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«A Dios nadie lo ha visto», escribe San Juan para dar ma- yor relieve a la verdad, según la cual «precisamente el Hijo uni- génito que está en el seno del Padre, ése le ha dado a conocer» (Juan Pablo II, Dives in misericordia, 2).

1. El Padrenuestro

Es una oración específicamente cristiana. El modo de dirigir- nos a Dios en ella hubiera parecido un atrevimiento irrespetuoso a un judío anterior a Jesús. La palabra que usa Jesús, «Abba», era la forma familiar y cariñosa de dirigirse los niños a sus padres. Algo semejante a «papá», como se dice en algunos sitios. Y Jesús no só- lo la empleó, sino que dijo a sus discípulos que la utilizaran al orar. Por otro lado, Jesús da a esta oración un sentido comunitario, como lo muestran los mismos términos en plural: nuestro, venga a nosotros, perdónanos, etc. Por eso, la Iglesia la hace rezar en las ce- lebraciones litúrgicas, en las que el pueblo cristiano ora en común. Esto no significa que el rezo del Padrenuestro en privado no sea buena oración; Jesús oraba muchas veces en privado.

Al rezar el Padrenuestro la comunidad cristiana pide que al- cance la máxima plenitud esa salvación que ya hemos obtenido con la venida de Jesucristo y que llegue a todos los hombres.

2. Las parábolas de la misericordia

San Lucas, en el capítulo 15, relata tres parábolas llamadas de la misericordia: la de la oveja perdida, del hijo perdido («pródigo») y del administrador infiel.

Con estas parábolas Jesús explica cómo es la actuación de

Dios.San Juan dirá que Dios es amor. Podemos decir que ésta es

la principal revelación del Nuevo Testamento. Por esto, Jesús pro- clamará con su palabra y con sus obras el amor de Dios por los hombres. En efecto, Jesús nos muestra al Padre, es la revelación del Padre:

«Mediante esta “revelación” de Cristo conocemos a Dios, sobre todo en su relación de amor hacia el hombre: Es justa- mente ahí donde “sus perfecciones invisibles” se hacen de modo especial “visibles”, incomparablemente más visibles que a través de todas las demás “obras realizadas por él”: tales perfecciones se hacen visibles en Cristo y por Cristo, a través de sus acciones y palabras y, finalmente, mediante su muerte en la cruz y su re- surrección» (Juan Pablo II, Dives in misericordia, 2).

Pero como los hombres están dominados por el pecado, este amor de Dios por los hombres se traduce en perdón, en misericor-

dia.

«De este modo, en Cristo, y por Cristo, se hace también par- ticularmente visible Dios en su misericordia, esto es, se pone de relieve el atributo de la divinidad, que ya el Antiguo Testamen- to, sirviéndose de diversos conceptos y términos, definió “mise-

Los fariseos se escandalizaban de que Jesús acogiera y comie- ra con los pecadores. Pero la actitud de Jesús ante los pecadores es la más clara predicación del Reino de Dios: Dios es un Dios que

perdona.

Los fariseos no pueden entenderlo porque están lejos de sentir de acuerdo con Dios. Habían reducido la religión al estrecho cau- ce de su propia mezquindad y no son capaces de comprender el amor, que se traduce en perdón.

En las parábolas de la misericordia encontrarnos de común la recuperación de lo que estaba perdido. Cuando Jesús acoge a los pecadores, está llevando a la práctica esta recuperación de lo per- dido.

Especialmente significativa es la parábola del hijo pródigo, en la que se manifiesta con detalles emocionantes el amor de Dios co- mo Padre de los hombres. El amor de Dios hace fácil la vuelta.

En estas parábolas se resalta la alegría de Dios por el pecador que cambia de vida. Jesús llega a decir que «en el Cielo hay más alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan de penitencia» (Lc 15, 7).

Otro dato que nos hacen ver claramente estas parábolas es que es Dios quien toma la iniciativa para buscar al hombre extraviado. A la vez, queda claro que el hombre también tiene que poner algo de su parte. El hijo pródigo, antes de encontrar a su padre ha tenido que reconocer su lamentable situación; tener la valentía de proponerse la vuelta y llevarla a la práctica. Hace falta en el hom- bre una actitud de conversión, de respuesta amorosa al amor de Dios. Es la actitud que se llama sentencia y que no excluye la ale- gría, fruto de la esperanza de ser perdonado. El pecador arrepenti- do encuentra siempre el perdón de Dios: «Dios no desprecia un co- razón contrito y arrepentido» (Sal 50).

Por último, no deja de ser elocuente la actitud del hijo mayor de la parábola, porque, al revés de su padre, no es capaz de perdo- nar. Desconoce cómo es Dios. No actúa como Dios; no ama.

Jesús, por el contrario, nos muestra constantemente en su ac- tuación la actitud de perdón para con los pecadores.

Jesucristo es la revelación del Padre. Por eso, los Hechos de los Apóstoles dicen que Jesús «pasó haciendo el bien» (Hch 10, 38).

«Jesucristo manifiesta la misericordia de Dios. El mismo la encarna y personifica. Él mismo es, en cierto sentido, la mise- ricordia. A quien la ve y la encuentra en él, Dios se hace con- cretamente “visible” como Padre “rico en misericordia”» (Juan Pablo II, Dives in misericordia, 2).

«Revelada en Cristo, la verdad acerca de Dios como “Padre de la misericordia”, nos permite “verlo” especialmente cercano al hombre, sobre todo cuando sufre, cuando está amenazado en el núcleo mismo de su existencia y de su dignidad» (ibíd.).

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