Introducción
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Las yeguas que me llevan me condujeron hasta la meta de mi corazón, pues que en su carrera me trasportaron hasta el famoso camino de la deidad que, solo, lleva a través de todo al hombre iniciado en el saber. Hasta allí fui llevado, pues hasta allí me llevaron las muy inteligentes yeguas que tiran de mi carro, mientras que unas doncellas me enseñaban el camino.
El eje, inflamándose en los cubos, impelido de ambos lados por las dos redondas ruedas, lanzaba un grito de siringa, en tanto se apresuraban por conducirme hasta la luz las doncellas del Sol, dejando atrás las moradas de la Noche, quitándose con las manos de las cabezas los velos.
Allí están las puertas de los caminos de la Noche y del Día, sujetas entre un dintel y un umbral de piedra, altas hasta el éter, cerradas con ingentes hojas, de las que la Justicia fecunda en penas guarda las llaves maestras.
Induciéndola con blandas razones, las doncellas la convencieron [102] inteligentemente de que sin tardanza les quitase de las puertas la barra sujeta con un cerrojo. Y las puertas abrieron una boca inmensa al desplegar las alas y hacer girar sucesivamente en los quicios sus ejes de fuerte bronce, sujetos con clavijas y pernos. Allá, pues, a través de las puertas, guiaron en línea recta las doncellas por la calzada carro y yeguas.
Y la diosa me acogió benévolamente. Tomó mi mano derecha en la suya y me habló dirigiéndome estas palabras:
Oh, joven, que en compañía de inmortales conductores y traído por esas yeguas arribas a nuestra morada, salud, pues que no es un destino aciago quien te impulsó a recorrer este camino, que está, en efecto, fuera del trillado por los hombres, sino la ley y la justicia. Mas necesidad es que te informes de todo, tanto del intrépido corazón de la Verdad bien redonda, cuanto de las opiniones de los mortales, en las que no hay una fe verdadera. Pero en todo caso aprenderás también esto, cómo necesitaban haber puesto a prueba cómo es lo aparente, recorriéndolo enteramente todo.
hábito preñado de experiencia a entrar por este camino, moviendo ciegos ojos y zumbantes oídos y lengua, antes juzga con la razón la muy debatida argumentación por mí expuesta. Una sola posibilidad aún de hablar de un camino queda. [103]
Primera parte
2
Sin embargo, considera firmemente con el pensamiento lo ausente como presente. Porque no cortarás a lo que es de su contacto con lo que es, ni esparcido por todas las partes del mundo, ni recogido.
3*
Igual me es todo punto de partida, pues he de volver a él. 4
Pero ven, y te diré, y tú retén las palabras oídas, qué únicos caminos de busca son pensables. El uno, que es y que no es posible que no sea, es la vía de la Persuasión, pues sigue a la Verdad. El otro, que no es y que necesario es que no sea, éste, te digo, es un sendero ignorante de todo. Porque ni puedes conocer lo que no es, pues no es factible, ni expresarlo.
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Pues una misma cosa es la que puede ser pensada y puede ser. 6
Necesario es que aquello que es posible decir y pensar, [104] sea. Porque puede ser, mientras que lo que nada es, no lo puede. Esto te pido consideres. De este primer camino de busca, pues, te aparto, pero también de aquel por el que mortales que nada saben yerran bicéfalos, porque la inhabilidad dirige en sus pechos el errante pensamiento, y así van y vienen, como sordos y ciegos, estupidizados, raleas sin juicio, para quienes es cosa admitida que sea y no sea, y lo mismo y no lo mismo, y de todas las cosas hay una vía de ida y vuelta.
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Pues jamás domarás a ser a lo que no es. Pero tú, de este camino de busca aparta el pensamiento que pienses.
8
Una sola posibilidad aún de hablar de un camino queda: que es. En este hay muchísimos signos de que lo que es no se ha generado y es imperecedero, pues es de intactos miembros, intrépido y sin fin. Ni nunca fue, ni será, puesto que es, ahora, junto todo, uno, continuo. Porque ¿qué origen le buscarás? ¿cómo, de dónde habría tomado auge? De lo que no es, no te dejaré decirlo ni pensarlo, pues no es posible decir ni pensar que no es. Y ¿qué necesidad le habría hecho nacer después más bien que antes, tomando principio de lo que nada es? Así, necesario es que sea totalmente, o que no sea.
