modélicos. "Cuando yo era pequeño como tú, escolar como tú, tenía que estar con las manos atadas durante tres meses; eso me disciplinó los miembros. Cuando me quitaron las ligaduras, lo hice todo mucho mejor que antes. Llegué a ser el primero de mis compañeros, el mejor en la lectura y en la escritura."

¿Qué meta se proponían las escuelas? Sencillamente, educar al alumno, para hacer de él un escriba;,o sea, un funcionario. Por otra parte, la situación estable y segura del escriba era el ideal de los egipcios cultos.

Una aspiración: la de ser escriba

Desde la más remota Antigüedad sentían verdadera veneración por el saber, no por puro saber, sino porque él escriba, hombre instruido, ejercía autoridad sobre las demás clases sociales y tenía la anhelada posibilidad de ocupar una función del Estado, mientras que los demás tenían que trabajar con el sudor de su frente. "El pobre hombre ignorante, cuyo nombre nadie conoce, es como el asno abrumado por la carga y guiado por el escriba", dice un proverbio del antiguo Egipto. "El sabio instruido está repleto gracias a su saber. ¡Qué feliz es su vida, comparada con la del campesino! Mirad y ved lo que sucede al que tiene que vivir de la tierra: el gorgojo destruye la mitad de la cosecha, y el hipopótamo, la otra mitad. Los campos están llenos de ratones, las langostas invaden la tierra, los gorriones comen los granos. ¡Pobre campesino! Y luego llega el escriba para cobrar el impuesto. Sus acompañantes van provistos de palos. ‘Dadnos el grano’, dicen. Y si no hay grano, apalean al campesino y lo meten en prisión. Su mujer y sus hijos también son encarcelados en su presencia."

Un manual escolar hace igualmente una descripción espantosa de la vida del soldado y la compara con la del escriba. El militar recibe palizas desde su juventud: "Se le arroja al suelo y se le golpea como a las hojas de papiro. ¡Y luego las campañas del desierto y de las montañas! Tiene que llevar el pan y el agua sobre su espalda, como si fuera un burro. Sólo bebe agua hedionda. Y frente al enemigo es como un pájaro en el lazo. Cuando vuelve a casa, se parece al árbol roído por la carcoma. Es un enfermo y tiene que guardar cama. Le han robado sus vestidos y han huido sus servidores".

Para alcanzar la envidiable situación del escriba, el muchacho tiene que conseguir primero la estimación de sus superiores. Es el leit motiv de casi todas las "doctrinas de sabiduría" enseñadas en la escuela. Pero en los manuales también hay otros textos de mayor elevación moral y que sobrepasan con mucho esta sabiduría escolar. Según la antigua literatura, el dominio de sí mismo era una cualidad muy estimada en Egipto. Desde los tiempos más lejanos, el tacto y la delicadeza, aun con los ingratos, eran considerados como un deber.

Las "doctrinas de la sabiduría"

Una de las primeras obras de la literatura egipcia es una "doctrina de la sabiduría" que se supone escrita por un ministro del último rey de la III dinastía. Sin embargo, la obra no es tan antigua, aunque sí de edad respetable.

Este sabio estima, sobre todo, la sabiduría práctica. "Hay que guardar el sentido de la medida —dice—. Eso no impide beber hasta la embriaguez y sentarse con el juerguista si se sabe moderar, pues no debemos chocar con las gentes que no comparten nuestras ideas. Hay que saber contener la lengua ante quienes son incapaces de guardar un secreto. No hay que ser presuntuoso, pues ningún hombre sabe lo que el destino le tiene reservado." Y termina diciendo que el muchacho que siga sus consejos hará una brillante carrera. He ahí la "sabiduría" de este tiempo, que no llega más allá de las contingencias prácticas y la manera de conseguir amigos.

Veamos ahora lo que escribe otro sabio del Imperio Antiguo, ministro de la V dinastía, que se llamaba Tahotep: "Cuando seas invitado a comer a casa de un hombre que es tu superior, toma lo que te ofrece. No fijes la mirada en los platos que tu huésped tiene ante sí; ocúpate de lo que hay ante ti". Por lo leído, de no comportarse así, el anfitrión podía ofenderse.

"No levantes la vista del suelo hasta que tu huésped se digne saludarte y no hables más que cuando te dirija la palabra. Ríe cuando él ría; eso agradará a su corazón y apreciará tu comportamiento. Si quieres conservar la amistad de la familia que te recibe, no te acerques a las mujeres de la casa. Las mujeres han sido la perdición de miles de hombres. Sus bellos cuerpos hechizan, pero después de un corto instante de felicidad, pierden su atractivo: ¡Un momento de placer y, luego, la muerte como remate de todo!

"Citando alcances una vida desahogada, cásate y ama a tu mujer más que al mundo entero. Dale alimento en abundancia y bonitos vestidos, que son remedio para su cuerpo. Úntala con perfumes embalsamados y hazla feliz basta la muerte. La mujer es un buen campo para su dueño, pero hay que saberlo cultivar.

