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Digital Image Correlation

In document Electrosurgical vessel sealing (Page 110-115)

4 Analysis of Shim Performance using Digital Image Correlation

4.3.1 Digital Image Correlation

Generoso con sus hijos rebeldes y sus adversarios vencidos, Enrique II se muestra intransigente con respecto a su esposa. Hace que la encierren en la torre de Salisbury, en Oíd Sarum. La detención no es, sin embargo, estricta ni total. Al leer los Pipe Rolls que enumeran los gastos reales, los historiadores advirtieron hace ya tiempo la presencia de Leonor en diversos lugares del reino, muy a menudo en ciudades fortificadas donde permanece bajo la vigilancia de dos fieles al rey, Raúl Fitz-Stephen y Raúl de Glanville[279]. Gervasio de Canterbury indica las razones de esa estrecha vigilancia: el rey ha llegado a detestar a su esposa, a la que considera responsable de la sedición. Piensa en divorciarse y, con esta intención, hace que acuda, el 27 de octubre de 1175, el cardenal Uguccione, nuncio apostólico, a quien cubre de favores:

Este llegó a Inglaterra al final del mes de octubre y fue recibido con honor por el rey y los grandes de Inglaterra. El rey, en efecto, detestaba tanto a su mujer que la mantenía bajo vigilancia en plazas fuertes muy bien guardadas, porque se decía

(dicebatur) que la sedición de la que hemos hablado anteriormente era resultado de los consejos de la reina; parecía dispuesto a todo para obtener el divorcio. Para ello, se decía (dicebatur), había hecho llamar al legado a quien colmaba de regalos y de palabras halagadoras[280].

Según Geraldo el Cambriano (chismoso de corte aunque bien informado sobre lo que allí ocurre), tras su reconciliación con sus hijos, el rey Enrique, al igual que antaño el Faraón de Egipto, endurece su corazón y vuelve a sus vicios: ordena encerrar a su mujer y vive abiertamente con su amante Rosamunda Clifford. Jugando con las palabras, añade que debiera más bien llamársela «Rosa inmunda»[281]. No tenemos razón alguna para poner en duda su información.

Los temores de la reina son entonces serios, no de perder el amor de su marido (ha ocurrido hace ya mucho tiempo, siempre y cuando Enrique hubiese amado alguna vez a Leonor), sino de perder definitivamente la corona de Inglaterra por divorcio o anulación de matrimonio, sobre la base de una real consanguinidad, como había perdido ya, veintidós años antes, la corona de Francia. Esta vez, sin embargo, a su edad (cincuenta y un años), tendría muy pocas posibilidades de encontrar otra.

Aun así, dos circunstancias apartan ese peligro. El primero es la firme resistencia de la Santa Sede. El enviado del Papa no cede. Sin duda ha comprendido que el rey de Inglaterra quiere librarse de Leonor para desposarse con su amante, caso formalmente prohibido por la ley eclesiástica. El segundo es la súbita desaparición de su rival Rosamunda Clifford. En 1176, cae enferma y se retira al monasterio de Godstow, donde muere antes de que finalice el año. Las leyendas que, tomando partido por la joven amante contra la esposa burlada, describieron más tarde a Leonor como una loba implacable que pretendía asesinar a Rosamunda en los aposentos del palacio que el rey había hecho construir para ella, están pues por completo desprovistas de fundamento y no merecen examen: la propia reina estaba por aquel entonces cautiva y no se encontraba en situación de llevar a cabo venganza alguna.