Ni nunca la fuerza de la fe permitirá que de lo que no es se genere algo a su lado. Por lo cual ni generarse ni perecer le consiente la Justicia, soltando sus cadenas, sino que lo tiene sujeto. Mas el juicio acerca de estos caminos [105] se funda en esta pregunta: ¿es o no es? Pues bien, cosa juzgada es, según es necesidad, dejar el uno como imposible de pensar y nombrar, por no ser un camino verdadero, mientras que el otro es y es veraz. ¿Cómo podría ser más adelante lo que es? ¿Cómo podría haberse generado? Porque si se generó, no es, ni si está a punto de llegar a ser un día. Así, la generación se ha extinguido y es ignorado el perecer.
Tampoco es divisible, puesto que es todo igual, ni hay más en ninguna parte, lo que le impediría ser continuo, ni menos, sino que todo está lleno de lo que es. Por esto es todo continuo: porque lo que es toca a lo que es.
Y, además, está inmóvil entre los cabos de grandes cadenas, sin principio ni cese, puesto que la generación y el perecer han sido arrojados muy lejos, ya que los rechazó la fe verdadera. Es lo mismo, permanece en lo mismo, yace en sí mismo, y, así, permanece, trabados los pies, en el mismo sitio, pues una poderosa necesidad le tiene sujeto en las cadenas del límite que lo detiene por ambos lados. Por lo cual no es lícito que lo que es sea infinito, pues no es carente de nada, mientras que siéndolo carecería de todo.
Lo mismo es aquello que se puede pensar y aquello por lo que existe el pensamiento que se piensa, pues sin aquello que es, y en punto a lo cual es expresado, no encontrarás el pensar. Porque nada distinto ni es, ni será, al lado de lo que es; al menos el Destino lo ató para que fuese entero e inmóvil. [106] Por esto son nombres todo cuanto los mortales han establecido, persuadidos de que son verdaderos: generarse y perecer, ser y no ser, cambiar de lugar, mudar de color brillante.
Y, además, puesto que tiene un límite extremo, está terminado por todas partes, semejante a la masa de una esfera bien redonda, desde el medio igualmente fuerte por todas partes, pues necesario es que no sea ni más fuerte, ni más débil en una parte que en otra. Porque no hay nada que pudiera hacerle dejar de extenderse por igual, ni hay manera de que lo que es pueda ser aquí más y allí menos que lo que es, ya que es todo inexpoliable. Pues aquello desde lo que por todas partes es igual, impera del mismo modo entre los límites.
[107]
Platón
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La Sofística
El Mito y Discurso de Protágoras
Sócrates cuenta a un amigo anónimo todo lo que sigue: El joven Hipócrates se entera a última hora de la tarde de que está Protágoras en Atenas, en casa de Callias. Conmovido por la noticia, anhelante de ser presentado al sofista, para oír sus lecciones, viene a buscar a Sócrates antes de amanecer. Para hacer tiempo hasta la hora de ir a casa de Callias, Sócrates propone a Hipócrates pasear por el patio y plantea a su amigo esta cuestión: «¿cómo a ver a quién y para llegar a ser qué?» (311 b) quiere ir a ver a Protágoras. Cuestión que Hipócrates no sabe en definitiva resolver. Entonces Sócrates le hace ver su importancia y le convence de la necesidad de examinarla, en compañía de otras personas de más edad -los hechos ocurrirían, con arreglo a la obra platónica, en la juventud del propio Sócrates-, antes de que se confíe a Protágoras.
Ya en el patio de la casa de Callias, después de un gracioso incidente con el portero, quedan admirados un momento por el espectáculo de los sofistas, Protágoras yendo y viniendo por el patio, Hippias sentado sobre una especie de trono en el fondo, Pródico en el interior de una recámara, los tres acompañados de sendos grupos. Al cabo de este momento, Sócrates se dirige a Protágoras, y a sugestión de Sócrates y proposición de Callias, se decide llamar a Hippias y a Pródico con los acompañantes respectivos, para oír la conversación entre Protágoras y Sócrates.
Reunidos y acomodados todos, Sócrates plantea a Protágoras, simplemente en términos distintos, la misma cuestión que había planteado a Hipócrates. Protágoras viene a [110] concluir que su «enseñanza es el buen consejo en las cosas domésticas... y en cuanto a las de la ciudad, la capacidad de obrar y hablar lo mejor posible en relación a ellas» (318 e-319 a). Sócrates replica que semejante «arte política» y «hacer buenos ciudadanos» (319 a) no le parece «enseñable» (319 ab), y argumenta con el ejemplo de los atenienses y de los más capaces y mejores ciudadanos: los atenienses escuchan exclusivamente el consejo de los competentes en todas aquellas materias que pueden aprenderse y enseñarse, mientras que escuchan el de todos cuando se trata de la gobernación y administración de la ciudad; los más capaces y mejores ciudadanos no logran transmitir la «virtud» (319 e) que tienen a otros, ni siquiera a sus hijos. Es a esta réplica y a la cuestión planteada en definitiva en los términos reproducidos, a lo que replica a su vez Protágoras, primero con el mito -que le parece será más agradable- y luego con el discurso siguientes.