"Si llegas a ser rico y poderoso, después de haber sido pobre e insignificante, ¡no olvides el pasado! No fíes en tus tesoros, que son un don del cielo. Puede sucederte lo mismo que a otros, que de ricos se volvieron pobres; tú no eres de mejor material que ellos."

El libro sapiencial de Amenemope

De interés especial es otra doctrina acerca de la sabiduría, que data probablemente del siglo XX antes de Cristo, o de época algo posterior. Nos referimos a uno de los monumentos más notables de la cultura egipcia. La obra, conservada en el British Museum desde 1888 y publicada en 1925, fue extraordinariamente difícil de traducir, debido a que sólo se poseía una mala transcripción del texto original.

El autor, Amenemope, era un funcionario de posición relativamente elevada, que tenía el título de "escriba real del trigo". Eso nos indica que los impuestos del trigo se percibían en especie, que existían por doquier silos que pertenecían al Estado y que un cuerpo de funcionarios estaba encargado de abastecer esos almacenes.

Amenemope escribió el libro para "su hijo, el benjamín de todos". Le da normas muy útiles para sus futuras relaciones sociales y lecciones de moral para que el niño pueda escapar del mal y vivir feliz en esta tierra. Le recomienda, sobre todo, modestia y delicadeza. "¡Tiende la mano al hombre que te pida y, si queda desamparado de la mano del dios, aliméntale con tu pan! Agradarás al dios si reflexionas antes de hablar a un hombre encolerizado. Manténte, pues, en calma ante tus adversarios e inclínate ante el que te ofenda. ¡Deja transcurrir una noche antes de hablarle! Lo contrario es parecido a la borrasca y arde como el fuego en la paja.

"¡No te vengues del que te odia! ¡Ten en cuenta los designios de Dios! Arrójate en los brazos de Dios y abatirás al enemigo con tu humildad y tu dulzura.

''¡No codicies los bienes ajenos, antes sé justo en todo lo que emprendas! Dios concede el sentido de justicia a los que ama.

"Pórtate bien cuando cobres los impuestos y no emplees medidas falsas al pesar el trigo; así podrás dormir en paz y sentirte feliz al día siguiente. Tampoco te dejes engañar por el campesino ni manejar a capricho la lista de impuestos cuando quiera trampear su contribución.

"No traspases el límite cuando midas un campo, ni toques el linde de un campo que pertenezca a una viuda. El culpable de tal acto se hace acreedor al título de opresor de los débiles. Su granero debe ser destruido; sus bienes, arrebatados a sus hijos y dados a otros. No codicies el bien del pobre; no mates tu hambre con su pan. Los bienes del pobre son amargos al paladar. Un celemín de grano que el dios te dé, vale más que 5.000 celemines arrancados por la violencia. Ese trigo se pudre en el granero y no sacia jamás. Un trozo de pan para cada día y un corazón contento valen más que la riqueza y los remordimientos. ¡No corras, pues, tras la fortuna, ni te quejes de la pobreza! El navío del hombre ávido e insatisfecho es tragado por la tempestad, pero la barquichuela del hombre feliz goza de vientos favorables.

"¡Sé compasivo con los pobres y los extranjeros! Si no alejas al extranjero del aceite de tu alcuza, doblará su contenido varias veces. Si tienes una barca, exige el precio del pasaje al que puede pagar, pero no reclames nada al pobre. Dios prefiere al que honra a los pobres a aquel que lleva a las nubes a los poderosos de la Tierra.

"Ten toda clase de atenciones hacia tus semejantes: no te rías del ciego, no te burles del enano, ni hagas mal al paralítico. No hagas escarnio del hombre que está herido por el dedo del dios, ni seas grosero con él si, por casualidad, te lastima. El hombre está hecho de paja y de arcilla, y Dios es el arquitecto. Cada día destruye y construye, empobrece a miles de hombres, y en cambio eleva a otros para que reinen sobre sus semejantes. ¡Sé, pues, humilde! El que dobla el espinazo, no se rompe los riñones."

El padre alaba la honradez: "No te ensalces delante de otro hombre. Dios siente horror a ello. No separes tu corazón de su lengua y todos tus proyectos saldrán bien, tendrán buena reputación ante tu prójimo y Dios te protegerá con su mano. Dios odia al hipócrita; nada le desagrada tanto como el hombre de dos caras. ¡No dejes que los demás lean en tu corazón lo que ellos quieran, no abandones tu dignidad! ¡No seas amigo del charlatán! El hombre que guarda un secreto en el corazón es más grande que quien lo cuenta por doquier y crea el malestar".

El antiguo sabio tiene una concepción muy egipcia acerca de las relaciones entre superior y subordinado: "¡Deja a tu superior que te golpee y guarda tu mano en tus rodillas; déjale insultarte sin responder una sola palabra! Cuando al día siguiente aparezcas ante él, te dará pan con mano generosa".

En ciertos aspectos, Amenemope recuerda a sus predecesores. Pero en los antiguos falta casi por completo esa trastienda religiosa que es la base de los consejos de Amenemope. El sabio no cesa de poner de manifiesto la voluntad de Dios y, lo que es más importante, no habla de un dios particular, sino del dios en general, de un ser infini- to y moral de que se siente depender y hacia quien se cree responsable.