¿Lo deseaba, por lo demás? Podemos creerlo así, pues el peligro era proporcional al amor del rey por su amante. Lo atestigua una anécdota que cuenta Roger de Howden. Relata una visita del obispo Hugo de Lincoln al convento de Godstow, cerca de Oxford, donde Rosamunda ha sido enterrada. El futuro san Hugo advierte en la iglesia una tumba cubierta con un tejido de seda y rodeada de velas, muy reverenciada por las monjas. «¿Quién descansa en esta tumba?», pregunta. «Rosamunda, le responden las monjas. Tuvo tanto favor ante el rey que éste, por su amor, ha hecho grandes donaciones al monasterio, pobre hasta entonces, y ha pagado para que su tumba sea siempre honrada y esté iluminada.» El obispo, entonces, monta en «santa cólera»:

El obispo les respondió: «Sacadla de aquí, pues era una puta, y el amor entre ella y el rey era ilegítimo y adúltero. Enterradla con los demás muertos fuera de la Iglesia, por miedo a que la fe cristiana se vea envilecida y sea éste un ejemplo para las demás mujeres que deben preservarse del concubinato y de las uniones ilícitas y adúlteras». E hicieron ellas lo que les ordenaba el obispo; tomaron su cuerpo y lo enterraron fuera de la iglesia[282].

Es legítimo preguntarse, en esta fase de la investigación, hasta qué punto pesó el resentimiento personal de Leonor en la revuelta de sus hijos, que ella apoyó y, con toda probabilidad, suscitó. Los matrimonios de aquel tiempo, lo hemos dicho ya antes, son esencialmente políticos, y el amor no interviene en su conclusión. No está por ello excluido a continuación, y no es en absoluto cierto que las esposas, como se repite demasiado a menudo, se resignaran fácilmente a las canas al aire, consideradas «naturales», que echaban sus maridos. Tenemos varios ejemplos en la propia familia de Leonor y Enrique. Así sucedió, ya a finales del siglo X, con Guillermo Fierabrás (hijo de Guillermo Cabeza de Estopa y de Adela de Norniandía), y su esposa Emma de Blois, hija del conde Thibaud el Tramposo. Emma, piadosa esposa, había emprendido la fundación del monasterio de Maillezais cuando supo (también aquí por el rumor público) su infortunio conyugal. Su reacción, contada por el monje Medro de Mailizais, fue brutal y ejemplar:

[...] El Diablo, el muy abominable enemigo del género humano, suscitó el alimento del odio en el corazón de ambos esposos. Pues mucha gente decía públicamente, por aquel entonces, que el príncipe, al regresar de los confines del país de los bretones, se había detenido en el castillo de Thouars para recibir allí hospitalidad y que había cometido adulterio con la mujer del vizconde. Desde el momento en que la condesa hubo sabido la vergüenza de ese escándalo, de inmediato comenzó a mostrarse desabrida con su marido y a reprocharle, diariamente, el desprecio que le había testimoniado [...]. Pocos días después, mientras ésta andaba por las llanuras del país de Talmond, topó con la que creía que había arrastrado al estupro a su marido. Arrojándose sobre ella pues, con todo su impulso, la tira vergonzosamente de su caballo y, tras haberla abrumado de ultrajes, incitó a sus compañeros a que abusasen de ella durante toda la noche que comenzaba, abandonándola a todos sus caprichos. Y éstos, tras haber ejecutado presurosamente esta orden, la expulsaron al amanecer a puntapiés[283].

Una violación colectiva para vengar un adulterio... La vindicativa esposa advierte muy pronto la gravedad de su acto: se retira a Chinon, a las tierras familiares. Elizabeth Carpentier, que ha estudiado muy bien el episodio, desgrana sus rasgos principales: el origen de la ruptura no es la infidelidad de la mujer, como de costumbre, sino la del marido. ¿Quería Guillermo repudiar a Emma para casarse con la vizcondesa de Thouars? En todo caso, su mujer se le adelanta y toma personalmente la iniciativa de la ruptura. Abandonado a sí mismo, el marido cae muy pronto en decadencia y el pueblo reclama el regreso de Emma. Analizando simplemente los hechos, se trata de un caso clásico, trivial: tras una boda política, se establece la discordia en la pareja y desemboca en el adulterio del mando con una mujer aristocrática de rango inferior. Según la «moral de los guerreros», Guillermo habría podido repudiar a Emma y casarse con la vizcondesa. Pero no es así, y es la esposa la que se venga de su rival y acaba prevaleciendo. ¿Por qué? Emma posee una fuerte personalidad y ha podido gozar de un doble apoyo: la razón de Estado que hacía indispensable la alianza política entre las casas de Blois y de Poitiers, y la Iglesia que intenta imponer la indisolubilidad del matrimonio[284].

