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In document Electrosurgical vessel sealing (Page 133-138)

4 Analysis of Shim Performance using Digital Image Correlation

4.5 Discussion

Ricardo fue muy probablemente el hijo preferido de Leonor. Para afirmarlo algunos historiadores se apoyan, a menudo, en las cartas de la reina donde, según dicen, sólo Ricardo recibía el epíteto de «queridísimo hijo» (carissimus filius), mientras Juan y sus demás hijos y parientes sólo tenían derecho al más moderado vocablo ele «querido hijo» (dilectus filius). Para Jean Markale, por ejemplo, citando literalmente a Régine Pernoud, «en las cartas de Leonor, Ricardo es siempre carissimus, queridísimo, mientras Juan es sólo dilectus, simple fórmula de cortesía»[350]. El análisis estadístico del vocabulario de esas actas no avala este argumento. En las cartas de Leonor, que están siendo editadas por Nicholas Vincent, he encontrado en efecto lo treinta y cinco apariciones de la palabra «carissimus». Se reparten de este modo: en diecisiete ocasiones, es decir casi la mitad, designan a su hijo Ricardo, en nueve a su hijo Juan y en seis a su luja Juana. Las demás, escasas, designan a parientes más alejados. Estas cifras aportan ya importantísimos matices a la tesis mencionada más arriba. Pero hay que seguir adelante. En efecto, de las diecisiete veces que la palabra es aplicada a Ricardo, dieciséis le designan después de su muerte y la última durante su cautiverio, circunstancias que justifican plenamente el empleo de un más intenso vocabulario afectivo. En cambio, las nueve apariciones de la palabra carissimus aplicada a Juan le designan como rey que reina, lo que incitaría casi a un observador imprudente (o bromista) a invertir las conclusiones. Por lo que se refiere a la palabra dilectus, aparece una sola vez en las cartas de Leonor en su forma superlativa (dilectissimus), y se refiere a su marido Enrique II, después de su muerte. Nadie verá, sin embargo, en ello, un excesivo afecto, por su parte, hacia aquel esposo al que combatió y que por tanto tiempo la mantuvo prisionera. En su forma ordinaria (dilectus), la palabra se aplica a personajes muy diversos, entre ellos su hijo Juan (dos veces) y su hija Juana (una vez), pero también su hijo Ricardo (una vez). Esta mención estadística traduce, esencialmente, el carácter rígido y convencional del vocabulario de las cartas. A ninguna conclusión puede llegarse, pues, en lo referente a los verdaderos sentimientos de Leonor para con sus hijos.

La naturaleza de sus relaciones afectivas con sus hijos queda mejor ilustrada por los hechos. Y en ese campo, queda claro que Leonor intentó, sobre todo, proteger a Ricardo, a quien quiso transmitir su heredad aquitana, antes de proteger del mismo modo a Juan. El hecho de que hubiera recuperado su libertad por el advenimiento de Ricardo debe tenerse en cuenta también en la expresión de sus sentimientos, aunque no se conceda demasiada importancia (y sin duda es un error, pues esas creencias son muy fuertes por aquel entonces) a las profecías de Merlín según las cuales su «tercera nidada» le reportaría felicidad.

Leonor, lo hemos dicho ya, no aguardó la llegada de Guillermo el Mariscal para abandonar su prisión. De inmediato, a los sesenta y cinco años, a pesar de la pesadumbre provocada por la pérdida de su hija Matilde, muerta el 13 de julio, reanuda una intensa actividad política y se comporta como verdadera reina de Inglaterra, con el unánime acuerdo de los barones[351]. De los que le habían permanecido fieles, al menos. La discordia entre los hijos y su padre ha planteado, en efecto, serios problemas, pues raros son los barones que no han tomado posición, y pueden temerse «purgas». Guillermo el Mariscal, en particular, podría temerlas. En cuanto accedió al poder, Ricardo le recordó el reciente incidente durante el que Guillermo había derribado su caballo para proteger la huida del rey, su padre.