Era el tiempo en que existían los dioses, pero no las razas mortales. Mas cuando también a éstas les llegó la hora del nacimiento fijado por el destino, las modelan los dioses en el interior de la tierra, con una mezcla de tierra y fuego y de cuanto se combina con el fuego y con la tierra. A punto de hacerlas salir a la luz, encargaron a Prometeo y a Epimeteo de adornarlas y distribuir entre ellas las potencias convenientes. Epimeteo pidió a Prometeo ser él quien hiciese la distribución. «Una vez que la haya hecho, dijo, pasarás revista». Y habiéndolo persuadido así, procede a hacerla. A las unas les concedía la fuerza sin la velocidad, a las más débiles las adornaba con ésta; a las unas las armaba, a las que daba una naturaleza inerme se ingeniaba para darles alguna otra capaz de salvarlas. A aquellas que revestía de pequeñez, les distribuía alas para huir o habitaciones bajo tierra; a aquellas que hacía de mayor tamaño, las salvaba con esto mismo. Y así iba distribuyendo equitativamente las demás. E iba ingeniándoselas con cuidado [111] de que ninguna raza resultase aniquilada. Después de haberlas dotado de lo necesario para escapar de destruirse unas a otras, se ingeniaba para protegerlas contra las estaciones de Zeus, recubriéndolas de espesos pelos y duras pieles, capaces de rechazar el frío, poderosos también contra los calores, y que al ir a acostarse les sirviesen de cobertura propia y natural a cada uno; y calzando a unas con cascos, a otras con pieles duras y sin sangre. A continuación, procuraba distintos sustentos a las distintas razas, a las unas la hierba de la tierra, a las otras los frutos de los árboles, a unas terceras las raíces; y hay algunas a las que dio por sustento y pasto otros animales, y a las primeras les concedió sólo una fecundidad escasa, a las que perecen por obra de las primeras una gran fecundidad destinada a ser su salvación. Pero como Epimeteo no era precisamente demasiado sabio, se le ocultó que había agotado las potencias entre los irracionales, en tanto le quedaba aún sin adornar con ninguna la raza humana, y estaba perplejo sin saber cómo arreglárselas.
Así perplejo, se le acerca Prometeo para pasar revista a la distribución, y ve a los demás animales adecuadamente poseedores de todo, pero al hombre desnudo, descalzo, sin cobertura y sin armas. Y ya había llegado el día fijado por el destino en que era menester que también el hombre saliese de la tierra a la luz. Estando, pues, Prometeo en esta perplejidad, qué salvación encontraría al hombre, roba la sabiduría de Hefaistos y de Atenea en las artes, con el fuego -porque imposible era sin el fuego que resultara asequible a nadie o útil-, y hace don de todo ello al hombre. De esta manera obtuvo el hombre la sabiduría indispensable para vivir, simplemente, pero no la política, pues ésta se hallaba en poder de Zeus. A Prometeo ya no le era posible penetrar en la acrópolis habitación de Zeus, pero [112] además había la temible guardia del dios; por el contrario, en la común morada de Atenea y Hefaistos, en que ambos cultivaban sus artes, entra a escondidas, y después de robar el arte ígneo de Hefaistos y el otro de Atenea, los regala al hombre y gracias a ello se le facilita a éste el vivir, mientras que a Prometeo acto seguido, y de la manera bien sabida, le persiguió la acusación de robo. En cuanto el hombre participó de la fortuna divina, se puso, único entre los animales, a rendir culto a los dioses y a construir altares e imágenes de ellos. En seguida, articuló rápidamente, gracias a su arte, su voz y las palabras, y encontró las casas, los vestidos, el calzado, los lechos y los alimentos sacados de la tierra. Así apercibidos, vivían los hombres en sus principios dispersos, sin haber ciudades; perecían, pues, por obra de las fieras, ya que eran de todo punto más débiles que ellas, y las artes que poseían les eran ayuda bastante en lo concerniente al sustento, pero en lo concerniente a la guerra que les movían las fieras, insuficientes, pues no poseían aún el arte política, de que es una parte la bélica. Trataban, por tanto, de congregarse y salvarse erigiendo ciudades; pero cuando estaban congregados, cometían crímenes unos contra otros, como quienes no poseían el arte política, por modo que volvían a diseminarse y fenecían. Entonces Zeus, temeroso por nuestra raza, no pereciese toda, envía a Hermes a aportar a los hombres el respeto y la justicia, a fin de que fuesen ornatos de las
ciudades y lazos de amor. Hermes pregunta a Zeus de qué modo debe dar a los hombres la justicia y el respeto. «Como han sido distribuidas las artes ¿así también los distribuyo? Las artes han sido distribuidas en esta forma: uno, en posesión de la médica, basta a muchos legos en ella, y así los demás en posesión de alguna. ¿También la justicia y el respeto debo instituir así [113] entre los hombres, o los distribuyo entre todos?» «Entre todos, respondió Zeus, y que todos participen. Porque no podría haber ciudades, si pocos participasen de ellos, como de las otras artes. Y por ley instituye en mi nombre que al incapaz de participar del respeto y la justicia se le mate, como peste de la ciudad».