¿Conocía Leonor este precedente? Es poco probable, pero en su caso se encuentran la mayoría de los elementos reunidos en el de su lejana antepasada. El adulterio del marido (conocido por todos), la fuerte personalidad de la esposa, su poder político, la razón de Estado que impulsaba la unión de Aquitania con los demás dominios Plantagenet, y la presión eclesiástica por fin. En este caso, ésta prevalece, sin duda a causa del proyecto demasiado evidente de Enrique de casarse con Rosamunda, con la que ahora vive públicamente.

Ciertamente no es éste el único exceso de Enrique II. Contrariamente a lo que afirma Régine Pernoud[285], el rey ha dejado, en efecto, en la Historia, una reputación de libertinaje que no parece en modo alguno inmerecida. Guillermo de Newburgh, que por lo general no le es desfavorable, esboza de

él, en este punto, un retrato poco complaciente:

A decir verdad, este rey, ya es sabido, estuvo provisto de las numerosas virtudes que adornan a una persona regia, y sin embargo, se entregó a ciertos vicios que son particularmente mal recibidos en un príncipe cristiano. Se inclinaba mucho a la concupiscencia y a las relaciones extraconyugales. Prolongaba en ello las prácticas de sus antepasados, dejando por otra parte, en este campo, la palma a su abuelo. Usó de la reina lo bastante como para tener de ella una progenie, pero cuando dejó de parir, se entregó a la voluptuosidad y engendró bastardos[286].

Los bastardos los había engendrado, ya, por lo menos dos veces, antes de su matrimonio, en particular uno llamado Godofredo que se convertirá en canciller y arzobispo de York. Se recuerda también al vizconde Odón de Porhoet, acusándole de haber deshonrado a su hija. Hay que añadir otra acusación, rechazada a menudo por los historiadores al proceder de Geraldo el Cambriano, al que se considera demasiado aficionado a los chismes. Según este rumor, poco después de la muerte de Rosamunda, el rey Enrique la habría sustituido en su lecho por la joven Aelis de Francia, que tenía por aquel entonces dieciséis años y con quien Ricardo, su prometido desde la más tierna infancia, no se ha casado todavía desde la época en que fue entregada a la custodia del rey.

Esta hermana del rey Felipe e hija del rey Luis había sido confiada, con toda buena fe, por su piadosísimo padre, a la custodia del rey de Inglaterra, para ser entregada en matrimonio a su hijo Ricardo, conde de Poitou. Sin embargo, a causa del escándalo que se había producido, y a causa de la excesiva intimidad que había mantenido con su padre, el conde Ricardo no quiso en absoluto desposarla. Se decía, en efecto (y la cosa se convirtió en rumor público, porque ninguna de las cosas que se refieren a la verdad pueden ser por completo reducidas a la nada), que tras la muerte de la joven Rosamunda, a quien el rey había amado locamente con adúltera pasión, había también, con un impudor y una infidelidad excesivos, deshonrado a la joven virgen, hija de su señor, que le había sido entregada con toda serenidad y confianza.

De ello había resultado, por lo que se decía, un odio inmenso e inexorable entre él y sus hijos, así como en su madre la reina, porque, siempre en busca de maquinaciones ilícitas, proyectaba divorciarse de Leonor para casarse con ella (había hecho ir, para ello, a Inglaterra, a un legado de la curia romana, el cardenal Uguccione). Quería tener herederos de Aelis para desheredar con más eficacia de sus bienes, los suyos propios y los del reino de Francia, a los hijos que había tenido con Leonor, quienes le acosaban[287].