«Mariscal, buen sire, el otro día quisisteis matarme, y me habríais matado, sin duda alguna, si yo no hubiera con mi brazo apartado vuestra lanza; fue para vos muy mala jomada.» Guillermo respondió al conde: «Nunca tuve la intención de mataros, y en modo alguno intenté hacerlo; soy todavía lo bastante hábil para dirigir mi lanza [...]; si lo hubiera querido, os habría alcanzado en pleno cuerpo como hice con aquel caballo. Al matarlo, no estimo haber actuado mal en nada y no me arrepiento» [...]. El

conde le respondió muy acertadamente: «Mariscal, sed perdonado, nunca concebiré contra vos rencor alguno»[352].

Guillermo se tranquiliza así sobre su suerte. Ricardo le perdona. Más aún: le da en matrimonio, al acercarse a los cincuenta, a una de las más ricas herederas de Inglaterra, la joven Isabel de Clare, de diecisiete años, condesa de Striguil y de Penbroke, convirtiéndole en uno de los más ricos barones del reino, con numerosas tierras en Irlanda[353]. Hábilmente, el rey subraya que su padre Enrique sólo se la había prometido: él en cambio se la da de verdad[354]. Se trata ahí de un caso extremo que reconoce la gran lealtad del Mariscal. En otros casos, más numerosos, Ricardo se aprovecha de la situación exigiendo a los aliados el pago de fuertes tasas de rehabilitación.

El 20 de julio de 1189, el arzobispo de Rúan ciñe a Ricardo la espada ducal de Normandía y le entrega el estandarte[355]. Es pues, en efecto, el heredero designado. De inmediato, da pruebas de generosidad con actos políticos destinados a fortalecer su poder en la región: así, a Rotrou, heredero del condado de Perche, le entrega en matrimonio a su sobrina Matilde, hija de su hermana del mismo nombre (recientemente fallecida) y de Enrique el León, lo que le procura una valiosa alianza en aquella región estratégica. Antes de marchar a Inglaterra para recibir allí la corona, Ricardo toma también sus disposiciones para asegurar la paz en Aquitania, Anjou, Maine y Turena[356].

Esta paz depende sobre todo de sus relaciones con Felipe Augusto. Para resolver su contencioso, Ricardo se encuentra con él el 22 de julio, entre Chaumont y Trie. Felipe reclama de nuevo el Vexin normando, con Gisors. Ricardo consigue que abandone esta petición con la promesa de un pago de cuatro mil marcos como indemnizaciones de guerra y se compromete por fin, personalmente, a casarse con Aelis. El cronista francés Rigord expresa su decepción ante el acuerdo. Para él, Gisors corresponde de pleno derecho al rey de Francia. Un presagio, además, lo anuncia: cuando el conde de Poitiers cruza a caballo el puente de madera que lleva a la ciudad, éste se rompe y el conde cae al agua del foso con su caballo[357].

Tras el acuerdo, Ricardo embarca en Barfleur, con su hermano Juan, para tomar posesión de su reino. Desembarcado en Portsmouth el 13 de agosto de 1189, es recibido triunfalmente, como «libertador». En adelante, se considera el único heredero del imperio y quiere gobernar solo, como lo hizo su padre. Para ello necesita resolver el destino de su hermano menor. Este se unió tardíamente a su hermano, que le trató «con honor», subrayan los cronistas[358], pero Ricardo no quiere en modo alguno concederle una posesión en exceso importante. Se muestra sin embargo generoso con él casándole, el 20 de agosto, con la heredera del condado de Gloucester, a pesar del arzobispo Balduino de Canterbury, que prohibía aquel matrimonio consanguíneo[359]. A estos dominios, Ricardo añadió más tarde cuatro condados en Inglaterra y tierras en Irlanda, según las promesas de su padre. Algunos consideran entonces excesiva y perjudicial la generosidad del Corazón de León para con Juan; le ponen en guardia contra ese hermano que, según dicen, sólo espera que se marche a la Cruzada para conspirar contra él en cuanto haya vuelto la espalda[360], lo que en efecto sucedió.

