Los evangelios sinópticos (San Mateo, San Marcos y San Lu- cas) concuerdan en que el tema primario de la predicación de Nuestro Señor Jesucristo era «el Reino de Dios»: «Enseñaba en las sinagogas y proclamaba el evangelio del reino» (Mt 4, 23; 9, 35) y lo hace con urgencia: «... también en las otras ciudades tengo que anunciar el reino de Dios, porque para esto he venido» (Lc 4, 43). Este Reino de los Cielos, que es el núcleo de la predicación de Jesús, es un misterio, porque se trata, sobre todo, de una nueva si- tuación que procede de Dios. Surge con Jesucristo y el hombre no puede acelerarla ni provocarla. Aparece cuando Dios quiere, pero como no es un reinado político, como el que esperaban los princi- pales jefes de Israel, sino religioso, tiene su realización primera en el interior de los hombres. Por eso no se impone por la fuerza, co- mo muchas veces lo hacen los reinados meramente humanos, sino que tiene como elemento principal la respuesta libre del hombre.
Por eso, el hombre puede cerrarse al Reino de Dios e incluso oponerse a su realización. Es lo que vemos en los evangelios que ocurre con los que se oponen a Jesús.
La raíz de esa resistencia que el hombre puede oponer al Rei- no es el pecado. La indiferencia, el egoísmo, el orgullo, la avaricia, etc. llevarán a muchos a rechazar el Reino de Dios.
En definitiva, el Reino de Dios es la salvación del hombre, que ha venido a traer Jesucristo. Y la realización definitiva de ese Rei- no es la «vida eterna», en la que el hombre conseguirá su plenitud definitiva.
Esto no significa que ese Reino no tenga incidencia sobre las realidades de este mundo. Precisamente, que el Verbo de Dios se haya hecho hombre para salvar al hombre y que haya querido vivir la vida humana con todas sus consecuencias, significa que ese Rei- no inaugurado con Cristo ya ha comenzado a actuar aquí. Y si tie- ne como finalidad principal llevar a los hombres a la gloria, su aceptación será el mayor beneficio para cada hombre en particular y para la vida en sociedad, propia del hombre.
En efecto, este Reino es reino de verdad y justicia, su ley más importante es la caridad o amor de los unos por los otros. Es evi- dente que cuanto mayor sea la aceptación del Reino por parte de los hombres, también mayor será la paz y concordia entre ellos y, por tanto, su felicidad terrena.
Podemos decir que lo malo que hay en el mundo depende en gran medida de la resistencia de los hombres al Reino de Dios. No olvidemos que Dios no impone su reinado, sino que sólo lo propo- ne, dejando a salvo la LIBERTAD.
Para entrar en este Reino o, para que él entre en nosotros, hace falta quitar obstáculos, vaciarse de todo lo que estorba; hace falta renuncia, abnegación. Jesús dirá que hace falta nacer de nuevo.
Para pertenecer y poseer este Reino hay que hacerse como ni- ños en la sencillez e inocencia (cf. Mc 9, 23), y se debe nacer de nuevo a una vida más alta según el espíritu, pues «no consiste el Reino de Dios en el comer y el beber, sino en la justicia, en la paz y en el Reino del Espíritu Santo» (Rom 14, 17).
1. La ley de este Reino es la caridad
Todas las normas del nuevo Reino se pueden encerrar en amar a Dios sobre todas las cosas. Jesucristo, al ser interrogado sobre el primer mandamiento de la ley, dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con
todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás al prójimo como a ti mismo. De estos preceptos dependen toda la ley y los profetas» (Mt 22, 37-39). En las leyes humanas basta con el cumplimiento externo, pero en la ley del amor se llega hasta el fon- do de la conciencia y del corazón, pues de ahí surgen las buenas o las malas obras.
2. Las parábolas del Reino de los Cielos
San Mateo trata de expresarnos, a través de las siete parábolas que recoge el capítulo 13, las líneas maestras de lo que Jesús ha en- señado respecto del Reino.
En el fondo vienen a decir que quien no reconoce el miste- rio del Reino en las palabras de Jesús y lo rechaza, aumenta to- davía más su ceguera. [El Reino] Crece ocultamente; sólo al fi- nal desplegará todo su esplendor. Es pequeño, pero tiene un valor inapreciable y posee en sí una fuerza de transformación enorme. Exige el sacrificio de todo, pero produce mucho fruto y un gozo incontenible.
3. La plenitud del Reino de Dios no se dará en la tierra,
sino en la eternidad
Cristo anunció una segunda venida suya al final de los tiempos como Rey y Juez, «entonces dará a cada uno según sus obras», y separará a los buenos de los malos, llevando la creación a la per- fección conseguida por él en la Redención.