¿Sería Aelis una nueva rival de Leonor? Geraldo se muestra lo bastante convencido sobre este adulterio del rey con la joven como para que prestemos atención a su relato, a pesar del error cronológico que comete sobre la visita del nuncio apostólico. En aquella fecha, en efecto, Rosamunda Clifford está viva aún, y Enrique está intentando entonces casarse con ella. Por lo demás, esta aventura extraconyugal de Enrique con Aelis es corroborada por varios indicios, en especial por el hecho de que Ricardo nunca se casará con ella a pesar de las muy fuertes presiones que se ejercen sobre él y del interés político que semejante boda podía tener. Para explicar esa repugnancia, se ha invocado la homosexualidad de Ricardo[288]. Es, en efecto, bastante probable, pero no supone una razón suficiente: Ricardo, lo sabemos, acabó casándose con Berenguela de Navarra, catorce años más tarde. Para deshacerse de su anterior compromiso con Aelis ante el rey Felipe Augusto, su hermanastro, Ricardo invoca entonces el mismo argumento dirimente, que menciona esta vez Roger de Howden, historiador serio y poco dado a las habladurías: «El rey de Inglaterra le respondió entonces: "No rechazo a tu hermana; pero me es imposible desposarla, pues mi padre yació con ella y engendró de ella un hijo"»[289].

Enrique II, sin duda alguna, tuvo numerosas amantes, como la mayoría de los personajes importantes de aquel tiempo, por no decir de todos los tiempos. Me parece temerario afirmar que a Leonor no le importara. Nadie puede saber, en efecto, cómo reaccionaba ante las repetidas infidelidades de su marido, sobre todo cuando éste, imitando en ello a Guillermo IX con La Maubergeona, instaló públicamente a Rosamunda Clifford en su lugar. Al amor decepcionado tal vez, engañado luego por mucho tiempo, se añadía entonces el amor propio ofendido, y es muy difícil afirmar que la conducta de Leonor incitando a sus hijos contra su marido nada debe a sus resentimientos personales de esposa despechada.

Leonor tenía pues numerosos motivos de rencor contra su esposo. Al mal entendimiento conyugal, recientemente exacerbado, se añadían también razones de cari/ político, como hemos visto anteriormente. La cuestión que plantean a menudo los historiadores no es pues tanto la de los motivos de la revuelta como la de la fecha de su inicio, en 1173[290]. El momento podía parecer propicio; por muchas razones, en aquella fecha, Leonor puede temer, en efecto, no sólo ser suplantada por Rosamunda Clifford, sino también alejada del trono de Inglaterra en beneficio de una rival. Se siente amenazada, por otra parte, en lo que se refiere a su autoridad en sus Estados, puesto que Raimundo de Tolosa, en febrero de aquel mismo año, rinde homenaje a Enrique II y a Enrique el Joven por una tierra que ella considera que pertenece a su ducado de Aquitania. Su hijo Ricardo, a quien ha entregado su ducado, se ve así relegado también a la tercera posición, a pesar de las promesas paternas y las investiduras solemnes que le han confirmado como duque de Aquitania. La creciente irritación de su hijo mayor ante la negativa paterna a concederle el poder real que le prometían su consagración y su coronación, y concederle aunque sólo fuera una tierra donde poder vivir, fue la ocasión aprovechada por Leonor para suscitar y ampliar la rebelión de sus hijos y, luego, para aliarse con su primer esposo contra el segundo. El momento no estaba mal elegido. Pero era prematuro: en aquella fecha, sus hijos eran todavía demasiado jóvenes e inexpertos en el terreno militar (como lo era también el rey de Francia) como para que la victoria pudiera coronar aquel intento de sedición. Leonor paga un precio muy alto, y sola, el precio de aquel error.