Ricardo, sin embargo, desconfía realmente de su hermano Juan y de su hermanastro Godofredo, quien según decían, era el preferido de Enrique, que esperaba conseguir que le nombraran arzobispo de York. Sin embargo, Godofredo prefería la caballería a la clerecía y, tanto por afición como por ambición, había rechazado hasta entonces cualquier tipo de ordenación. En cuanto accede al trono, Ricardo quiere sin embargo que le elijan para la función, y es ordenado el 23 de septiembre, casi a su pesar. Se trata, por parte del rey, de una precaución política, más que de un regalo y un ascenso: provisto de un alto cargo eclesiástico, Godofredo pierde así cualquier posibilidad de aspirar a una función política laica. Por lo que a Juan se refiere, antes de partir hacia Tierra Santa, Ricardo hace que se comprometa también, por juramento, a no poner los pies en Inglaterra, en su ausencia, durante tres años. Esas son las disposiciones del rey referentes a sus hermanos, antes de su partida hacia la Cruzada,

atenuadas por Leonor, algún tiempo más tarde, como subrayan al mismo tiempo Roger de Howden y Ricardo de Devizes:

A continuación, por consejo de su madre la reina Leonor, liberó a su hermano Juan del juramento que había prestado, y le dio autorización para que volviera a Inglaterra[361].

Sin embargo, respondiendo a los ruegos de su madre referentes a Juan, le permitió regresar a Inglaterra con la autorización del canciller, y permanecer allí si lo consideraba oportuno. A petición del canciller, debía permanecer en el reino o quedar

exiliado[362].

Ya desde antes de la llegada de su hijo, Leonor se comporta con la autoridad de una reina. Raúl de Diceto se hace eco de ello: Ricardo ha comunicado a todos los barones del reino que deben obedecer sus órdenes[363]. Y subraya de pasada hasta que punto el hijo manifiesta hacia su madre una gran deferencia, cumpliendo todos sus deseos.

Leonor comienza, ya lo hemos dicho, abriendo las prisiones, en una especie de «jubileo», una fiesta en honor de su hijo y... en señal de luto por la muerte de su esposo. Roger de Howden describe así su acción humanitaria pero, también, eminentemente política:

Durante ese tiempo, la reina Leonor, madre del duque [Ricardo], llevando con ella una corte real, iba a su guisa de ciudad en ciudad, de castillo en castillo. Y envió a todos los condados de Inglaterra mensajeros por los que ordenaba que, para el reposo del alma de su señor Enrique, todos los cautivos fueran liberados de su prisión. Había sabido en efecto, por experiencia personal, qué penoso es el cautiverio para los seres humanos, y qué consuelo supone salir de él, con el alma alegre. Por ello ordenó, autorizada en ello por su hijo el duque, que todos los que habían sido encarcelados por delito forestal fuesen liberados [...]. Ordenó también que cualquier hombre libre, en todo el reino, jurara por su vida y sus miembros, y por sus bienes terrenales, ser fiel al señor Ricardo, rey de Inglaterra, hijo del señor rey Enrique y de la señora reina Leonor [...][364].

Esta acción liberadora contribuye a acrecentar tanto la popularidad del nuevo rey como la suya. Enrique había perdido el afecto de buena parte de la población por sus medidas autoritarias y por unos castigos muy duros. La liberación de los numerosos cautivos es pues, por lo general, bien recibida. Un solo cronista, Guillermo de Newburgh, pone de relieve sus aspectos negativos[365]. Leonor libera también a las abadías de la obligación de alimentar a su costa los caballos del rey, y pone fin a la rapacidad, a las multas y castigos excesivos infligidos por los forestales y los guardabosques[366]. Luego convoca a los condes, vizcondes y barones para la solemne coronación de su hijo y va a esperarle en Winchester.