Así, Sócrates, y por estas razones, los atenienses y los demás pueblos, cuando es cuestión de virtud (capacidad) en materia de arquitectura o cualquier otra análoga, a pocos piensan que incumbe el dar su opinión, y si quiere darla alguno no perteneciente a estos pocos, no lo soportan, como tú dices: con motivo, añado yo. Pero cuando pasan a la opinión propia de la virtud política, que debe ser toda obra de la justicia y el buen sentido, con motivo soportan absolutamente a todos, como dado a todos el participar de esta virtud, o no existirían las ciudades. Ésta es, Sócrates, la causa.
Mas a fin de que no pienses que te engañas en este punto, de que todos los hombres tienen en realidad a todos los hombres por partícipes de la justicia y del resto de la virtud política, toma esta otra prueba. En las demás virtudes, como tú dices, si alguien declara ser un buen flautista, o virtuoso en cualquier otra arte en que no lo es, o se ríen de él, o se enojan contra él, y las personas de la familia se le acercan para hacerle darse cuenta, como a un loco; pero en la justicia y en el resto de la virtud política, aun cuando vean a alguien ser injusto, si de suyo dice acerca de sí mismo la verdad frente a la multitud, lo que allí tenían por buen sentido, decir la verdad, aquí lo tienen por locura, y afirman que todos deben declarar que son justos, séanlo o no, o que está loco quien no hace gala de justicia: como siendo imposible que nadie, quienquiera [114] que sea, deje de participar de ella en algún modo, o no figuraría entre los hombres.
Afirmo, pues, que con motivo admiten que todo hombre puede dar su opinión en materia de esta virtud, por tenerlos a todos por partícipes de ella. Que, a pesar de ello, no la tienen por efecto de la naturaleza, ni por obra de la casualidad, sino por cosa enseñable y que es don de la solicitud por ella en aquel en quien se da, es lo que voy a tratar de demostrarte a continuación. Tratándose de todas aquellas malas cualidades que los hombres consideran que tienen los demás por naturaleza o por azar, nadie se irrita contra los que las tienen, ni trata de que se den cuenta, ni les enseña, ni los castiga, a fin de que no sean así, sino que los compadecen. Así, con los feos, los pequeños, los débiles ¿quién tan insensato como para querer hacer nada de esto con ellos? Porque se sabe, pienso, que en este caso por naturaleza y por azar poseen los hombres las bellas cualidades y sus contrarias. Pero tratándose de todas aquellas buenas cualidades que se piensa que los hombres poseen por obra de la solicitud, del ejercicio y de la enseñanza, si alguno no las tiene, sino las malas contrarias, surgen de alguna manera en contra de éstas las irritaciones, los castigos y los esfuerzos porque se dé cuenta de ellas.
De ellas es una la injusticia, y la irreligión, y en general todo lo contrario a la virtud (buena conducta) política. Aquí, en efecto, todos se irritan contra cualquiera y tratan de que se dé cuenta, patentemente por considerarla asequible con la solicitud y la instrucción. Pues si quieres detenerte a pensar qué signifique el castigar a los autores de injusticia, ello te enseñará que los hombres tienen la virtud por algo susceptible de apercibimiento. Nadie, en efecto, castiga a los autores de injusticias fijándose ni fundándose en que han cometido injusticia, a no ser [115] quien se venga irracionalmente como una fiera. El que trata de castigar con razón no procura la vindicta a causa de la injusticia pasada -pues lo ya hecho no puede dejar de haber sido-, sino en vista de lo futuro, a fin de que no vuelva a cometer injusticia ni el mismo, ni otro que lo vea castigado -y el que piensa de tal manera, piensa que la virtud es posible objeto de la