Pero no dejan de existir los motivos. Poco a poco, al acercarse a la madurez, sus hijos reanudan el combate. Estos acontecimientos modificaron profundamente el destino de la Europa occidental, pero Leonor no desempeña en todo ello ningún papel directo, al revés que Ricardo, su hijo preferido[291]. No entraremos pues aquí en el detalle de estos acontecimientos, muy complicados por lo demás, y nos limitaremos a indicar los principales, los que se refieren a la reina, ahora cautiva.

La unión de los hijos a su padre nada tiene de espontánea ni de sincera. Se trata de una sumisión oportunista, obligada y lór zada. Cuando va, en nombre de su padre, a «pacificar» la Aquitania rebelde, Ricardo procura, a la vez, darle pruebas de fidelidad y afirmar su propia autoridad sobre aquel ducado que considera haber recibido de su madre. Los rebeldes a quienes combate, esta vez, proceden sobre todo del sur de Aquitania. Vencidos primero por las tropas de Ricardo y, luego, por el ejército, combinado, del viejo rey y de su hijo, son severamente castigados en 1176. Privados de una parte de sus tierras y sus fortalezas, no por ello dejan de rebelarse una y otra vez, por deseo de independencia, poco acostumbrados como estaban a reconocer una autoridad molesta. Mientras su hermano mayor, Enrique el Joven, poco dado a la guerra, destaca en los torneos bajo la protección de su mentor Guillermo el Mariscal, Ricardo, por su parte, adquiere en aquellos combates el apodo de «Corazón de León» que la Historia le reconocerá.

Sus campañas de 1182-1183 son, a este respecto, decisivas y emblemáticas. Se enfrenta a una coalición capitaneada por los señores de Limoges, Angulema, Ventadour y Turena, a quienes se une muy pronto el conde de Perigord. Ricardo toma la ofensiva, asola el Lemosín y da pruebas, con sus vasallos sediciosos, de una brutalidad que algunos cronistas atestiguan: los jefes rebeldes, convocados por Enrique II en Grandmont, se atrevieron a quejarse de los métodos de su hijo. Roger de Howden silencia esas acusaciones de violencia y lubricidad en su segunda versión de los hechos, retocada tras el advenimiento de Ricardo al trono de Inglaterra, pero subsisten en su primera versión, redactada antes de la muerte de Enrique II. Su relato ilustra el carácter del Corazón de León, los métodos de combate y de represión de la época, pero también el modo en que los cronistas dan cuenta de los hechos o los ocultan según las circunstancias políticas que prevalecen en el momento de su redacción.

[Los barones] decían en efecto que no deseaban en modo alguno según teniendo su tierra de Ricardo, afirmando que era malo para todos, peor para los suyos, y peor aun para él mismo. Pues arrebataba por fuerza las esposas, las hijas y las parientas de los hombres libres, y las hacía sus concubinas; y cuando había apagado en ellas sus ardores libidinosos, las entregaba a sus milites a

guisa de cortesanas. Afligía a su pueblo con aquellas cosas y muchas otras fechorías[292].

Enrique, claro está, no tiene en cuenta aquellas quejas y reúne a su alrededor a sus tres hijos para reducir a los rebeldes. Pero la brutalidad de Ricardo le sirve a Enrique el Joven de pretexto para hacer valer, de nuevo, su antigua reivindicación. Celoso de su hermano menor que, en Aquitania, goza de cierta libertad de acción y de gobierno (mientras él, el heredero designado, permanece en el mayor sometimiento), apoya a los señores aquitanos levantados[293]. Además, atormentado por los rumores que acusan a su mentor, Guillermo el Mariscal, de haberse convertido en el amante de su esposa Margarita, se muestra en aquella época de una extremada susceptibilidad[294]. Quiere ser reconocido como heredero legítimo, sucesor de su padre en todo el imperio. En Limoges, dona a los monjes un manto bordado con dos palabras significativas: «Henricus Rex».

El «verdadero» rey Enrique, el padre, intenta entonces calmar las frustraciones de su hijo mayor haciendo que obtenga el homenaje de sus hermanos. Godofredo lo acepta sin apenarse demasiado por

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