La coronación se celebra el domingo 3 de septiembre. Leonor está presente, con lujosas ropas de gala, signo tangible de su plena rehabilitación. Roger de Howden proporciona, por primera vez en la historia de Inglaterra, la muy precisa descripción de semejante ceremonia real: Ricardo es ungido con el santo crisma, revestido las vestiduras reales y luego es coronado[367]. Contrariamente a los anteriores usos, él mismo toma la corona del altar y la tiende al arzobispo, que se la coloca en la cabeza. Luego el rey regresa a sus aposentos, se cambia de ropa y toma una corona más ligera para participar en el banquete.

El banquete real, que dura tres días, reúne a una considerable muchedumbre, cada cual en la posición que su rango le otorga, ocasión para fasto y generosidades que impresionó mucho a los testigos[368]. De ese banquete, por orden del rey, están excluidos las mujeres y los judíos. Mateo Paris, tardíamente, da unas razones muy poco convincentes. Según él, «se temían en efecto los artificios mágicos a los que se entregaban, en la época de la coronación de los reyes, los judíos y algunas brujas [...][369]». Algunos historiadores han creído, con excesivo apresuramiento al parecer, poder apoyarse en ese edicto real para determinar el antisemitismo, la misoginia y la homosexualidad del rey, deseoso de transformar las fiestas de coronación en una especie de «orgullo gay»[370]. Otros han supuesto que Ricardo había querido inspirarse en la consagración y coronación del rey Arturo descrita por Godofredo de Monmouth en términos muy parecidos: tras esa ceremonia, el rey Arturo se retira a su palacio para

festejar con los hombres, mientras la reina se retira, del mismo modo, al suyo con las mujeres casadas. El cronista nos da la explicación de esa costumbre, que vincula al origen troyano de los bretones:

Los bretones, en efecto, se adecuaban aún a la vieja costumbre de Troya, según la cual los hombres celebraban juntos los días de fiesta por un lado, y las mujeres igualmente, por separado[371].

Esta inspiración artúrica es muy posible. No obstante, Godofredo habla ahí de separación de sexos, y no de prohibición en cuanto a la presencia de mujeres. Además, a los judíos no les concierne esta «costumbre». La probable influencia de Godofredo de Monmouth no es, pues, suficiente para explicar el edicto real. Esa doble exclusión no demuestra la homosexualidad de Ricardo, muy probable por otra parte, pero sí revela, a pesar de todo, cierta misoginia y rastros de antisemitismo conformes con el espíritu de los tiempos.

Ese antisemitismo latente se ve confirmado por los pogromos que tuvieron lugar en diversos lugares del reino, como casi siempre cuando se acercaba una partida masiva hacia la Cruzada, y que Ricardo reprimió sólo con mucha blandura. En Londres, por ejemplo, la multitud persigue a los judíos, quema sus casas, roba sus bienes, obliga a algunos de ellos a elegir entre la conversión y la muerte[372]. Según un rumor que corre en aquel momento, el rey habría dado, personalmente, la orden de estas persecuciones[373]. Rumor sin fundamento, claro está, pero que no deja de traducir el modo como es percibido... o esperado el nuevo rey. Pues los cronistas de la época, tanto en Francia como en Inglaterra, no se ofuscan ante esos pogromos o estas medidas reales contra los judíos: también ellos son muy a menudo antisemitas, y sus alabanzas se dirigen mucho más a los reyes que persiguen y expolian a los judíos que a quienes los protegen, sobre todo en vísperas de una Cruzada[374].

La Cruzada es ahora el centro de todos los intereses. El diezmo por Saladino se ha dilapidado ya en gran parte y es preciso procurarse enormes sumas para financiar la expedición. Por diversos procedimientos más o menos improvisados (autonomía del rey de Escocia, venda de algunos bienes de la corona, multas de «rehabilitación» de los antiguos partidarios de Enrique II, venta de cargos y oficios, tasas diversas), Ricardo consigue reunir considerables sumas. El mismo habría dicho, en forma de chanza, que habría vendido Londres si hubiera podido encontrar un comprador[375]. Ese comportamiento echa agua en el molino de quienes, en el entorno de Juan, quieren dar a entender que el rey se preocupa poco del reino y no tiene intención de regresar.