En el final, la creación entera pasará a ser «el cielo nuevo y la nueva tierra» anunciados en el Apocalipsis, donde el mal habrá sido definitivamente vencido: «la muerte no existirá más, ni ha- brá duelo, ni gritos, ni trabajo, porque todo es ya pasado» (Ap 21, 1-4).
— Tema principal de la predicación de Jesús: el Reino de los Cielos.
— No es un reino político, sino religioso. No se impone por la fuerza, sino que pide una respuesta libre del hombre. — El Reino de Dios es lo mismo que la salvación de los hombres. — La realización definitiva de este reino se da en la vida futu- ra, pero actúa ya en la presente y es la solución de los pro- blemas humanos.
— Para entrar en ese reino hace falta «nacer de nuevo». — La ley de este reino es la caridad.
En la sinagoga de Nazaret, nuestro Señor se aplica a sí mismo unas palabras del profeta Isaías en las que se ve la relación entre salvación, salud y liberación: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió para evangelizar a los pobres; me envió a predi- car la libertad a los cautivos, la recuperación de la vista a los cie- gos; para poner en libertad a los oprimidos» (Lc 4, 18-19).
El Señor sitúa estas palabras en un ámbito universal, que tras- ciende lo meramente temporal. La salvación que Él trae a los hom- bres es una salvación total, que les afecta en las mismas raíces de su existencia y, por ello, se extiende a todas los dimensiones de su ser. Se le debe poner el nombre de Jesús —Salvador—, como in- dica el ángel a José, porque salvará a su pueblo de sus pecados (Mt 1, 21). La palabra salvación recibe en el Nuevo Testamento un sen- tido decididamente religioso. Comprende, por una parte, la libera- ción del pecado; y, por otra —como la otra cara de la misma mo- neda—, las bendiciones de Dios en las que se incluye, en su consumación escatológica, la liberación de todas las esclavitudes.
4. Cristo es el perfecto mediador
Mediador es el que puede hacer de puente entre dos partes. Je- sús es perfecto Dios y perfecto hombre. Es el único que puede me- diar de modo perfecto entre Dios y los hombres. Aunque muchos pidan y merezcan por la salvación de la humanidad Cristo es el úni- co mediador.
5. Cristo es Sacerdote
El sacerdote es el que ofrece a Dios acciones sagradas para dar culto a Dios y conseguir bienes y perdón sobre los hombres. Cris- to es el único Sacerdote de la Nueva Alianza.
6. Cristo es Rey
Repetidamente se anuncia en la Escritura que el Mesías será rey. Cristo es Rey y reina en los corazones de los hombres a través de su gracia.
7. Cristo es el nuevo Adán
Adán es la cabeza del género humano. Al pecar toda la huma- nidad quedó herida. Cristo es el nuevo Adán, es decir la nueva ca- beza, de la humanidad. La unión con el viejo Adán se realiza por el nacimiento. La unión con el nuevo Adán que es Cristo se realiza por la fe y el Bautismo. De este modo se salva y se regenera la hu- manidad.
Catecismo
619 «Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras»
(1 Co 15, 3).
620 Nuestra salvación procede de la iniciativa del amor de Dios
hacia nosotros porque «Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 10). «En Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo» (2 Co 5, 19).
621 Jesús se ofreció libremente por nuestra salvación. Este
don lo significa y lo realiza por anticipado durante la últi- ma cena: «Éste es mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros» (Lc 22, 19).
622 La redención de Cristo consiste en que él «ha venido a dar
«a amar a los suyos hasta el extremo» (Jn 13, 1) para que ellos fuesen «rescatados de la conducta necia heredada de sus padres» (1 P 1, 18).
623 Por su obediencia amorosa a su Padre, «hasta la muerte de
cruz» (Flp 2, 8) Jesús cumplió la misión expiatoria (cf. Is 53, 10) del Siervo doliente que «justifica a muchos car- gando con las culpas de ellos» (Is 53, 11; cf. Rm 5, 19).
«La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rm 5, 8).
8. Concepto adecuado de la redención
La redención puede definirse como aquella economía sobrena- tural según la cual Cristo, cabeza nuestra, en nuestro lugar, ofrece a Dios por nosotros un sacrificio perfecto y una reparación ade- cuada a la ofensa inferida por los pecados de la humanidad; nos li- bra de la cautividad del pecado, del diablo y de la muerte, y nos vuelve y restituye en aquellos bienes perdidos por el pecado.