Las finanzas no son la única preocupación de Ricardo; tiene también que prever la administración de su imperio durante su ausencia. Para ello, se vuelve naturalmente hacia su madre. Leonor, que tiene sesenta y seis años, es todavía válida, autoritaria y está ávida de recuperar su puesto en el tablero político. Puede perfectamente asumir la función de «reina madre», una especie de regente, de verdadera gestora y dirigente del reino, ayudada por algunos hombres de confianza. Para facilitarle las cosas, Ricardo incrementa más aún sus rentas. Le atribuye, subrayan los cronistas, las dotes de tres reinas: la que su abuelo había dado a Matilde, la que el rey Esteban había concedido a su mujer Alicia y la que su esposo Enrique II le había otorgado[376]. En adelante, reconocida por juramento su autoridad por los barones del reino, puede, como pone de relieve Ricardo de Devizes, «vivir de lo suyo» y no depender ya del Escaque, nosotros diríamos «de las finanzas públicas»[377].

Ricardo nombra para ella, en una especie de «consejo de regencia», a algunos oficiales reales de confianza, entre ellos Hugo de Puiset, aristócrata de antigua raigambre, y Guillermo de Longchamp, obispo de Ely, al que hará canciller y, luego, gran jurado del reino. Este se convierte entonces en el hombre más poderoso del reino, a pesar de su humilde origen, su arrogancia, sus extravagancias y su «desprecio por los ingleses», que le harán caer en desgracia[378]. Leonor actúa sin embargo por sí misma, con autoridad, en muchas circunstancias. Así ocurre cuando el cardenal Juan de Agnani quiere intervenir,

en Inglaterra, en las diferencias entre el arzobispo de Canterbury y los monjes de la misma ciudad. Roger de Howden y Mateo Paris subrayan que Leonor no se lo permitió:

Aquel mismo mes de noviembre el cardenal Juan desembarcó en Inglaterra, en Dover; y se le prohibió, por orden de la reina Leonor, introducirse más en el reino sin autorización del rey su hijo. Y así se hizo[379].

La partida hacia Tierra Santa, anunciada desde hacía mucho tiempo, se retrasa de nuevo. Ricardo y Felipe Augusto dudan aún en zarpar, pues cada uno de ellos desconfía del otro. Ricardo celebra su corte de Navidad de 1189 en Bur, y ambos reyes se encuentran el 30 de diciembre y, luego, el 13 de enero de 1190, cerca de Nonencourt, para ponerse de acuerdo a este respecto[380]. Establecen entonces un verdadero pacto de no-agresión, jurando ambos bandos no hacerse la guerra mientras sus reyes estén en Cruzada; si uno de los dos reyes muere o regresa de la Cruzada antes que el otro, sus tropas y sus bienes serán puestos a disposición del que permanezca al servicio de Dios[381]. La partida común se fija en Vézelay, pero la fecha se retrasa de nuevo, pues la reina de Francia, Isabel, muere el 15 de marzo de 1190 al dar a luz gemelos, que nacen muertos. Algunos príncipes cruzados deciden partir entonces sin esperar más. Bertrán de Born, que se ha unido a Ricardo, expresa con vigor la frustración de los cruzados en un poema dirigido a Conrado de Montferrat, en Tierra Santa:

Señor Conrado, os recomiendo a Dios, pues debiera yo estar en Tiro...

Señor Conrado, sé de dos reyes que se abstienen de ayudaros; escuchad, ahora, cuáles: el uno es el rey Felipe, pues tiene miedo del rey Ricardo, que a su vez le teme. Por qué no estarán ambos ahora en las cadenas de Saladino, puesto que engañan a Dios: son cruzados y se guardan mucho de partir[382].

Antes de su partida, Ricardo pretende asegurar el orden y la paz en Aquitania, donde los barones, apoyados por Raimundo de Tolosa, pueden en cualquier instante fomentar disturbios. Convoca a los

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