La redención comporta, pues, como perteneciente a su concep- to la idea de pagar un precio, es decir, comporta una reparación proporcionada a la gravedad del pecado, y, en consecuencia, com- porta una satisfacción. Se trata de una satisfacción que Cristo rea- liza en lugar nuestro; por eso se le llama satisfacción vicaria, pues- to que no sólo padece por nuestros pecados, sino que, en cuanto cabeza nuestra, padece en nuestro lugar.
Esta satisfacción tiene lugar mediante la obediencia hasta la muerte, es decir, inmolando la propia vida como acto de culto a Dios, reparando así la desobediencia de Adán (cf. Rom 5, 12-19). Por esta razón se dice que tiene lugar mediante el sacrificio. Este sacrificio expiatorio tiene como efecto la reconciliación de los hombres con Dios y, en consecuencia, la liberación de la esclavi- tud del demonio, del pecado y de la muerte.
Catecismo
609 Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre
hacia los hombres, «los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1) porque «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y per- fecto de su amor divino que quiere la salvación de los hom- bres (cf. Hb 2, 10. 17-18; 4, 15; 5, 7-9). En efecto, aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: «Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente» (Jn 10, 18). De aquí la so- berana libertad del Hijo de Dios cuando él mismo se enca- mina hacia la muerte (cf. Jn 18, 4-6; Mt 26, 53).
610 Jesús expresó de forma suprema la ofrenda libre de sí
mismo en la cena tomada con los Doce Apóstoles (cf. Mt 26, 20), en «la noche en que fue entregado» (1 Co 11, 23). En la víspera de su Pasión, estando todavía libre, Jesús hi- zo de esta Última Cena con sus Apóstoles el memorial de su ofrenda voluntaria al Padre (cf. 1 Co 5, 7), por la sal- vación de los hombres: «Éste es mi Cuerpo que va a ser entregado por vosotros» (Lc 22, 19). «Ésta es mi sangre de la Alianza que va a ser derramada por muchos para re- misión de los pecados» (Mt 26, 28).
615 «Como por la desobediencia de un solo hombre, todos fue-
ron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos» (Rm 5, 19). Por su obediencia hasta la muerte, Jesús llevó a cabo la sustitución del Siervo doliente que «se dio a sí mismo en
expiación», «cuando llevó el pecado de muchos», a quie-
nes «justificará y cuyas culpas soportará» (Is 53, 10-12). Jesús repara por nuestras faltas y satisface al Padre por nuestros pecados (cf. Concilio de Trento: DS 1529).
616 El «amor hasta el extremo» (Jn 13, 1) es el que confiere su
valor de redención y de reparación, de expiación y de sa- tisfacción al sacrificio de Cristo. Nos ha conocido y ama-
do a todos en la ofrenda de su vida (cf. Ga 2, 20; Ef 5, 2. 25). «El amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron» (2 Co 5, 14). Ningún hombre, aunque fuese el más santo, estaba en con- diciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hom- bres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos.
617 «Sua sanctissima passione in ligno crucis nobis justifica-
tionem meruit» («Por su sacratísima pasión en el madero de la cruz nos mereció la justificación») enseña el Conci- lio de Trento (DS 1529) subrayando el carácter único del sacrificio de Cristo como «causa de salvación eterna» (Hb 5, 9). Y la Iglesia venera la Cruz cantando: «O crux, ave, spes unica» («Salve, oh cruz, única esperanza», himno
Vexilla Regis).
618 La Cruz es el único sacrificio de Cristo «único mediador
entre Dios y los hombres» (1 Tm 2, 5). Pero, porque en su Persona divina encarnada, «se ha unido en cierto modo con todo hombre» (GS 22, 2), él «ofrece a todos la posi- bilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida, se aso- cien a este misterio pascual» (GS 22, 5). Él llama a sus discípulos a «tomar su cruz y a seguirle» (Mt 16, 24) por- que él «sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas» (1 P 2, 21). Él quiere, en efecto, aso- ciar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios (cf. Mc 10, 39; Jn 21, 18-19; Col 1, 24). Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, aso- ciada más íntimamente que nadie al misterio de su sufri- miento redentor (cf. Lc 2, 35):
«Fuera de la Cruz no hay otra escala por donde subir al cielo». (Santa Rosa de Lima, vida)
«El misterio pascual es el culmen de esta revelación y actuación de la misericordia, que es capaz de justificar al hombre, de restablecer la justicia en el sentido del orden salvífico querido desde el principio para el hombre y, mediante el hombre en el mundo, Cristo, que sufre, habla sobre todo al hombre y no solamente al creyente» (Juan Pablo II, Dives in misericordia 7).